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LIDIA DAMUNT, Material desclasificado

Comunicando emociones.

 
 

ENTREVISTA (2017)

LIDIA DAMUNT Material desclasificado

“Telepatía” (2016) es un disco de invierno. O, como mínimo, como nos imaginamos el invierno desde el que nos escribe Lidia Damunt en su hogar en Skällinge, un diminuto pueblo sueco que desde 2015 la suma a su censo de seiscientos habitantes. Si los servicios meteorológicos no mienten, las orillas de su lago solo se bañan con una hora de sol real al día, pero aun así este álbum escrito a su vera puede pasar por ser el más luminoso de la carrera en solitario de la ex Hello Cuca. Luz, sí. Pero de esa fría y cruda que se disfruta más al abrigo de una cabaña. Marta Pallarès intercambió correspondencia con ella para esta entrevista.

Es una doble suerte poder leer las palabras de Lidia Damunt: primero, porque la promoción viene ligada a “Telepatía” (Tormina-Austrohúngaro, 2016), un quinto trabajo de su guitarra y letra, y segundo, porque temíamos que unas declaraciones suyas de hace tres años se convirtieran en proféticas y no concediera más entrevistas. En 2014 dijo que quizá estaba dando la última, y afortunadamente parece ser que lo ha pensado mejor. El mal necesario de atender a la prensa “no es tan grave, aunque a veces me canse un poco, cuando parece que no es suficiente con hacer canciones, sino que también hay que elaborar teorías sociológicas”. Lo suelta con ímpetu y, aunque es cierto que de las hermanas Damunt siempre fue la más impulsiva, ahora afirma que el tiempo la ha vuelto más paciente, “seguro que por ser madre”. “Igual por eso he vuelto a hacer entrevistas, ahora que lo dices”, y deja hasta siete puntos suspensivos detrás de esa frase, como sumiéndose en una reflexión interna.

“En mi primer disco en solitario escribí textos muy largos, acumulaba una frase tras otra. Pero ahora es al revés. Intento depurar hasta sintetizar al máximo, que sean pocas palabras para que brillen con más fuerza”

En Skällinge, nombre que por motivos fonéticos –y un punto de maldad inocente– Damunt pervierte como “Hellinge”, cuenta que se ha sentido muy aislada, pero que esta experiencia tan “fuerte” ha espoleado su creatividad. “Ahora entiendo a esos cantautores folk que se encierran en una cabaña en el bosque para componer”, contando por qué estas historias telepáticas son más íntimas que nunca. “Jamás me había desnudado tanto en las canciones como ahora”, aunque contrarresta el estriptis emocional con el arma del humor. Hace años, confesaba en una entrevista a esta misma revista que admiraba de Hank Williams “ese punto de humor que hacía que no fuera un simple llorica”; y en este reciente trabajo vuelve a homenajear a los clásicos del country y del folk no tanto en su sonido, sino reformulando la máxima de Woody Guthrie: si el de Oklahoma mataba fascistas con su guitarra, ella se conforma con usarla para “matar el tiempo”

De todos modos, quizá si más de uno se pusiera a tiro de sus cuerdas terminaría viéndose tentada de apretar el gatillo; y es que aunque desde los tiempos de Hello Cuca se la enmarca dentro del movimiento feminista y riot grrrl, siempre huyó del discurso puño en alto. Lo suyo era la crítica tiznada de ironía. Pero como ni en la provincia de Halland se está a salvo de la lluvia ácida mundial, Damunt ha decidido escribir por primera vez un himno de género con todas las letras. En “La caja” se despacha a gusto contra el patriarcado y el nuevo machismo, en “una canción panfletaria y clara al respecto, para posicionarme. Es un tema del que he hablado com mucha gente a lo largo de mi vida y nunca había conseguido explicar bien”. En cambio ahora, no sabe si “por ser madre o por ser más mayor, o simplemente porque dije ‘ahora verás’”, no ha tenido reparos en romper esas paredes heteronormativas con una tonada de trovadora saltarina que en la Edad Media hubiera terminado sin duda en la hoguera. Por suerte, hoy es ella quien empuña las antorchas.

Sonido desnudo para historias pequeñas, canciones crudas en las que todos los detalles están más pensados, y cada letra, en su sitio. “En mi primer disco en solitario escribí textos muy largos, acumulaba una frase tras otra. Pero ahora es al revés. Intento depurar hasta sintetizar al máximo, que sean pocas palabras para que brillen con más fuerza”. De nuevo, el brillo. Cuenta que ya no escribe sobre papel, que deja que su matrimonio con la guitarra vaya contándose a medida que la rasga, “editando sobre la marcha a la vez que hago la música”. En la nota de prensa que acompaña a “Telepatía” contaba que este trabajo quería combinar la desnudez de sus inicios con estructuras más desarrolladas, pero cuando le preguntamos por ello ríe y se califica como “una cabeza de chorlito”: “Esa nota la escribí yo... A saber lo que dije ahí”. Se quita importancia y prefiere que sean las canciones las que hablen.

 
LIDIA DAMUNT, Material desclasificado

“Ahora entiendo a esos cantautores folk que se encierran en una cabaña en el bosque para componer... Jamás me había desnudado tanto en las canciones como ahora”. Foto: Emma Croona

 

Grabación leve, escritura grave

La sencillez estructural no corresponde a premura, al contrario; si bien este disco comparte con “En la isla de las bufandas (Lucinda, 2008) el hecho de que vivió muy pocos días en el estudio (cuatro en este, solo dos en el caso del debut), es a su vez el que le ha llevado más tiempo escribir. Algunas canciones, incluso meses. “Es el trabajo que he tardado más en componer, pero uno de los que he grabado más rápido. Al llevar las canciones bien preparadas me pareció una buena opción hacerlo así, para no correr el peligro de empezar a meter arreglos y perder espontaneidad y frescura, y más teniendo en cuenta que mi música cobra su máximo sentido en directo”. Este álbum, como todos los suyos, es “un momento en el tiempo”, y en la ecuación ha contado con buenos aliados. Si en “Vigila el fuego” (Austrohúngaro, 2012) la producción corrió a cargo de Hidrogenesse, en esta ocasión la ha dejado en manos de José María Rosillo, en cuyos estudios grabó, un poco por casualidad. “El disco se iba a registrar casi en directo, pero, una vez en el estudio, la cosa se fue animando. Me gustó trabajar con él y terminó produciéndolo también”. En la nómina de colaboraciones, Hugo Sierra: “Le pedí antes de la grabación si podía hacer algunos arreglos para un par de canciones. Le mandé ‘Quién puede arreglar’ y ‘Bolleras como tú’ y me sorprendió con unos detalles que me encantaron”. Precisamente, al líder de Margarita y Prisma En Llamas le publicó su “Tiene mucha fuerza” (2014), en colaboración con Gramaciones Grabofónicas, pero por ahora Tormina Records se quedará como un sello con el que autoeditarse sus propios trabajos: “Lo de sacar álbumes de otra gente está ahora mismo en ‘stand by’. Soy un poco desastre como sello discográfico, así que en la actualidad prefiero publicar solo lo mío y minimizar daños”.

“Conforme se acerque el fin de mis días, lo que menos me apetecerá será refugiarme en una isla. Querré estar en un lugar lleno de gente y música, y bailar hasta el final

Y a los detalles de Sierra en “Quién puede arreglar”, una de las joyas chiquitas del disco, hay que sumarle las voces de Teresa Iturrioz (Single) gracias a “una de esas cosas mágicas del momento” que demuestran que hay que saber atrapar lo bueno, venga de donde venga. En este caso, de una afonía que la atacó en el segundo día de grabación y que dejó “agobiadísima” a la cantante murciana. “Siempre he tenido a Single en un pedestal y nunca me hubiera atrevido a pedirle a Teresa que cantara conmigo, pero en esta ocasión lo vi claro. ¡No tenía nada que perder más que la vergüenza!”.

Hablando de ese delicado “¿quién puede arreglar / un sentimiento / vale la pena tanto esfuerzo?”, apunta que, aunque vale la pena luchar por muchas cosas, aquí habla “del esfuerzo a toda costa, algo que a mi entender está sobrevalorado. A veces me clavo mucho en una canción, le doy mil vueltas, cambio la melodía una y otra vez, pruebo con otro instrumento... Pero quizá simplemente su historia no tiene fuerza, o hay algo en su letra desde el principio que no encaja, o su momento ya pasó y ha perdido la esencia”. Por el motivo que sea, Damunt se ha encontrado en ocasiones “luchando contra un imposible, queriendo salvar una canción porque llevo tres meses dándole vueltas desde que la recuperé de un cajón en lugar de enfocar la energía en algo más positivo”. Prefiere no quedarse con algo que “solo es un poco mejor que una medianía de canción”. De esas no hay en los veintitrés minutos de este “Telepatía”: todo trigo, nada de paja.

Nos imaginamos los últimos rayos de sol en Skällinge-Hellinge, donde Damunt se siente en ocasiones como en su Manga del Mar Menor natal, ese “pueblo fantasmal” que conectaba con el mundo a través de los quioscos donde compraba revistas musicales. Hoy, recibirlas por correo junto a fanzines o libros le sigue haciendo la misma ilusión que en la adolescencia; son como un cordón umbilical con un mundo que gira a una velocidad diferente. Afirma que quizá “ya soy mayor para el rock’n’roll, como dice la canción de Los Urogallos”, y que ya en los tiempos de Hello Cuca se iba a casa la primera. Que últimamente ha dejado la aceleración para escuchar incesantemente a divas del pop como Sia, y que prefiere la escritura al escenario. En la música de esta peculiar guerrera siempre ha estado presente el concepto de la isla, física o mental, pero cuando le preguntamos dónde se refugiaría si tuviera que escoger una para siempre, no optaría precisamente por el aislamiento rodeado de mares: “Conforme se acerque el fin de mis días, lo que menos me apetecerá será refugiarme en una isla. Querré estar en un lugar lleno de gente y música, y bailar hasta el final”.

En “La caja” –aquí en riguroso directo desde... una sauna– se despacha a gusto contra el patriarcado y el nuevo machismo, en “una canción panfletaria y clara al respecto, para posicionarme. Es un tema que a lo largo de mi vida he hablado con mucha gente y nunca había conseguido explicar bien”.

Todas las Lidias en Lidia

Este trabajo esquelético, que opta por el menos es más para centrarse en voz y guitarra, vacía el disco duro de producciones artificiosas para que en la memoria quepan más historias que nunca. Y más Lidias, desde la de su juventud hasta la de ahora, que campan a sus anchas entre el sentimiento más íntimo y la reivindicación, el cuento pequeño y las aspiraciones universales.

Desde esa adolescente naíf y enamorada de “Bolleras como tú” o “Cambiábamos la historia” hasta las escenas de fogón cotidiano, siempre protagonistas apasionadas y que invitan a la sonrisa más que nunca (que hay que usarla para reconocer en “Tu teléfono” que se colaría sin rubor en la tarjeta SIM de alguien para “stalkearle” mensajes y fotos). Cuando le preguntamos a quién escogería espiar, admite no tener la respuesta, pero que, en caso de saberla, sería “material clasificado”. Algunas veces, quedarse con la duda es más sugerente que obtener una respuesta directa.

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