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LITTLE WINGS, Una compuerta secreta detrás del armario

En una primera audición, piensas en un Bill Callahan tembloroso y apocado.

 
 

ENTREVISTA (2011)

LITTLE WINGS Una compuerta secreta detrás del armario

Kyle Field: personaje inquieto que lleva tiempo construyendo una obra (plástica y musical) con admiradores limitados pero incondicionales. Su proyecto más sólido es Little Wings, célula de rock sin barreras y folk con ligeras pinceladas de soul blanco: uno de los secretos mejor guardados de la escena alternativa norteamericana. Habitante del planeta K Records, Field rompió un silencio de varios años con el extraordinario “Black Grass” (2011), el disco que le sirvió de pretexto para darse a conocer entre nosotros. Nando Cruz lo entrevistó entonces, y fue cuando convinimos definitivamente que su música era un plato ideal para oídos inquietos y exquisitos.

Hay algo casi mejor que estar al día de todo: descubrir algo cuando menos te lo esperas, cuando ya parece imposible que puedas dar con ello. He aquí una fabulosa concatenación de casualidades. Un barcelonés aficionado al catálogo de K Records se enamora del disco “The Glow Pt. 2” (2001) de The Microphones. Escudriñando los créditos descubre a The Blow, Karl Blau, Mirah y, sobre todo, a Little Wings. Compra su “Magic Wand” (K, 2004) y cae tan prendado por su música que lo entrevista para un fanzine. Un año después, el estadounidense que opera bajo ese alias, Kyle Field, llega a España con la banda de Devendra Banhart. Se conocen, pasan una noche de fiesta y mantienen por e-mail una relación que se diluye tras “Soft Pow’r” (K, 2007) porque Little Wings desaparece del mapa. En 2011 salta la noticia: Little Wings editará un nuevo disco. Y su fan barcelonés le escribe ofreciéndose a gestionarle algún bolo en España. Así empiezan a circular por aquí las primeras copias de “Black Grass” (Marriage, 2011).

“Mis discos favoritos son esos en los que puedes oír la habitación. No me interesa la música de hospital: escalpelo, bisturí, sutura, bajo, batería... Prefiero pensar en suciedad, aire, agua... Quiero que el mundo se cuele en la canción. Y el ‘Viva Last Blues’ de Palace Music fue mi principal referente en lo que se refiere a intentar que suene la habitación”

“Black Grass”, qué descubrimiento. En una primera audición, piensas en un Bill Callahan tembloroso y apocado. Luego resulta que su primera experiencia musical fue Rodriguez, grupo que compartió con M. Ward. Y, sí, sus canciones también nacen con esa condición flotante e ingrávida que posee la música de Ward. Puedes sentir las notas sosteniendo en el aire una canción que tocada, cantada y grabada de otro modo perdería su misterio. Little Wings establece un vínculo con la música similar al de Will Oldham, Phil Elvrum o los citados Banhart, Ward y Callahan; la canción fluye de forma casi fisiológica. No es algo místico, sino natural. Ahuyentan de tal modo el artificio que no percibes proceso compositivo. Es como si se limitasen a tomar la canción de la mano y acompañarla hasta el micrófono.

No sé explicarlo mejor. Y Field dice que tampoco: “Estoy mejorando como músico, pero aún no soy bueno hablando sobre música”, contesta por teléfono. Pero si le pregunto por un disco que le descubriese la necesidad de capturar en las canciones no solo notas y palabras, sino también el espacio y el momento en que estas fueron grabadas, cita sin dudar “Viva Last Blues”. “Mis discos favoritos son esos en los que puedes oír la habitación. No me interesa la música de hospital: escalpelo, bisturí, sutura, bajo, batería... Prefiero pensar en suciedad, aire, agua... Quiero que el mundo se cuele en la canción. Y ese disco de Palace Music fue mi principal referente en lo que se refiere a intentar que suene la habitación”.

¡Cómo mola cuando encajan todas las piezas! Little Wings, ¡qué descubrimiento! La vergüenza profesional que debiera causarme haberlos conocido tan tarde queda compensada por el extraño placer de enfrentarme virgen a tan amplia discografía. Es como abrir aquel armario de la casa de verano al que nunca prestaste atención y hallar una compuerta que conduce a un pasillo oculto lleno de sorpresas. Como “Harvest Joy” (K, 2003), donde quizás invocando la aspereza catedralicia de Oldham erige una ermita en lo alto de una colina. O “Grow” (K, 2005), en el que parece un Daniel Johnston mochilero. Hablamos de un tipo que dice que grabar una canción es “como tener una cita con ella” y que ir de gira es “como transportar una llama”.

 
LITTLE WINGS, Una compuerta secreta detrás del armario

Hasta hace poco, Kyle Field era un consumado surfero con fama de anárquico y vagabundo en cuya banda cabía cualquiera.

 

Hasta hace cuatro CNN News, Field era un consumado surfero con fama de anárquico y vagabundo en cuya banda cabía cualquiera. “Puede que en Little Wings hayan tocado doscientas personas distintas”, exagera. Pero ya ha madurado. Tras esquivar la profesionalidad con todas sus fuerzas, ahora parece dispuesto a defender su música más allá de las casas particulares, jardines, facultades y bares sin escenario en los que tanto le gusta actuar. “Quiero acostumbrarme a ser el responsable de todo y quiero que la gente escuche mi música. Ahora me siento más cómodo conmigo y eso debe tener que ver con la edad. He pasado épocas en las que estuve deprimido y no quería estar con nadie, así que no podía comprometerme a actuar en un festival europeo en agosto porque no sabía cómo estaría entonces”, suelta desde la furgoneta de gira con la que viaja de Nueva Orleans a Florida.

“No reacciono demasiado bien ante esos grupos que son promocionados de forma muy evidente. Me gusta encontrarme las cosas y creo que la gente que ha topado con mi música es un poco así. Quizás si me hubiese esforzado en promocionarme habría ahuyentado a unos cuantos”

Field ha entrado en vereda aunque sigue reivindicando los conciertos caseros. “La gente normal va a conciertos normales, pero hay otra gente dispuesta a ir a conciertos en sitios raros que seguramente serán mejores porque hay que hacer un esfuerzo para llegar. Para mí las salas son como colmados: sitios a los que vas a menudo y que se rigen por muchas reglas. Además, a veces el técnico de sonido y el portero acaban cobrando más que la banda. En Texas el técnico se llevó doscientos dólares y el portero ciento ochenta, así que tras tocar dos horas y media nos quedaron cuarenta dólares: diez para cada uno”, calcula. “En esos conciertos poco convencionales puedes sacar más dinero. Y, además, las cosas siempre son más excitantes”, resalta.

Hoy Kyle reside en San Francisco y luce una barba homérica que ni Dennis Wilson. Tras dos años pensando cómo reconciliarse con la música, decidió hacer un disco de pop electrónico. “Quería que fuese bailable, pero me di cuenta de que nunca había oído un disco de Pet Shop Boys entero, de que no tenía nociones de electrónica... Me apetecía empezar un disco sin idea de cómo hacerlo y aprendí mucho de bpms, pero al final cambié de plan”. El disco estuvo medio año parado y luego lo rehízo. Recordando su tupido barbón y sumido de lleno en su cálido oleaje, imagino “Black Grass” como si fuese el “Pacific Ocean Blue” de Dennis Wilson grabado en una cáscara de nuez.

Doce años han pasado desde que Field fundó Little Wings y pocos devotos de ese folk en el que la partitura es lo de menos y la interpretación lo de más habrán oído su obra. En esta misma revista se le ha tachado de perezoso, pero él confiesa cierta premeditación: “No reacciono demasiado bien ante esos grupos que son promocionados de forma muy evidente. Me gusta encontrarme las cosas y creo que la gente que ha topado con mi música es un poco así. Quizás si me hubiese esforzado en promocionarme habría ahuyentado a unos cuantos”. Compro la teoría.

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