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LOS ENEMIGOS, La sangre aún me hierve

Fino Oyonarte, Chema “Animal” Pérez y Josele Santiago, en 1991: Enemigos íntimos.

Foto: Paco Rubio

 
 

REVISIÓN (2011)

LOS ENEMIGOS La sangre aún me hierve

Los Enemigos (1985-2002) consiguieron sonar naturales cantando rock en castellano, dotaron al rock de una españolidad no cazurra que los hizo universales y aflojaron el corsé anglosajón lo justo para bailar sin romperlo. Volvieron en 2012 a los escenarios tras diez años de silencio. Unos meses antes del regreso, Ricard Martín revisó la trayectoria “enemiga” y recomendó sus mejores momentos en este artículo.

Tendemos a adjudicar con ligereza extrema el calificativo de “clásico” aplicado a un disco pop. El último mes del año los escribas exprimen su disco duro, la prensa reciente y Spotify para pergeñar un listado de clásicos instantáneos. Se trata de poner orden al caos, vaya, de convencerse a sí mismos y a los lectores de que un año acumulando títulos no ha sido en vano. Inmediatez extrema. Pero es mucho más gratificante y seguro valorar la condición del clásico algún tiempo después. En poco menos de un año, Los Enemigos cumplirán dos lustros de silencio discográfico: una década punteada por los intachables discos de Josele Santiago en solitario, al que no pocos sentirán la tentación de llamar clásico viviente. Pues no. Santiago no es un clásico. Es un artista en plenitud de facultades que prosigue su camino. Clásicos son Los Enemigos, que diez años después de su último coletazo han devenido el Monte Rushmore del rock hispano, una institución granítica cuyo perfil proyecta una sombra perenne. 

Los Enemigos se gestaron en el Madrid de mediados de los ochenta, entre los estertores de la movida y el apogeo del punk y garage en el Malasaña de sus amores. Una primera formación de la banda, con Josele Santiago (guitarra), Artemio Pérez (batería) y Michi González (bajo) debuta con “Ferpectamente” (1986), una colección de rhythm’n’blues peleón de la escuela de Dr. Feelgood y los Flamin’ Groovies más primitivos. Y trasciende la categoría de anécdota por establecer el tono socarrón y costumbrista de la banda. Su portada, tres tipos recostados en la barra de un bar de abueletes, no remite al rock’n’roll way of life, más bien a una partida de dominó con carajillo. Pocos atisbos de lo que la banda y la peculiar idiosincrasia de Josele –filósofo de bar y de universidad– iban a dar de sí.

“Un tío cabal” (1988) cruzó con aplomo la línea que separa el ejercicio de estilo de la creación artística. Josele toma el control y expulsa a Artemio para sustituirlo por Chema “Animal” Pérez, un batería infinitamente superior. Se arriman tanto a Mott The Hoople como a Lynyrd Skynyrd: tendones guitarreros y afinado músculo melódico los alejan al trote del blues. El universo particular de Josele aflora sin tapujos. Su cachazuda filosofía castiza, descreída y de poso misógino y surrealista, transportada a los cánones del rock anglófilo, produce un efecto de extrañamiento en el oyente, que no puede relacionarlos ni con sus referentes guiris ni con el rock cazallero hispano al uso.

Si alguien intentó colgarles alguna vez el sambenito de grupo graciosillo, quedó absolutamente fuera de juego con “La vida mata” (1990). Se desencadenó aquí el fenómeno del fan Enemigo: cada vez que subían a un escenario, brotaban en la puerta de los garitos decenas de individuos con pinta de haber escuchado mucho rock’n’roll. Sus nuevas canciones, oscuros viajes al pozo sin fondo de la desesperación humana, consolidaron una cofradía de aficionados que interiorizaron la lírica elegíaca de Josele como algo íntimo, propio. Ser fan de Los Enemigos no era afición, era devoción. Entre los no iniciados, su aura de socarrones se tornó en fama de cenizos, aquellos del disco conceptual sobre la muerte. El poso conceptual de Los Enemigos existe, pero es secundario: la redondez de las composiciones, la adecuación de unos textos en los que nada sobra y nada falta, y una coma puede alterar su significado, es lo que da un aire unitario a sus elepés.

Teóricos y prácticos, contravinieron otro tópico, el de la banda de rock’n’roll de directo volátil capaz de lo mejor y lo peor, según la química que surcase sus venas. De un total de diez conciertos que presenció quien escribe, no hubo ni uno renqueante, ni siquiera en la época negra de la adicción opiácea de Josele. Sus conciertos eran operaciones a corazón abierto de rock y narrativa, en las que los amigos de Los Enemigos podían desgañitarse a gusto sin cantar ninguna imbecilidad. Ni un solo tema mediocre empañó su cancionero. Y el dueto de guitarras formado por Santiago y Manolo Benítez, quirúrgico a la vez que suelto y campechano... ¡Ríase usted de Fred “Sonic” Smith y Wayne Kramer! Basta una anécdota para resumir la seriedad y el respeto con que el fan degustaba sus directos: a mitad de los noventa, en un concierto en un figón churroso de Girona, un desubicado punk quiso practicar el coito con una torre de sonido, arrimándose dos veces cual perro sarnoso en celo. No hubo tercera: Josele le atizó con la base de su guitarra, y Fino Oyonarte lo remató de un patadón en la cara. A morder el polvo. Más que jalear a gritos el KO técnico, el público se envaró y aplaudió, como lo habrían hecho unos diputados a una intervención inspirada del líder.

Reconozcamos más méritos de nuestros Enemigos: jugaron un papel importante en la fundación del indie –Oyonarte produjo el primer disco de Los Planetas– y escribieron algunos de los capítulos más inspirados de la fusión de rock y flamenco (la guitarra de Raimundo Amador en el disco conjunto “Se buscan fulmontis”, de 1999, no sacaba tanta chicha desde el “El Polígono Sur” de Dogo y Los Mercenarios). Pero, por encima de todo, dotaron al rock de una españolidad no cazurra, ilustrada, que los hizo universales. Aflojaron el corsé anglosajón lo justo para bailar sin romperlo. Que yo sepa, han sido los primeros y los últimos, con permiso de Kiko Veneno.

“La cuenta atrás” (1991) o el paso del tiempo: “El mundo gira y al caer, se muerde la cola. ¿Por qué has tenido que crecer? Maldita la hora”. Ya con la colaboración a la guitarra de Manolo Benítez, el 4º Enemigo.

CRONOLOGÍA

1985. Nace el grupo con Josele Santiago, Artemio Pérez y Roberto Arbolea. Ganan el concurso Rock Villa de Madrid. Michi González sustituye a Roberto.

1986. Debutan con “Ferpectamente”. Michi deja la banda y entra Fino Oyonarte.

1988. Publican “Un tío cabal”.

1989. Chema “Animal” Pérez sustituye a  Artemio Pérez.

1990. Con “La vida mata”, ‘Diario 16’ les entrega el Premio Ícaro.

1991. “La cuenta atrás” vende veinte mil copias.

1994. Los Enemigos finiquitan su relación con GASA con “Sursum corda” y fichan con RCA, donde publican “Tras el último no va nadie”.

1995. Para desengancharse de la heroína, Josele acude a los Centros de Ayuda al 

Drogodependiente de Madrid. Aparece el recopilatorio “... Alguna copla de Los Enemigos”.

1996. Editan “Gas” y la banda sonora de “Tengo una casa”.

1997. El guitarrista Manolo Benítez se incorpora a tiempo completo.

1999. Publican la banda sonora “Se buscan fulmontis”.

1999. Su último disco en estudio, “Nada”.

2001. Sale el doble en directo “Obras escocidas (1985-2000)”. La gira se convierte en su último tour. Anuncian la separación con una carta dirigida a fans.

2001. Aparece el recopilatorio “A pie de calle”.

2002. Se edita el directo “Obras escondidas (1985-2002)” y la compilación “No se hable más”.

 

TRES DISCOS RECOMENDADOS...

LOS ENEMIGOS, La sangre aún me hierve

“La vida mata”
(GASA, 1990)

Caminando por la calle, Josele tropezó con la imagen que sería la portada de su disco definitivo: dos conos de helado estampados contra el asfalto, escurriéndose en direcciones opuestas. “La vida mata” fue compuesto durante la primera guerra del Golfo, y el Apocalipsis es inicio y telón de fondo. La banda da un salto cualitativo enorme, apoyada en la consolidación de Josele como cantante y la incorporación de la académica y contenida guitarra de Manolo Benítez. Sin alejarse de la fórmula tradicional de estrofa, puente, estribillo, entregaron diez canciones sin piedad en las que la obsesión por la muerte de Josele haría palidecer de envidia al Lou Reed de “Magic And Loss”. Muerte y magia negra: posesiones (“El fraile y yo”), pactos con el diablo (“Firmarás”) y espiritismo (“Ouija”) configuran uno de los mejores cancioneros que jamás haya dado el rock en español. Si se hubiesen separado aquí, también habrían pasado a la historia.

LOS ENEMIGOS, La sangre aún me hierve

“La cuenta atrás”
(GASA, 1991)

Desligados ya de cualquier corsé compositivo o estilístico, la banda regresa al blues, pero de un modo muy distino a “Ferpectamente” (1986). Josele toma ejemplo de sus progenitores musicales: como Ray Davies o Kevin Ayers, parte de una base de rhythm’n’blues para llegar a sus propias conclusiones. El hilo conductor del disco, el paso del tiempo y la necesidad de evolucionar, se asienta en sonoridades mullidas, guitarras slides y acústicas, incluso con cuerdas en “La cuenta atrás”, con paradas puntuales en el riff tóxico y furibundo. Se ganaron aquí una fama de crípticos totalmente inmerecida; es el precio que tiene que pagar aquel que esquiva el tópico y la frase hecha. Los textos de Josele son sublime glosa abstracta de lo cotidiano: alude a la intransigencia (“No se hable más”), la mediocridad (“Hasta el lunes”) o la toma de decisiones (“La otra orilla”). Y toca la fibra del oyente atento a la primera. Discazo de madurez.

 
LOS ENEMIGOS, La sangre aún me hierve

“Sursum corda”
(GASA, 1994)

Visto como un disco menor por algunos, su importancia reside en la constatación de que Los Enemigos son capaces de entregar discos formidables hechos en un santiamén, con retazos de canciones y fondo de armario, sin necesidad de telón contextual. Cuando un grupo entrega un disco apresurado para finiquitar su relación con la discográfica, suele ser un churro de proporciones descomunales. Ellos dieron a GASA un puñado de joyas pop de acción inmediata y minutaje escaso: el acierto melódico de “¡Cómo es!” lo podría haber firmado Big Star, “A la hera” es puro Wilko Johnson en vena, y coquetean con el legado Stooges vía Sonic Youth en la iracunda “Odio a los nº 1”. Si algún hilo conductor podemos encontrar aquí es un sentimiento de hastío hacia la industria discográfica, que deviene en gozoso corte de mangas. Una lección de versatilidad y de lo que es capaz un grupo en estado de gracia. Su disco más espontáneo y juguetón.

... Y SU MEJOR CANCIÓN:
“Na de na” (1999)

Sería fácil caer en la tentación de glosar “Desde el jergón” o “Septiembre”, dos de las dianas melódicas y líricas más certeras que jamás haya dado la canción española (englobo copla, rock y pop). Pero vale la pena reivindicar esta joyita por diversas singularidades: es uno de los pocos temas escritos por Manolo Benítez, y es una exquisitez, una miniatura de guitarras sedosas y regusto de bossa, similar a las que Neil Young usó para endulzar “Zuma”. Humedece los ojos a la primera. Santiago firmó algunos de los versos más sentidos y directos de su carrera en la descripción de una relación que se va al traste, y en la que el elemento masculino, no sin cierto orgullo cerril, asume la imposibilidad de cambiar: “Yo también soñé con algo así / Algo así como un camino de rosas / Que salieron apestosas / Y me fui / Y vengo a parar aquí / A que me conviertas en otra cosa / No, hermosa / ¡No, hermosa!”. Poesía desnuda y pura.

 
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