Tendemos a adjudicar con ligereza extrema el calificativo de “clásico” aplicado a un disco pop. El último mes del año los escribas exprimen su disco duro, la prensa reciente y Spotify para pergeñar un listado de clásicos instantáneos. Se trata de poner orden al caos, vaya, de convencerse a sí mismos y a los lectores de que un año acumulando títulos no ha sido en vano. Inmediatez extrema. Pero es mucho más gratificante y seguro valorar la condición del clásico algún tiempo después. En poco menos de un año, Los Enemigos cumplirán dos lustros de silencio discográfico: una década punteada por los intachables discos de Josele Santiago en solitario, al que no pocos sentirán la tentación de llamar clásico viviente. Pues no. Santiago no es un clásico. Es un artista en plenitud de facultades que prosigue su camino. Clásicos son Los Enemigos, que diez años después de su último coletazo han devenido el Monte Rushmore del rock hispano, una institución granítica cuyo perfil proyecta una sombra perenne.
Los Enemigos se gestaron en el Madrid de mediados de los ochenta, entre los estertores de la movida y el apogeo del punk y garage en el Malasaña de sus amores. Una primera formación de la banda, con Josele Santiago (guitarra), Artemio Pérez (batería) y Michi González (bajo) debuta con “Ferpectamente” (1986), una colección de rhythm’n’blues peleón de la escuela de Dr. Feelgood y los Flamin’ Groovies más primitivos. Y trasciende la categoría de anécdota por establecer el tono socarrón y costumbrista de la banda. Su portada, tres tipos recostados en la barra de un bar de abueletes, no remite al rock’n’roll way of life, más bien a una partida de dominó con carajillo. Pocos atisbos de lo que la banda y la peculiar idiosincrasia de Josele –filósofo de bar y de universidad– iban a dar de sí.
“Un tío cabal” (1988) cruzó con aplomo la línea que separa el ejercicio de estilo de la creación artística. Josele toma el control y expulsa a Artemio para sustituirlo por Chema “Animal” Pérez, un batería infinitamente superior. Se arriman tanto a Mott The Hoople como a Lynyrd Skynyrd: tendones guitarreros y afinado músculo melódico los alejan al trote del blues. El universo particular de Josele aflora sin tapujos. Su cachazuda filosofía castiza, descreída y de poso misógino y surrealista, transportada a los cánones del rock anglófilo, produce un efecto de extrañamiento en el oyente, que no puede relacionarlos ni con sus referentes guiris ni con el rock cazallero hispano al uso.
Si alguien intentó colgarles alguna vez el sambenito de grupo graciosillo, quedó absolutamente fuera de juego con “La vida mata” (1990). Se desencadenó aquí el fenómeno del fan Enemigo: cada vez que subían a un escenario, brotaban en la puerta de los garitos decenas de individuos con pinta de haber escuchado mucho rock’n’roll. Sus nuevas canciones, oscuros viajes al pozo sin fondo de la desesperación humana, consolidaron una cofradía de aficionados que interiorizaron la lírica elegíaca de Josele como algo íntimo, propio. Ser fan de Los Enemigos no era afición, era devoción. Entre los no iniciados, su aura de socarrones se tornó en fama de cenizos, aquellos del disco conceptual sobre la muerte. El poso conceptual de Los Enemigos existe, pero es secundario: la redondez de las composiciones, la adecuación de unos textos en los que nada sobra y nada falta, y una coma puede alterar su significado, es lo que da un aire unitario a sus elepés.
Teóricos y prácticos, contravinieron otro tópico, el de la banda de rock’n’roll de directo volátil capaz de lo mejor y lo peor, según la química que surcase sus venas. De un total de diez conciertos que presenció quien escribe, no hubo ni uno renqueante, ni siquiera en la época negra de la adicción opiácea de Josele. Sus conciertos eran operaciones a corazón abierto de rock y narrativa, en las que los amigos de Los Enemigos podían desgañitarse a gusto sin cantar ninguna imbecilidad. Ni un solo tema mediocre empañó su cancionero. Y el dueto de guitarras formado por Santiago y Manolo Benítez, quirúrgico a la vez que suelto y campechano... ¡Ríase usted de Fred “Sonic” Smith y Wayne Kramer! Basta una anécdota para resumir la seriedad y el respeto con que el fan degustaba sus directos: a mitad de los noventa, en un concierto en un figón churroso de Girona, un desubicado punk quiso practicar el coito con una torre de sonido, arrimándose dos veces cual perro sarnoso en celo. No hubo tercera: Josele le atizó con la base de su guitarra, y Fino Oyonarte lo remató de un patadón en la cara. A morder el polvo. Más que jalear a gritos el KO técnico, el público se envaró y aplaudió, como lo habrían hecho unos diputados a una intervención inspirada del líder.
Reconozcamos más méritos de nuestros Enemigos: jugaron un papel importante en la fundación del indie –Oyonarte produjo el primer disco de Los Planetas– y escribieron algunos de los capítulos más inspirados de la fusión de rock y flamenco (la guitarra de Raimundo Amador en el disco conjunto “Se buscan fulmontis”, de 1999, no sacaba tanta chicha desde el “El Polígono Sur” de Dogo y Los Mercenarios). Pero, por encima de todo, dotaron al rock de una españolidad no cazurra, ilustrada, que los hizo universales. Aflojaron el corsé anglosajón lo justo para bailar sin romperlo. Que yo sepa, han sido los primeros y los últimos, con permiso de Kiko Veneno. 