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LOU REED, El explorador del abismo

El gran Lou Reed ha pasado a la historia como voz, poeta y gruñón, todo al mismo tiempo, del lado salvaje del rock. Siempre se empeñó en dar su propia versión, punzante y conmovedora, del rock de autor.

 
 

ARTÍCULO (2013)

LOU REED El explorador del abismo

En el Rockdelux 323 hay veinte páginas dedicadas al gran Lou Reed, leyenda y mito de la historia del rock. El neoyorquino no pudo superar el trasplante de hígado al que fue sometido en abril de 2013 y murió seis meses después, el 27 de octubre. Tenía 71 años. Reed, poeta y esteta, cronista del submundo y calígrafo de las pasiones humanas, dejó una obra inmesa y poliédrica, la que va desde The Velvet Underground hasta el postrero “Lulu” (junto a Metallica). David Morán despidió así a uno de los más grandes. Debajo, su inmortal “Walk On The Wild Side”.

El sábado, apenas veinticuatro horas antes de que se conociese la noticia de la muerte de Lou Reed, el festival Beefeater In-Edit estrenó un documental, “20 Feet From Stardom” (Morgan Neville, 2013), en la que se aseguraba que “Walk On The Wild Side” no hubiese sido lo mismo sin los coros, sin esos “du-dus” que transformaron una canción sobre travestismo y marginalidad en un himno global e inolvidable. Sonará exagerado y, en cierto modo, lo es, pero, echando un vistazo a la prensa del día, donde la palabra “salvaje” se repite como un comodín manoseado, no es descabellado plantearse qué extraña alquimia se produjo en aquel momento, en ese “Transformer” (1972) grabado por Mick Ronson, David Bowie y, claro, Lou Reed, para que el neoyorquino haya pasado a la historia como voz, poeta y gruñón, todo al mismo tiempo, del lado salvaje del rock. 

Un lado salvaje que, sin duda, muchos otros exprimieron más a fondo –que se lo pregunten a Johnny Thunders (1952-1991)–, pero que Lewis Allen Reed (Nueva York, 1942-2013) supo convertir en santo y seña de una carrera sorprendentemente incómoda para un artista celebrado hoy como icono global y padre del rock alternativo. La leyenda negra se había empezado a forjar antes, cuando, a finales de los sesenta, THE VELVET UNDERGROUND deshojaron a machetazos la margarita hippie y arrimaron el rock a una nueva dimensión marcada por la sordidez, la disonancia y la inspiración cegadora de Andy Warhol y la Factory. Un proyecto que hizo historia con “White Light/White Heat” (1968), “The Velvet Underground” (1969), “Loaded” (1970) y, sobre todo, “The Velvet Underground & Nico” (1967) y que sigue atesorando las claves para entender la evolución del rock a partir de los setenta y sobre el que Reed edificó su turbia imagen de músico oscuro, salvaje y maldito.

 
LOU REED, El explorador del abismo

El legado de The Velvet Underground es la base sobre la que Reed edificó su turbia imagen de músico oscuro, salvaje y maldito.

 

Sería injusto, sin embargo, reducir a Reed a los cuatro acordes de “Walk On The Wilde Side”, al crescendo espídico de “Heroin” o al trote desesperado de “I’m Waiting For The Man”. Es más: se diría que el neoyorquino, más que sobrevivir a su propio personaje, lo utilizó para tomar impulso y acabar haciendo siempre lo que le vino en gana, ya fuese transformar el infernal “Metal Machine Music” (1975) en el más fabuloso corte de mangas a la industria discográfica, reencontrarse con John Cale para cerrar viejas heridas en “Songs For Drella” (1990) o aliarse con Metallica para grabar el controvertido “Lulu” (2011), disco que, para desgracia de muchos, será recordado como el que cierra su discografía.

Así, cuando el maquillaje de “Transformer” empezó a resquebrajarse y “Berlin” (1973) ya había envasado al vacío la desolación entre escombros de rock y versos punzantes, Reed tuvo barra libre para explorar los abismos y transformar su carrera en un vasto océano de mareas cambiantes. De ahí que, junto al rockero salvaje y peligroso de “Rock N Roll Animal” (1974), convivan el obseso por el sonido de alta fidelidad, el poeta enamorado de Edgar Allan Poe y de las atmósferas góticas de “The Raven” (2003), el artista inquieto que alternaba grabaciones con colaboraciones teatrales con Robert Wilson y, sobre todo, el músico que, disco a disco y verso a verso, se empeñó en dar su propia versión, siempre punzante y conmovedora, del rock de autor. Solo así se entiende el valor de una discografía en la que, además de las joyas más reverenciadas, también deslumbran “Coney Island Baby” (1976), “Street Hassle” (1978), “The Blue Mask” (1982) y “Magic And Loss” (1992), discos que blindan una carrera que se estremece hoy recordando “Perfect Day”, “I’ll Be Your Mirror” y “Femme Fatale”, sí, pero también “Pale Blue Eyes”, “The Kids”, “Harry’s Circumcision” e incluso “Who Am I (Tripitena’s Song)”, probablemente su última gran canción.  

Incluso en los últimos tiempos, cuando su matrimonio con Laurie Anderson parecía haber apaciguado completamente a la bestia y sus intereses se diluían entre la fotografía, el taichi, la literatura y los recitales poéticos a medias con su esposa, Lou Reed conservaba un afilado colmillo que le hacía nadar a contracorriente. La leyenda estaba ahí, sí, pero él seguía haciendo lo que le daba la gana, reivindicando la creación como espacio absoluto de libertad. Cómo olvidar, por ejemplo, las deserciones entre el público del Festival de la Porta Ferrada cuando Reed apareció acompañado por Anderson en 2009 en Sant Feliu de Guíxols y juntos desfiguraron y deformaron a conciencia su repertorio. Cómo olvidar aquella noche en la que mucha gente huyó despavorida en cuanto se dio cuenta de que no había ni rastro de “Walk On The Wild Side” y que Reed, triunfal y extasiado, celebró despidiéndose con los brazos en alto.

“Walk On The Wild Side”.

Publicado en la web de Rockdelux el 28/10/2013
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