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LOU REED, Sad Song

“Veo mis viejos tatuajes, una flor golpeando una calavera, unos dados con el dos doble y el nombre de Caroline que intenté quemar demasiadas veces. Solo se lee C., pero yo sé que C. es lo que queda de Caroline. Me suda la polla que haga frío en Alaska”.

 
 

BIBLIOTECA POP (2012)

LOU REED Sad Song

Presentamos “Sad Song”, la aportación de Carlos Zanón (Barcelona, 1966) al libro colectivo “Berlin Capital Alaska”, proyecto donde diversos escritores, músicos y críticos dejaron volar su imaginación y se inspiraron en la atmósfera claustrofóbica de “Berlin” para tramar una historia alrededor de los fantasmas de Lou Reed (1942-2013). Porque “Berlin” is the place. “Berlin” es el mito. “Berlin” es el álbum que continúa haciendo correr ríos de tinta. “Berlin” es un estado de ánimo, un punto de fuga, un instante iluminado. El realismo sucio de la dramática historia de Caroline y Jim inspiró a once autores (Ignacio Julià, Roger Wolfe, Javier Pérez Andújar, Alfred Crespo, David Castillo, Cristina Fallarás, Josele Santiago, Dogo, Oriol Llopis, Sabino Méndez y Carlos Zanón) para crear este libro titulado “Berlin Capital Alaska” (publicado el 10 de diciembre de 2012 por 66 rpm Edicions). El disco “Berlin” fue escogido mejor LP de la década de los setenta por Rockdelux.

La vida siempre suena al compás de una canción triste.

Abres la cajita de música. Sale la bailarina dando vueltas sobre su pie vendado y un soldado cojo alrededor. Suena la canción. Es triste. Apuesto que sí. Triste, sad.

Y de fondo, sonido de guitarras. Neil Diamond, Carpenters, aquellos cuáqueros de buenas intenciones, todos amigos de Yahvé.

Cuando conoces a alguien, los ángeles te cubren las espaldas, sellan con saliva y semen la burbuja que te protegerá del resto de bocazas y mezquinos envidiosos.

Y sí, el rasgueo de las guitarras. Acordes menores, una cejilla plateada en el quinto traste, apenas tres o cuatro compases. Como los de un vals. Un vals en una cajita de música con la tripa llena de canciones tristes.

Y te preguntas, al ir a besarla, ¿qué hay dentro de una boca antes de formular ese beso? Y te preguntas: ¿Qué tiene esa mujer en la cabeza? ¿Qué quiero de ella? ¿Qué tendrá ella para mí que yo necesito tanto?

Quizá solo canciones tristes.

Una vez viví en Londres. Cerca de mi apartamento había una casa victoriana reconvertida en museo de juguetes antiguos. Un domingo por la mañana me acerqué hasta allí. No puedo recordar lugar más siniestro. Todos aquellos juguetes cuyos propietarios habían muerto hacía cincuenta, cien años. Norias que no giraban, muñecas de trapo con la cabeza dislocada, soldados abandonados por un ejército imaginario. Los dedos y los brazos, la imaginación que les había dado vida estaban muertos y los muertos de alguna manera estaban allí conmigo, a mi alrededor. Niños y niñas muertos con las bocas llenas de flores. Estanques solitarios. Mañanas de domingo de sol y sarampión.

Y es que uno solo recuerda lo olvidado.

Recuerdo una foto de una mujer a la que quizá amé alguna vez. Se llamaba C. En la instantánea está ojerosa frente al espejo en un viejo tocador de actriz, al parecer  sin suerte en los escenarios y fuera de ellos. Mira dentro del espejo, buscando su Dorian Gray. La habitación era de sus hijos. La recuerdo. Unos niños que le habían quitado uno a uno por ser una mala madre, signifique eso lo que signifique. De la madera del techo colgaban figuras en forma de caballos y camellos. Había una cuna donde dejaba olvidadas la cosas que luego se desesperaba buscando. No me gustaban los dientes de C. Las encías encima de sus dientes. Negras, rosadas, enfermas. Sad song.

Desconozco si hay reina en Dinamarca. Ella tenía ese porte regio a lo María Estuardo. Le decía que era la Reina de Dinamarca porque cuando entraba en los bares y en las pensiones levantaba la barbilla y parecía que el mundo nos debía mucho más que lo que teníamos. Sus piernas eran como tijeras. Tacones alargados al final de unas patitas de alambre. Siempre tuvimos pendiente acudir a una biblioteca y rebuscar, entre atlas y cartas de navegación, historias heráldicas, muertes de reyes y, de paso, saber dónde coño paraba ese país del que era reina.

Hay días que me persigue una melodía más triste que las demás. Una noche de persianas bajadas y callejones líquidos. Con metal en la boca y un odio que desconocías que llevaras dentro. Llegó tarde o faltaba dinero o se chutó toda la mierda o simplemente estaba allí, en medio del peor lugar en el peor momento. Le rompí un brazo. Fue un accidente. El otro brazo, no lo fue. Con un ala rota los pájaros pueden gatear, correr, enamorarse otra vez. Con las dos se quedan quietos, temblando y soñando con jaulas que surquen cielos sin nubes.

Tu mayor derrota es cuando ni el miedo consigue que te sigan queriendo. Cuando se levantan del suelo, ofrecen sus brazos y te dicen que eso no cambiará nada. Finges no creerlo. Hay una línea en la victoria que cruzarla significa la derrota. Un jodido Rubicón que nadie te explica en la escuela. Que nadie quiere saber de su existencia. La humillación también es un dado. Y gira. No para de hacerlo.

Hay gente que no tiene nada o lo perdió todo o mataron a sus padres, a sus hijos. Cosas así. Eso es un drama. Pero un drama es una ópera. Un drama no es nunca una canción triste. Y la vida es una sad song.

Luego hay gente que se va a dormir y, sin motivo aparente, se desvela. Trata de encontrar en su cabeza algo con lo que engañar al insomnio. Algo así como un pasatiempo. Hacer una lista de prioridades. Cosas que faltan en la cocina, antiguas alineaciones de anticuados equipos de fútbol, el nombre de la persona a la que realmente ama. A aquella a quien más amó. A quién añora. A quién importa. Y pasan las horas y nada queda posado sobre su pecho. ¿Sabes de lo que hablo, verdad? Es entonces cuando trata de volver al lugar donde pasaron por primera vez las cosas y encontrar allí a la princesa que le quería a pesar de que fuera un saco de escombros y aire, de que todo lo hiciera mal, de que nadie –excepto ella– se fijara en él. Y se pregunta cómo pudo perder algo así. Dejar de quererla. De saber que eso era la única verdad que uno podrá poseer y no acertó ni a saber qué debía retener.

Adán era feliz en su inmundicia. Eva quiso más. Y la serpiente se aburría viéndolos desnudos. El Paraíso estaba en Dinamarca. Allí donde estuvo C. estuvo el Paraíso. Y el infierno, claro, esa es la historia, el argumento de la canción triste.

 
LOU REED, Sad Song

“Y fue ella la que se dejó desangrar sobre su cama, aquel colchón rodeado de colillas sumergidas en tazas de té helado donde concebimos los hijos que nunca tuvimos. Fue ella la que lo hizo. Yo ni tan siquiera estaba allí”. Ilustración: Rai Escalé

 

He follado a cincuenta, cien mujeres. Maté con ellas poco a poco mi deseo adolescente y mi fe. Buscaba algo dentro de ellas. A Dios. El Arco de Triunfo de Gayo César a los partos. Buscaba un placer que durara horas. Una forma inconsciente de ser eterno. Y si lo conseguí, no lo recuerdo, no me llega nada. Ni un perfume, ni una sensación que poder evocar. Mujeres que gritaron y otras, silenciosas. Mujeres que me mordían los huevos como les había enseñado a hacer su marido. Mujeres a las que no pude follar. Mujeres cuyos pezones estaban calientes y no parecía que fueran tejidos que se pudrirían bajo tierra cinco, veinte, treinta años después. Mujeres que me prometieron hijos que habían dado a otros. Cuerpos sudados y perfumados sobre sábanas baratas y arrancadas a colchones repletos de manchas y lamparones. Cera de velas, menstruaciones rotas. Mujeres que te miraban los ojos al correrse. Que te querían chupar la polla, que querían pasar horas a tu lado mirando el techo y tú siempre, con tanta prisa, tantas ganas de subir el río para morir. Mujeres cobardes. Que no se querían. Que tenían miedo. Que les dabas pena. Que se aburrían de todo, también de ti.

No consigo conservar aquel placer, si es que hubo placer, además de poder, de claudicación, de ciudad sitiada y vencida. De hecho, no consigo conservar nada.

Ella siempre decía que la vida debía ser otra cosa. Algo más que este charco asqueroso. Espero que cuando pasó las manos por los cristales lo supiera. Permíteme que lo dude. Seguro que entonces en su cabeza solo tenía esa canción, la melodía triste de la caja de música. ¿Fui yo su soldadito de plomo, inválido pero valiente? ¿Fue ella mi bailarina girando sobre la punta de sus pies? De esas que nunca verás bailando en un escenario, sino haciéndolo en su habitación, para ella misma. O quizá para sus hijos, para la sombra que quedó en sus juguetes y sus peluches. Como en ese escalón en Hiroshima que mostraron en la televisión anoche. Una mancha negra. Aquí estaba sentado un niño, una mujer. Cayó la bomba y se volatilizó. Como un terrible truco de un mago cruel.

Le hace bien a uno creer que es parte de un relato, de un cuento de soldados en barcos de papel y bailarinas engreídas. Para eso existe la literatura. Para poner letra a la vida leída, a las sad songs.

C. me llamaba Lord Jim. Me hacía gracia, pero no sabía a qué se refería al dar rango de lord a mi nombre. Me sentía como Lord Byron, apuesto, pelo revuelto, casaca roja, muriendo en Misolonghi, gritando como un pastor albano. Pero no. Mi reina danesa, pura carne alemana, me maltrataba con acertijos que no sabía entender. Era cruel. No se debería tratar a la gente así. A un hombre, al menos. Dejándolo al nivel de un niño, un juguete que perdió la manivela que le hacía levantarse, agitar las manos y hacer sonar los platillos de metal. Lord Jim, hija de puta, Lord Jim. En el cine, Lord Jim era Lawrence de Arabia, ese actor que llevó a las pantallas la vida de Peter O’Toole.

Hace tiempo, cuando ella ya no estaba por aquí, sino enredada en llantos de niños y nieblas fantasmagóricas, sonidos de flautas y dedos en teclas de marfil, lo vi en una librería. “Lord Jim”. Y lo compré. Cerca de allí, en una bonita cafetería, me pedí un té y empecé con “Lord Jim”. Lord Jim es un tipo talentoso. Una gran promesa de grandes cosas. Gestas heroicas, hazañas solo al alcance de hombres esculpidos en férrea disciplina, en el honor y el desprecio a la muerte. Pero ante una situación complicada, el capitán Lord Jim resuelve el dilema como un cobarde. Huye y abandona su barco repleto de peregrinos hindúes para que se hundan en el fondo del mar. Su cobardía es esa. Pero el destino se burla de él y el barco es rescatado y en el mundo no hay un lugar en el que se puedan esconder Lord Jim y su cobardía.

Como si Alejandro se hubiera arrodillado ante Darío.

Como si César hubiera implorado clemencia a sus asesinos.

Como si Jesús hubiera negado a su Padre.

Como si John hubiera pedido perdón a Paul.

El resto de su vida Lord Jim busca una forma de redención. Y la encuentra. Pero eso ya es literatura. Mala literatura, porque nadie se la cree. Además, dudo que C. leyera entera la novela. Quizá solo vio la película. No sé. Pero cuando me llamaba Lord Jim lo hacía porque era un tipo al que cualquiera le presuponía un gran porvenir. Pero que en el único momento de demostrar su valía, su hombría, se comportaba como un cobarde. Lord Jim. Ella hacía cosas así. Heridas que dolían para siempre. Sus palabras eran toallas mojadas. Su mirada, un sacacorchos que sabía, en todo momento, donde tenías el centro del corazón.

No es una excusa. No es un por qué. No soy Lord Jim buscando una redención. Todo eso me importa menos que nada. Solo digo que hay cosas que ella decía, cosas que ella hacía que no debía decir ni hacer. Y fue ella la que se dejó desangrar sobre su cama, aquel colchón rodeado de colillas sumergidas en tazas de té helado donde concebimos los hijos que nunca tuvimos. Fue ella la que lo hizo. Yo ni tan siquiera estaba allí.

Recuerdo a una chica. Siempre me hablaba de lo que podíamos haber hecho de haber estado juntos antes. De habernos conocido antes. De no existir el resto del mundo, las cadenas que nos ataban a la realidad. Es curioso por qué ahora ella, ese recuerdo. Nunca la vi desnuda. Apenas la besé una o dos veces. Era roja como Marte. Fue otro tipo de crueldad la suya, supongo. El no pedirte para el último baile. El no reclamarte del todo a la vida. No hay más rencor que aquel que te arruina un buen subidón. El que te priva del instante antes de la bajada en la montaña rusa. Un verano nos abrió en dos. Solo fue eso. Ya está. Se fue, desapareció, adiós.

Enciendo el televisor. Un robot ha aterrizado en Marte. Curiosa coincidencia. C. ni tan siquiera creyó que los americanos llegaran a la Luna. Imagina tragar con esto. Olimpiadas en Londres cerca de los museos de juguetes siniestros. Tipos altos, fuertes, sanos. Atletas arrogantes como fuimos nosotros cuando éramos eternos. Debe ser fantástico no vivir tu cuerpo como una cárcel. Estoy desnudo frente a la pantalla. Veo mis viejos tatuajes, una flor golpeando una calavera, unos dados con el dos doble y el nombre de Caroline que intenté quemar demasiadas veces. Solo se lee C., pero yo sé que C. es lo que queda de Caroline.

Me suda la polla que haga frío en Alaska.

Lord Jim.

(Se puede leer la crítica del libro aquí)

Publicado en la web de Rockdelux el 1/2/2013
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