He follado a cincuenta, cien mujeres. Maté con ellas poco a poco mi deseo adolescente y mi fe. Buscaba algo dentro de ellas. A Dios. El Arco de Triunfo de Gayo César a los partos. Buscaba un placer que durara horas. Una forma inconsciente de ser eterno. Y si lo conseguí, no lo recuerdo, no me llega nada. Ni un perfume, ni una sensación que poder evocar. Mujeres que gritaron y otras, silenciosas. Mujeres que me mordían los huevos como les había enseñado a hacer su marido. Mujeres a las que no pude follar. Mujeres cuyos pezones estaban calientes y no parecía que fueran tejidos que se pudrirían bajo tierra cinco, veinte, treinta años después. Mujeres que me prometieron hijos que habían dado a otros. Cuerpos sudados y perfumados sobre sábanas baratas y arrancadas a colchones repletos de manchas y lamparones. Cera de velas, menstruaciones rotas. Mujeres que te miraban los ojos al correrse. Que te querían chupar la polla, que querían pasar horas a tu lado mirando el techo y tú siempre, con tanta prisa, tantas ganas de subir el río para morir. Mujeres cobardes. Que no se querían. Que tenían miedo. Que les dabas pena. Que se aburrían de todo, también de ti.
No consigo conservar aquel placer, si es que hubo placer, además de poder, de claudicación, de ciudad sitiada y vencida. De hecho, no consigo conservar nada.
Ella siempre decía que la vida debía ser otra cosa. Algo más que este charco asqueroso. Espero que cuando pasó las manos por los cristales lo supiera. Permíteme que lo dude. Seguro que entonces en su cabeza solo tenía esa canción, la melodía triste de la caja de música. ¿Fui yo su soldadito de plomo, inválido pero valiente? ¿Fue ella mi bailarina girando sobre la punta de sus pies? De esas que nunca verás bailando en un escenario, sino haciéndolo en su habitación, para ella misma. O quizá para sus hijos, para la sombra que quedó en sus juguetes y sus peluches. Como en ese escalón en Hiroshima que mostraron en la televisión anoche. Una mancha negra. Aquí estaba sentado un niño, una mujer. Cayó la bomba y se volatilizó. Como un terrible truco de un mago cruel.
Le hace bien a uno creer que es parte de un relato, de un cuento de soldados en barcos de papel y bailarinas engreídas. Para eso existe la literatura. Para poner letra a la vida leída, a las sad songs.
C. me llamaba Lord Jim. Me hacía gracia, pero no sabía a qué se refería al dar rango de lord a mi nombre. Me sentía como Lord Byron, apuesto, pelo revuelto, casaca roja, muriendo en Misolonghi, gritando como un pastor albano. Pero no. Mi reina danesa, pura carne alemana, me maltrataba con acertijos que no sabía entender. Era cruel. No se debería tratar a la gente así. A un hombre, al menos. Dejándolo al nivel de un niño, un juguete que perdió la manivela que le hacía levantarse, agitar las manos y hacer sonar los platillos de metal. Lord Jim, hija de puta, Lord Jim. En el cine, Lord Jim era Lawrence de Arabia, ese actor que llevó a las pantallas la vida de Peter O’Toole.
Hace tiempo, cuando ella ya no estaba por aquí, sino enredada en llantos de niños y nieblas fantasmagóricas, sonidos de flautas y dedos en teclas de marfil, lo vi en una librería. “Lord Jim”. Y lo compré. Cerca de allí, en una bonita cafetería, me pedí un té y empecé con “Lord Jim”. Lord Jim es un tipo talentoso. Una gran promesa de grandes cosas. Gestas heroicas, hazañas solo al alcance de hombres esculpidos en férrea disciplina, en el honor y el desprecio a la muerte. Pero ante una situación complicada, el capitán Lord Jim resuelve el dilema como un cobarde. Huye y abandona su barco repleto de peregrinos hindúes para que se hundan en el fondo del mar. Su cobardía es esa. Pero el destino se burla de él y el barco es rescatado y en el mundo no hay un lugar en el que se puedan esconder Lord Jim y su cobardía.
Como si Alejandro se hubiera arrodillado ante Darío.
Como si César hubiera implorado clemencia a sus asesinos.
Como si Jesús hubiera negado a su Padre.
Como si John hubiera pedido perdón a Paul.
El resto de su vida Lord Jim busca una forma de redención. Y la encuentra. Pero eso ya es literatura. Mala literatura, porque nadie se la cree. Además, dudo que C. leyera entera la novela. Quizá solo vio la película. No sé. Pero cuando me llamaba Lord Jim lo hacía porque era un tipo al que cualquiera le presuponía un gran porvenir. Pero que en el único momento de demostrar su valía, su hombría, se comportaba como un cobarde. Lord Jim. Ella hacía cosas así. Heridas que dolían para siempre. Sus palabras eran toallas mojadas. Su mirada, un sacacorchos que sabía, en todo momento, donde tenías el centro del corazón.
No es una excusa. No es un por qué. No soy Lord Jim buscando una redención. Todo eso me importa menos que nada. Solo digo que hay cosas que ella decía, cosas que ella hacía que no debía decir ni hacer. Y fue ella la que se dejó desangrar sobre su cama, aquel colchón rodeado de colillas sumergidas en tazas de té helado donde concebimos los hijos que nunca tuvimos. Fue ella la que lo hizo. Yo ni tan siquiera estaba allí.
Recuerdo a una chica. Siempre me hablaba de lo que podíamos haber hecho de haber estado juntos antes. De habernos conocido antes. De no existir el resto del mundo, las cadenas que nos ataban a la realidad. Es curioso por qué ahora ella, ese recuerdo. Nunca la vi desnuda. Apenas la besé una o dos veces. Era roja como Marte. Fue otro tipo de crueldad la suya, supongo. El no pedirte para el último baile. El no reclamarte del todo a la vida. No hay más rencor que aquel que te arruina un buen subidón. El que te priva del instante antes de la bajada en la montaña rusa. Un verano nos abrió en dos. Solo fue eso. Ya está. Se fue, desapareció, adiós.
Enciendo el televisor. Un robot ha aterrizado en Marte. Curiosa coincidencia. C. ni tan siquiera creyó que los americanos llegaran a la Luna. Imagina tragar con esto. Olimpiadas en Londres cerca de los museos de juguetes siniestros. Tipos altos, fuertes, sanos. Atletas arrogantes como fuimos nosotros cuando éramos eternos. Debe ser fantástico no vivir tu cuerpo como una cárcel. Estoy desnudo frente a la pantalla. Veo mis viejos tatuajes, una flor golpeando una calavera, unos dados con el dos doble y el nombre de Caroline que intenté quemar demasiadas veces. Solo se lee C., pero yo sé que C. es lo que queda de Caroline.
Me suda la polla que haga frío en Alaska.
Lord Jim. 