USO DE COOKIES

Este sitio web utiliza Cookies propias y de terceros, para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios, para mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias, así como analizar sus hábitos de navegación. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web.

Aceptar Cómo configurar

Cargando...
MADELEINE PEYROUX, La dama canta blues

La diva escurridiza.

 
 

ARTÍCULO (2007)

MADELEINE PEYROUX La dama canta blues

Ave canora criada en las calles de París, la norteamericana Madeleine Peyroux buscaba en el legado de Billie Holiday la esencia de la interpretación mientras intentaba compaginar su compromiso artístico con los imponderables de la profesionalización. La Peyroux se ganó a pulso la fama de cantante problemática. Conozcámosla mejor en este artículo de Peter Doggett, publicado cuando había recogido los frutos de un “Half The Perfect World” (2006) bendecido por el éxito, se diría que a su pesar.

Elegir en la adolescencia a Billie Holiday como modelo a seguir conlleva ciertas responsabilidades. No solo hay que cantar como un ángel herido, sino también saber evitar el fatal destino de semejante heroína (encarcelamiento, drogadicción, alcoholismo, enfermedad cardíaca, bancarrota y muerte por cirrosis a los 44 años). Por suerte, Madeleine Peyroux no muestra signos de querer repetir el pasado de Lady Day recorriendo el mismo calvario. En su caso, es mucho más probable que la crisis venga provocada por el choque entre la vocación que ha escogido y las exigencias de una carrera profesional.

Tal dilema se hace evidente en sus recortes de prensa, donde los elogios artísticos aparecen impregnados de historias de entrevistas canceladas, de abandono de programas de televisión e incluso de una notoria “desaparición en combate” durante una gira promocional en el Reino Unido en 2005. Aparte, también está el lapso transcurrido entre “Dreamland” (Atlantic, 1996), su álbum de debut aclamado por la crítica, y el éxito comercial de “Careless Love” (Rounder, 2004), precedente de su última entrega, “Half The Perfect World” (Rounder-Emarcy-Universal, 2006). Todo parece apuntar a una mujer con, digamos, una actitud ambivalente hacia la fama.

“Creo que para la compañía la idea es no ofrecer al artista la posibilidad de tener una carrera. Me parece que se preocupan más por cuál será el volumen de ventas conseguido al cabo del año. Y eso no tiene nada que ver conmigo”

A mi llegada a un hotel anticuado aunque lleno de encanto en una callejuela de Bristol, soy recibido por un alegre representante de la discográfica. “Madeleine no está en el hotel en este momento”, anuncia. Alzo una ceja interrogante. “No disponen de conexión a internet, así que ha salido a mirar su correo”. Mientras espero, ocupo una mesa estratégica en el restaurante desde donde contemplo el ajetreo de oficinistas en su hora de comer. De pronto, veo al alegre representante de la discográfica en la calle de al lado, alejándose del hotel a toda pastilla. ¿Ha salido por patas de nuevo la famosa diva con reputación de solitaria?

Diez minutos después, el representante, algo atosigado, y una tímida mujer de pelo oscuro hacen su aparición en el restaurante. Su aspecto nada tiene que ver con la imagen chic de estrella francesa a lo Annie Hall con que se la ve en la portada de “Careless Love”; parece más bien una mochilera que lleva varias semanas lejos de casa. Madeleine Peyroux toma asiento cautelosa, mirando de reojo la grabadora como si de un antiguo enemigo se tratara. “¿Te has perdido?”, pregunto amablemente. Sonríe, me mira a los ojos menos de un instante y murmura: “No, solo estaba…”, y su voz se apaga. Alcanza el primero de una serie de reconfortantes cigarrillos, rechaza cualquier cosa más sólida que el agua y se prepara para librar un asalto más en el combate con la prensa.

Musicalmente, no tiene nada que esconder. “Careless Love” se convirtió en un fenómeno de combustión lenta, difundido por el boca a boca. Lo que hizo que se vendiera el disco fue su versión tan personal y desarmante de “You’re Gonna Make Me Lonesome When You Go” de Bob Dylan. Peyroux no se limitó a reinterpretar la canción, sino que la tradujo a un idioma nuevo, dejando que su voz, lánguida, elegante, sensual, se deslizara sobre las palabras de Dylan como la mano fría de un amante. Nadie había tocado una canción de Dylan de esa manera antes que ella, con tanta precisión y tan poco esfuerzo.

Es indiscutible que en “Careless Love” tales delicias se dan en abundancia, ya sean versiones de Leonard Cohen, Elliott Smith, Hank Williams o W.C. Handy. Más allá de la superficial similitud de tono entre su voz y la de Billie Holiday, su combinación de control y naturalidad la llevaron a formar parte de una tradición que parte de Billie Holiday y Bessie Smith y abarca maestros más contemporáneos como Jimmy Scott o Willie Nelson. Su último álbum, “Half The Perfect World”, se asemeja a su ilustre predecesor, al menos en la superficie. Contiene más canciones de Cohen, más estándares pre-rock y un toque francés, y saluda al orden establecido de cantautores (Tom Waits, Joni Mitchell, Fred Neil). Si acaso es un disco menos denso, más jazz, que descansa todo su peso en la sublime certeza de su voz.

 
MADELEINE PEYROUX, La dama canta blues

“La música es un medio de comunicación, un intercambio de emociones”.

 

No obstante, resulta inevitable contrastar la seguridad sin mácula de sus discos y su aparente reticencia a enfrentarse con las obligaciones de su trabajo. Después de todo, una vez declaró que dejaría de cantar por dinero si se le pedía que tocara en un sitio demasiado grande, y llegó a abandonar el programa de televisión de Michael Parkinson en la BBC, negándose a actuar ante la insistencia de su productor de que sonriera durante su interpretación de “Dance Me To The End Of Love”, la sobrecogedora oda de Cohen al Holocausto. Desde el principio queda claro que disfruta tanto con las entrevistas como con las zonas libres de humo. Sin embargo, por lo que respecta a la música, la pasión por su trabajo resulta más que evidente.

Habla sobre las canciones de Dylan, sobre su romanticismo agridulce, como “las canciones de amor más bellas. Fueron muchas las que consideré para este álbum”. Como ya es típico de ella, no desvela cuáles estaban entre las posibles. “Pero seguro que haré alguna otra”, dice, y luego murmura, en un susurro apenas audible: “Si vuelvo a grabar...”. Ambos sabemos que no debería haberlo dicho; se supone que debe promocionar su disco, y ese es precisamente el tipo de comentario que desemboca en una incómoda pregunta personal: ¿qué quiere decir? Sigue una larga pausa llena de emoción para luego avanzar con esfuerzo hacia la respuesta: “Creo que la situación en que me encuentro ha surgido sin pensarlo. Intento conceptualizarlo como una profesión, pero no es algo que se pueda planear ni programar”. Que se lo cuenten a los trabajadores de la discográfica. Hace una mueca: “Creo que para la compañía la idea es no ofrecer al artista la posibilidad de tener una carrera. Me parece que se preocupan más por cuál será el volumen de ventas conseguido al cabo del año. Y eso no tiene nada que ver conmigo”.

“No recuerdo lanzarme a copiar a Billie Holiday o Bessie Smith de manera consciente, aunque escucharlas fue una epifanía. Descubrir artistas que encontraban un lugar para las voces femeninas me enseñó que cantar podía ser artístico”

¿Puede llegar a suceder que se sienta tan alienada con su música, su público, su discográfica, toda su carrera profesional, que decida que ya no disfruta con ello y huya a las montañas? “No puedo imaginarme a mí misma diciendo: ‘Me voy a casa a tocar blues’ –reflexiona–. ¿Qué sentido tendría? La música es un medio de comunicación, un intercambio de emociones. Pero sí me veo diciendo: ‘Quizás este no sea mi sitio’”.

A los 13 años, fue trasplantada de Estados Unidos a Francia, país de nacimiento de su madre, y no tardó en escaparse de un internado para encontrar almas gemelas entre los músicos callejeros de París. Al final de su adolescencia, Yves Beauvais, ejecutivo de Atlantic, la descubrió y le ofreció un contrato que ella rechazó porque no se sentía preparada. Varios años después, volvió a intentarlo y esta vez ella aceptó el acuerdo corporativo. Su álbum de debut, “Dreamland”, le granjeó críticas alentadoras y muchas comparaciones con Billie Holiday, pero las malas lenguas de la compañía pronto la etiquetaron como “difícil”. Intentó entrar en el juego e incluso participó en el circuito del festival femenino Lilith Fair, pero pronto descubrió que no era lo suyo. En lugar de sacar un segundo álbum con Atlantic, prefirió volver a la comodidad de la escena de clubes de Nueva York. Algunas noches cobraba solo las propinas, y cuando trabajaba con otros músicos se guardaba mucho de comentar nada sobre su pasado con una discográfica importante.

Cuando el armonicista William Galison la conoció en Manhattan, pensó que acababa de descubrir a una total desconocida. Fueron pareja durante un tiempo y, al final de su relación, se echaron a la carretera como dúo. Grabaron media docena de canciones para vender en sus actuaciones y, a partir de ahí, se bifurcaron sus caminos. Peyroux consiguió un contrato con Rounder Records, especialistas en música de raíces, que vio ampliado cuando Universal Jazz se comprometió a sufragar la grabación. Justo antes de la aparición de “Careless Love”, en 2004 Galison sacó un disco compartido con Peyroux, “Got You On My Mind”, basándose en unas sesiones de estudio improvisadas que dejan entrever a una cantante algo más juguetona y que habrían ofrecido un contrapunto fascinante a su carrera oficial de no haberse cursado procedimientos legales.

 
MADELEINE PEYROUX, La dama canta blues

“Se puede cambiar una canción por el modo de interpretarla”.

 

Se puede seguir toda la saga en tortuoso detalle por internet, contada por completo desde el punto de vista de Galison. Hasta ahora, Peyroux nunca se ha mostrado “dispuesta a hacer comentarios” cuando algún periodista ha investigado la historia. Hoy, con su única vía de escape obstaculizada por mi presencia y el micrófono, alega sub júdice y se limita a decir: “La grabación fue muy dura y no creo que estuviera finalizada en el momento en que la sacó; estaba dispuesta a trabajar mucho más en ella. De haber estado en mejores condiciones mi relación laboral con William, se podría haber pulido bastante más. Creo que lo que provocó tanta confusión fue el hecho de que hubiéramos tenido una relación sentimental antes”. Me lanza una mirada furiosa dando el tema por zanjado.

Se siente algo más cómoda al hablar de su verdadera pasión, cantar: “No recuerdo lanzarme a copiar a Billie Holiday o Bessie Smith de manera consciente, aunque escucharlas fue una epifanía. Descubrir artistas que encontraban un lugar para las voces femeninas, y para la canción en sí, en una época en que la música más popular era para bailar, no para escuchar, me enseñó que cantar podía ser artístico, que se podía cambiar una canción por el modo de interpretarla”.

“Cada vez que cantas para alguien, ya sea una persona o un local lleno de público, estás diciendo: ‘Tomad, os lo doy. No sé ni quiénes sois ni de dónde venís, pero ahí lo tenéis, es vuestro’. La voz es el instrumento más expresivo y personal que existe”

No será porque encontrar su propia voz no fuera un proceso doloroso: “Desde el principio había un espacio vacilante, angustioso, que sabía que tenía que llenar. Me di cuenta de que mi voz sonaría vacía a menos que hiciera un esfuerzo consciente por llenar ese espacio. Se convirtió en un reto encontrarme a mí misma en cada canción y transmitir esas emociones a otra gente. Cada vez que cantas para alguien, ya sea una persona o un local lleno de público, estás diciendo: ‘Tomad, os lo doy. No sé ni quiénes sois ni de dónde venís, pero ahí lo tenéis, es vuestro’. La voz es el instrumento más expresivo y personal que existe; y al escucharla, automáticamente se oyen matices que el cantante proporciona de forma inconsciente”.

Ese aspecto añadido, la emoción más allá del control emocional, es el ingrediente mágico en la música de Peyroux. Según ella, “en la música existe una actitud hacia el silencio y el espacio que deja sitio a la ambigüedad, creando un arreglo que significa mucho aunque no se diga nada. Es lo que, para mí, hace de la música algo tan intenso. Y el silencio es precioso. Cuando se incluye en la música, da lugar a que el público esboce su propia reacción. No se le dice lo que tiene que pensar. Lo considero poesía. Es dejar que la canción y la voz respiren”. Pausa de un segundo y luego añade: “No hay que tener miedo de mantener una conversación con el público. ¡No es manipulación!”. Casi grita las tres últimas palabras, como si fueran el peor insulto del mundo.

El tipo de manipulación que desea evitar en concreto es un incidente ocurrido en 2005 cuando su discográfica atrajo la atención de la televisión y la prensa al dar a entender que “había desaparecido” para luego “encontrarla” en su casa de Nueva York. Los ojos le giran en las órbitas al recordarle el aparente truco publicitario. “Es el tipo de situación que se puede solucionar con una mera disculpa”, murmura apretando los labios. “Alguien podría disculparse”. ¿Lo hicieron? Se encoge de hombros con disgusto. ¿No perjudicó eso su relación con la gente que difundió la historia? “Nunca traté con esa gente”, insiste, antes de añadir con sarcasmo adolescente, “irónicamente”. Así pues, ¿cómo reacciona ante la imagen que da la prensa de artista torturada que huye del ojo público? Se ríe y me recuerda que si fuera así de torturada no estaría haciendo esta entrevista. Pero reconoce: “Es una situación rara. Creo que queda claro que lo que más me interesa es dedicarme a la música. Todo lo demás lo hago simplemente para poder hacer eso”.

NINA SIMONE, Espíritu libre

ARTÍCULO (2015)

NINA SIMONE

Espíritu libre

Por Salvador Catalán
HÉCTOR LAVOE, El hombre que respiraba bajo el agua
Por Ragnampiza
MERLE HAGGARD, Prisionero del viento
Por Miguel Martínez
MICHAEL JACKSON, Amado monstruo

ARTÍCULO (2009)

MICHAEL JACKSON

Amado monstruo

Por Luis Lles
RY COODER, Río Grande

ARTÍCULO (1987)

RY COODER

Río Grande

Por David S. Mordoh
DAVE BARTHOLOMEW, El gran superviviente
Por Luis Lapuente
SONIC YOUTH, Teenage film stars

ARTÍCULO (1993)

SONIC YOUTH

Teenage film stars

Por Juan Cervera
KANYE WEST, Yes, Sir

ARTÍCULO (2005)

KANYE WEST

Yes, Sir

Por Roc Jiménez de Cisneros
BOB DYLAN, Dylan lo que digan

ARTÍCULO (2016)

BOB DYLAN

Dylan lo que digan

Por Alberto Manzano, Susana Funes, David Morán, Jaime Gonzalo y César Luquero
LEAD BELLY, Rompiendo el grillete
Por Miguel Martínez
BJÖRK, Violentamente infeliz

ARTÍCULO (2015)

BJÖRK

Violentamente infeliz

Por Javier Blánquez
PEDRO SAN MARTÍN, Imposible aburrirse con él
Por Víctor Lenore
BOMBINO, Alma tuareg

ARTÍCULO (2011)

BOMBINO

Alma tuareg

Por Vicenç Batalla
JOHN CAGE, El gran inventor

ARTÍCULO (2008)

JOHN CAGE

El gran inventor

Por Roc Jiménez de Cisneros
JESÚS ARIAS, El carácter explosivo de TNT
Por Enrique Novi
BROADCAST, Todas las voces dentro de una
Por Juan Monge
N.W.A, Grupo salvaje

ARTÍCULO (2015)

N.W.A

Grupo salvaje

Por Òscar Broc
BOB MARLEY, El Rey León (y 2ª parte)
Por Lloyd Bradley
MOTÖRHEAD, La máquina malvada

ARTÍCULO (1987)

MOTÖRHEAD

La máquina malvada

Por Diego A. Manrique
BOB MARLEY, El Rey León (1ª parte)
Por Lloyd Bradley
DEATH GRIPS, Drapetomanía

ARTÍCULO (2012)

DEATH GRIPS

Drapetomanía

Por Ruben Pujol
BOB DYLAN, La cicatriz ha cambiado de sitio
Por Miguel Martínez
ERYKAH BADU, Más allá del fantasma de Billie H.
Por Miquel Botella
Arriba