En la Universidad de Glasgow, y después de introducir las correspondientes gasas en forma de canutillo en el coxis de Maymó, ya parecíamos catedráticos ilustres de la UB. Contestamos las preguntas de los alumnos de Esther Tallada con el catalán más didáctico del mundo –jamás unas O y unas E habían sonado tan abiertas en nuestras bocas– y por la tarde tocamos en una sala muy elegante llamada Classic Grand. Sonamos muy bien, y los universitarios acudieron en tropa. Después de la actuación, uno de ellos, Rory, un individuo de Leeds con un catalán excelente, nos hizo partícipes de su amor incondicional hacia los pronoms febles y hacia el cine catalán –prepara una tesis en la que salen desde Joaquim Jordà hasta Àlex Pastor–, pero nos reprochó la idiosincrasia de las mujeres de Barcelona, demasiado encerradas en sus pequeñas capillas de amigos para fijarse en un joven inglés: “En Barcelona yo ligaré con una italiana, con una chica de Gijón, si me apuras con una mallorquina, pero jamás con una nativa”. Brindamos con Rory, agradeciendo secretamente el escaso cosmopolitismo de nuestras conciudadanas. Bien por ellas.
El vuelo de Glasgow a Londres nos hizo desconfiar, una vez más, de la buena voluntad de la compañía aérea Ryanair. Los billetes serán baratos, pero si uno olvida imprimirlos o si pretende entrar en cabina instrumentos delicados, empiezan la letra pequeña, las tasas y las caras de circunstancias de los empleados ante cualquier queja, que te vienen a decir que si no pagas y, por consiguiente, no vuelas, tampoco va a ser una debacle en sus vidas. Echando de menos a la mismísima Iberia, llegamos a Londres a la once de la noche, esa hora en que, si uno está hambriento, Inglaterra es el peor país del mundo. Burger King, y a dormir.
El concierto en la sala Cargo fue fantástico. Llenamos el local y se quedaron algunas personas fuera, todo un lujo estando tan lejos de casa y siendo un domingo por la tarde. Estábamos tan animados que decidimos interpretar las “Corrandes de la parella estable”, una canción que no habíamos tocado ni en Manchester ni en Glasgow, porque precisa de la colaboración directa del público y temíamos que los ingleses no entendieran nada. Así que se nos ocurrió adaptar la letra al inglés: allí quedó la imagen de Arnau Vallvé cantando “When I have an english breakfast, I always ask for beans”, o de Roger Padilla y su chiste injustamente incomprendido “I think this is not working, I think we should leave”, aunque, sin duda, la rima que tuvo más éxito fue la de Martí, que, con dos gasitas limpísimas en el coxis, cantó: “We all live in a yellow, in a yellow submarine, i ens ha costat déu i ajuda arribar fins aquí”. 