Ya en el avión, los síntomas de la clase turista rápidamente hicieron acto de presencia en nuestros cuerpecillos: extremidades entumecidas y, sobre todo, miopía espontánea ante lo pegada que estaba la pantalla del asiento de delante. Doblajes sudamericanos que nos devolvían a los tiempos de “La sirenita” y empachos provocados por el “comer por aburrimiento” marcaron el paseo aéreo hasta el otro lado del Atlántico.
Ya en tierras aztecas, y una vez superado ese extraño síndrome vampírico que te hace consumir la programación nocturna al completo, dio comienzo oficialmente la semana de promoción con una entrevista madrugadora en Reactor FM, la emisora que más apoyó al grupo en el país. Y aquí comenzó a gestarse un problema que se convirtió en crónico durante nuestra estancia: palabras clave que no entendíamos y que provocaban el desmoronamiento total de nuestras aspiraciones comunicativas. Es decir, si en una entrevista alguien comenta que “sus rolas están muy chidas”, tienes dos opciones: sonreír amablemente y salir por la tangente con un comentario neutral del tipo “estamos muy contentos de estar en vuestro país”, esperando que nadie se dé cuenta de que estás perdido; o bien quedar como un cateto y confesar que no estás muy seguro de si el comentario es de admiración o más bien de desprecio (uno, tras estos años, ya se va acostumbrando a las opiniones extremas). Y cómo olvidar el apartado más comprometido de todos, el que afecta a la palabra “coger” y su connotación claramente erótica en esas latitudes. Así, Pau agradeció múltiples veces “la gran acogida” que nos brindaron los mexicanos, por no hablar de las veces que mantuvimos relaciones sexuales con vehículos de cuatro ruedas cada vez que “cogíamos un taxi”.
Incluso así, conseguimos seguir adelante y llegar a nuestro primer concierto en Puebla, una ciudad a noventa minutos en coche de los cuales los primeros sesenta se emplean solamente en salir de la ciudad. Era un concierto integrado dentro de una fiesta privada del programa AlterEXA, de la emisora EXA, en el cual comenzamos a conocer ciertas peculiaridades del carácter local; digamos que en México las cosas van al ritmo que van. Inmediatamente nos dimos cuenta de que el problema era nuestro: ¿quién nos mandaba llegar a la hora indicada a los sitios? Como guinda descubrimos que el escenario estaba pegado por un lado a una casa habitada, de manera que uno de sus inquilinos, que se encontraba asomado desde la ventana de su dormitorio, estaba a escaso metro y medio de la batería durante el concierto. Mi abuela, que en paz descanse, hubiera estado encantada. En cuanto al público, tuvimos nuestro primer contacto con la pasión y las emociones desatadas de las que hacen gala los mexicanos. Gritos guturales nos dieron la bienvenida entre cariñosas amenazas ante el devenir del repertorio (“si no tocan ‘Balas en Dallas’ los vamos a matar”) y declaraciones de principios de lo más explícitas (“les amo”).