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MANOS DE TOPO, Las rolas están muy chidas

“Ahora por las noches nos despertamos invocando a la Virgen de Guadalupe... ¡llévanos de vuelta, por piedad!”. 

Foto: Víctor Velasco

 
 

EN LA CARRETERA (2010)

MANOS DE TOPO Las rolas están muy chidas

Manos de Topo visitaron México por primera vez entre el 8 y el 16 de octubre de 2010 para ofrecer una tanda de cinco conciertos. Rafa de los Arcos, batería de la banda barcelonesa, nos relató en exclusiva el divertido periplo, viaje marcado por los equívocos lingüísticos, las “amenazas” del público y los efectos del mezcal.

Esto podría ser la típica película que comienza con una imagen extraña en la que el protagonista se ve envuelto en una situación sin que sepamos todavía cómo ha llegado hasta ahí. Es un poco lo que ocurre con la primera imagen de esta pequeña aventura: un grupo de chicos con cara de terror, excitación y expectación están a punto de subir a un avión rumbo a México DF. “¿Pero estos no eran los Manos de Topo? ¿Cómo han llegado hasta aquí con lo poco que me gustan?”. Pues bien, podríamos decir que eso mismo nos estábamos preguntando nosotros, cómo habíamos llegado hasta allí desde nuestros primeros pinitos en casas de amigos y fiestas universitarias. Un pequeño milagro 2.0 nos había dado el empujón: la red de las amistades millonarias había extendido como un catarro placentero el mensaje de los Manos de Topo por los oídos mexicanos.

“Si en una entrevista alguien comenta que ‘sus rolas están muy chidas’, tienes dos opciones: sonreír amablemente y salir por la tangente con un comentario neutral del tipo ‘estamos muy contentos de estar en vuestro país’, esperando que nadie se dé cuenta de que estás perdido; o bien quedar como un cateto y confesar que no estás muy seguro de si el comentario es de admiración o más bien de desprecio”.

Ya en el avión, los síntomas de la clase turista rápidamente hicieron acto de presencia en nuestros cuerpecillos: extremidades entumecidas y, sobre todo, miopía espontánea ante lo pegada que estaba la pantalla del asiento de delante. Doblajes sudamericanos que nos devolvían a los tiempos de “La sirenita” y empachos provocados por el “comer por aburrimiento” marcaron el paseo aéreo hasta el otro lado del Atlántico.

Ya en tierras aztecas, y una vez superado ese extraño síndrome vampírico que te hace consumir la programación nocturna al completo, dio comienzo oficialmente la semana de promoción con una entrevista madrugadora en Reactor FM, la emisora que más apoyó al grupo en el país. Y aquí comenzó a gestarse un problema que se convirtió en crónico durante nuestra estancia: palabras clave que no entendíamos y que provocaban el desmoronamiento total de nuestras aspiraciones comunicativas. Es decir, si en una entrevista alguien comenta que “sus rolas están muy chidas”, tienes dos opciones: sonreír amablemente y salir por la tangente con un comentario neutral del tipo “estamos muy contentos de estar en vuestro país”, esperando que nadie se dé cuenta de que estás perdido; o bien quedar como un cateto y confesar que no estás muy seguro de si el comentario es de admiración o más bien de desprecio (uno, tras estos años, ya se va acostumbrando a las opiniones extremas). Y cómo olvidar el apartado más comprometido de todos, el que afecta a la palabra “coger” y su connotación claramente erótica en esas latitudes. Así, Pau agradeció múltiples veces “la gran acogida” que nos brindaron los mexicanos, por no hablar de las veces que mantuvimos relaciones sexuales con vehículos de cuatro ruedas cada vez que “cogíamos un taxi”.

Incluso así, conseguimos seguir adelante y llegar a nuestro primer concierto en Puebla, una ciudad a noventa minutos en coche de los cuales los primeros sesenta se emplean solamente en salir de la ciudad. Era un concierto integrado dentro de una fiesta privada del programa AlterEXA, de la emisora EXA, en el cual comenzamos a conocer ciertas peculiaridades del carácter local; digamos que en México las cosas van al ritmo que van. Inmediatamente nos dimos cuenta de que el problema era nuestro: ¿quién nos mandaba llegar a la hora indicada a los sitios? Como guinda descubrimos que el escenario estaba pegado por un lado a una casa habitada, de manera que uno de sus inquilinos, que se encontraba asomado desde la ventana de su dormitorio, estaba a escaso metro y medio de la batería durante el concierto. Mi abuela, que en paz descanse, hubiera estado encantada. En cuanto al público, tuvimos nuestro primer contacto con la pasión y las emociones desatadas de las que hacen gala los mexicanos. Gritos guturales nos dieron la bienvenida entre cariñosas amenazas ante el devenir del repertorio (“si no tocan ‘Balas en Dallas’ los vamos a matar”) y declaraciones de principios de lo más explícitas (“les amo”).

 
MANOS DE TOPO, Las rolas están muy chidas

Alejandro Marzoa, Miguel Ángel Blanca, Rafa de los Arcos y Pau Julià: Manos de Topo, formación 2010. Foto: Víctor Velasco

 

Sin embargo, el plato fuerte llegó al día siguiente con nuestra actuación en la sala Doberman, un templo del hard rock situado a las afueras que quedaría perfectamente integrado en una película de acción satánica. El concierto, junto a Napoleón Solo y una banda local, hubiera sido el centro de atención de no ser por el momento erótico melómano que vivió Alejandro, nuestro teclista: una fan local insistió en que le imprimiese su rúbrica ni más ni menos que en un pecho, el derecho para ser exactos. Lo mejor es que nuestro siempre dócil Marzoa no dudó en hacer realidad el deseo de la oriunda con una sonrisa a cámara de lo más televisiva.

“El momento clave llegó mediado el concierto cuando Alejandro adaptó ‘Me acuerdo’, un tema de un rapero sudamericano de los noventa que nos había enamorado noches atrás en un canal de videoclips trasnochados. El ‘flow’ de Alejandro para manejar los tiempos del rap más dolido derritieron al respetable”

El resto de la semana transcurrió entre comidas picantes y ciertos problemas gástricos provocados por la ya célebre venganza de Moctezuma, que afecta a los aburguesados estómagos europeos. Y por fin llegó el momento culminante de nuestra visita: el concierto en la sala Imperial, en el centro del DF, un pequeño templo de la música en la ciudad que servía como prueba de fuego para comprobar si realmente había interés por la banda o todo había sido fruto de una broma macabra en cadena. La cosa no pudo ir mejor: sold out y medio centenar de personas que se quedaron fuera con ganas de comprobar en persona si los rigores de la dieta local habían aplacado las energías vocales de Miguel Ángel.

Caras de alegría entre la sufrida gente de Danger Corp (nuestra “disquera” allí) y nuestro amigo Iván de I+D Music (otro de los ideólogos del evento). Pero el momento clave llegó mediado el concierto cuando Alejandro adaptó “Me acuerdo”, un tema de un rapero sudamericano de los noventa que nos había enamorado noches atrás en un canal de videoclips trasnochados. El flow de Alejandro para manejar los tiempos del rap más dolido derritieron al respetable y, en especial, a Artemio y Renato, una gente estupenda que conocimos en el viaje y a quienes iba dedicada la canción.

Esa misma noche dimos buena cuenta de un licor mexicano que nos robó el corazón durante nuestra estancia: el mezcal, un brebaje ahumado que te traslada en el tiempo y el espacio y que a Miguel Ángel le provoca cierta distorsión sensorial (no, Miguel Ángel, nadie te está tocando la espalda). La noche no se dilató demasiado porque al día siguiente teníamos una peculiar cita en el mercado del Chopo, un estuario del rock que dedicaba la jornada al punk, el día perfecto para que Manos de Topo desplegase su repertorio de baladas sentimentales. El promotor del evento no cabía en sí de desconcierto cuando vio aparecer a Sara, nuestra violinista, portando su decimonónico instrumento. Despistes de programación aparte, solventamos la papeleta sacando el heavy que llevamos dentro, pasando a disfrutar inmediatamente después del resto de las bandas, un ejemplo de cómo las canas no amedrentan las ganas de luchar contra el sistema (sic).

Y sin darnos cuenta, cinco conciertos y quince entrevistas más tarde, nos vimos de nuevo en un avión rumbo a la vieja y aburrida Europa, la peli se había acabado y acababa como empezaba. Bueno, más o menos: ahora por las noches nos despertamos invocando a la Virgen de Guadalupe... ¡llévanos de vuelta, por piedad!

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