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MARC ALMOND, Un hombre ordenado

El último romántico.

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 341)

MARC ALMOND Un hombre ordenado

A sus 58 años, Marc Almond completó el círculo con el espléndido “The Velvet Trail” (2015), álbum de canciones pop. La catarsis autobiográfica “Tainted Life” (1999) comenzaba recordando a su abuelo materno, un espigado caballero noruego que solía pasearle a hombros por las suaves marismas de Southport, su ciudad natal. A ellas retornó con la serenidad de un hombre que lo ha vivido todo, o casi, y una actividad inagotable a pesar de la precariedad de la industria. Almond no es un juguete roto. En realidad, nunca fue un juguete, como constató José Manuel Caturla en esta entrevista en Londres, motivo de portada en el Rockdelux 341 (julio-agosto 2015).

Antes de empezar me gustaría explicar algo. El resultado de esta entrevista no se ajusta ni de lejos a mis pretensiones originales. Mi idea era hablar de temas trascendentes como muerte, sexo y drogas, categorías indisolublemente unidas al itinerario artístico y personal de Marc Almond. Pero son demasiadas las preguntas acumuladas desde mi perturbada adolescencia, además de grande el oficio del entrevistado, y acabo haciendo una entrevista de fan en la que, desde luego, no podía faltar Soft Cell.

Tras la separación del dúo en 1984, Almond quiso transformarse en un cantante “estándar” (sin conseguirlo, claro) suavizando paulatinamente su imagen, recibiendo clases de canto, rehabilitándose a mediados de los noventa (desde entonces, dice, no ha fumado ni probado las drogas, legales o antihigiénicas), superando más síndromes psicológicos (la sombra de “Tainted Love” y de su exmánager Stevo) o ejercitando el boxeo, actividad insólita que abandonó tras su grave accidente de motocicleta en 2004. Tras el siniestro y la extirpación del bazo y la vesícula, varias operaciones de hernia más algún retoque estético como el de su pretérita nariz de tucán, indeseada herencia paterna que autoparodió en la portada de “Stories Of Johnny” (Virgin, 1985), modificaron sensiblemente el magnético fenotipo de Peter Mark –girado a Marc, con “c”, de Bolan– Sinclair Almond, un hombre actualmente ordenado a todos los efectos.

“Chris Braide, productor británico establecido en Los Ángeles, especializado en grandes producciones, insistía en que no dejara de escribir y empezó a enviarme un puñado de melodías que él mismo había escrito para mí... Me entró el gusanillo. También pensé que podía ser la última oportunidad de hacer un disco de pop de esa factura...”

Es un día soleado en Londres, ciudad que aprovecha cada rayo de sol como si fuera el último. Si piensan montar un negocio por allí, su nicho está en el Paracetamol, ténganlo por seguro. Nada de tapas. Hemos quedado en el exclusivo Ivy Club, local del gremio de artistas camuflado de floristería fina en la periferia menos bulliciosa de Covent Garden. El cantante, letrista y actor, por este orden, nos ha hecho amablemente un hueco al final de su gira británica no sin antes indagar en la naturaleza de la entrevista (nos pidió un borrador por mail que después no utilicé). El mismo día del encuentro actuaba en Basingstoke, a unos setenta kilómetros del centro, finalizando tour la noche siguiente en su querido Shepherd’s Bush Empire de la capital (donde asistimos encantados). Marc (perdónenme las confianzas) se ha adelantado a la cita unos minutos. Habíamos quedado a las once en punto de la mañana. Vestido de riguroso negro, se levanta como un resorte nada más divisarnos desde el sofá que su agencia ha reservado en el rincón más coqueto de la elegante cafetería.

Se le ve ojeroso y sin afeitar (por lo que se disculpa con rapidez), pero tan amable y cordial como cabría esperar de este hombre menudo y serpentino, dios mistérico de carne y hueso, universitario inconformista de clase media para más señas, cuya carrera se ha centrado más en el romanticismo decadente que en el desenfreno demoníaco y la sordidez. Adornado con una discreta cadena dorada mate, diminuto pendiente lobular, incisivos de oro de ley, pelo corto teñido y ocultos los tatuajes que envuelven su pálida epidermis, solo podría llamar la atención el famoso anillo-calavera que exhibe en el dedo anular de su mano izquierda ante el indiferente pijerío que nos rodea.

Atrás quedan el rímel exagerado o los brazaletes a lo Nancy Cunard, claro. Ágil a pesar del trajín, nadie diría que está a poco de entrar en su sexto decenio excepto por una tripilla incipiente bien disimulada (quizá resultado de tanta intervención quirúrgica), unos ademanes sobrios que no ocultan su evidente femineidad y ese rostro asimétrico cuya creciente redondez (menos en persona que en la pantalla) jibariza el óvalo de sus ojos ptolemaicos. Antes de empezar, le regalo el CD de “Nuevo día” (1975) de Lole y Manuel. Ya lo tenía (el vinilo), pero me lo agradece afectuosamente (lo va a traspasar a su iPod). No recuerda ni una sola frase en castellano excepto “amor brusho” (“amor brujo”). Se sabe que vivió en Barcelona durante los ochenta. ¿Sabrá catalán?

 
MARC ALMOND, Un hombre ordenado

Rockdelux 341 (Julio-Agosto 2015)
Foto: Mike Owen
Diseño: Nacho Antolín

 

LA SENDA DE TERCIOPELO

Tras anunciar reiteradamente que “Varieté” (Strike Force Entertainment-Cherry Red, 2010) iba a ser su último disco de canciones originales, ha llegado por sorpresa este año “The Velvet Trail” (Strike Force Entertainment-Cherry Red, 2015): “Fue bastante inesperado. Después de treinta y cinco años no me veía repitiéndome. Pero un buen día recibo un ‘email’ de Chris Braide, productor británico establecido en Los Ángeles, especializado en grandes producciones –Beyoncé, Lana del Rey, Rihanna–. Insistía en que no dejara de escribir y empezó a enviarme un puñado de melodías que él mismo había escrito para mí... En los últimos años he hecho cosas más oscuras, relacionadas con la ópera y el teatro, y no me veía envuelto otra vez en un disco de pop conceptual –se refiere a “Tenement Symphony” (Warner, 1991)–. El dinero ya no llega para acometer este tipo de trabajos. Pero las canciones de Braide eran tan buenas que me entró el gusanillo y me puse a escribir de nuevo con facilidad. También pensé que podía ser la última oportunidad de hacer un disco de pop de esa factura...”.

Braide era, en realidad, un viejo conocido de Almond. Habían coincidido fugazmente en la grabación del último disco de Soft Cell, “Cruelty Without Beauty” (2002), y alguna vez se cruzaron por los pasillos, pero Almond no lo recordaba hasta que finalmente se vieron las caras tras finalizar “The Velvet Trail”. Hasta ese momento, la relación había sido exclusivamente cibernética: “El disco se fue completando por intercambio de archivos. Chris me enviaba una melodía que yo me llevaba seguidamente al estudio en Londres para añadir voz, guitarras, coros, cuerdas... A continuación, se la remitíamos de vuelta. Chris tiene un estudio fabuloso en Los Ángeles y en un par de días me devolvía una canción completamente acabada con una producción maravillosa. Ha sido el disco más plácido y sencillo de toda mi carrera” (ríe).

“Cuando firmé mi primer contrato, el A&R te dejaba grabar dos, tres álbumes... Si un disco fracasaba, podías hacer otro. Te daban la oportunidad de desarrollarte como artista. Ahora, ya desde la misma firma del contrato, te exigen un gran éxito. Ni siquiera llegar al número 1 es una garantía. Con solo diez mil unidades vendidas ya se alcanza hoy en día ese puesto... Es todo bastante complicado para un artista ‘intermedio’ como yo”

Una forma de trabajar que simboliza el cambio profundo de la industria discográfica: “El negocio de la música ha evolucionado enormemente. Las compañías discográficas ya no ofrecen grandes presupuestos, solo te ayudan en la distribución y ese tipo de cosas. Con las ventas suelo recuperar el coste de producción de los discos, pero la única forma de ganarme la vida es con los directos... Cuando firmé mi primer contrato, el A&R te dejaba grabar dos, tres álbumes... Si un disco fracasaba, podías hacer otro. Te daban la oportunidad de desarrollarte como artista. Ahora, ya desde la misma firma del contrato, te exigen un gran éxito. Ni siquiera llegar al número 1 es una garantía. Con solo diez mil unidades vendidas ya se alcanza hoy en día ese puesto... Es todo bastante complicado para un artista ‘intermedio’ como yo. No soy de los más grandes, aunque tampoco estoy en el fondo del montón. Pero el día que no pueda hacer discos con una buena producción, lo dejaré”.

“The Velvet Trail” representa para Almond una de sus cimas creativas. Excelentes canciones de romanticismo crepuscular y gran sentido del humor. Un equilibrio perfecto perfumado con ese aroma ochentero que lo hace encajar perfectamente entre su repertorio más clásico. Por canciones como “Life In My Own Way”, también uno de sus trabajos más personales: “Actualmente escribo canciones más reflexivas, sobre envejecer o el pasado. Pero no es nostálgico como ‘Varieté’. En realidad Chris quería hacer un disco que representase algo así como ‘lo mejor de Marc Almond’. Tiene muchas referencias a mi pasado, especialmente a Soft Cell. ‘Demon Lover’ es una de las más obvias con esos coros (ríe)... También tiene temas más serios como ‘Minotaur’, una canción llena de ira. Pero no quería hacer un álbum pesado”. Es muy romántico: “Sí, es cierto. Tiendo a ser muy romántico últimamente. Vivimos en una sociedad cínica y el cinismo es la disolución del romanticismo. Con Soft Cell actuaba a menudo desde ese punto de vista insolente, pero mis canciones son ahora mucho más románticas. Es una necesidad”.

Que el horno no está para bollos no es una novedad. El ex Soft Cell ha sabido combinar durante toda su carrera dos pulsiones naturales: la oscura (ahora teatral, vestigio de sus infames performances en la Escuela de Arte de Leeds en los setenta) y la más comercial. Ni siquiera con esta última, la que le ha estado ocupando en su última gira en solitario, se le puede reprochar nada. Lo explica, no sin resignación: “Fans del núcleo duro desdeñan el hecho de que toque ‘Tainted Love’ o ‘Bedsitter’, uno de los mejores temas pop que he hecho junto a ‘Say Hello, Wave Goodbye’, canción que adoro... Reconozco que a mí también me pasa a veces con la primera, pero es ese público extra el que acaba llenando un teatro de dos mil personas, mientras que los fans vendrán de cualquier forma. No es creativamente lo más satisfactorio, pero acepto hacerlo así”. Sin embargo, el protagonista de dos números 1 internacionales (“Tainted Love” y “Something's Gotten Hold Of My Heart”; ambas, versiones ajenas) ha mantenido a lo largo de los años una independencia a prueba de colaboradores no siempre idóneos: “Si quieres perdurar como artista, tengas éxito o no, tienes que reinventarte constantemente, correr riesgos, hacer cosas diferentes, pero mostrándote siempre como eres...”.

 
MARC ALMOND, Un hombre ordenado

“Cuando no estoy trabajando hago lo que todo el mundo. Veo DVDs, voy a cenar con los amigos, colecciono neones de cines porno ‘vintage’... Cosas de lo más mundanas, jajaja”.

 

A CONTRAPELO

En sus entrevistas es habitual mencionar a Scott Walker, pero en este punto tiene sentido como artista que ha renunciado completamente a su lado comercial: “Siempre he sido muy fan, especialmente de sus discos en solitario. Todavía lo admiro, pero lo que hace ahora está demasiado alejado de mi mundo”. Efectivamente, Walker representa un ejemplo extremo para alguien que ama la canción, la melodía y el cuidado de sus cuerdas vocales: “Me temo que la verdadera razón es que ha perdido la voz, pero tengo interés en escuchar lo último que ha grabado con Sunn O)))... Siempre pienso en David Bowie, por ejemplo. Ha hecho cosas muy diferentes, unas con mucho éxito y otras menos afortunadas como Tin Machine, recuperándose después con discos como ‘Heathen’ (2002) o el último álbum, que, para mí, está entre lo mejor de su carrera. No puedes estar mimando a tu público constantemente. De haber sido así, habría desaparecido como artista hace mucho”.

“Me resulta complicado ser el foco de atención fuera del escenario. Me considero socialmente inepto. Soy más bien un adicto al trabajo. Normalmente estoy metido en dos o tres proyectos a la vez...”

Se advierte en Almond cierta propensión reciente a revisitar el pasado de forma más relajada, menos esquiva. Le preguntamos por qué: “Dentro de dos años cumpliré 60 y me gustaría hacer algo especial. Espero que Universal me permita editar una retrospectiva con todos los singles de mi carrera y un CD adicional con alguna de mis canciones favoritas de los álbumes... También me gustaría sacar una caja de Soft Cell. Tengo muchísimos conciertos grabados. Actuaciones raras de los primeros bolos que hicimos Dave y yo. Estará dirigida básicamente a los fans, pero tiene un valor extra al representar la historia de la banda. El año que viene lo dedicaré a intentar que esto suceda, pero nada es previsible en este negocio”.

El tiempo se acaba y me gustaría conocer sus próximos proyectos, como repetir en directo “Mother Fist And Her Five Daughters” (Virgin, 1987): “Es uno de mis álbumes favoritos”; o “Torment And Toreros” (Some Bizzare, 1983), la obra magna de Marc & The Mambas, como ya hiciera en el Meltdown comisariado por Antony Hegarty en 2012; una adaptación de “A contrapelo”, la obra finisecular de Joris-Karl Huysmans en forma de opereta teatral; un próximo libro de fotografías comentadas en First Third Books; Lab Entertainment, embrión de compañía orientada al cine y la televisión; y una gira por Europa que recalará en España este otoño con “The Velvet Trail” como excusa.

Pero no quiero despedirme sin preguntarle por el tema tabú. Nunca habla de su vida personal. ¿A qué dedica el tiempo libre? “Me resulta complicado ser el foco de atención fuera del escenario. Me considero socialmente inepto. Soy más bien un adicto al trabajo. Normalmente estoy metido en dos o tres proyectos a la vez... Pero, respecto a tu pregunta, cuando no estoy trabajando hago lo que todo el mundo. Veo DVDs, voy a cenar con los amigos, colecciono neones de cines porno ‘vintage’... Cosas de lo más mundanas, jajaja”.

 

Soft Cell: solo se vive dos veces

Prueba de la alergia al estrellato de Marc Almond fue el doble proceso autodestructivo de Soft Cell. Ante mi pregunta directa, se muestra rotundo: “Volveré a trabajar con Dave para la elaboración de la caja en directo, pero si te refieres a si habrá más conciertos de Soft Cell o nuevas grabaciones, la respuesta es que nunca volverá a suceder, nunca...”. Es uno de los pocos momentos en que el artista reduce casi a cero su característico tartamudeo. ¿Por qué no? (balbuceo desde mi repentino horror vacui, vértigo extrauterino, terror lovecraftiano o como quieran llamarlo): “Volver con Dave al estudio en 2002 fue un momento muy creativo, pero solo duró unos pocos meses... Dave tiene una serie de problemas personales que debe afrontar y que me hacen muy difícil colaborar con él... Pero, para serte sincero, pienso que la llama se ha apagado... Estuvo muy bien recuperar el grupo hace unos años. Los dos sentíamos que Soft Cell era algo inacabado. Cuando nos separamos en 1984 no había ninguna animosidad entre nosotros... Pero, al poco de reunirnos, enseguida eché en falta mi independencia. Stevo, mánager de Dave en aquel momento, se vio envuelto en el proceso. Todo acabó muy agriamente. Los viejos fantasmas volvieron a asomar, acabamos tocando en salas deprimentes... Creo que hicimos bien en dejarlo. Si Soft Cell reaparece, será para presentar lo que ya está hecho”.

Inasequible al desaliento, insisto a riesgo de resultar maleducado. Con Stevo fuera de juego, ¿no sería todo más fácil? “Dave y yo no tenemos actualmente una buena relación. Odio decir que nunca volveré a hacer algo porque las cosas suceden muchas veces de forma inesperada, pero, la verdad, no me veo en el escenario cantando ‘Sex Dwarf’ otra vez. Simplemente, no puedo”. El argumento es aplastante, pero tendría solución apartando los números menos apropiados. En cualquier caso, no solo los tiempos han cambiado, sino también la misma forma de cantar de Almond: “Todo era diferente, incluida mi forma de cantar, efectivamente. Empleaba un tono mucho más alto... En 1991, cuando rehicimos mi parte vocal en algunas canciones de Soft Cell –para el recopilatorio “Memorabilia. The Singles” (1991)–, a la gente no le gustó nada mi voz. Siempre esperan esa aproximación ingenua, un poco post-punk, cuando realmente creo que no solo había mejorado mi técnica vocal, sino que al fin cantaba bien canciones como ‘Where The Heart Is’... Por otro lado, no me veo haciendo giras largas. Las encuentro agotadoras y tengo demasiados problemas de salud. Eso sí, me gustaría hacer más teatro, conciertos especiales y minigiras, quizá...”. Nunca digas nunca jamás, Marc.

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