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MARIA DEL MAR BONET, La aventura sin fin

Cincuenta años de esplendor. Foto: Juan Miguel Morales

 
 

ENTREVISTA (2017)

MARIA DEL MAR BONET La aventura sin fin

Es una voz universal de la canción balear y catalana, creadora de un mundo de sutilezas y sensualidades, y que ha cumplido cincuenta años de trayectoria en los escenarios con un potente programa de conciertos a lo largo de 2017 (hoy actúa en Madrid, ver aquí). En el centro de la conmemoración, un nuevo disco, “Ultramar”, grabado en Cuba con prestigiosos músicos de la isla. Enésima singladura para una artista que nunca ha dejado de explorar horizontes. Lo testificó Jordi Bianciotto en esta entrevista, que se puede complementar escuchando esta selección de temas históricos del repertorio de la mallorquina. 

Si existe una sensibilidad insular, “Ultramar” (Picap, 2017) la representa y la redobla: de Mallorca a Cuba, de un mar a un océano, a través de hilos conductores velados pero persistentes que hermanan ritmos, armonías y sensibilidades. El nuevo disco de Maria del Mar Bonet no es un asunto discreto, empezando por su propio título: anuncia a una super-Bonet que, en este año de aniversario, se alza más allá de los confines marítimos, brindando su voz en plenitud a un repertorio que funde registros menestrales y académicos con canto campesino, reflejos de latin jazz y refinadas orquestaciones.

Es la obra que acompaña a los festejos del programa “50 anys d’escenaris”, con el que la intérprete, guitarrista y compositora mallorquina conmemora cinco décadas de actividad profesional sobre las tablas, contando como kilómetro cero el acto de bienvenida que el colectivo de cantautores Els Setze Jutges le dispensó el 19 de diciembre de 1966 en la taberna barcelonesa L’Ovella Negra. Los actos y recitales de este 2017 propician la mirada retrospectiva, un ejercicio al que no está acostumbrada. “Mi reflexión sobre el conjunto de mi carrera no la encontrarás, porque ni yo misma la hago”, advierte. “Siempre pienso en lo que estoy haciendo en ese momento. Los recitales te hacen pensar en el ahora: aunque recupere temas antiguos, los canto como soy yo en la actualidad. ¡Eso me salva!”.

“Mi reflexión sobre el conjunto de mi carrera no la encontrarás, porque ni yo misma la hago... Siempre pienso en lo que estoy haciendo en ese momento. Los recitales te hacen pensar en el ahora: aunque recupere temas antiguos, los canto como soy yo en la actualidad. ¡Eso me salva!”

Bien, es la prensa la que lo hace por ella, destacando, por ejemplo, su álbum “Alenar” (Ariola, 1977), como uno de los más significativos de la canción catalana (puesto 25º del especial “Los 100 mejores discos españoles del siglo XX” de RDL 223). “Un disco que no apareció de repente, como una seta, sino que reflejaba un punto de mi itinerario. Seguramente fue donde comencé a ser muy yo y se me veía crecer”, estima. Con la guitarra de Paco Cepero en la canción que le da título. “Hubo gente que no lo entendió. Me preguntaban: ‘¿Ahora haces flamenco?’”.

El presente de esta trovadora iniciada con el EP “Cançons de Menorca” (Concèntric, 1967), autora de composiciones icónicas de la cançó como la política “Què volen aquesta gent?” o la emotiva “Mercè”, dedicada a su madre, se llama “Ultramar”, un álbum cuyos orígenes hay que situar en 2011, cuando la feria industrial Cubadisco le concedió el Premio Internacional por su álbum “Bellver” (Picap, 2010). Una distinción inesperada: ella ni siquiera había estado nunca en Cuba. En enero de 2012 viajó a La Habana para recoger el premio y actuar en el Teatro Lázaro Peña con el quinteto de Jorge Reyes, exmiembro de Irakere, y la Orquesta Sinfónica Nacional, recital en el que tomó parte como invitada Omara Portuondo. Así fue cobrando forma, en su cabeza, la imagen de este disco de diálogo cultural y compleja realización. “Si no me hubieran dado el Cubadisco, este trabajo no existiría. Pero para entrar en un mundo musical nuevo necesito tiempo: conocer a los músicos, cantar con ellos...”, precisa. Fueron quince días de ensayos y complicidades. Le montaron hasta una fiesta sorpresa en la que un grupo de música campesina, con la cantante María Victoria, recreó al modo tropical una pieza de culto de su repertorio, “Cançó de na Ruixa Mantells”, del álbum “Jardí tancat” (Ariola, 1981). “Al volver de Cuba la idea comenzó a germinar”, recuerda. Porque el disco, el registro grabado, siempre la ha motivado. Casi todos sus proyectos escénicos han tenido traslación en el estudio; con excepciones dolorosas como su gira, a mediados de los ochenta, con Milton Nascimento. “Hubiese grabado un álbum con él si Ariola hubiese estado por la labor. Cuando colaboro con alguien me gusta que quede constancia”.

En “Ultramar”, lanzado en un formato que incluye un libro de setenta páginas, se puede apreciar una confluencia de mundos, las distintas pigmentaciones cubanas en su encuentro con las esencias mallorquinas. Tenemos la canción popular, encarnada por piezas como “Zapateo” y “Amorosa guajira”, esta enriquecida por los luminosos punteos de Pancho Amat con el tres; ambas son canciones de origen tradicional a las que Bonet ha incorporado textos extraídos del libro “Cançoner popular de Mallorca”, del padre Rafel Ginard (1899-1976), estudioso del folclore. O “Tonada libre”, otra música cubana, aquí con texto de Bonet y Efraín Riverón, cuya primera parte interpreta con poder María Victoria. Luego están las piezas con influjo de jazz latino, como las delicadas revisiones de dos temas antiguos de la cantautora, “Viure sense tu” y “Cançó de les princeses africanes”, y “Tant com te cerc”, del paisano Guillem d’Efak, con piano de Alejandro Falcón y donde brilla la dirección de Jorge Reyes. Y una tercera cara de “Ultramar” la aportan las colaboraciones con José María Vitier, con un vaporoso halo romántico tocado por el preciosismo neoclásico: “Amor”, a partir de un viejo poema que el padre del músico, Cintio Vitier, dedicó a su madre, y “Danza de fin de siglo”, con imágenes seductoras de La Habana y el empaque de la Sinfónica Nacional de Cuba. Material, todo él, en el que Bonet se sumerge con los cinco sentidos, transmitiendo esplendor vocal.

 
MARIA DEL MAR BONET, La aventura sin fin

En Tamarindo, invitada por Silvio Rodríguez, en la serie de recitales populares “Gira por los Barrios”. Foto: Juan Miguel Morales

 

Ella sabía de la música cubana desde hace mucho a través de los cantautores de la nueva trova y, más adelante, de la troupe de “Buena Vista Social Club”, pero el contacto directo con la música campesina a través de María Victoria y compañía fue un factor clave para decidirse a abordar su disco cubano. “Se sorprendieron de que me gustara esa música. Me dijeron que allí se sienten un poco marginados”, recuerda. Pero aquellas canciones de campo, de trabajo, eran un espejo de las mallorquinas que tan bien conoce. “Tanto en patrones rítmicos como en instrumentos que me son muy familiares: guitarras, laúdes, mandolinas... Para ellos fue chocante verme cantar esas piezas como si fuera una cubana más”. Su inmersión en la isla incluyó una breve actuación como invitada de un concierto de Silvio Rodríguez en su “Gira por los Barrios”, serie de recitales populares que el autor de “Unicornio” (1982) ofrece periódicamente en zonas deprimidas de La Habana. Este tuvo lugar en una calle de la zona de Tamarindo y no hay que imaginarse un espectáculo con pobres medios técnicos. “No, no, fue uno de los recitales en la calle con mejores condiciones acústicas que recuerdo, y era en un barrio que no tenía ni farolas. Pero Silvio trajo un equipazo. Fue un recital muy potente, con un público multitudinario que atendía en silencio y se sabía todas las canciones”.

“Se sorprendieron de que me gustara esa música. Me dijeron que allí se sienten un poco marginados... Tanto en patrones rítmicos como en instrumentos que me son muy familiares: guitarras, laúdes, mandolinas... Para ellos fue chocante verme cantar esas piezas como si fuera una cubana más”

De la intensa experiencia cubana, rodeada de “músicos generosísimos”, salió un disco que ve como “un mosaico de influencias”. Canciones con sustrato tropical que, pese a los títulos en castellano de algunas de ellas, son interpretadas en catalán. Un asunto, este, que no admite discusión. “El catalán es la lengua de mi alma, tanto si canto una pieza del repertorio de Billie Holiday como una cubana”, zanja. En su estancia en La Habana, apunta, las reacciones ante su opción lingüística fueron de comprensión. “En ningún momento me preguntaron por qué canto en esa lengua. Les pareció natural”, señala. Pancho Amat, al oírla, le preguntó si era de Cabo Verde. “Y luego me dijo que yo cantaba como ellos, quizá porque también soy de una isla. Ese fue un buen comienzo”. Hubo tiempos, sobre todo en los años setenta, en que a Maria del Mar Bonet le ofrecieron grabar discos en lenguas más habladas –el castellano, el francés, el inglés–, pero nunca tuvo dudas. “Siempre he pensado que el catalán no es un obstáculo, que puedes llegar igualmente a la gente. En todo caso, puede serlo que no te hagan una buena promoción”. Desde muy pronto se presentó en escenarios de diversos puntos de España, y más aún después del éxito a escala estatal de “L’àguila negra” (1971), su adaptación de “L’aigle noir”, de Barbara. “En aquellos años de franquismo había una simpatía hacia lo catalán en ambientes progresistas. Por otra parte, nunca me ha parecido que la lengua creara ningún problema”.

La cuestión es poder disponer de escaparates mediáticos donde ofrecer tu música, un asunto que ya asume como una batalla perdida, aunque no por ello renuncie a manifestarse. “No quiero ser aquella persona que siempre se está quejando, eso sería horrible. Y no es que me haya conformado, solo que intento estar en mi lugar consciente del país en el que vivo”, reflexiona. Por paradójico que parezca, Maria del Mar Bonet apareció más en TVE en los años setenta, franquismo incluido, que en la actualidad: hoy en la red es posible recuperar especiales como “A su aire”, grabado en directo en Palma con presentación de su amigo, el periodista Joan Manresa, o la entrevista que le realizó Montserrat Roig para el circuito catalán. “Todos los músicos echamos de menos más escaparates. Es curioso que, por ejemplo, en Turquía haya canales de televisión dedicados a la música del país. ¿Por qué no los hay aquí? Por no hablar de Francia: suelo ver Arte y TV5, que dedican programas de varias horas a cantantes franceses, tanto nuevos como consagrados”. De la música que nos rodea echa de menos “más voces que creen algo nuevo en lugar de mirar al pasado” y detecta demasiadas imitaciones. “Cantautoras que son calcos de Mercedes Sosa: ¿no se dan cuenta? Como decía Maria Callas, imitan más los defectos que las virtudes”. Sea como sea, ella se ha abierto camino en buena parte del planeta, convirtiéndose en una de las voces universales de la canción en catalán a través de giras que la han llevado a Estados Unidos, Japón, Rusia, Canadá, Argentina o la hoy atormentada Siria, donde reclutó a los músicos con los que grabó un álbum exigente, “Amic, amat” (Picap, 2004).

Los diálogos con creadores de otras tradiciones son naturales para esta artista que en los primeros ochenta se adelantó al fenómeno world music grabando con el tunecino Fethi Zghonda y su Ensemble de Musique Traditionelle, rumbo a sus colaboraciones de amplio espectro, con los griegos Mikis Theodorakis y Maria Farantouri, el turco Zülfü Livaneli o el sirio Muslem Rahal. “Creo que los músicos constituyen una raza del mundo. Para comunicarnos y estar a gusto no necesitamos utilizar una lengua común: basta con tocar y dejar que la música se exprese y nos una”, explica. En el Japón, por ejemplo, conoció unas canciones de trabajo, “de los arrozales”, que le parecieron magníficas. “Las interpretaban con unas flautas, percusiones y laúdes muy interesantes. ¡Ya me gustaría hacer un disco con músicos japoneses!”, exclama. Quién sabe si uno de sus próximos trabajos apuntará de nuevo hacia oriente y más allá. “¡Yo lo que quiero es disfrutar!”.

 

CUATRO ÁLBUMES, CUATRO MOMENTOS

MARIA DEL MAR BONET, La aventura sin fin

“Maria del Mar Bonet”
(Ariola, 1974)

Tras un primer disco con Concèntric (1970) y otro con Bocaccio (1971), en el tercero, también homónimo, Bonet coge las riendas de su destino: dice no a las ofertas de lanzarse a la canción ligera multilingüe y se sumerge en la poesía del mallorquín Rosselló-Pòrcel (la ya arabizante “Inici de campana”) entre sensibles colaboraciones con Hilario Camacho en piezas como “Vigila el mar”. En la portada, el cuadro que pintó para ella Joan Miró.

MARIA DEL MAR BONET, La aventura sin fin

“Alenar”
(Ariola, 1977)

Un álbum cubierto por un aura de magia y apetito vital: “alenar” significa respirar, y aquí el pulso popular se cruza con imágenes fantasiosas del mundo balear, mensajes de feminismo venidos del norte (“Nosaltres les dones”), una revisión con carácter (“Què volen aquesta gent?”, ahora liberada de la censura), una cita a Pau Riba (“Es fa llarg esperar”) y el clímax con ese arrebatado “Alenar”, con guitarra de Paco Cepero.

 
MARIA DEL MAR BONET, La aventura sin fin

“Anells d’aigua”
(Ariola, 1985)

El trabajo que señaliza el inicio de su acercamiento al mundo árabe a través de tres canciones grabadas con el grupo tunecino de Fethi Zghonda, entre ellas la embriagadora “Bir-demet yasemen”. El encantamiento se funde ahora con la sensualidad y entran en escena clásicos como “Dansa de la primavera” y “Viure sense tu”. Si en sus discos anteriores el cómplice preferente era Lautaro Rosas, aquí alza el vuelo Javier Mas.

MARIA DEL MAR BONET, La aventura sin fin

“Raixa”
(WorldMuxxic, 2001)

Grabación en directo en uno de los espacios fetiche de la cantante, la barcelonesa Plaça del Rei, con abundante material de estreno. El mallorquín Joan Valent viste el repertorio, que incluye piezas de su autoría como “Sarrià” y “De sentir”, con su Ars Ensemble y un tratamiento frondoso, de una romántica majestuosidad. Lanzado por la extinta Gran Vía Musical (Prisa), dio pie a una ambiciosa operación de proyección internacional.

 

(Se puede escuchar una selección de canciones aquí)

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