Siempre que hay oportunidad de hacerte una entrevista digo que sí porque tengo curiosidad por saber si te sientes más feliz con el paso de los años. Estoy mejor. Mi voz funciona como nunca. Cuando era joven mi límite eran tres conciertos seguidos. Ahora hago siete seguidos, hasta tres veces, con un solo día de descanso para separar las tandas. En la primera etapa de American Music Club bebía demasiado y terminaba gritando durante los conciertos. Beber y gritar: eso hacía. Ahora canto y todo es más llevadero. Me siento más libre. De joven pensaba que iba a ser una estrella de rock. Hoy lo que más me preocupa es pagar las facturas.
¿Cuándo empezaste a ver las cosas con más calma? Llevo veinte años en esto. Mi actitud cambió hace diez. En la música, cuanto más tiempo duras, más humilde te vuelves. En American Music Club cometí todos los errores posibles. Recuerdo un mes espantoso en el que la discográfica nos despidió, disolví la banda y rompí con mi novio. Pasó después de la gira de “60 Watt Silver Lining” –editado en 1996–. Ahí dejé de temer al “no futuro”, porque el “no futuro” ya estaba allí. Desde entonces todo ha ido para arriba (risas).
Ponme algún ejemplo práctico de cambios en tu vida. He perdido todo el sentido de la competitividad: ahora sé que ya nunca seré rico y nunca seré famoso. Bueno, hablemos claro, todavía hay gente capaz de sacarme de mis casillas. Sobre todo Rufus Wainwright. Nada parece dejarle satisfecho. Es un gilipollas total. Lo conozco porque era amigo de mi novio. Para empezar, ya era rico antes de grabar discos. Ahora ha conseguido un supercontrato y todo tipo de privilegios. Recuerdo haber estado muy borde la última vez que nos vimos. Él estaba durmiendo en casa de Leonard Cohen, que es donde se queda cuando pasa por Los Ángeles. Yo estaba bebiendo en un bar y él venía de tocar en un recinto enorme donde había agotado las entradas. Le pregunté qué tal había ido y contestó con su voz de pijazo: “Jo, fatal, no sabría decirte qué falló, pero fatal”. No hay duda de que se estaba haciendo el interesante. Me pareció tan sobrado que le solté un “chúpame la polla” y me largué sin esperar respuesta.
Con esta historia da la impresión de que estás resentido porque él tiene más dinero que tú. Que piensen lo que quieran. American Music Club tiene tan poco éxito que apenas tengo tiempo para nada. Voy de casa al estudio, apurando los horarios, y de allí a un concierto o a hablar con alguien que quizás me ayude a sacar un disco más. No paro de trabajar. Me metí a colaborar en un musical en Londres. Tenía que levantarme a las ocho de la mañana y lidiar con las sugerencias de gente que me preguntaba si podía cambiar mi frase “la luz se apaga en su ojos” por “el sol se apaga en sus ojos” porque “para mí, funciona mejor”. ¿Qué contesta uno a eso?
¿Sigues diciendo que no estás resentido? Cuando algo me molesta, te juro que hago esfuerzos para no quemarme, pero no siempre lo consigo. He dejado de comprar en tiendas de discos porque considero que ya me han robado suficiente dinero a lo largo de mi vida. Veo los precios de mi colección y pienso “¿de verdad?, ¿tanto pagué por esto?”. Prefiero buscar música al azar en internet. No tengo ADSL ni en mi casa, así que cojo el portátil y conduzco hasta la calle donde vive un amigo que me permite usar su línea wi-fi. Aparco en su acera y me pongo a buscar canciones chulas. Parezco un espía.
¿Crees que hoy compones mejor? He desechado la carga de pretensión juvenil. Ya no intento que cada palabra de mis letras signifique algo grandioso. Ni siquiera que signifique algo. Otras veces noto que no se me ocurren ideas como antes. Hace poco echaron por televisión una entrevista que dio Kurt Vonnegut un mes antes de morir. Dijo que la mayoría de los escritores tienen verdaderos problemas para pensar con ritmo y fluidez cuando se hacen mayores. A veces me siento así. Los compositores no envejecemos bien.
¿Ejemplos? Piensa en el último disco que grabó Townes van Zandt. No es del todo malo, pero la voz está en un sitio y su grupo a varios kilómetros de allí. Falta concentración. Con el tiempo pierdes inevitablemente el toque para hacer cosas bonitas. En ese disco solo hay cuatro grandes canciones. También pienso en el chico de The Replacements –se refiere a Paul Westerberg–. Era en su época el rey del rock’n’roll. Bebía mucho, pero cuando dejó de beber dejó de ser el rey, porque todo el talento estaba pegado al hábito del rock’n’roll. Lo que ha compuesto desde entonces no está al mismo nivel. Al menos no para mí. Es paradójico que me guste más su etapa de verdadero desfase: yo nunca me he tragado el típico mito del rock’n’roll. Nunca. Por cierto, ahora que lo pienso, soy un cobarde: digo esto en España porque sé que aquí no lo va a leer nadie del grupo.
Hay una de tus últimas canciones que me encanta: se llama “The Dance” y tiene un aire como de cine negro o de letra de gangsta-rap. Ahora mismo estoy atravesando una crisis con el hip hop. Por un lado hay cosas que me gustan más que nunca: sobre todo el giro que dio Kanye West al género con sus tres primeros álbumes. Por otro lado están los raperos duros. Hay uno joven que creo que se llama Extreme Information o algo así (lo mismo tiene alguna k o una x en medio: ni me acuerdo ni quiero hacerle publicidad). Es un chico de Oakland, un letrista del nivel de Dylan, pero a cada rato tiene que soltar su “que se jodan los homos” y “que se jodan las putas”. Pues no: me da igual que hayas nacido en el gueto, vuelve al gueto y púdrete allí porque yo soy gay y estoy orgulloso. Basta de bulas morales: ellos también han de respetar a los demás. Hay chavales en mi calle que no me conocen, pero me odian porque es “cool” odiar a un gay. En cambio, me encanta He Can Jog, un chico gordo de 17 años que viene de la América profunda. Hace eso que se llama glitch, pero de una manera bonita, con un punto surrealista. Algunas veces colabora con un artista de hip hop. Técnicamente, los rapeados no son buenos, pero logra una de esas bellezas por accidente que tanto me emocionan. Compro todo lo que publica me guste o no, únicamente para apoyarlo. 