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MARTIRIO, La timidez es el reino de la carne

Sobre Chavela Vargas: “La gente lloraba en sus conciertos... Controlaba el pianísimo y el grito como si fuera flamenca. Tenía esa cosa de tirar la voz y traspasar. Conocía el peso de las palabras. Sabía escoger el repertorio. Solo cantaba cosas importantes. Sus letras son sintéticas, pero encierran una vida. En muy pocos versos metía un abanico de emociones. Te tocaba el eje”. Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2013)

MARTIRIO La timidez es el reino de la carne

Entrevista de Víctor Lenore –publicada en la antigua sección de Rockdelux Truco o Trato– con Maribel Quiñones. El motivo fue el disco “De un mundo raro. Cantes por Chavela” (2013). Con su simpatía e ingenio habitual, Martirio nos dejó frases para el recuerdo: sobre la propia Chavela, sobre Kiko Veneno, sobre la copla, sobre el papel del hombre y de la mujer en la sociedad actual...

Mi nombre artístico es Martirio, pero me llamo María Isabel Quiñones. Nací en Huelva en marzo de 1954. Mi madre cantaba muy bien, desde copla hasta zarzuela, pasando por algún aria de ópera. A mi padre le gustaba mucho el flamenco y la poesía. En algunas ocasiones, se ponían los dos con la Grunding a grabar diálogos de obras de teatro. Les gustaban las historias costumbristas de los Álvarez Quintero. Todo lo hacían por afición, por gusto. Mi padre trabajaba en el banco y mi madre en mutualidades laborales, pero en casa había un magma bueno para aficionarte al arte. Además, en Huelva la gente canta mucho en las fiestas, sobre todo sevillanas y fandangos. Las canciones eran todavía un forma de tirarle los tejos a quien te gustaba”.

“Cuando era adolescente era la que llevaba los discos a las fiestas. Los fines de semana siempre estaba buscando un sitio donde nos dejaran montar un baile. Me gustaban los Rolling Stones, los Beatles y era acérrima del soul. Escuché mucho a cantantes como Otis Redding, Aretha Franklin y Percy Sledge. La música siempre ha sido un refugio y donde me he encontrado más feliz, lo que más me hizo aprender. Luego estudié Filosofía, que no llegué a acabar, pero me sirvió de mucho.

Me gusta ver cómo crecen las personas, cómo superan una depresión. Me interesa comprender por qué la gente es buena, cómo afecta el entorno a tu manera de ser. Tengo curiosidad por los arquetipos. Debuté con Jarcha en 1980; fueron cuatro años de reivindicación de la música popular. Después de ese rodaje, con 30 años y un hijo, ya debuté en solitario en 1986”.

“Siempre he visto a Martirio como un personaje colectivo. La gente me decía ‘ponte esto’ y ‘canta aquello’ porque se sentían identificados. ‘Estoy mala’ fue un himno. Las mujeres la cantaban por la mañana: ‘Son las ocho menos cuarto / me tengo que levantá’. Habla de la fatiga, de no tener ganas de nada. Quedó en el imaginario colectivo. Muchas mujeres se identificaban con ‘Separada sin paga’ y ‘Separada sin paga 2’. Cuando el personaje encuentra trabajo, sintieron alegría. Algunas de las letras más populares las cogimos de la calle. La mujer de Kiko Veneno vino un día de comprar diciendo que había visto a una señora con mucha gracia, que llevaba chándal y tacones. ‘Aquí vengo, arreglá pero informal’, le dijo al tendero. Cuando salgo a dar una vuelta, nadie sabe quién soy, así que puedo escuchar”
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MARTIRIO, La timidez es el reino de la carne

“La copla es un tesoro de la música española, aunque la dictadura se la apropiase. Nos hemos ido despojando de prejuicios. Ciertas coplas no aguantaron el paso del tiempo. Ya nadie se identifica con ese tipo de mujer o esas costumbres. Otras han sobrevivido”.

Foto: Alfredo Arias

 

Acabas de publicar “De un mundo raro. Cantes por Chavela” (Universal, 2013), álbum de versiones de Chavela Vargas, a medias con tu hijo Raúl Rodríguez. ¿Qué aportáis al repertorio? No empezamos con esa idea. Quería grabar un disco titulado “Las mujeres de mi voz”. Era un homenaje a varias artistas, pero siempre que hacíamos una canción de Chavela aparecía una emoción, la cosa fluía, encajaba en el flamenco. Se encendió una bombillita. Escogimos canciones que tuvieran relación, huyendo de las más obvias, de las más dramáticas. No queríamos un disco triste, sino dulce, con esa sensación de perdonar que aprendí de ella. Era capaz de cantar las letras más duras con una sonrisa. Se sentía feliz porque el amor, aunque haya salido mal, siempre te deja algo. Al final, lo que importa es la seguridad de que algunas veces en tu vida has amado con entrega total. Es bonito despedir una relación cantando, aunque sea una canción de desamor. Ayuda a empezar de nuevo.

¿Qué tenía de especial Chavela Vargas? La gente lloraba en sus conciertos. Los periodistas solían preguntarle por qué. “Seguramente, se acuerdan de que aún pueden sentir”, decía ella. Chavela tiene otra cosa: controlaba el pianísimo y el grito como si fuera flamenca. Tenía esa cosa de tirar la voz y traspasar. Conocía el peso de las palabras. Sabía escoger el repertorio. Solo cantaba cosas importantes. Sus letras son sintéticas, pero encierran una vida. No solo las de José Alfredo Jiménez, también las de Álvaro Carrillo o Tejada Gómez. En muy pocos versos metía un abanico de emociones. Te tocaba el eje.

¿Cómo era en persona? Fue una mujer muy valiente para su época, donde no había tanta libertad de costumbres. Hizo lo que quiso, hasta curarse de sí misma. Yo la conocí con una austeridad absoluta: kilómetros andando, ni alcohol ni tabaco. Antes se lo había comido todo. Pero, vamos, como oyente la llevo escuchando desde el colegio. Yo iba a las teresianas y cuando salíamos de clase, a los 16 años, nos íbamos a casa de una colega que vivía enfrente a escuchar discos de la joven Chavela. Recuerdo, por ejemplo, “Amanecí en tus brazos”. Estábamos todas enamoradas.

Tus primeros discos son un encuentro de copla y rock. ¿Costó cuajar esa mezcla? En ese momento yo era muy rockera. Pero la copla la tenía también muy asimilada. Fue algo natural. Con Kiko Veneno hice “El productor”, “Yo soy esa” y canciones de ese estilo. La copla es un tesoro de la música española, aunque la dictadura se la apropiase. Nos hemos ido despojando de prejuicios. Ciertas coplas no aguantaron el paso del tiempo. Ya nadie se identifica con ese tipo de mujer o esas costumbres. Otras han sobrevivido y las pueden cantar Buika, Miguel Poveda o Plácido Domingo sin ningún problema.

Tus letras, aunque sean de andar por casa, tienen una carga política evidente. Algo hay. Soy muy rebelde. He tenido la suerte de coger un lenguaje coloquial. En mi carrera he comprado parcelas de libertad. Tengo trece discos originales y quinientas mil colaboraciones. He hecho siempre lo que he querido. Ni siquiera me he parado cuando me ha ido bien. Si no, hubiese hecho “Sevillanas de los bloques” durante veinte años y ahora tendría dos o tres chalés, que no los tengo. Muchas veces he pagado yo misma los discos. No es oro todo lo que reluce. He invertido mucho en imagen y en trabajar con los mejores.

Pero, volviendo a la política, hablas mucho de conflictos de género. Por ejemplo, “Madurito interesante”. Explica el cambio del machismo autoritario al narcisista. Es que era el tiempo de los yuppies. Conocí a más de uno, incluso muy de cerca. Me apetecía hacer ese retrato. También hablé del reo, otro espécimen. El reo es el hombre que nos gusta a todas las mujeres, pero no a nuestras madres. Están siempre tristes en la barra del bar. Muchas veces, no hay nada que nos enamore más que un hombre triste o tímido. La timidez es el reino de la carne, no lo dudes. Este tipo nunca mira atrás ni llora los cadáveres. Siempre hay una nueva a la que enamorar. Es un hombre especial, se le conoce en la cara. Físicamente lo identifico con Jeremy Irons. Tiene ese gesto, el de que no le ha querido nadie en la vida. Eso puede enamorar mucho. Es más profundo que el madurito y menos egoísta que el metrosexual.

¿Qué tipo de hombre abunda hoy? Supongo que el metrosexual. Pero, bueno, la etiqueta es una tontería, una frivolidad. Más que estas cosas, interesa encontrar al hombre del siglo XXI. Me lo imagino potente, asertivo, capaz, sensible, amoroso y cuidador. Lo tienen que ayudar a construir las madres y los padres de ahora.

Decías hace poco que querías hacer un álbum con Kiko Veneno sobre los conflictos de las mujeres de tu generación. ¿Estás en ello? Tengo muchas ganas de hacer ese disco. Nos íbamos a divertir mucho. Kiko siempre ha estado presente en nuestra vida. Raúl toca en su grupo, y la primera peineta que me hice fue con la mujer de Kiko en el colegio, cuando teníamos 12 años. Seguimos viéndonos y seguimos queriéndonos. Me interesa que Kiko aporte ese surrealismo suyo y el humor que podemos lograr juntos. Realmente salen cosas cuando estamos con un lápiz y un papel. Podemos hablar de operaciones y de las que no se operan. También sobre vivir sola o acompañada, cómo ves lo que hay y lo que viene. De las relaciones con los padres y los hijos. Hay mucho que contar sobre las mujeres de mi generación.

¿Qué artistas nuevos te interesan? Me gusta Sílvia Pérez Cruz. Todavía es jovencita, pero ya tiene trazas de diosa mediterránea. Acabo de cantar con una chica de Colombia que está muy bien. Marta Gómez, se llama. También he conocido a Andrea Echeverri de Aterciopelados. Nos escribimos y hemos cogido cierto rollo. Acabo de cantar con unos tipos alucinantes de Huelva, que se llaman Antílopez. El disco se titula “Por desamor al arte”. Me ha gustado también un artista de Canarias que se llama Víctor Lemes. Tiene una forma de componer estilo Kiko Veneno o Kevin Johansen, con mucho sentido del humor.

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