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Más de veinte años (1), Otis 1, Dr. Muerte 0

Ilustración: Pepo Pérez

 
 

FICCIÓN (2014)

Más de veinte años (1) Otis 1, Dr. Muerte 0

Por Kiko Amat

Así empezó la historia cruzada de Otis y Dr. Muerte. El primer capítulo de un relato continuo que tuvo vida propia en las páginas de Rockdelux bajo la tutela de un autor diferente y las ilustraciones de Pepo Pérez. Arrancó la historia Kiko Amat, y lo hizo con la gran decisión de empezar a soltar lastre. Veamos.

Otis, es el momento de las grandes decisiones.

Instalo el trasto encima del mostrador y le echo un último vistazo sentimental. Mi guitarra. Me apena un poco perderla de vista, pero no veo otro camino. El Dr. Muerte tiene razón: uno tiene que aprender a soltar lastre, especialmente en lo que respecta a los objetos inanimados.

–El DNI, por favor –dice un chico de mi edad, pero con muchos más granos, apareciendo al otro lado del mostrador. Lleva una camiseta amarilla de Empeños Sant Ramon, tiene la nariz chata como una castaña y no sabe nada de “La juventud, hoy”. No sabe que mi redacción me consiguió la guitarra que yace sobre el mostrador como un robot cuellilargo.

De la trastienda surge ahora, como un gas tóxico, una canción medio apagada de Celtas Cortos. Le observo la cabeza al chico. Cuando el Dr. Muerte aún era nazi, me contó por encima los principios básicos de la frenología. La frenología es una seudociencia antigua que decía que podías determinar el carácter y personalidad de una persona basándote solo en la forma del cráneo.

El cráneo del chico tiene forma de habichuela.

Me pregunto qué significará eso en frenología.

Le alcanzo el carné de identidad, pero antes de que aterrice en su mano distingo que lleva un fragmento de alcaloide apelmazado, de cuando pulvericé los calmantes del abuelo para dárselos al Dr. Muerte, y en un gesto veloz rasco el polvo grumoso con el índice derecho, y la arenisca cae sobre mis zapatos y los deja nevados como la masía en miniatura de un pesebre. Los sacudo, alternativamente, y una punzada de dolor me atraviesa la pierna derecha. Aún cojeo, desde El Incidente.

–¿Qué me puedes dar por esto? –le digo, mientras él compara la cara del carné con la mía. Al poco tiempo, parece satisfecho por la semblanza. No hay tantas caras como la mía. Sería arduo hacerse pasar por mí.

“Arduo”. Me gusta esa palabra.

Tengo que usarla más.

–¿Otis? –pregunta, ignorando mi frase y ojeando de manera torva mi carnet de identidad. Pone cara de concentración maquiavélica, como si esto fuese un punto de control de la Gestapo.

Me pregunto si me habrá reconocido. En los pueblos las noticias pasan de boca en boca antes de que te des cuenta, y aquí mi reputación ha corrido como la sífilis.

–Me llamo así –le contesto.

 

***

 

Me llamo Otis. Otis Amat. Tengo 21 años recién cumplidos (los cumplí en julio), varios millares de pecas y expectativas menores sobre todo lo que está por suceder en este relato.

El 7 de junio de 1985 gané la guitarra en el XXV Concurso Nacional de Redacción que organizaba Coca-Cola. Yo iba a 8º de EGB. El tema planteado era “La juventud, hoy”. Seleccionaron a 1.900 alumnos de entre 30.000, pertenecientes a seiscientos centros docentes de toda España. Me sé el recorte de periódico de memoria: está colgado en mi habitación, en casa del loco de mi abuelo.

Mi abuelo no posee un loco de su propiedad.

Quiero decir que él está loco. Y de atar.

Por aquel entonces yo aún creía que iba a ser escritor, no guitarrista, y mi abuelo estaba cuerdo (dentro de lo razonable). Fui con mi madre, que aún estaba viva. Mi madre murió hace seis meses. Estamos en el año 1992.

En el recorte del periódico explica que Urruti, el portero del Barça, aparecía en el escenario, pero no sé cuál era su papel.

Unos años después, Urruti moriría decapitado en un accidente de coche. En los infográficos de ‘El Periódico’ dibujaron su cabeza separada del coche, y mi madre dijo que le parecía de pésimo gusto. Mi hermano y yo nos reímos fuerte, al ver en el dibujo aquella cabeza volante que parecía de “La venganza de Don Mendo”.

Mi hermano y yo no nos hablamos en este momento, pero aquel día sí lo hacíamos. Mi hermano, que es un sádico, recortó el infográfico y lo colgó en la pared de nuestra habitación.

La cabeza volante de Urruti merodea por mis sueños desde entonces.

Sueños = pesadillas.

Pero volviendo a mi guitarra: me doy cuenta de que no me apena tanto perderla de vista como dije. Total, hace meses que no toco la guitarra con Las Novias, y la última vez que lo hice fue para sacarle una canción vejatoria a La Asturiana, que era mi novia para toda la vida y me dejó sin estar de cuerpo presente al comenzar el verano.

Cuando digo “sin estar de cuerpo presente” lo que en realidad quiero decir es: por teléfono.

La Asturiana me dejó por teléfono, después de que mi madre muriese.

Mi loquero dice que esas dos cosas (muerte de Mamá + abandono de esa puta) originaron El Incidente.

Agarro ahora el dinero que el chico de la casa de empeños ha dejado sobre el mostrador y me voy de allí, arrugando los diez billetes como en las películas del hampa y embutiéndolos en el bolsillo izquierdo.

Ha sido arduo. Un instante arduo.

A-R-D-U-O.

 

***

 

Al salir de la casa de empeños, la escayola de mi mano derecha hace KLOK sin querer contra el marco de la puerta. La escayola es otro recuerdo de El Incidente. Cuando ya estaba seca, el mismo día en que me la pusieron en el ambulatorio, El Dr. Muerte me pintó una esvástica colosal en el dorso del yeso, solo para reírse y avergonzarme en público (él ya no cree en esas cosas), pero yo uní las aspas del símbolo con rotulador y conseguí plasmar una cosa cuadrada que se asemeja a una ventana abollada.

Si le pones ganas.

Otis 1, Dr. Muerte 0.

Aunque, si entrecierras los ojos, aún se distingue la esvástica, esa es la verdad.

Maldito seas, Dr. Muerte.

(Se puede leer la segunda parte aquí)

Kiko Amat (Sant Boi de Llobregat, Barcelona, 1971) es autor de las novelas “El día que me vaya no se lo diré a nadie” (2003), “Cosas que hacen BUM” (2007), “Rompepistas” (2009) y “Eres el mejor, Cienfuegos” (2012), las cuatro para la editorial Anagrama, y la recopilación de ensayos-crónica “Mil violines” (Mondadori, 2011).

Próxima entrega por Miqui Otero.

Etiquetas: 2010s, 2014, relatos
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