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Más de veinte años (10), Burocracia a muerte

Ilustración: Pepo Pérez

 
 

FICCIÓN (2015)

Más de veinte años (10) Burocracia a muerte

Décima entrega del relato iniciado por Kiko Amat y continuado por Miqui Otero, Rodrigo Fresán, Carlos Zanón, Agustín Fernández Mallo, Eloy Fernández Porta, Javier Calvo, Martí Sales y Marina Espasa. En esta ocasión, Laura Fernández descubrió que los vampiros como Otis también deben sufrir la burocracia.

(Se puede leer la novena parte aquí)

La oficinista me mira y levanta un dedo; dice: “Un minuto”. Dice: “Enseguida estoy contigo”. Y yo no digo nada, yo miro alrededor. Soy Otis Amat, el vampirrro camarero, pero no tengo barra, la barra ha desaparecido, el Tràgic ha desaparecido, mi abuelo ha desaparecido. Lo único que veo es una sala diminuta y blanca, una silla, otra silla, una oficinista, un bolso de oficinista, una máquina de escribir, un póster de Take That, una caja repleta de donuts, un paquete de Rex y un cenicero Recuerdo de Mallorca.

Alargo mi mano no escayolada en dirección al paquete de Rex y la oficinista ni se inmuta. Sigue absorta en su (TEC) (TEC) tecleo. Repite: “Un minuto”. Y, a continuación, dice: “Ya casi está”. Y yo me encojo de hombros, y cojo un cigarrillo, lo enciendo con las cerillas que encuentro en el bolso de la oficinista, y pienso que no se está del todo mal aquí. Me arrellano en la silla, me toco los colmillos, oh, sí, ahí están, afilados, y (COF) (COF) toso y (COF) (COF) no puedo dejar de toser, y (OH JO-DER, ME AHOGO) me golpeo el pecho, una, dos, tres veces, y la maldita oficinista sigue (TEC) (TEC) tecleando, y yo me estoy ahogando (COF) (COF), y ella, oh, ella...

–¿Se encuentra bien?

Sacudo la cabeza.

A ella parece fastidiarle. Es una oficinista y está aburrida y tiene mucho que hacer y yo la estoy fastidiando. He aparecido sin más en su oficina y la estoy fastidiando. Pienso en mi osito de peluche y en lo que diría si estuviera aquí. Mi osito de peluche siempre fue un tipo duro. Le faltaba un ojo y tenía nombre de coche. Se llamaba Buick.

Buick Amat.

Un día se fue y nunca me escribió.

Maldito osito del demonio.

–Está usted muerto, señor Otis –dice, al cabo, la oficinista.

Estoy sentado en una de las sillas y tengo un donut en la mano.

–¿Muerto?

–Oh, el término exacto es no muerto en realidad.

–¿No muerto?

La oficinista sonríe y se toca los colmillos.

Los suyos también parecen afilados.

–Oh, eso –digo.

–Sí, eso.

Miro el donut que tengo en la mano. La oficinista también lo mira. Parece un donut corriente, así que no tiene mucho sentido que esté en mi mano porque yo soy un vampiro y todo el mundo sabe que los vampiros no comen donuts, los vampiros beben sangre.

Lo devuelvo a la caja, con tristeza.

–Oh, no, puede comérselo –me dice la oficinista.

Frunzo el ceño. No es mi ceño de siempre, es el ceño de un vampiro.

Un vampiro con granos y pecas, pero un vampiro al fin y al cabo.

–Es apto para no muertos –dice ella.

–Eh, un momento, ¿existen cosas aptas para no muertos?

–Ajá –la oficinista había vuelto a (TEC) (TEC) teclear–. Cosas para no muertos y normas para no muertos –detiene su (TEC) (TEC) tecleo. Me mira a los ojos. Tiene unos ojos bonitos. No son como los ojos de La Asturiana, pero son bonitos. Su sonrisa tampoco está nada mal. Ni sus colmillos. Oh, vaya, Otis, ¿acaso te estás enamorando?–. Por eso estás aquí –dice–. Tienes que rellenar este formulario.

Y, efectivamente, me está tendiendo un formulario.

–Es una especie de inscripción en el censo de los no muertos.

–¿Existe un censo de no muertos?

–Existe incluso un Ministerio de No Muertos.

–¿De qué coño va todo esto?

–De que ahora estás muerto y hay una serie de normas que debes cumplir para que nadie sepa que estás muerto.

–¿Nadie va a saber que estoy muerto?

–Nadie va a saber que estás muerto. Serás el Otis de siempre. Solo que podrás usar tus colmillos. Y, no sé, montar una banda.

–¿Montar una banda?

La oficinista se encoge de hombros y señala el póster de Take That.

Dice:

–Gary lo hizo.

–¿Gary Barlow es un vampiro?

–Ajajá. Un vampiro. Como tú y como yo. No va a envejecer nunca.

–Un momento, ¿no voy a envejecer nunca?

Ella sacude la cabeza y yo pienso en La Asturiana. En que lo primero que voy a hacer cuando salga de aquí es ir a buscarla. Voy a ir a buscarla y voy a (OH-SÍ) morderla, voy a morderla y mientras espero a que rellene su formulario, el formulario que yo mismo estoy rellenando en estos momentos, voy a montar una banda. Se va a llamar Los Caballeros de Düsseldorf. Y voy a hacerme famoso. Voy a hacerme realmente famoso. El primer vampiro famoso de la historia.

–Listo –digo, y le devuelvo el formulario. Ella le echa un vistazo y lo guarda en una carpeta. Luego me tiende un montón más. Los relleno y los firmo. Uno tras otro. Y, cuando acabo, repito: Listo.

Entonces ella abre un cajón y canturrea:

–Vampiros, vampiros, vampiros... –y al cabo, dice: Oh, aquí. Y me tiende un libro enorme que se titula “La Guía del Vampiro de Ciudad”: Aquí está todo.

–Estupendo –digo.

–Comercios afines y todo eso –dice ella.

–Ajajá –digo, imitándola. Le doy un bocado al donut–. ¿De qué está hecho?

–Sangre sintética –dice.

–Vaya, pues está de muerte –digo, y me río (JEI JEI)–. ¿Puedo irme ya?

–Oh, sí, claro –saca de algún lugar bajo la mesa una pequeña consola y me pregunta: ¿Quieres volver con tu abuelo? ¿A la barra del Tràgic?

–¿Puedo no hacerlo?

–Claro, eres un vampiro, ¿a dónde quieres ir?

(OH-SÍ), pienso, (OH-SÍ).

(Se puede leer la undécima parte aquí)

Laura Fernández (Terrassa, 1981) es autora de cuatro novelas: “Bienvenidos a Welcome” (Elipsis, 2008), “Wendolin Kramer” (Seix Barral, 2011), “La chica zombie” (Seix Barral, 2013) y “El show de Grossman” (Aristas Martínez, 2013). También es periodista y crítica literaria y musical y colabora habitualmente en ‘El Mundo’, ‘Vanity Fair’, ‘El Cultural’ y ‘La Luna de Metrópoli’.

Próxima entrega por Remate.

Etiquetas: 2010s, 2015, relatos
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