USO DE COOKIES

Este sitio web utiliza Cookies propias y de terceros, para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios, para mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias, así como analizar sus hábitos de navegación. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web.

Aceptar Cómo configurar

Cargando...
Más de veinte años (2), Doblan las campanas

Ilustración: Pepo Pérez

 
 

FICCIÓN (2015)

Más de veinte años (2) Doblan las campanas

Segundo capítulo de la historia iniciada por Kiko Amat. Otis, 21 años recién cumplidos, vendió su guitarra. Su amigo, el Dr. Muerte, le pintó una esvástica en la escayola de su mano derecha, accidentada tras El Incidente. A Otis le esperaban nuevas aventuras (en esta ocasión, fabuladas por Miqui Otero) relacionadas con su abuelo, loco de atar.

(Se puede leer la primera parte aquí)

¿Por quién doblan las campanas? –oigo, muy a mi pesar.

Dicen que la genética es caprichosa. Dicen que la alopecia y también algunos tipos de locura se saltan una generación de la línea hereditaria. ¡Bravo, Otis! Bravo, sí, porque quien grita esa frase cada vez que suena el timbre de casa es mi abuelo, que ahora abre la puerta de mi habitación, se lustra la calva con un pañuelo bordado y me mira con gesto de muñeca hinchable (los ojos de par en par, la boca en forma de O).

–¿No escuchas el telefonillo? ¿Se puede saber qué haces? –me pregunta, mientras aborto mi generoso air guitar.

Todo esto sucede porque, desde que estoy en el paro, vivo con mi abuelo loco de atar, que solo me da dinero a cambio de misiones raras y que desde su período maoísta ni siquiera me deja llevar gafas en su presencia (dice que proyecto una imagen de amaneramiento burgués).

–Es que siento un dolor fantasma –contesto, entornando mis ojos miopes para enfocar su silueta enjuta.

–¡Serás lila, modafacka! –mi abuelo sabe algo de inglés de cuando las Brigadas Internacionales–. ¡Yo perdí el índice en la guerra y no me quejo!

Y en eso no miente: siempre que me habla, mi abuelo me apunta con el dedo; siempre que lo hace, parece que me esté dedicando una peineta con su dedo medio.

–Ya, pero mi guitarra... –me defiendo.

El dolor fantasma es porque parte de mí todavía no ha procesado haber vendido mi guitarra en Empeños Sant Ramon. Mi cerebro me sigue ordenando que la toque, así que cuando mi abuelo ha entrado en la habitación me ha visto pasando una y otra vez mi mano izquierda por la escayola que cubre mi brazo derecho, siempre en cabestrillo desde que sufrí El Incidente. Un bufón tullido tocando una cítara inexistente. Rasgando mi guitarra invisible al compás de “Engordas como una gaita”, el himno que he compuesto para mi exnovia asturiana. La quería mucho, a mi exnovia. También tengo un poco de dolor fantasma por ella. Cuando nos acaramelábamos en su Ford Fiesta yo la llamaba “mi sidrina”. Furcia.

–¡Baja y abre la puerta, leches! –me grita mi abuelo, con la entonación de una versión punk de “Abre la muralla”.

 

***

 

Mi abuelo es algo descreído. No cree: a) que el hombre haya llegado a la Luna; b) que Jesucristo sea hijo de Dios; c) que yo sea su nieto; d) que existan aceitunas rellenas de anchoas; e) que la Guerra Civil haya acabado. Eso sí, le gusta alardear de haber enseñado a Hemingway a untar tomate en los bocadillos de calamares (se hicieron amigos en el frente y mi abuelo lo llama Hemin-gay, algo que probablemente escamaba al asaz viril escritor).

Nos ha citado al Dr. Muerte y a mí para encargarnos una misión. “Tráete a ese gigante lerdo amigo tuyo, que nos puede ser útil”, me dijo ayer. Así que aquí estamos los tres sentados a la mesa, escuchando Radio Pirenaica (le descargo podcasts de internet para mantenerlo tranquilo) y sorbiendo tazas de achicoria.

Mi amigo el Dr. Muerte fue nazi (una frase rara, ¿eh?; pues más raro es él), pero está aún por nacer el humano que lo atemorice más que el padre de mi padre. Cuando éramos pequeños, un día nos pidió que fuéramos a comprarle garbanzos. Mi abuelo almacena leche en polvo y raciona el aceite con un dedal, así que no nos pareció extraño. Cuando volvimos y le tendí el paquete de legumbres, mi amigo le preguntó:

–Abuelo, ¿no hace mucho calor para un potaje?

Era agosto y las contras de madera tamizaban un sol canicular. Mi abuelo contestó:

–¿Quién te ha dicho que son para comer?

Y entonces enarboló un tirachinas e hizo un mutis preñado de elocuencia para pasarse toda la mañana apostado en el balcón, disparando garbanzos a policías, ejecutivos y trabajadores de la Caixa Penedès.

Le tenemos algo de miedo, pero lo que no tenemos es dinero. Así que solemos aceptar encargos como el que se dispone a exponer.

 

***

 

–Me ha soplado un camarada que hoy actúa el grupo Camiseta Imperio en la Sala Tràgic... Son los nietos del cabronazo que me cortó el dedo en la batalla del Ebro. Tenéis que llevarle este mensaje al cantante –nos tiende un sobre lacrado con un chicle (todo en esta casa tiene varias vidas, salvo yo, que por no tener no tengo ni una que valga la pena ser vivida)–. Es una carta de amor para su abuelo. ¡De amor que mata! –carcajada y metralla de tos–. Se la tenéis que entregar en mano.

El Dr. Muerte conoce demasiado bien a los Camiseta Imperio. En un rato, me cantará hits de su pasado nazi como “O follamos todos, o la puta al Ebro”, “Somos los Primos de Rivera” y “Raza, canción sentimental”. Yo conozco demasiado bien la Sala Tràgic, el escenario de El Incidente. No deberíamos ir. Mis rodillas castañean si evoco la idea abstracta de hacerlo. Pero estamos arruinados y, si no lo hago, mi abuelo me desahuciará. Mi abuelo, calvo y loco como una peonza, que mientras abandonamos su casa le dedica un canturreo a la portera que barre la acera con aire saturnino:

–Si me quieres escribir, mujeeeer, ya sabes mi paraderooo...

Pienso en mi futuro paradero cuando tomamos la calle. ¿Por quién doblan las campanas? Dr. Muerte me muestra un frasco de Romilar (el jarabe para la tos de mi abuelo y para nuestros viajes psicodélicos gratuitos) y se echa al coleto tres tragos largos. “Pueden aparecer somnolencia y mareo, por lo que no deberá conducir automóviles ni manejar máquinas peligrosas”. Y enciende su motocicleta anciana con un taconazo. Leo demasiados foros de salud en internet. De poco me servirá hacerlo, con amigos como este y misiones como esta.

Las campanas doblan por ti, Otis.

(Se puede leer la tercera parte aquí)

Miqui Otero (Barcelona, 1980) es autor de las novelas “Hilo musical” (Alpha Decay, 2010) y “La cápsula del tiempo” (Blackie Books, 2012). Ha colaborado en libros colectivos como “CT o la cultura de la transición” (Mondadori, 2012) y ha sido incluido en antologías de nuevos narradores como “Última temporada” (Lengua de Trapo, 2013).

Próxima entrega por Rodrigo Fresán.

Etiquetas: 2010s, 2015, relatos
Más de veinte años (8), Sorpresas te da la vida
Por Martí Sales
Más de veinte años (10), Burocracia a muerte
Por Laura Fernández
Más de veinte años (7), Esquirlas blancas
Por Javier Calvo
Más de veinte años (y 12), La gran broma final
Por Nacho Vegas
Más de veinte años (9), Una de vampiros
Por Marina Espasa
Más de veinte años (5), Ascensor que nunca sube
Por Agustín Fernández Mallo
Más de veinte años (1), Otis 1, Dr. Muerte 0
Por Kiko Amat
Más de veinte años (3), El gran desvarío
Por Rodrigo Fresán
Más de veinte años (4), El Plan y el Tràgic
Por Carlos Zanón
Más de veinte años (6), Urgencias tras El Incidente
Por Eloy Fernández Porta
Arriba