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Más de veinte años (3), El gran desvarío

Ilustración: Pepo Pérez

 
 

FICCIÓN (2015)

Más de veinte años (3) El gran desvarío

Otro capítulo del relato iniciado por Kiko Amat y continuado por Miqui Otero. En el tercer episodio, Rodrigo Fresán siguió la trama con este interludio onírico-alucinógeno de la historia de Otis, con su abuelo y el Dr. Muerte como actores secundarios y el recuerdo a su madre muerta.

(Se puede leer la segunda parte aquí)

Romilar. Rominar. Romina. Mi madre se llamaba Romina. Mi vivísima madre muerta. Mi versión femenina del fantasma masculino de Hamlet. Pero en mi caso no se trata del más demandante de los espectros, sino del más pasivo agresivo de los espíritus. Digámoslo así: mi madre (católica ultrapracticante en vida, para vergüenza de mi abuelo anticrístico) se convirtió en la más judía de las madres ectoplasmáticas. Mi madre no me pide que la vengue, sino que me ruega que venga, que no me vaya, que no la deje sola, y que tenga mucho pero mucho cuidado con todas esas chicas lobas feroces que solo piensan en devorar a su caperucito, al hijo de sus entrañas. El hijo de quien ahora tiene, en la muerte, esos ojos tan grandes y sin párpados (los muertos no pestañean) para comerme mejor con su mirada.

Mi madre, que es la hija de mi abuelo y que un día se vació varios frascos de Romilar (robados al botiquín-bodega farmacopeística de mi abuelo/su padre) hasta que, pronto y de pronto, el corazón le dijo basta y dijo adieu. Mi abuelo no es que haya escupido sobre su tumba, pero casi casi. No se llevaban bien. A mi abuelo no le gustaban los discos de Quilapayún que hacía girar una y otra vez mi madre. Y mucho menos le perdonaba el haber sido fertilizada y sembrada por un argentino pasajero y seductor que creía tanto en sí mismo. Mi madre se creía cualquier cosa. Mi madre era muy creyente. Y una tarde gris subimos por la necrópolis de Montjuïc y ahí la dejamos, junto a un árbol, marmolizada por una losa. Alguien me pidió que dijese una palabras y las dije; pero no se escuchó nada por el estruendo de las obras olímpicas. Mejor así. Porque lo que yo dije (sin cantar) fue la letra de “Chimes Of Freedom” de Bob Dylan, que mi madre me cantaba como insomne canción de cuna con un acento inglés al que, por piedad, solo definiré como “espantoso”. Y, seguro, mi abuelo se hubiese enojado mucho de haberme escuchado desgranar esos versos largos, ese tañido de palabras relampagueando. Pero, sí, alguien me oyó. Y se acercó a mí y, desconocido, me puso la mano sobre el hombro y me dijo: “Hombre... No es momento para entonar tonterías de ese cristiano renacido sionista, ¿no?”. Después, enseguida, se dedicó, con una mezcla de ternura y precisión clínica, como si fuese un ciego que todo lo ve, a palparme la cabeza y apretarme el cráneo. “Interesante espécimen”, susurró frenológico. Y añadió: “Típico espécimen de psicótico dado a las visiones”.

Ese desconocido era, por supuesto, el Dr. Muerte.

 

***

 

El Dr. Muerte me preguntó mi nombre y se lo dije, y me dijo: “Interesante: Otis es nombre de ascensor. Pero la forma de tu cabeza lo anuncia a los cuatro vientos y a los siete mares: lo tuyo tiene más que ver con descender. Eres un típico y clásico y vulgar descensor”. Y, sí, algo de razón tenía y sigue teniendo. Porque yo me drogo (el Romilar es “my cup of tea”, sí, y hasta lo he deconstruido en cubos de gelatina que, tantos años después, harían la envidia, seguro, del bullicioso Ferran Adrià; pero tampoco le hago ascos a otros potajes y caldos, a polvos y hierbas, a hongos dulces y ácidos lisérgicos) solo para alcanzar el momento de la caída. En realidad, el instante previo a la caída, el trance breve y vertiginoso de la cima más alta de una montaña rusa que se alcanza con el último resuello de la inercia y entonces el mundo entero se convierte en un grito hecho de gritos. Un grito vertical y cuesta abajo como el que grité entonces, bajo la lluvia, junto a la tumba de mi madre, cuando todos se fueron a seguir con sus cosas y, a mi lado, como una sombra cosida a mis talones, solo el Dr. Muerte permaneció, desde entonces y para siempre o hasta que la vida nos separe.

 

***

 

Ahora, tanto tiempo después, ¿qué hora es?, ¿qué tiempo hace? Está claro que no soy muy claro y se habrán dado cuenta de que este es el episodio/interludio onírico-alucinógeno de mi historia. Tranquilos: más adelante vendrán partes de acción, de amor, de risas y de lágrimas. Ahora, esto es lo que hay. Hace dos meses precisé “Estamos en 1992”. Un mes atrás, con una voz distinta, revelé que “Leo demasiado foros de internet”. ¿Ustedes lo entienden? Yo tampoco. Podría echarle la culpa de todo al boogie del Romilar, pero sería tan injusto como exagerado en lo que hace a los efectos de la marca. Y no quisiera que alguno se iniciase en los misterios de este expectorante con expectativas falsas. Nah, tiene que ser otra cosa... Algo genético o tumoral. Cada vez más seguido, tengo la sensación de que todo me sucede al mismo tiempo. “Momentos maravillosos” contemplados simultáneamente. Síndrome de Billy Pilgrim o, seguro, la influencia de ver y de pensar demasiado en “Twin Peaks”. En cualquier caso, el Dr. Muerte es como mi propio enano bailoteándome en reversa en una habitación roja y explicándome que no nos distraigamos demasiado con los delirios de mi abuelo. Asegurándome que él estuvo en el futuro o en el pasado o ahora mismo, y que de nosotros depende mantener la unión del Reino y que “someneT anu nóisim sám etnatropmi rop etnaled y eneit euq rev noc nu lat ikañI níragnadrU. somebeD ridepmi a adot atsoc euq etse opit aczonoc a al atnafnI anitsirC”.

Pero yo entonces solo puedo pensar en mi guitarra vendida. Y me pongo a llorar mientras, gentilmente, mi guitarra llora y me llama y me dice, con la voz de mi madre, que no salga a la calle tan desabrigado.

Y yo salgo como quien entra.

(Se puede leer la cuarta parte aquí)

Rodrigo Fresán (Buenos Aires,1963) vive y escribe en Barcelona desde 1999. Es autor de los libros “Historia argentina” (Planeta, 1991), “Vidas de santos” (Planeta, 1993), “Trabajos manuales” (Planeta, 1994), “Esperanto” (Tusquets, 1995), “La velocidad de las cosas” (Tusquets, 1998), “Mantra” (Mondadori, 2001), “Jardines de Kensington” (Mondadori, 2003), “El fondo del cielo” (Mondadori, 2009) y “La parte inventada” (Literatura Random House, 2014), así como colaborador habitual en numerosos medios periodísticos españoles y extranjeros. 

Próxima entrega por Carlos Zanón.

Etiquetas: 2010s, 2015, relatos
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