USO DE COOKIES

Este sitio web utiliza Cookies propias y de terceros, para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios, para mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias, así como analizar sus hábitos de navegación. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web.

Aceptar Cómo configurar

Cargando...
Más de veinte años (4), El Plan y el Tràgic

Ilustración: Pepo Pérez

 
 

FICCIÓN (2015)

Más de veinte años (4) El Plan y el Tràgic

Cuarta entrega del relato iniciado por Kiko Amat y continuado por Miqui Otero y Rodrigo Fresán. En esta ocasión, Carlos Zanón retomó la historia protagonizada por Otis, que debía cumplir un peligroso encargo de su abuelo: entregar una carta al cantante del grupo Camiseta Imperio. Para ello, contó con la inestimable colaboración de su amigo Dr. Muerte.

(Se puede leer la tercera parte aquí)

El Plan: me quitan el yeso. Recupero mi guitarra –¿la robo?, ¿la recompro?–. Recompongo la banda. Salgo al escenario con la susodicha colgada de mi cinta de calaveras, mi camisa roja, mi pantalón de saliva y mis zapatos helado de fresa, helado de limón y atisbo a La Asturiana al final de la sala. Ese mote evoca fragancia de pajares conspicuos, mesoneras de regatera generosa, orgasmos y jadeos en bable. Pero mi Asturiana es punkarra, borde y más plana que la tabla de planchar donde mi madre lo planchaba todo. Y cuando digo todo, es todo: calzoncillos, pañuelos, tejanos. Supe que el punk había muerto el día que la vi planchar, humedecer y volver a planchar, todo pliegues y recovecos, mi camiseta de los imperdibles agujereando los ojos de Su Graciosa Majestad, pero eso ya es otra historia. Vuelvo al Plan. La Asturiana al fondo. Presento la canción. Aquí el Destino se bifurca merced al libre albedrío. O bien sigo el camino trazado de su humillación y tú te lo perdiste, hijaputa, y la banda al completo –guitarras metidas en motores de aviones, bajos como corazones de cachalotes, baterías como la jungla cuando va a salir King Kong– entona “Engordas como una gaita” y las primeras filas son un despiporre de pogo, deseo de tías buenas y pulsiones sexuales a una hora de ser saciadas, o bien tomo otro camino. He recuperado el brazo. He recuperado la guitarra y ahora recupero a La Asturiana. Aunque sea para dejarla a la primera oportunidad. No quiero estar solo. No quiero que me dejen. No quiero compasión. Quiero amor. Quiero Sexo. Quiero Poder. En ese caso, la canción ha de ser definitiva. Una canción certera y arrogante. Como una de esas canciones del Dylan que mi madre no sabía ni que existían, pero seguro que sí el gaucho de mi padre, algo como “Idiot Wind”: me sorprende que sepas respirar solita, que abras la boca y sepas sacar de ahí algo más que ese viento idiota.

 

***

 

Golpeo el casco del Dr. Muerte, pues por los bandazos y la alegría de los coches que sorteamos me temo que el Romilar va gestionando todos y cada uno de sus efectos secundarios. Nos acercamos a la Tràgic. No mola. No mola nada. Allí sucedió El Incidente. Y hasta la escayola parece retraerse en mi brazo y ser repelida hacia el otro extremo de la ciudad. Esas ganas de meterme debajo de la cama de mis padres y que el mundo se olvide de ti, Otis. Esas ganas de ser otro para que el dolor no haga mella en tu vulnerable personalidad de niñato simulando ser fuerte, insensible y audaz. Pero si quiero recuperar la guitarra, la chica y/o la dignidad, necesito pasta. Y, hoy por hoy, mi abuelo es mi único trabajo.

Aparcamos la moto en el cruce entre Paseo Bruce Foxton y Pasaje Ian McLagan. A doscientos prudentes pasos de la puerta de la Tràgic. Por la puerta principal no vamos a poder entrar. Eso lo sé yo y lo sabe el Dr. Muerte, pero sus pasos no me lo hacen suponer. Igual conoce una trampilla secreta que nos lleve a los camerinos de los Camiseta Imperio y, antes de que pueda salir de su asombro, entregue mi mensaje lacrado con chicle Bazooka –dejado de fabricar veinte años antes, pero masticado por el postizo de mi abuelo hace apenas unas horas– al cantante y salgamos rollo Bruguera de allí. Si los Camiseta Imperio son entidades seudohumanas, carentes de talento, oficio, inteligencia y piedad, su cantante Kike Sable es el ser más abyecto del mundo. Un tipo que se estimula a las tres de la madrugada los pezones con cuchillos y tenedores no deja lugar a dudas de cómo es el resto de su existencia, ¿no?

–¿Cómo piensas que vamos a entrar sin que nos reconozcan...?

Dr. Muerte se gira y me sonríe. Bordeamos el edificio, entramos en un bar estrecho más que pequeño, saludamos con un gesto de cabeza al galgo de la barra, sorteamos una tragaperras, un alcohólico y una gorda trufada de tinte y Magno, bajamos unas escaleras que llevan a un pasillo largo y oscuro. La satisfacción de Dr. Muerte es pareja a mi estupor. Nunca conoces a nadie del todo. Poco a poco oímos el ruido de las botas atronando el suelo de la Tràgic, los berridos del Sable y aquella banda estrepitosa. Una puerta roja: llegamos a camerinos. Rastros de speed, botellas de whisky y disfraces de palurdos. Pensé en dejar la carta allí a la vista de Kike, pero mi abuelo había dicho de entregarla en mano, así que, o bien esperamos allí –¿!–, o bien la entrego a la carrera como en la cabalgata de los Reyes Magos. Dr. Muerte incauta pasta, papelas y navajas.

–Vamos.

Bajamos por un lateral del escenario y el grupo se desgañita con una versión de su único hit local, “Gonorrea se llama mi amor”. Tenemos toda una guardia pretoriana y llegar hasta el escenario es imposible. Sin embargo, la suerte parece, por esta vez, estar de nuestra parte. El retrasado de Sable, al grito de “Gonorreaaaaaa”, se lanza sobre el público y aquella marea lo trae hacia mí como los ríos llevan al mar que es el morir. Al alcance de mi brazo sano lo tengo berreando al micro “eaaaaaa”, situación que aprovecho para meter en forma de rulo cocainómano la carta hasta tocar campanilla y un pelín más allá. Eso sí, espero que no se trague el chicle.

(Se puede leer la quinta parte aquí)

Carlos Zanón (Barcelona, 1966) es autor de los libros de poemas “El sabor de tu boca borracha” (Nínfula, 1989), “Algunas maneras de olvidar a Gengis Khan” (Hiperión, 2004) y “Rock & Roll” (66 rpm, 2014), así como de las novelas “Nadie ama a un hombre bueno” (Quadrivium, 2008), “Tarde, mal y nunca” (RBA, 2009), “No llames a casa” (RBA, 2012) y “Yo fui Johnny Thunders” (RBA, 2014). Además, colabora habitualmente en diversos medios periodísticos.

Próxima entrega por Agustín Fernández Mallo.

Etiquetas: 2010s, 2015, relatos
Más de veinte años (3), El gran desvarío
Por Rodrigo Fresán
Más de veinte años (9), Una de vampiros
Por Marina Espasa
Más de veinte años (y 12), La gran broma final
Por Nacho Vegas
Más de veinte años (6), Urgencias tras El Incidente
Por Eloy Fernández Porta
Más de veinte años (1), Otis 1, Dr. Muerte 0
Por Kiko Amat
Más de veinte años (7), Esquirlas blancas
Por Javier Calvo
Más de veinte años (2), Doblan las campanas
Por Miqui Otero
Más de veinte años (8), Sorpresas te da la vida
Por Martí Sales
Más de veinte años (10), Burocracia a muerte
Por Laura Fernández
Más de veinte años (5), Ascensor que nunca sube
Por Agustín Fernández Mallo
Arriba