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Más de veinte años (7), Esquirlas blancas

Ilustación: Pepo Pérez

 
 

FICCIÓN (2015)

Más de veinte años (7) Esquirlas blancas

Séptimo capítulo del relato iniciado por Kiko Amat y continuado por Miqui Otero, Rodrigo Fresán, Carlos Zanón, Agustín Fernández Mallo y Eloy Fernández Porta. Esta vez, Javier Calvo contó cómo Otis cayó en manos de Kike Sable y se encontró en una situación realmente comprometida.

(Se puede leer la sexta parte aquí)

Quería recuperar mi brazo. Quería recuperar mi guitarra y quería recuperar a la Asturiana. No quería estar solo. No quería que me dejaran. No quería compasión. Quería amor. Quería sexo. Quería poder. Ahora ya no quiero nada de todo eso. No me importa nada de todo eso. Problemas del Primer Mundo. Bagatelas.

Ahora lo que quiero es que no me maten.

Entiendo que pueda surgir la duda. Hasta el escepticismo. ¿Qué está pasando? Si hace dos minutos estabas embutiendo sobres lacados con chicle en bocas de iconos del submundo ultraderechista. Ahí está el problema. Que no han sido dos minutos. Lo que ha pasado aquí es una fluctuación temporal chunga. Una elipsis de la vida real. Un torbellino de estribillos ultras coreados a voz en grito, “Raza canción sen-ti-men-TAL”, “Gonorrea se llama mi amoooor”, un tsunami de “vasos” de cerveza de dos litros (“four-pinters”, en el idioma de Shakespeare), con diminutos vasos de chupito bamboleándose en su interior como embarcaciones desarboladas en la galerna. Pastelillos a base de Romilar cocidos a toda prisa en un camping-gas de los camerinos de la sala Tràgic. Palmadas en la espalda y abrazos de oso ebrio. Polaroids en compañía de la formación actual de Camiseta Imperio. Símbolos extraños en las fundas de sus instrumentos, no exactamente como la esvástica convertida en ventana abollada de mi escayola, pero tampoco muy distintos. Gestos esotéricos subrepticios. Funde a negro.

Una fluctuación chunga de verdad. Lo contrario de las fluctuaciones molonas de Dr. Who. Lo contrario de meterse en una cabina azul y salir en las junglas del Pleistoceno con la Asturiana al lado, listos los dos para correr aventuras espermáticas. Por suerte / desgracia, me ha sacado del sueño de los justos el tipo que estaba machacándome el brazo escayolado a martillazos.

–¿Eso de ahí es esquirla de escayola o astilla de hueso? –le he preguntado, todavía grogui por culpa de la droga que sin duda me debieron de meter en la droga.

(El dolor todavía no ha alcanzado mi córtex cerebral, claro. Bienestar extracorporal. Sinapsis de vacaciones en Creta. Satori).

El tipo del martillo da una calada a su Ducados antes de redoblar la fuerza de sus martillazos. Curiosamente, el brazo con el que da martillazos en mi brazo tiene un tatuaje de un brazo dando martillazos en un brazo. Señales ocultas. Regresión abisal. Las esquirlas blancas de escayola/hueso vuelan alegremente por el lugar. Mientras las sigo con mi vista adormilada me fijo por primera vez en el lugar donde estoy.

Podría ser el sótano de la sala de conciertos Tràgic, en caso de que la sala de conciertos Tràgic (que no lo descarto) hubiera sido construida sobre las ruinas de una abadía transilvana. Las calaveras por el suelo podrían ser de atrezo. De tienda de artículos de broma. Ciertamente no lo descarto. Las babosas y las ratas, no; en ninguna tienda de artículos de broma las hacen tan bien. Y pintado orgullosamente a espray por las paredes, el símbolo de la Ventana Abollada. Uau. Colega. Rollo peli de miedo donde te despiertas en una cripta o un ala abandonada de manicomio.

En pleno momento de exploración psicogeográfica del lugar, el dolor alcanza mi córtex cerebral. Los capilares de ambos ojos me revientan todos de forma simultánea. El escroto se me retrae hasta la zona lumbar.

Las palabras “chicos, chicos, podemos solucionar esto de forma civilizada” se convierten al salir por mis labios en “AAAFFFFFXXGGGGGHHHHRRRRLLL”.

Intento rascarme un picor en la nariz, pero no puedo porque, claro, estoy atado a la silla. Rollo escenario de torturas clasicista. Rollo “El expreso de medianoche”. A través de la nubecilla de sangre vaporizada de los capilares reventados distingo cuatro figuras lamentablemente familiares. Kike Sable y los Camiseta Imperio. Las túnicas ceremoniales con la Ventana Abollada en el pecho les sientan de pena, pero supongo que ahorran muchas explicaciones. La versión esotérica chunga de Kike Sable se me acerca. Me pone delante de los ojos el sobre babeado, desenrollado y con el sello de chicle roto que me dio el hijoputa de mi abuelo y me dice:

–Esto es una declagación de guegga.

Los demás miembros de la Orden de la Ventana Abollada asienten con gruñidos amenazadores. Normalmente la incapacidad de Kike Sable para decir las erres salvo cuando canta me hace reír inocentonamente, pero ahora mismo creo que si el tipo este no para de darme martillazos en lo poco que me queda ya del brazo, como que no me va a salir la risa.

–Dile al cegdo de tu abuelo que acaba de figmag su sentencia de muegte –me escupe a la cara el Aleister Crowley de pacotilla–. Que no estamos solos. Somos cientos de células dugmientes pog todo el país.

Antes quería recuperar mi brazo. Quería recuperar mi guitarra. Etcétera etcétera. Ahora solamente quiero salir de aquí, saber qué le ha pasado al Dr. Muerte y especialmente no saber qué coño se proponen estos sectarios envenenadores de pacotilla. Pero entonces –¡nooooooooo!– el mentecato neonazi lovecraftiano me empieza a contar una historia.

(Se puede leer la octava parte aquí)

Javier Calvo, escritor, guionista y traductor literario, es autor de las novelas “El dios reflectante” (Mondadori, 2003), “Mundo maravilloso” (Mondadori, 2007), “Corona de flores” (Mondadori, 2010) y “El jardín colgante” (Seix Barral, 2012; Premio Bibilioteca Breve 2012). Como autor de relatos ha publicado “Risas enlatadas” (Mondadori, 2001), “Los ríos perdidos de Londres” (Mondadori, 2005) y “Suomenlinna” (Alpha Decay, 2010).

Próxima entrega por Martí Sales.

Etiquetas: 2010s, 2015, relatos
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