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Más de veinte años (8), Sorpresas te da la vida

Ilustración: Pepo Pérez

 
 

FICCIÓN (2015)

Más de veinte años (8) Sorpresas te da la vida

Octava entrega del relato iniciado por Kiko Amat y continuado por Miqui Otero, Rodrigo Fresán, Carlos Zanón, Agustín Fernández Mallo, Eloy Fernández Porta y Javier Calvo. Esta vez, Martí Sales narró cómo Otis es rescatado en el último momento por un personaje inesperado.

(Se puede leer la séptima parte aquí)

No. Para ser precisos, Kike Sable –la personificación de la relación directa entre logopedia fallida y nazismo– se disponía a contarme una historia. Para ser aún más precisos, Kike Sable abrió su maltrecha bocaza para empezar a contarme vete a saber tú qué mandangas esotérico-pastoriles. Supongo. Digo supongo porque no llegó a hacerlo. Un garbanzo en el ojo duele. Un garbanzo en la tráquea ahoga. Un mazazo en la cabeza deja tieso –quien dice mazazo dice calavera despachurrada contra cabezote–. La sabia y rápida combinación de las tres tácticas de combate es capaz de tumbar a cualquier mentecato fascistoide con sotana que se precie. A cualquier grupo de mentecatos fascistoides con sotana que se precien, quiero decir. Y os preguntaréis: ¿Quién acude en mi ayuda en un momento tan crucial para la entereza y salud en general de mi esqueleto? ¿Cuánta gente estaría dispuesta a meterse en una catacumba satánica para salvar del crujimiento total a un canijo miope que se parece a no sé qué poeta catalán que se suicidó no sé cuándo? Me parece a mí que muchos candidatos no hay: al Dr. Muerte lo perdí en el pogo del Tràgic; la Asturiana no se jugaría ni media magdalena por mí; en mi familia hay una clara ausencia de primos Zumosol; a mi padre, aparte de ser argentino, nunca lo conocí, y la suerte de mi madre ya la sabéis.

Garbanzos, he dicho, y esta palabra quizá habrá removido algún resorte memorístico en la mente del lector atento –si es que existe algún lector del Rockdelux capaz de tal hazaña, alguien que no haya dilapidado su juventud exponiendo sus sesos a maratonianas sesiones festivaleras de decibelios y drogas adulteradas sin ton ni son–. Garbanzos cual proyectiles dañinos. Garbanzos duros como una piedra. Sí, querido lector, has acertado. Si pensabais que mi abuelo –que, por cierto, se llama Onofre Dip– dejaría en mis estúpidas y blandengues manos la resolución de un conflicto que se remonta mucho más atrás que la batalla del Ebro, no tenéis ni idea de quién es don Onofre. Salido de la nada –es decir, de detrás de la silla donde me tienen amarrado esta pandilla de descerebrados–, mi abuelo se ha deshecho de ellos como el hatajo de mocosos que en realidad son: con mano dura de excombatiente republicano los ha reducido en un abrir y cerrar de ojos y los ha dejado tirados medio inconscientes, medio lloriqueando.

–Andresito, eres un memo –me espeta.

Odio que me llame Andresito. Lo odio con toda mi alma. Mi madre me llamaba así. Porque yo me llamaba Andrés, sí. Antes de cambiarme de nombre cuando la legalidad me lo permitió. Y, ahora, lector atento –hoy hemos descubierto que, como las madres, no hay más que uno: tú, claro está–, si eres perspicaz quizá adivines de dónde saqué el sobrenombre de Otis. Ascensores: no. Cantante: sí, pero no solo. Giros lingüísticos de adolescente porrero: ¡otro diploma para ti! De Andresito, Sito. Sito al revés, Otis. Y si ahora ya os están dando –al resto– ganas de arrearme a hostias por tanta puta digresión gratuita, pensad que ya he recibido una buena paliza y que el dolor de los martillazos contra mi fractura conminuta de muñeca me hizo proferir, hace solo un par de capítulos de nada, unas onomatopeyas que ni Fernández Porta fue capaz de describir.

–Joder, Andresito, por una vez que te pido alguna cosa que no es bajar al súper a por botellines… –sigue mi abuelo, desatándome las ligaduras–. Yo que quería que te espabilaras un poco y te olvidaras de una vez por todas de la choni esta de los cojones, va y un poco más y te parten la cara.

No voy a hablar de la Asturiana. No voy a decir por qué me dejó, no voy a contar lo que pasó, no voy a transcribir aquí a renglón seguido toda nuestra patética y última conversación: no lo voy a hacer porque se limitó a una serie ininterrumpida de improperios y gritos ininteligibles hacia mi persona seguidos del piiiiip sostenido que suena después de colgar el teléfono con furia visigoda. Así que lo que voy a hacer, ahora que lo tengo a tiro, es cebarme con el hijo de puta de Sable.

–Eh, retrasado mental, prueba a hablar un poco a ver si se te ha arreglado este asuntillo que tienes con la erre. Quizá con los sopapos que te ha pegado mi abuelo te chispea un poco más la mollera.

Sable, que resuella como un bulldog moribundo, abre mucho los ojos e intenta decir alguna cosa.

–Ubielo.

–¿Qué?

–Tutuelo.

–¿Cómo?

–Tuvuelo.

–Atina un poco, va, Kike, que tampoco cuesta tanto hablar con cuatro garbanzos de nada taponándote las vías respiratorias.

–Tu abuelo.

–Sí, Kike, sí. ¿A qué es cojonudo, mi abuelo? Arrea fuerte el cabrón, ¿eh? ¡Y mira que tiene más de mil años, el viejo!

Kike empieza a temblar. El tío ya es paliducho de por sí, pero ahora parece un calamar bañado en lejía. Titirita y suda, e intenta arrastrarse hacia una de las esquinas oscuras de la sala, como alejándose de mí. Pero no: se aparta de mi abuelo, que lo mira con unos ojos que nunca le había visto. Con unos ojos temibles. En su cara hay una expresión desprovista de toda piedad, de toda compasión, de cualquier cualidad humana.

–Otis, tu abuelo es un vampirrro.

(Se puede leer la novena parte aquí)

Martí Sales (Barcelona, 1979), músico, escritor y traductor, es autor de “Huckleberry Finn” (Moll, 2005), “Dies feliços a la presó” (Empúries, 2007), “Ara és el moment” (Amsterdam, 2011) y “Principi d’incertesa” (Males Herbes, 2015). Además, ha traducido a John Fante, Kurt Vonnegut y Jim Dodge, ha dirigido el Festival Internacional de Poesia de Barcelona (con Eduard Escoffet) entre 2010 y 2012, ha actuado con la compañía de teatro Amaranto, ha tocado en los grupos Els Surfing Sirles y Convergència i Unió y ha creado revistas de arte conceptuales (‘Al Buit’, 2001-2003).

Próxima entrega por Marina Espasa.

Etiquetas: 2010s, 2015, relatos
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