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Más de veinte años (9), Una de vampiros

Ilustración: Pepo Pérez

 
 

FICCIÓN (2015)

Más de veinte años (9) Una de vampiros

Novena entrega del relato iniciado por Kiko Amat y continuado por Miqui Otero, Rodrigo Fresán, Carlos Zanón, Agustín Fernández Mallo, Eloy Fernández Porta, Javier Calvo y Martí Sales. En esta ocasión, Marina Espasa nos reveló la verdadera naturaleza del abuelo de Otis.

(Se puede leer la octava parte aquí)

Pero mi abuelo tenía el aspecto de siempre: esos ojillos, esa calva respetable y ese perfil de bastón desgarbado. Se estaba enjugando la boca con un pañuelo, sí, pero no porque derramara sangre, sino porque siempre ha sido un tipo muy educado, muy de saber estar en los sitios... ¡joder, no! El puto pañuelo estaba completamente manchado de rojo y los colmillos de mi abuelo... bueno, eso os lo podéis imaginar, los colmillos superiores le habían crecido un par de centímetros y tenía la boca abierta peligrosamente cerca del cuello del atontado de Kike Sable, que continuaba temblando y palideciendo como media cebolla olvidada en el fondo de una nevera. Así que iba a ver ¡por fin! a un vampiro en acción. Me senté en una silla cochambrosa y me dispuse a disfrutar.

–¡¡¡¡Otis!!!! ¡¡¡¡Socogggggggo!!!!

Sí, sí, bueno, todo ese rollo de un tío mordido por un vampiro suplicando ayuda. Todos hemos visto las pelis y hemos leído los libros: lo siento, has pringado. He dicho que yo no era imbécil, ¿verdad? Pues un poco sí debo serlo, porque de repente me acordé de que, cuando a alguien lo muerde un vampiro, se convierte en otro vampiro, así que me di cuenta de que yo estaba en un sótano de mierda debajo de la sala del Tràgic no con uno, sino con dos vampiros: a eso se le llama doblar el número de posibilidades de acabar muerto. O mordido. Pero, bueno, había uno bastante fuera de combate y el otro era mi abuelo, y se supone que un abuelo, por muy vampiro que sea, no muerde a sus nietos.

–Abuelo, ¿por qué no me habías contado nunca que eres un vamp.... ¡¡¡¡aaaaaaagh!!!!

¡Me había clavado los colmillos en el cuello, me lo había perforado, y de los dos agujeritos manaban dos chorros de sangre como dos surtidores de la fuente mágica de Montjuïc! Qué mal gusto, joder.

–Perdona, ha sido un impulso.

–Pero ¡abuelo!

–Ponte esto, que te vas a desmayar...

De repente, mi abuelo volvía a ser el señor amable y despistado que baja a La Caixa a actualizar la libreta. Me había alargado un pañuelo y una tirita, se estaba colocando la camisa por dentro de los pantalones y en su boca no había ni rastro de sangre o colmillos picudos. Busqué a Kike Sable con la mirada y me di cuenta de que no había tenido tanta suerte como yo: yacía en el suelo como un saco de patatas podridas y malolientes y lanzaba pequeños gemidos de vez en cuando.

–Tienes amigos muy poco resistentes, Sito.

–¡No soy Sito, soy Otis! ¡Y eso no es ningún amigo! ¡Es Kike Sable!

–¿Es él? ¿Y la carta que te di para él?

–¡Se la puse en la boca! ¡Te lo juro!

–Pues o se la ha tragado o la ha perdido...

Me abalancé sobre el cuerpo de Kike Sable. Le di la vuelta y le abrí la boca: no había ni rastro de la carta, aunque sí muchos rastros de muchas cosas. Muy asquerosas. Mirar ahí dentro es lo más asqueroso que he hecho en mi vida después de... bueno, después de unas cuantas cosas que he hecho en el cole y en el instituto y en casa y en el váter y en el cine y en camas donde alguna chica despistada e imprudente ha dejado que me deslizara... ¡oh, joder! ¡¡La Asturiana!! De repente, todo mi cerebro se llenó de imágenes de su cara, de su espalda, de sus piernas, de sus tetas, de su coño, de sus tetas otra vez (la mejor parte de su cuerpo, sin duda): ¡necesitaba tenerla entre mis piernas! No, todavía mejor: necesitaba morderla. ¿Cómo es ese rollo de los vampiros? Amor eterno y todo eso, ¿no? Ese era yo, ahora. Un vampiro seductor. De 21 años y con pecas y granos, sí, pero un seductor. Y, como también quería matarla (porque me había dejado POR TELÉFONO, la muy zorra, no lo olvidemos), la combinación entre morderle el cuello (y algún trocito más de cuerpo, si se dejaba) y mandarla al otro barrio se me antojaba celestial.

–Abuelo, ¿puedo morder a alguien yo, ahora?

–Claro, tienes que hacerlo. Eres un aprendiz de vampiro.

–¡Aprendiz! ¿Y a cuánta gente tengo que morder para pasar a ser un vampiro senior?

–Eso ya te lo diré yo cuando me lo parezca. Tampoco te empaches.

–¡Joder, abuelo, me cortas las alas!

–Te paro los pies, Sito, te paro los pies... ¡Vente! Nos vamos para casa, que va a salir el sol.

El sol. Los espejos. Los ajos. ¡Los ajos! ¡A mí me encanta el ajo! ¡Mierda! La Asturiana. Su cuello. Sus tetas. El puto teléfono. Voy de un lado para otro, lo sé. Le pegué una patadita de despedida en los riñones a Kike Sable y seguí a mi abuelo, que había abierto una puerta pequeña y casi invisible que daba a un pasillo de techo bajísimo por donde nos deslizamos como dos anguilas hasta que llegamos a una escalera de madera de tres peldaños encima de la cual había una trampilla. Mi abuelo la levantó con una fuerza inaudita (vaya cabrón, y me hacía bajar a comprar el agua a mí) y un río de luz, música de mierda, gritos y palmas bajó hasta nosotros. Mi abuelo me susurró al oído:

–Esto da a una de las barras del Tràgic. Solo tenemos que hacernos pasar por camareros un ratito y luego salimos disimulando.

Claro, claro. Un viejo y un chaval escayolado sirviendo en la barra del Tràgic: ¿qué podía fallar?

(Se puede leer la décima parte aquí)

Marina Espasa (Barcelona, 1973) es escritora y periodista, además de crítica literaria y traductora. Es autora de la novela “La dona que es va perdre” (Empúries, 2012) y ha traducido al catalán libros de Jonathan Franzen y Tom Wolfe. Escribe críticas en el diario ‘Ara’ y tiene un blog, ‘El tacte que tenien’.

Próxima entrega por Laura Fernández.

Etiquetas: 2010s, 2015, relatos
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