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Más de veinte años (y 12), La gran broma final

Ilustración: Pepo Pérez

 
 

FICCIÓN (2015)

Más de veinte años (y 12) La gran broma final

Después de pasar por las manos de Miqui Otero, Rodrigo Fresán, Carlos Zanón, Agustín Fernández Mallo, Eloy Fernández Porta, Javier Calvo, Martí Sales, Marina Espasa, Laura Fernández y Remate, el relato iniciado por Kiko Amat llegó a su último episodio con una entrega (doble) a cargo de Nacho Vegas que puso punto final a la trama asturiana de vampiros, esoterismo, nazis y más de veinte años de nostalgia.

(Se puede leer la undécima parte aquí)

“Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello”
(Gabriel Jiménez Emán)


Chati abrió el bar más temprano de lo habitual. Llevaba todo el día en casa y las varices habían empezado a causarle dolores en las pantorrillas, sobre todo por haber estado mucho tiempo sentada en el sofá. Así que a las siete de la tarde decidió ponerse en marcha. Barrió, fregó, limpió los baños a conciencia, alineó los taburetes enfrente de la barra y la frotó con un trapo húmedo empapado en ginebra barata. Luego, fue a sentarse a su esquina en un extremo de la barra.

El primer cliente no tardó en entrar por la puerta. Era un hombre de unos cuarenta y tantos, muy flaco, con un pelo fino y grasiento que se le agolpaba a mechones por la frente y unas gafas muy gruesas. Llevaba un brazo escayolado –el derecho– y daba la impresión de estar ya borracho. Aun así, Chati le dedicó una sonrisa dulce. Chati siempre sonreía de aquella manera, y a casi todo el mundo.

–Vaya. ¿Una mala caída? –preguntó señalando con la barbilla el brazo malo.

–Ah, no... Es falsa –respondió el hombre, e inmediatamente se quitó la escayola y la dejó a un lado de la barra, descubriendo un brazo huesudo y lechoso que bien podía haber estado realmente escayolado durante meses. Chati se estremeció un poco–. Esto lo llevo porque luego voy a una fiesta. En realidad sí que me destrocé la mano, pero fue hace ya muchos años. Cuando tenía 21 y tuve que vender mi guitarra. Pero no fue una mala caída, no... Más bien un incidente. ¿Te cuento cómo fue El Incidente?

Chati le observaba mientras hablaba y se fijó en su dentadura, irregular y de un color amarillo tirando a marrón, salvo por dos colmillos blancos que refulgían y que obviamente también eran falsos, como los que la gente suele usar en los carnavales. Chati empezó a pensar entonces que aquel tipo estaba algo mal de la cabeza.

–Me llamo Otis –dijo el hombre, y luego se quedó callado y con cara de perplejidad por unos segundos, como si hubiera dicho alguna mentira–. Bueno... Puedes llamarme Otis.

–Muy bien, Otis. ¿Qué te pongo?

El hombre trasegaba una cerveza tras otra y no dejó de hablar ni un solo minuto en casi una hora. Chati se dedicaba a colocar y recolocar botellas en las estanterías o en las neveras. El tal Otis le hablaba de su abuelo, de su novia y de un amigo que tenía que se llamaba Doctor Muerte. Chati no entendía gran cosa, pero comenzó a tener la impresión de que se lo debía estar inventando todo porque no se creía que existiera alguien con un apodo tan ridículo como Doctor Muerte. Cuando Otis hizo una pausa, Chati salió de la barra y se fue a la calle a tomar aire fresco. Aún quedaban unos rayos de sol antes de que empezara a anochecer y la temperatura era agradable. Se sintió algo reconfortada y encendió un cigarrillo. Miró su móvil y vio que no tenía mensajes nuevos. No había noticias de Paula. La llamó, por tercera vez aquel día, y le volvió a salir un mensaje grabado de la operadora. Se dijo que más le valía resignarse a reconocer que Paula había cambiado de número con la intención de romper cualquier lazo con ella. De pronto, la invadió una ola de tristeza, que no cesó hasta que otro cliente entró en el bar. Chati aparcó sus pensamientos para pasar detrás de la barra.

El hombre era algo más joven que Otis, pero de anchas espaldas y trabado, y se sentó a solo dos taburetes de aquel. Pidió un Bacardí-Cola. Otis no tardó en dirigirle la palabra. Chati fue a su esquina en la barra, tomó del revistero el último número de Rockdelux y comenzó a hojearlo distraídamente mientras Otis parecía estar contándole su vida al hombre trabado. La revista contenía un cuadernillo central en el que se reproducía de forma íntegra un relato que Rockdelux había ido publicando desde hacía un año por entregas, de modo que cada mes el relato era continuado por un autor diferente. Cuando Chati era más joven leía vorazmente, pero desde que cogiera el bar hace ya once años su ritmo de lectura había ido menguando hasta prácticamente desaparecer. Recordó que hubo un tiempo en que quiso ser escritora. Otro sueño de esos que se mueren en el camino, pensó. Se sonrojó levemente, meneó la cabeza y comenzó a leer el relato de Rockdelux. El cuento exudaba músculo y testosterona y estaba plagado de personajes increíbles y bastante divertidos. Le costó encontrar alguno femenino que interviniera; solo hacia el final aparecía brevemente una oficinista. También era mencionada la amante de uno de los protagonistas, a la que únicamente se referían por su apodo, La Asturiana. Chati volvió a pensar en Paula. Era ovetense y a menudo la llamaba simplemente así, “asturiana”. Sintió de nuevo una punzada de tristeza. Se quedó pensativa durante unos instantes. Abrió la caja registradora y tomó de allí la libreta de apuntar pedidos y un bolígrafo. Arrancó una página, decidió que ella también podía escribir una parte del relato y se puso manos a la obra.

 
Más de veinte años (y 12), La gran broma final

Ilustración: Pepo Pérez

 

La mujer invisible

Había recorrido varias veces la ciudad de un extremo a otro. Había entrado en casi una veintena de locales y había llamado a decenas de personas, pero todo había sido en balde. Paula quiso encender un cigarrillo, pero se dio cuenta de que se le había acabado el tabaco. Soltó un grito, uno fortísimo que, sin embargo, nadie llegó a escuchar. Se encontraba al borde de la resignación y decidió volver a casa cuando se percató de que estaba perdida. “Ya encontraré el camino, qué coño”, se dijo, y echó a andar. Solo unos metros más allá atisbó lo que parecía ser un local abierto del que parecía salir música. Al aproximarse más vio en la entrada del local una especie de pancarta que rezaba: “ROCKDELUX: MÁS DE 20 AÑOS”. Aquello parecía una fiesta privada. Paula recordó haber visto a Chati leer el Rockdelux en más de una ocasión. Un halo de ilusión le iluminó el rostro y se dirigió a la entrada. Un hombre rapado y del tamaño de un armario, vestido de negro de pies a cabeza y con un pinganillo en la solapa estaba apostado en la puerta con las dos manos cruzadas a la altura de la bragueta.

–Voy a entrar –dijo Paula con determinación, pero el portero ni siquiera la miró. Ella se encogió de hombros, rodeó a aquel armario y se internó en el local.

Dentro, el ambiente se le antojó de lo más estrambótico. Pensó que se trataba de una fiesta temática o algo así. Todo el mundo parecía tener un brazo escayolado, pero estaba claro que se trataba de una especie de disfraz. Un tipo blandía su escayola como si se tratara de una espada. Otro la sujetaba encima de la cabeza, al tiempo que giraba sobre sí mismo haciendo complicados equilibrios para que no se le cayera aquello que más bien parecía un turbante alargado. Uno rubio con cara de drogado se golpeaba repetidamente en la cabeza con su escayola y le corría un hilillo de sangre por la frente. La mayoría se limitaba a conversar entre sí sujetando una copa en la mano y con su falsa escayola debajo de la axila. Paula 
se aproximó a uno de los que estaba solo, un hombre delgado que estaba escribiendo lo que parecían ser complicadas ecuaciones matemáticas en su escayola.

–Hola. Me llaman La Asturiana y estoy buscando 
a Chati. ¿La has visto, por casualidad?

El tipo no levantó la vista y continuó escribiendo sobre el yeso. Paula repitió la pregunta con idéntico resultado. Confusa, se aproximó al que le parecía más normal en aquel sitio, un hombre bien parecido que, en lugar de escayola, llevaba una venda y le estaba diciendo a otro que por Dios hiciera el favor de dejar de apretarle el brazo, que lo suyo era de verdad y que se lo había quemado intentando escurrir unos macarrones.

–Hola. Me llaman La Asturiana –volvió a decir Paula–. ¿Habéis visto por aquí a Chati?

Los dos hombres siguieron a lo suyo sin girarse siquiera. Paula empezaba a perder la paciencia. Divisó a una de las pocas mujeres que creyó ver en la sala y se acercó a ella. Esta sujetaba su escayola entre las piernas y se frotaba con ella. Paula pensó primero en un vibrador gigante y después en uno de esos caballitos de madera antiguos de la infancia.

–Hola. Me llaman La Asturiana. Por favor, tía, necesito encontrar a Chati. ¿La has visto por algún lado?

Nada. Paula se sintió como si fuera un fantasma. Enfurecida, se encaramó a la barra del local, llenó sus pulmones de aire y gritó con todas sus fuerz

 

Chati levantó el bolígrafo del papel. Otis y el hombre trabado estaban elevando el tono de voz. Aprovechó para leer lo que había escrito hasta ese instante.

–Pff... Menuda mierda –murmuró para sí misma. Se rió entre dientes, arrugó la hoja y la arrojó al cubo de basura hecha una pelota. Otis estaba ya muy borracho y le contaba al otro historias que tenían que ver con vampiros, esoterismo y nazis, por lo que le pareció entender a Chati. Le hablaba acercándose mucho y casi pudo advertir las perlitas de saliva en la cara del hombre trabado, que parecía comenzar a hartarse. Chati pensó que aquello acabaría mal. Luego se quedó mirando un rato el cubo de la basura y volvió a por la hoja de papel arrugado. La alisó como pudo sobre la barra y la leyó de nuevo. Se sonrió. Decidió que lo terminaría tal cual, con la frase a medias y sin firmar. En la parte superior escribió a modo de encabezamiento: EPÍLOGO. Luego buscó un rollo de papel celo, cortó un pedacito y con él pegó su relato al final del cuadernillo central de la revista. Volvió a colocar el Rockdelux en el revistero y salió a la calle a fumarse un cigarrillo. Afuera ya había anochecido del todo y sintió un poco de frío. Desde allí, contempló cómo el hombre trabado se estaba encarando con Otis, visiblemente enfadado.

–¡Vampiros mis cojones, gilipollas! –le gritó, para después estamparle un vaso de tubo en la frente a Otis, que comenzó a chillar.


Chati pensó que el tiempo estaba cambiando. Pensó en Paula y pensó en que jamás volvería a pensar en Paula de nuevo. Pensó en las varices que a veces la mataban a dolores, y volvió a pensar que solo alguien que fuera muy cretino podría hacerse llamar Doctor Muerte. También pensó que tal vez debiera echar el cierre al bar, que hacía tiempo que no funcionaba demasiado bien, y que ya era hora de que “se pusiese a pensar” en otra cosa. Quizá retomara su idea de ser escritora, quién sabe. Chati pensaba todas esas cosas mientras sonreía con dulzura, como hacía ella siempre y a casi todo el mundo. Y con esa misma sonrisa volvió a entrar en el bar, determinada a echar a aquellos dos a la calle.

(Se puede leer la primera parte aquí)

Nacho Vegas (Xixón, 1974) es músico y autor de canciones 
y lleva publicando discos bajo su nombre desde 2001.

Etiquetas: 2010s, 2015, relatos
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