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MERLE HAGGARD, Prisionero del viento

Rebelde con causa.

 
 

ARTÍCULO (2016)

MERLE HAGGARD Prisionero del viento

“Tú eres el hombre que la gente cree que yo soy”, le soltó Johnny Cash a Merle Haggard (1937-2016). Con eso ya estaría todo dicho. Pero no, mejor extenderse un poco más, nobleza obliga, y contar por qué el óbito de Haggard el 6 de abril de 2016, justo el día que cumplía 79 años (¿puede haber algo más country que nacer y morir el mismo día?), dejó un largo rastro de orfandad. Como él dijo, un diamante puede ser imitado, pero no duplicado. Miguel Martínez, en este artículo, dio por buenas las palabras de Sammy Davis Jr.: “El cantante de country más grande desde Hank Williams”.

Hay anécdotas que explican muchas cosas, y esta es una de ellas. “Yo estaba tocando en el Harrah’s Lake Tahoe, probablemente el club más de clase alta donde podía actuar una estrella del country en la década de los setenta, con la excepción del Carnegie Hall. Aunque también había tocado ya en el Carnegie Hall, cuando vivía en el este. Me presentaron, subí al escenario y el público se puso a aplaudir como si estuvieran dormidos. Aquel era un concierto poco habitual, para un grupo de promotores, ejecutivos y gente con mucho dinero e infuencia. Glen Campbell, Carroll O’Connor y Bill Cosby estaban sentados entre ellos, con esos grandes tragos con los que el Harrah’s te intentaba impresionar. También había bastante más gente del espectáculo. Yo estaba tocando mi primera canción cuando alguien entre la audiencia paró el concierto. ‘Hey, ¿qué problema tenéis?’, gritó una voz. Me puse la mano sobre los ojos para intentar ver quién era sin que me molestaran los focos. Pero la voz sin cara siguió con su chorreo. ‘Este es el cantante de country más grande desde Hank Williams. Y os estáis comportando como si fuera un maldito artista local. Necesitáis que os den una buena paliza, y soy el negro enano hijo de puta que lo va a hacer. Así que ahora inténtalo otra vez, Haggard. Sal del escenario, vuelve a entrar y veamos si pueden mostrarte un poco de respeto’. Eso es lo que hice y se pusieron a aplaudirme como locos. Quien les había dado la orden había sido Sammy Davis Jr., subido en su redonda mesa llena de cócteles”. Lo recordaba Merle Haggard en su autobiografía “My House Of Memories”, publicada en 1999.

Nació y murió en California (Oildale, 1937-Palo Cedro, 2016), y fue el más grande cantante de country desde Hank Williams, por qué no. Porque sí, porque tal vez lo haya sido. Sirven algunas cifras para sostenerlo, como que colocó 38 singles en el número 1, el primero en 1966 con “I’m A Lonesome Fugitive” y el último en 1987 con “Twinkle, Twinkle Lucky Star”. O los diecinueve galardones que recibió de la Academy Of Country Music entre 1965 y 2013. Pero, al final, qué importan las cifras. Importa lo que importa: escucharlo. Propongo hacerlo en su resurrección del año 2000 con el disco “If I Could Only Fly”, desde el sello Anti, ese gemelo de Epitaph, con aquellas tres citas impresas en la carátula que te avisaban de lo que había dentro: “Me pregunto de dónde le viene esta recién descubierta creatividad. Es el viejo Haggard, pero ha crecido. En estas canciones ha florecido” (Johnny Cash); “Es genial escuchar a Merle Haggard en una grabación tan íntima y con una voz tan fantástica. Este es un gran disco” (Elvis Costello); “¿Quieres aprender a componer canciones? Escucha a Merle Haggard” (Tom Waits). No mentían. Empieza el disco y va él, con sus 63 años, y abre la boca para soltar esto, de salida: “Mirando cómo algunos viejos amigos se meten una raya, frenando el deseo para ponerle fin a mi mente adicta, deseando que aún fuera algo que pudiera hacer, deseando que todas estas viejas cosas fueran nuevas”. Y así todos los temas, sin metáforas, un autorretrato de la vejez. Disco magistral. Y no es el único que sacó durante este siglo con ese excelso nivel. “Roots Volume 1” (Anti, 2001), “I Am What I Am” (Vanguard, 2010) y “Working In Tennessee” (Vanguard, 2011) son tres ejemplos más. “The Bluegrass Sessions” (McCoury-Hag, 2007), el cuarto.

Haggard fue atravesando sus postreros años sin la loa generalizada del último Cash, sin tanto bombo ni fan sobrevenido, desde una contracultura de género en la que quiso confinarse, alejado por gusto, y lo más posible, del mainstream del country contemporáneo. Se movió por el siglo XXI tan a la contra de ese establishment que parecía un hippie de 1969 por las calles de Muskogee, la localidad de Oklahoma, el estado de su padre, que dio título a su canción más polémica, “Okie From Muskogee” (compuesta junto con Roy Edward Burris, batería de su grupo, The Strangers). “No fumamos marihuana en Muskogee. No hacemos nuestros viajes en LSD. No quemamos nuestras tarjetas de reclutamiento en la calle Mayor. Nos gusta vivir correctamente y ser libres. Estoy orgulloso de ser un Okie de Muskogee”. De esas frases a que los reaccionarios las adoptaran como himno solo había un paso. Y lo dieron. Nótese que hay la misma distancia, o menos, entre esas palabras y las de la satírica “Rednecks” de Randy Newman sobre el racismo sudista. Pero al Haggard políticamente incorrecto pocos izquierdistas lo interpretaron desde la ironía de Newman; tampoco en “The Fightin’ Side Of Me”, su siguiente single, otro que tal, de 1970.

“Okie From Muskogee”, la piedra de toque de su carrera: “No fumamos marihuana en Muskogee. No hacemos nuestros viajes en LSD. No quemamos nuestras tarjetas de reclutamiento en la Calle Mayor. Nos gusta vivir correctamente y ser libres... Estoy orgulloso de ser un Okie de Muskogee”.

Merle nunca tuvo pelos en la lengua ni dudó quién era su gente. No iba a ponérselos al escribir esas dos canciones, que defendían el orgullo provinciano y patriota de quienes le recordaban al padre que perdió a los 8 años, trabajadores de sol a sol que no pillaban el punto a Janis Joplin (él sí) ni entendían lo de Vietnam (él entonces tampoco), carne de cañón que no quería que hippies o universitarios insultaran a soldados que muchas veces volvían del país amarillo en ataúdes y podían ser sus hijos. Lo tenía tan claro como tuvo que su primer single de los setenta, en vez de “The Fightin’ Side Of Me”, debía ser “Irma Jackson”, sobre un romance lleno de trabas racistas entre un hombre blanco y una mujer negra. Su sello, Capitol, no se atrevió; lo prefería como icono conservador. El jefe de la división country le dijo: “Merle, no creo que el mundo esté aún preparado para algo así”. Soldados imberbes en tierra extraña, blancos enamorados de negras en el sur profundo, obreros de manos callosas como su padre, carpintero ferroviario que convirtió un vagón abandonado en el hogar familiar. La sociedad apaleada. Su espejo. Él pudo haber sido otro. De hecho, lo fue: nació y creció así. La muerte de su padre, nunca superada, lo convirtió en un joven problemático y delincuente. Entraba y salía 
de reformatorios sin parar. Se teñía por dentro de alcohol. No había manera, “a pesar de todas mis lecciones del domingo, seguía volviendo hacia el mal”. Lo contó en 1968 en uno de sus temas emblemáticos, “Mama Tried”, inspirado en sus tres años en la cárcel de San Quintín. Fue allí donde asistió al concierto que ofreció Johnny Cash el 1 de enero de 1958, que le hizo entender que solo tenía dos opciones: o la música o los barrotes.

Aunque salió en libertad en 1960, volvió muchas veces a la cárcel con sus composiciones, convirtiéndose en el cantante oficial de los exconvictos en la misma medida que uno de sus ídolos, Jimmie Rodgers (los otros tres, Hank Williams, Bob Wills y Lefty Frizzell), lo fue de los guardafrenos. Sus cinco primeros números 1 iban de prisiones o prisioneros. Si a eso se le suma cuando en el tema “Workin’ Man Blues”, de 1969, grita “¡esta canción es para el hombre trabajador!”, una redundancia, porque todas las suyas lo son de una forma u otra, y se le añade el vasto espectro de emociones de sus temas dedicados a la bebida, casi tenemos el grueso temático de su obra (nos faltaría una cuarta pata para sostener la mesa, la sensiblera y confusa, la del amor por su madre y su país). Con esas tres lenguas dominantes le habló profundamente a su y a nuestro alter ego justiciero y libertario, ese que todos tenemos, el que ansía una vida más excitante y menos segura y aburrida. Lo hizo desde una ternura salvaje; sí, ternura, como la de Tony Soprano en la escena de los patos, el factor que equilibraba su lucha, y espero que la tuya, contra las pulsiones que alejan de la redención. Asumió sus contradicciones de anarquista conservador, por llamarlo de alguna manera, su muy poblado yo interior, y con eso dibujó personajes que, aun en la brutalidad, no perdían nunca el toque humano ni la conexión empática. Como el de “Sing Me Back Home”, de 1967, un prisionero en el día de su ejecución, basada en su amistad con Rabbit, el primero que logró huir de San Quintín, condenado luego a muerte por asesinar a un policía. “Cántame la canción que mi madre cantaba, haz que mis recuerdos cobren vida, llévame lejos y echa atrás los años, cántame la vuelta a casa antes de que muera”. De las que hacen llorar. Me ha recordado cuando Mary Gauthier me contó que en sus años adolescentes, huida de un reformatorio, acabó en un campamento de moteros no muy dentro de la ley, y cómo los hizo llorar a todos al cantarles “Sam Stone” de John Prine, la del veterano del Vietnam que fallece por sobredosis. También cuando pongo “Long Walk Home” de Bruce Springsteen, con la parte de la bandera como pared maestra, me acuerdo de Haggard. Sí, Sammy Davis Jr. tenía mucha razón.

 

Por cada cruz, una cara

El tango: hoy un juramento y mañana una traición. Moneda de dos caras: la vida. También hacen falta dos para bailarlo. Y siempre hubo (y habrá) bastante tango, sinónimo de baile, con Merle Haggard a la hora de criticar su faceta más patriota-diestra. Lovers and haters. Sin embargo, él siempre lanzó una cara por cada cruz que le colgaron. Si en “Okie From Muskogee” atizaba a los hippies, dos años después, en “Big Time Annie’s Square”, de su LP “Someday We’ll Look Back” (Capitol, 1971), hacía las paces con ellos. Y si abría el álbum “A Working Man Can’t Get Nowhere Today” (Capitol, 1977) con la canción que lo titula, que va de un obrero con conciencia de clase y de país que cumple con todas las leyes y los pagos y que por más horas que trabaja y hambre que pasa no le llega, lo cerraba con “I’m A White Boy”, sobre alguien ansioso por dar un braguetazo y encontrar un trabajo de los de vivir del cuento, orgulloso de no ser ni negro ni amarillo. Volvemos a lo de Randy Newman.

Bakersfield On My Mind

Haggard, con su grupo The Strangers, fue uno de los dos ejes fundamentales del sonido Bakersfield (el otro, Buck Owens y su banda, The Buckaroos). Una ola de frescor y vigor que cayó sobre el country a finales de los cincuenta y durante los sesenta, incorporando elementos del rock’n’roll, con mucha Telecaster, filo duro, estribillos pop y rescatando influencias primigenias (Jimmie Rodgers, Bob Wills), y que logró trasladar durante unos años a la californiana Bakersfield el epicentro del género, alejándolo del blando Nashville. En ese molde Haggard proponía aparente simplicidad, diciendo mucho con poco, rivalizando con Woody Guthrie y John Steinbeck en lo sucinto pero conmovedor del relato. Algo aplicable también a su guitarra (además era violinista), sin olvidar aquí a su escudero Roy Nichols. Son canciones que, si las pones dos veces, se te pegan. Nunca se movió mucho de ahí. Cualquiera de las últimas podría estar en cualquiera de sus viejos discos.

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