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MICAH P. HINSON, Gigante

La redención de una espalda quebrada. Foto: Paul Heartfield

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 244)

MICAH P. HINSON Gigante

En 2006, con solo 25 años, una inquietante biografía y un álbum de debut que pulverizó la médula espinal de la americana, el estadounidense Micah P. Hinson, cantautor que se balancea con chulería por la americana más expansiva, abandonó definitivamente la casilla de artista revelación para abrazar la madurez y convertirse en la gran confirmación del momento. Puestos a encontrar culpables, ahí estuvieron su dolor de espalda y, sobre todo, “Micah P. Hinson And The Opera Circuit”, un segundo trabajo llamado a convertir a su autor en todo un clásico. David Morán entrevistó en Londres a Micah P. Hinson en este reportaje que fue motivo de portada en el Rockdelux 244 (octubre 2006).

Londres. Finales de agosto. Poco más de una semana después del cierre del aeropuerto de Heathrow y con el pánico cotizando al alza en los mercados de la histeria, viajar de Londres a Barcelona (o viceversa) no parece un plan demasiado apetecible. Será por eso que Michael Paul Hinson, quien pocos días antes ya ha tenido que suspender una actuación en Francia debido al descontrol aéreo, ha preferido que sea la montaña la que vaya a Mahoma antes que verse en un aeropuerto británico con los zapatos en la mano y perdiendo un par de horas en la cola del control de seguridad. Así, lo que tendría que haber sido una breve escala promocional en Barcelona se convierte en una igualmente breve excursión a la capital británica. Da igual. Cualquier cosa con tal de escuchar lo que la gran revelación del rock norteamericano tiene que decir sobre su confirmación, el colosal “Micah P. Hinson And The Opera Circuit” (Sketchbook-Houston Party, 2006).

“Un amigo me dio un golpe en la espalda sin querer y me quedé paralizado. Durante tres semanas estuve encorvado, casi sin poder ponerme en pie. Era un dolor terrible, y no tenía más remedio que estar tumbado. Estuve dos o tres semanas ingresado; llevaba un corsé, no podía hacer nada… Terrible. No es algo demasiado recomendable. Era completamente imposible que llevase una vida normal. Sí, fue una jodida pesadilla”

La cita es en el bullicioso vestíbulo de la estación Victoria, donde este tejano nacido en Memphis pasa completamente desapercibido. Visto de lejos, podría parecer uno de tantos jóvenes londinenses que pasea ocioso entre maletas y viajeros: gafas de pasta, una gorra de béisbol verde raída, un par de eyelets adornando las orejas y una chapa de sheriff prendida en la pechera. Nadie diría que tras esa expresión entre asustada y sorprendida se esconde un fan de John Denver con un pasado turbulento y vocación de loser profesional. “No he tenido expectativas en toda mi vida, así que tampoco las tengo con este disco –asegura Micah P. Hinson. Pero, pase lo que pase, no te puedes rendir: la música es algo que puede hablar a la gente de un modo mucho más claro y poderoso que la política. La música es poder”. A la redención por la música. Hinson sabe de lo que habla. Cuando el telón se alzó para él a finales de 2004, sobre el escenario no estaba únicamente el despeñadero emocional de “Micah P. Hinson And The Gospel Of Progress” (Sketchbook, 2004). A su lado, una inquietante biografía pedía paso para alimentar la leyenda. Adicción a los narcóticos, falsificación de recetas, breve temporada entre rejas, expulsión del hogar, bancarrota económica y emocional, amores imposibles… La música, dice, le salvó de todo eso.

Más tarde, en un pub cercano. El factor campo juega a su favor. Sin apreturas promocionales y frente a una copa de vino blanco, a Hinson se le suelta la lengua. Durante la hora larga que dura la entrevista, se fuma una docena de cigarros, aunque la mayoría se consumen en el cenicero mientras su voz hace parpadear la luz roja de la grabadora. Es locuaz y parlanchín y, aunque no siempre responde a lo que se le pregunta, siempre tiene respuestas para todo. Habla de su última gira por España (ver Rockdelux 238), de lo caro que es todo en Londres, de cómo la casa que tiene en Abilene (Texas) se cae a trozos, de que si la fecha de salida de su nuevo disco en el Reino Unido es la misma que la del “Modern Times” de Bob Dylan… Un detalle: solo cuando se levanta a buscar una segunda copa de vino suelta la mano de una joven a la que ha presentado como “una amiga” y a la que, una vez fuera del pub, regala una flor que arranca de la maceta de un balcón. Un romántico, a pesar de todo.

Se enciende la grabadora, empieza la entrevista y el hombre que los coleccionistas de anécdotas conocerán por haber nacido el 30 de marzo de 1981, el mismo día en que se intentó asesinar a Ronald Reagan, hace memoria. Recuerda cómo era su vida antes de entrar a grabar “Micah P. Hinson And The Gospel Of Progress” y cómo todo comenzó por fin a estabilizarse tras media década dando tumbos entre faldas y cajas vacías de Valium. Aplauso unánime de la crítica, giras por Europa, presencia cada vez más testimonial de las drogas, cicatrices cada vez menos visibles… Los demonios se habían ido y su vida empezaba a enderezarse. Al menos durante un instante: “Un amigo me dio un golpe en la espalda sin querer y me quedé paralizado –cuenta Hinson–. Durante tres semanas estuve encorvado, casi sin poder ponerme en pie. Era un dolor terrible, y no tenía más remedio que estar tumbado”.

 
MICAH P. HINSON, Gigante

Rockdelux 244 (Octubre 2006)

Foto: Paul Heartfield

Diseño: Nacho Antolín

 

Al ya de por sí doloroso accidente hay que añadir que, justo después de destrozarse la espalda y antes de poder operarse, Hinson pasó dos meses de gira por Europa presentando el extensísimo mini-álbum “The Baby & The Satellite” (Sketchbook, 2005). Y también trabajó junto a John Mark Laphan (The Earlies) en las cinco canciones del EP “Lights From The Wheelhouse” (4AD-¡Pop Stock!, 2006), publicado bajo el nombre de The Late Cord (ver Rockdelux 240).

Una dieta rica en opiáceos, relajantes musculares, ansiolíticos y demás fármacos para mitigar el dolor lo ayudó a mantenerse en pie. Las drogas legales, las que solo unos años antes lo habían llevado de cabeza a la cárcel, volvían a cruzarse en su camino. “Fue muy extraño, la verdad. Echando un vistazo a mi pasado y a mi relación con los narcóticos, sabía que no sería fácil, pero también tenía claro que no quería volver a toda aquella miseria –explica–. Por suerte, parece que ahora el dolor me ha abandonado, pero tuve que operarme. Estuve dos o tres semanas ingresado; llevaba un corsé, no podía hacer nada… Terrible. No es algo demasiado recomendable. Era completamente imposible que llevase una vida normal. Sí, fue una jodida pesadilla”.

“Todos mis discos tienen que ver con el dolor y el sufrimiento, aunque las razones fuesen diferentes. En ‘… And The Gospel Of Progress’, el dolor era interno, venía del corazón, del alma y de la mente. En ‘... And The Opera Circuit’, en cambio, estoy casi seguro de que el dolor ha sido más bien físico”

 

Acostumbrado a recibir zancadillas cuando menos se lo espera, Hinson ha aprendido a buscarle el lado bueno a todo lo malo. Y lo bueno de su lesión de espalda es, no lo duden, “Micah P. Hinson And The Opera Circuit”, obra mayúscula de la americana de esta temporada y de las que quedan por venir donde confluyen murmullos folk, nanas espectrales, aristas rock y joviales bocanadas de soul. “Estar tanto tiempo tumbado me permitió pensar mucho en el disco y trabajar las canciones. No podía hacer otra cosa –asegura–. Mi novia de aquel momento me ayudó a colocar micrófonos en la habitación, vinieron amigos y empezamos a grabar, tocando en vivo y capturando solo primeras tomas. Cuando escuché las maquetas, supe que, si intentaba grabar los temas de nuevo, no tendrían el mismo sonido ni la misma carga emocional. Sí, diría que el disco simplemente ocurrió de un modo muy natural”.

¿Qué opinas ahora de toda esa gente que asegura que no hay arte si no hay sufrimiento? Diría que tienen razón, aunque supongo que la gente que dice eso se refiere a un dolor más emocional que físico. Aun así, creo que, por uno u otro motivo, todos mis discos tienen que ver con el dolor y el sufrimiento, aunque las razones fuesen diferentes. En “… And The Gospel Of Progress”, el dolor era interno, venía del corazón, del alma y de la mente. En este, en cambio, estoy casi seguro de que el dolor ha sido más bien físico.

¿Cómo ves ahora todo el dolor que volcaste en tu primer trabajo? ¿Crees que quizá se te fue la mano con ese tono tan autobiográfico y confesional? Si te soy sincero, creo que en este nuevo disco he puesto más de mí mismo que en el anterior. Sí es verdad que con “… And The Gospel Of Progress” mucha gente me dijo que me había expuesto demasiado, pero fue algo automático. Para mí, eso es lo que define la condición humana. Fue un disco poco intencionado, como un sangrado masivo. Yo lo veo como un modo de congelar un momento de mi vida para poder trazar una nueva línea,  algo que empieza y acaba al mismo tiempo. “… And The Opera Circuit”, en cambio, es más ambicioso. Creo que se nota sobre todo en la voz. Pensaba que sería como un murmullo, un blablabla bajito que acabaría perdiéndose entre la música, y en cambio cada vez suena más emocional. Supongo que también influye el hecho de haber grabado el disco en casa. Con el primer álbum fui yo quien tuvo que viajar a Mánchester  para encontrarme con The Earlies. En este, por el contrario, han sido los demás quienes han tenido que viajar para encontrarse con un tío tumbado en la cama (ríe). Lo único que puedo decir es que ha habido muchísima pasión por parte de todo el mundo.

 
MICAH P. HINSON, Gigante

Nadie diría que tras esa expresión entre asustada y sorprendida se esconde un fan de John Denver con un pasado turbulento y vocación de “loser” profesional. Foto: Paul Heartfield

 

A Hinson le delata el énfasis que pone a la hora de hablar de quienes fueron sus compañeros de alcoba durante la grabación del disco y a quienes bautizó como The Opera Circuit. H. Da Messa (armónica), Nathan Sudders (bajo), Nick Phelps (banjo y sitar), Chris Holt (guitarra y teclados), Robert Parting (acordeón), Eric Bachmann (ex Crooked Fingers; arreglos)… Sumando cuerdas y vientos –y qué vientos: escuchen “Letter To Huntsville”–, la lista se alarga hasta la docena de músicos. Micah P. Hinson se sabe cantautor, pero eso no evita que lleve el nombre de la banda que lo acompaña hasta el título del disco. Es un corredor solitario, sí, pero que no pierde de vista a quienes lo animan desde la barrera. “Es muy complicado. Soy el jefe, pero porque tengo que serlo: soy el único que puede cantar y el que compone las canciones. Sin embargo, cuando estoy grabando o de gira con los músicos, siento que todos formamos parte de una misma cosa, somos un todo. Últimamente, cuando salimos al escenario tocamos todos muy juntos, unos pegados a otros”, explica.

“Ahora mismo creo que lo único que sirve para diferenciar la música es hablar de revivalistas y revisionistas. Los revivalistas como The Strokes, por ejemplo, reproducen el sonido de otras épocas, de otras bandas. Los revisionistas, en cambio, son quienes hacen suyos esos sonidos. Así que, más que un compositor clásico, espero ser una especie de revisionista”

¿De dónde crees que viene tu música? O, mejor dicho, ¿de dónde te viene la necesidad de hacer música? Siempre he querido ser músico. Cuando tenía 10 años, mi padre me compró una guitarra y empecé a tocar canciones. También intentaba componer, pero solo me salían canciones de mierda, cosas horrorosas. ¿Que de dónde viene mi música? No sé. Creo que la música es algo que existe, una suma de muchas cosas que se acaba convirtiendo en un torrente de ideas. No me preocupa de dónde viene ni adónde va. Es algo que hago. Nunca me he sentado y he dicho “ahora voy a escribir una canción que suene así” y me ha salido una canción que sonase exactamente “así”. La música nace de tantas cosas que es imposible hablar de un origen concreto, y eso es algo estupendo. Además, el sentido de la música tiene mucho más que ver con quien la escucha que con quien la hace. Hay cientos de artistas que salen a tocar cada noche al escenario pensando “soy jodidamente ‘cool’, soy el mejor”, pero en el fondo es gente que no tiene nada que hacer. Puedes pensar que eres el mejor amante del mundo, pero para saberlo con certeza siempre necesitas una segunda opinión. Creo que es algo que la gente olvida con frecuencia. Ver que delante de ti hay un micrófono, una guitarra o lo que sea hace que decir cosas importantes resulte mucho más fácil. Solo por eso, la música tendría que tomarse más en serio.

¿Te consideras un compositor clásico más conectado a la tradición que a la actualidad? Ahora mismo creo que lo único que sirve para diferenciar la música es hablar de revivalistas y revisionistas. Los revivalistas como The Strokes, por ejemplo, reproducen el sonido de otras épocas, de otras bandas. Los revisionistas, en cambio, son quienes hacen suyos esos sonidos. Así que, más que un compositor clásico, espero ser una especie de revisionista. Si sueno clásico es algo totalmente involuntario. Piensa que, aunque me crié en Texas, crecí escuchando cosas como My Bloody Valentine, Weezer, Morrissey… Así que mi conexión con la tradición debe de ser algo genético (ríe). Supongo que es algo automático: nacer en el sur de Estados Unidos, ver todo lo que te rodea, coger una guitarra y ponerte a hacer country (ríe otra vez).

Pero, en tu caso, el country es solo un elemento más entre muchos otros. Sí, pero lo importante es cómo entiendas la música. Piensa en Johnny Cash, por ejemplo: venía de una tradición muy marcada, pero la cambió por completo solo con la velocidad y las pastillas. Lo que ocurre con el country es que ha acabado por convertirse en algo muy decorativo: cualquier artista de pop saca una canción con “pedal steel” y ya dicen que se ha pasado al country. Por definición, el country debería ser alternativo, permitirte escapar y entrar en contacto con otras músicas. El country tendría que ser libertad y no todos esos cantantes con botas y sombrero que suenan en las radios de Texas. ¿Qué es eso? ¿Qué coño están haciendo con el country?

Más tarde, de camino a Barcelona, repaso en el avión el número de septiembre de la revista ‘Mojo’ y me encuentro con una reseña de “Micah P. Hinson And The Opera Circuit”. Le han puesto cuatro estrellas. “Egoístamente, estás esperando que su vida vuelva a ir mal otra vez”, se lee al final de la crítica. Si la recompensa es otro disco como este, no habrá más remedio que ser egoísta.

 

LOS INICIOS

MICAH P. HINSON, Gigante

“Micah P. Hinson And The Gospel Of Progress”
(Sketchbook, 2004)

Voz ronca y temblorosa. Pinceladas de guitarra y slide. Pellizcos de órgano, acordeón y melódica. Palpitantes nanas para no dormir... Tocado y hundido, Micah P. Hinson cierra heridas y sana cicatrices con un puñado de canciones balsámicas donde la silueta de la tradición se confunde con una inmensa personalidad. De la espectral “Close Your Eyes” al abatido crescendo de “The Day Texas Sank To The Bottom Of The Sea”, este álbum de debut es música para descargar penas y culpas sobre los vastos campos de la americana; trece canciones que señalizan el camino a la redención mientras el viento murmulla los nombres de Nick Drake, Will Oldham, Neil Young y Bill Callahan. Grande.

MICAH P. HINSON, Gigante

“The Baby & The Satellite”
(Sketchbook, 2005)

Austero y espartano, Micah P. Hinson recoge en este mini-álbum sus primeras grabaciones, las que dieron forma a una maqueta primeriza grabada en 2000, y las viste de nuevo con unos ropajes más atmosféricos e inquietantes. Abre cantándole a los sueños perdidos y durante media hora larga juega a disfrazar el soul con capas de folk áspero y rugoso. Entre melodías arrastradas y escalofriantes cenefas de órgano, Hinson se permite incluso colar una base electrónica en uno de los cortes, “The Last Charge Of Lt. Paul”. De propina y para amantes de las comparaciones, “The Baby & The Satellite” incluye, a modo de despedida, todas las canciones en su versión original grabadas en una única pista.

 
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