En 1983 la televisión norteamericana emitió el programa especial “Motown 25: Yesterday, Today, Forever”, con el que se conmemoraba el 25 aniversario de la compañía. En ese programa se pudo ver bailar a Michael por primera vez el conocido moonwalk. Se sabe que ese paso de baile se lo enseñó en realidad Jeffrey Daniel, del grupo Shalamar. ¿Acaso importa? Eso, al igual que el vídeo de “Thriller” que realizó John Landis, o la revolución que inició en la puesta en escena de los macroconciertos o tantas otras cosas más, forma parte de una mitología insustituible. Su último calvario, por otro lado, comenzó ya en 1984 cuando se quemó el cuero cabelludo grabando un anuncio de Pepsi. A partir de allí, llegaron las operaciones, su siempre polémica conversión en “blanco” (él siempre dijo que era a causa de la enfermedad del vitíligo que padecía), los dramáticos juicios por abuso sexual a menores (en 1993 y 2005) y las dificultades financieras que lo empujaron a refugiarse en Bahréin. Durante todo este tiempo también tuvieron lugar sus bodas con Lisa Marie Presley (la hija de Elvis, toda una obsesión para Jackson) y Debbie Rowe, y el nacimiento de sus tres hijos: Prince Michael I, Paris Michael Katherine y Prince Michael II. Se ha sabido que Joseph Jackson, el malo de la película, quiere lanzar ahora a los niños con el nombre de The Jackson Three. ¿No le bastó con arruinar la vida de sus hijos que ahora quiere hacer lo mismo con la de sus nietos?
Y poco más queda que escuchar su música. Su influencia ha sido descomunal. De Justin Timberlake a Madonna, pasando por los Black Eyed Peas, Technotronic, Kanye West, Javier Álvarez, los oscenses Willi Jiménez & Chanela (los Jacksons de la rumba) y todo el R&B contemporáneo, por citar solo unos pocos, reconocen su huella indeleble. El 25 de junio, justo cuando preparaba su retorno triunfal (cincuenta actuaciones sold out en el gigantesco Arena 02 de Londres), Michael Jackson muere emulando una vez más a Elvis: King Of Pop/King Of Rock, Graceland/Neverland, sobredosis de barbitúricos/sobredosis de analgésicos. Paradójicamente, su muerte se produce el mismo día que la de Sky Saxon, de The Seeds, que pasa completamente desapercibida. Unos días más tarde, su funeral, entre lo emocionante y lo patético, se convirtió en un evento desproporcionado, como todo lo que tiene que ver con la cultura norteamericana. De nuevo, las ventas de sus discos se han vuelto a disparar, llegando a copar los hit parades de todo el mundo. El mito, a pesar de todo, está más vivo que nunca. La pena es enorme y la pérdida, irreparable. Solo nos consuela saber que ahora regresa a ese País de Nunca Jamás al que irremisiblemente pertenece. Michael, por fin, descansa en paz. 