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MOMUS, El dedo en el ojo

“Me decidí muy tarde en la música. Tenía 21 años. En esa época el mundo estaba en crisis económica y pensé que sería más fácil grabar un disco que completar un libro y convencer a una editorial de que me lo publicara. El ambiente pop de Escocia era muy excitante: los grupos del sello Postcard salían en la prensa nacional”.

 
 

ENTREVISTA (2009)

MOMUS El dedo en el ojo

Nick Currie es el siempre imprevisible artista del parche en el ojo. Para conocer mejor a Momus, lean esta jugosa entrevista de Víctor Lenore hecha para la antigua sección de Rockdelux Truco o Trato. En ella, le habló de Facebook e internet, Alan McGee y los conflictos de clase, el arte conceptual y Japón. También de John Cage, David Bowie, Robert Kusmirowski y Andy Warhol. Bienvenidos al mundo de Momus.

Mi nombre artístico es Momus, pero me llamo Nick Currie. Nací en Paisley, Escocia, en 1960. El ambiente en casa era más bien académico. Mis padres editan libros, mi hermana es actriz y mi hermano, especialista en literatura inglesa y deconstructivismo. Yo iba para escritor, pero de niño la lectura me parecía algo muerto en comparación al pop. Tenía mucha energía: recuerdo un tremendo subidón a los 9 años escuchando ‘Mony Mony’ de Tommy James & The Shondells. La base rítmica me puso en trance. En todo caso, la literatura me ha marcado: mi primer álbum –”The Man On Your Street” (1982), con The Happy Family– era una novela política tipo Bertolt Brecht. Trataba de un terrorista de las Brigadas Rojas que asesina a un dictador. La trama tenía varios personajes y yo cantaba poniendo una voz para cada uno”.

“Me decidí muy tarde en la música. Tenía 21 años. En esa época el mundo estaba en crisis económica y pensé que sería más fácil grabar un disco que completar un libro y convencer a una editorial de que me lo publicara. El ambiente pop de Escocia era muy excitante: los grupos del sello Postcard salían en la prensa nacional. Ese año fui de vacaciones a Roma y me encantó ver un festival de John Cage al aire libre en el Coliseo. Fue precioso: la noche estrellada, la vista del Capitolio y David

Tudor metiendo un micro entre las cuerdas del piano para hacer ruidos raros. Otro impacto grande fue ver a David Bowie en 1975. Hubo un momento genial: puse las manos como si le estuviera mirando con binoculares y él me devolvió el gesto. Me pareció alucinante que en mitad de aquel gran ‘show’ Bowie estuviera relajado y dispuesto a jugar con su público”.

“¿El último artista que me ha impactado? Robert Kusmirowski. Usa el espacio de las galerías para montar una especie de decorados teatrales. Son cosas sombrías: en el Barbican de Londres ha montado un búnker de la Segunda Guerra Mundial. Sientes como si estuvieras en 1941. Paseas desamparado por pasillos en los que aparecen periódicos de la época o máscaras antigás. En otra galería de París ha recreado la guarida de Unabomber, el matemático yanqui que hizo una campaña de cartas-bomba para protestar contra la sociedad moderna. Disfruté curioseando por la réplica de su biblioteca. Respecto a la música, me encanta el nuevo de Hypo, un artista de París en la onda de New Order o The Cure. Lo chulo de sus canciones es que graba partes vocales y luego las usa como percusión. Me recuerda a los inicios del ‘sampler’, cuando todo quedaba cutre pero excitante”.

 
 
MOMUS, El dedo en el ojo

“En realidad, no tiene importancia si el arte está en crisis o no. Aunque así fuera, no tendría ningún impacto comparado con el derrumbe social que vivimos. ¿Qué puede remover dentro de ti una viñedo-instalación comparada con el colapso del sistema bancario? Eso sí cumple los objetivos del arte: nos obliga a cuestionar nuestras acciones y nuestra posición en el mundo”.

 

Me he quedado impresionado con un texto tuyo de 1991 donde diste la vuelta a la frase más famosa de Andy Warhol. Decía que “en el futuro todos seremos famosos para quince personas”. ¿Sabías lo de Facebook? Bueno, vayamos por partes. Hay que decir que la frase de Warhol nunca se llegó a cumplir. No todo el mundo tiene oportunidad de ser famoso durante quince minutos. Era solo uno de sus sueños. La mía tampoco es un pleno. Solo una de cada cinco personas tiene acceso a internet, no lo olvidemos. Me equivoqué en más cosas: quizá creí demasiado en la teoría de la “larga cola”, que dice que los gustos se irán fragmentando hasta que casi no haya “mainstream”. Eso no ha pasado. Internet ha cambiado muchas cosas en la música, pero no ha conseguido derribar el “star system”. Casi todos seguimos pendientes de Madonna.

Da la impresión de que, en vez de ayudarnos a descubrir el mundo, internet nos hace estar más ensimismados. Solo hay que ver esos periódicos que te dan la opción de programar un filtro para que únicamente te lleguen noticias sobre asuntos que te interesan. Ahora, gracias a Facebook, en vez de conocer los detalles de la guerra, te enteras en tiempo real de que un amigo de tu amigo ha roto con su novia (o de qué ha tomado para cenar). Es triste, pero me niego a echar la culpa de todo a internet. He pasado años maldiciendo a los programadores de televisión por no incluir contenidos interesantes. Ahora estoy obligado a apreciar el privilegio de tener tanta información a mi alcance. Seamos autocríticos: si tu experiencia de internet es aburrida, lo más probable es que sea culpa tuya.

Tú pareces disfrutarlo: escribes mucho en tu blog. He decidido dejarlo en mi próximo cumpleaños. Siento la necesidad de pasear más. La vida está en la calle, que es donde la gente hace las cosas que le prohíben en su casa. Por ejemplo, fumar. He dedicado demasiado tiempo a internet. Creo en la frase de Samuel Beckett: “Los hábitos te ensordecen”. Facebook se ha convertido en un lugar de consenso donde todo el mundo pasa el día diciendo cosas bonitas a los demás. Es asfixiante: he llegado a identificarme con los trolls. Son un colectivo injustamente despreciado. Tienen una actitud muy artística, aunque se expresen de manera irritante. Serge Gainsbourg o Jacques Brel se pasaron la vida buscando bronca con sus canciones. Eran como trolls con discurso. Artistas como ellos estaban más cerca de Adorno o Marcuse que de cualquier estrella pop actual.

¿Cuál dirías que es la última de tus canciones que ha molestado a otra persona? Seguramente “The Homosexual”. Hace poco la toqué en París y podías sentir la agresividad en la sala. Siempre me ha atraído la perversidad. Escribo canciones para mantenerme sano y poner enfermos a los demás. “The Homosexual” se dirige a unos obreros de la construcción que asumen que yo soy gay. Cuando la canto en directo, cambio el “ellos” por “tú” y miro al público. La letra dice “tu sordera pasa por amor a la música / me llamas homosexual / pero no voy a sacarte de tu error / mejor me acostaré con tu mujer / y le haré cantar notas de placer / que tú nunca escucharás”. Noto que incomoda y remueve. Sobre todo en los conciertos, donde hago una coreografía con gestos sexuales.

También hay quien te encuentra demasiado inofensivo. Por ejemplo, Alan McGee, jefe de la extinta discográfica Creation, donde estuviste un tiempo, te acusa de hacer “música de clase media”. En Inglaterra están obsesionados con los conflictos de clase. Sobre todo, Alan McGee, que lleva a gala sus orígenes obreros. Dicho esto, la mitad de Creation era de clase media-alta: ahora me vienen a la cabeza Nikki Sudden, Peter Astor (The Weather Prophets) o Guy Chadwick (The House Of Love). Tenía por lo menos un músico con acento pijo por cada Bobby Gillespie (Primal Scream). Confieso que estas cosas me afectaban: quise disimular mi forma de hablar y mis referentes culturales. Acepto que hago música intelectual, pero evito el elitismo usando las historias, que es un formato que todo el mundo puede comprender. No me interesa la abstracción. Lo que podríamos preguntar a McGee es lo siguiente: ¿no te preocupa más que, desde hace quince años, el rock indie sea un aburrido bucle de los años setenta? El debate sobre el origen social me parece artificioso. En sentido estricto, apenas queda clase obrera en Inglaterra. Han conseguido exportarla a China y sitios así. Los trabajos realmente malos que quedan son para inmigrantes recién llegados.

Has vivido en varios países. ¿Alguno de ellos enfoca mejor este tipo de conflictos? Pues sí: Japón. Es lo más cercano a una sociedad sin clases. Parece que hayan logrado una especie de comunismo capitalista. Por supuesto, tiene trampa: ellos ponen la armonía por encima de todo y excluyen a los diferentes. Es una cultura homogénea. No les gusta el disenso. Tokio para mí es una ciudad libre de estrés. Te la imaginas como la típica urbe infernal del siglo XXI, pero todo el mundo es dulce y tiene un respeto exquisito por tu espacio vital. Por desgracia, la escena cultural es muy floja. Detestan el conflicto y la provocación. Si Facebook fuera un país, sería Japón.

En tu blog hablas de artistas conceptuales y museos de arte contemporáneo. ¿Tan estimulantes te parecen? Soy consciente de que hay mucha basura. También veo que los discursos se degradan fácilmente: el situacionismo era algo potente y Malcolm McLaren pudo convertirlo sin mucho esfuerzo en un instrumento de marketing para vender a los Sex Pistols. No creo en la capacidad del arte para cambiar las cosas. El sistema tampoco, por eso concede tanta libertad a los artistas. Si voy tanto a exposiciones es porque me gusta ver cómo intentan formular preguntas que escapen a eso. En realidad, no tiene importancia si el arte está en crisis o no. Aunque así fuera, no tendría ningún impacto comparado con el derrumbe social que vivimos. ¿Qué puede remover dentro de ti una viñedo-instalación comparada con el colapso del sistema bancario? Eso sí cumple los objetivos del arte: nos obliga a cuestionar nuestras acciones y nuestra posición en el mundo.

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