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MORENTE, Esa curiosidad inacabable

El legado Morente, inabarcable. Foto: Óscar García

 
 

ARTÍCULO (2011)

MORENTE Esa curiosidad inacabable

Enrique Morente (1942-2010) falleció el 13 de diciembre de 2010 tras un infarto cerebral al ser operado de un cáncer de esófago. La película de su inesperada muerte fue un suceso mediático, con la denuncia a la clínica, el robo en su casa, comunicados, recuerdos, opiniones insospechadas, homenajes... Sus venas, tubos de ensayo por los que corrió mucha sabiduría del cante, dejaron de latir. No su intensa obra. El heterodoxo flamencólogo Luis Clemente la retrató en este artículo de despedida.

Ni la pícara sonrisa en su boca de pequeño tamaño granadino. Permanece la sensación de que le quedaba mucho por decir, por cantar, por abrir. El inquieto lector de Rockdelux sabrá algo más del universo morentiano que aquellas conexiones con Lagartija Nick y Los Planetas, algo más que aquella obra de excepción en el rock patrio como “Omega” (El Europeo, 1996). Luchador y valiente, capaz de meter por flamenco a poetas impensables e instrumentos impropios, de musicar obras de teatro, películas... Es evidente que ha sido, junto a Camarón, el cantaor más influyente de las nuevas generaciones; más allá de ejercitar una especie de maestrazgo madrileño, inspirador de jóvenes flamencos, está su implicación en el tramado del flamenco actual. Sí, junto a Camarón nos ayudó a escuchar y a ver el flamenco de otro modo, trampolines con soportes flexibles y bien enraizados, barandillas del puente entre pasado y futuro.

“Especialmente con el cante se hace muy poco, porque es difícil de mover. Pero nada es intocable. Los inmovilistas tienen el derecho a pensar lo que quieran, pero yo tengo la obligación de hacer música, y lo que importa es el resultado. Con el tiempo y los años no sé cómo no se han convencido de que lo que hace que el flamenco continúe con vida son los que luchan”

El futuro. Era un hombre a un proyecto pegado que atravesaba una época picassiana, era él mismo proyecto superlativo, siempre rondando, inmiscuyéndose, zambulléndose de diferentes maneras. Me gustaría remontarme a dos ejemplos bienalescos: en 1994, uno de escalofrío poético con orquesta que se tituló “A oscuras”, junto a Esperanza Fernández, y, dos años antes, una de las más hermosas muestras de fusión (y la única vez, lo confieso, que he sacado la grabadora en un concierto). Tuvo lugar en el recién estrenado Teatro de la Maestranza de Sevilla y ocurrió en la Bienal de Flamenco de 1992 junto al mítico percusionista norteamericano Max Roach (1924-2007), quien aportaba doce músicos –nueve percusionistas– de su banda M’Boom, mientras que Morente ponía de su parte catorce flamencos, entre quienes se encontraban jóvenes renovadores como Raimundo Amador y componentes de La Barbería del Sur. Un proyecto enriquecedor, gitanos y negros frente a frente intentando mezclar esos dos lenguajes sin partitura, con un importante código de señas. Tuve la oportunidad de comprobarlo en los ensayos, antes de una entrevista donde Enrique decía lo siguiente: “Especialmente con el cante se hace muy poco, porque es difícil de mover. Pero nada es intocable. Los inmovilistas tienen el derecho a pensar lo que quieran, pero yo tengo la obligación de hacer música, y lo que importa es el resultado. Con el tiempo y los años no sé cómo no se han convencido de que lo que hace que el flamenco continúe con vida son los que luchan”.

Y lo que importan son las intenciones detrás de su voz aterciopelada, tan distinguible. Junto a la conciencia de única actuación, su archivo sin fondo. Participó en muchas obras de una sola representación y sin plasmación discográfica... aunque la edición de “Roach & Morente” era uno de los proyectos del inquieto cantaor para 2011. Se preocupó por el control sobre su obra, que le hizo recuperar los derechos sobre “Omega” y crear (antes, qué gran nombre) Discos Probeticos. Característica era la independencia, su contracorrientismo, que le impulsaba a mostrarse renovador en las peñas y a hacer su cante más clásico en los circuitos no flamencos.

Un laico que cantaba a los místicos y en las catedrales, el sacramontino que dio nuevo sentido a la “Misa flamenca” (Ariola, 1991): “Soy un asqueroso ateo, pero me da coraje que se haya perdido la costumbre de rezar que nos enseñaban nuestras madres”. También era un izquierdista que cantaba en las universidades y se infiltraba en escenarios variados. ¿Y qué decir de la briega con los peñistas? Divierten hoy las enconadas disputas entre dos críticos flamencos, que por Morente se insultaban desde sus columnas... La controversia inmovilista le acompañó siempre y es uno de los atractivos de “Enrique Morente. La voz libre” (1996), biografía de Balbino Gutiérrez que en 2006 reeditó Fundación Autor. “Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan”, cantaba al final de “Omega”.

 
MORENTE, Esa curiosidad inacabable

Un laico que cantaba a los místicos y en las catedrales.

Foto: Óscar García

 

Destaca de sus cuarenta y siete años como profesional del flamenco la inquietud y su gran actividad adaptadora –que largamente recoge de San Juan de la Cruz a Miguel Hernández, de Alberti a Nicolás Guillén, de Al-Mutamid a José Hierro, de Fray Luis de León a José Bergamín, de los Machado a Leonard Cohen...–, estando uno de sus más delicados discos basado en un poema de León Felipe sobre el “mecanismo perfecto y perpetuo de un reloj”. Colaboracionista nato, participa en arcos musicales a tutiplén, de Juan Carlos Calderón a Perico Sambeat, de Riqueni a El Bola, de Sr. Chinarro a Amaral. Una de las primeras puntadas fue en un elepé de Gualberto, “A la vida, al dolor” (1975), poniendo quejíos a su rock oscuro en una cara dedicada “Al dolor”. Y en sus discos entraban muchos, buena muestra se refleja en “Morente sueña La Alhambra” (Virgin-EMI, 2005) (escribo esto y veo que ‘Días de cine’ le dedica un especial a Val del Omar). Un giro de Babel para el sacacorchos del duende que escanciaba, aquel fondo gregoriano donde levanta tonás, su quejío planeando sobre las Voces Búlgaras.

“Soy un asqueroso ateo, pero me da coraje que se haya perdido la costumbre de rezar que nos enseñaban nuestras madres”

A Madrid llegó con 16 años para aprender de cantaores curtidos (Pepe de la Matrona, Pericón, Bernardo el de los Lobitos, Juan Varea, sus visitas a Aurelio de Cádiz) y guitarristas raros como el gran Manolo de Huelva. De la Peña Charlot pasa al Tablao Zambra mientras graba su primer elepé, “Cante flamenco” (Hispavox, 1967), y la rigidez del cuadro lo mete en cintura, pero el poroso cantaor se descubre enciclopédico en el disco “Homenaje a Don Antonio Chacón” (Hispavox, 1977), enfrentándose a la corriente mairenista, gitanista, de los setenta. Si bien sin antecedentes artísticos en su familia (planificó concienzudamente el lanzamiento de su hija, del rizo de ella, la bella Estrella), se unió a los clanes Carbonell, Montoya, Habichuela... y su sombra se perfila en el flamenco de Madrid, el rock de Granada –ya sabemos que desde allí se han ofrecido hitos de los noventa y los dos mil como han sido “Omega” y “La leyenda del espacio” (2007)–, en Barcelona –donde ofreció su última actuación (Mayte Martín, una de sus más encendidas seguidoras, le propuso abrir un ciclo-proyecto-sala en el renacido El Molino)– y en rincones como la Huelva de Arcángel, que lo llevó en el hombro en su último paseo.

Queda su legado. Museo Morente ya. Sus seguidores, la escuela morentiana, el amplio espectro de su obra, el abracadabra inacabable. Sus dos últimos discos –“Morente flamenco” (Universal, 2009) y “+ Flamenco” (Universal, 2010)– recogían directos, faltando uno para la trilogía proyectada. Lo comenta en una profunda entrevista del número dedicado al flamenco de la revista cordobesa ‘Boronía’, donde habla de otros proyectos con música electrónica, la canción de Antonio Vega, recuperar su trabajo con Roach... Pero lo que le gustan, reconocía, “son las intenciones, el resultado siempre te deja con un poco de mal sabor en la boca”.

Si en los setenta ya había adaptado la poesía española al flamenco, al tiempo que recuperaba el repertorio de Chacón, también ha trabajado de forma habitual en la música para teatro. En “Cruz y luna” (Zafiro, 1983) emplea batería y son destacables los finos teclados de fondo; en 1986, subraya el concepto moderno del flamenco con “Sacromonte” (Zafiro). Ese mismo año estrenaría en el Teatro Real de Madrid la obra “Fantasía de cante jondo para voz flamenca y orquesta”, y en la Bienal de Sevilla de 1990 “Alegro Soleá”, año en que publica dos discos, uno doble, “Nueva York Granada” (Ariola), junto a Sabicas, que fallecía poco después, y “En la Casa-Museo Federico García Lorca de Fuente Vaqueros” (Big Bang): ensartaba piezas fecundas cuando veía la luz este disco encargo, embasamiento de obras más exitosas como “Omega” y “Lorca-Morente” (Virgin, 1999), una cantata lorquiana con delicados remolinos estilísticos, edición no venal que comienza con un tema que llevaba cantando desde hacía veinte años y que fue lo primero que supo leer, “Doña Rosita la soltera”. Eran momentos convulsos, poco antes de su atrevida “Misa flamenca” y el influyente “Negra, si tú supieras” (Nuevos Medios, 1992).

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