Así, acompañado por La Compañía, banda de apoyo instrumental en la que figuran Raül Fernandez (piano, bajo), Silvia Pérez Cruz (coros), Xavi Molero (batería), Sergi Claret (violín), Anna Carné (chelo) y Xavi de la Salut (trompeta), Umbert no solo reaparece con un nuevo y personal universo tras de sí, sino que lo hace orgulloso de haber crecido y, por extensión, madurado. “Creo que musicalmente es bueno hacerse mayor. Al menos en mi caso me ha sentado de maravilla y creo que no hay color, ya que me he ido a lo básico, a la canción”, asegura. Y es desde ese hacerse mayor desde donde recuerda sus andanzas con Paperhouse y, con una distancia de casi quince años, intenta desmontar algunos mitos. “Hicimos un disco especial, aunque algo sobrevalorado. A mí me da un poco de cosa porque creo que la producción no es buena. No fue buena en su momento y si el disco no ha envejecido bien es por el tratamiento de las voces y las guitarras”, explica. De hecho, para Umbert la producción de Kramer en Nueva Jersey no fue tan maravillosa como se ha dicho. “Nos echó cuando fue a mezclar el disco, se hizo un porro del tamaño de la torre Agbar, y cuando volvimos a las tres horas ya estaba mezclado. ¡En tres horas! Hay varios momentos que están bien, pero cuando lo escuchamos por primera vez nos quedamos de piedra. Metió un ‘reverb’ tan bestia en la voz que incluso cambiaba letras. Aun así, fue divertido. Nos encontramos a Low durmiendo en el estudio mientras grababan su primer disco, y luego aparecieron Beef”, recuerda. 