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NACHO UMBERT, La hora de los valientes

“Ay...” es la prueba de que las inquietudes de Nacho Umbert no se habían secado.

Foto: Inma Varandela

 
 

ENTREVISTA (2010)

NACHO UMBERT La hora de los valientes

Catorce años de silencio entre el “Adiós” (1996) de Paperhouse y el inesperado regreso de Nacho Umbert con el hechizante “Ay...” (2010). Menudo disco. Grabado en colaboración con el multifacético Raül Fernandez (Refree), “Ay...” son canciones que enamoran con su costumbrismo emocionante y detallista. Con discos como este, parecía abierto un nuevo camino para la canción de autor en España. David Morán habló con él.

Fue el título más premonitorio de la década de los noventa y, si me apuran, de toda la historia del indie estatal. “Adiós” (1996). Así, sin más. Una simple palabra con la que Paperhouse bautizaron su disco de debut y, acto seguido, se esfumaron. No un “ya nos veremos”. Ni siquiera un “hasta la vista”. Un adiós en toda regla. “Después de grabar el disco me fui de Barcelona durante un tiempo, el grupo paró y, al cabo de un año, con el disco ya publicado, volvimos a intentar reengancharnos, pero no funcionó. Éramos muy amigos y decidimos priorizar eso”, explica Nacho Umbert. Él fue la voz y el cerebro de la banda barcelonesa y, como el resto de sus compañeros, se apeó de la música casi con la misma velocidad con que había llegado a ella. Silencio total y a preocuparse por cosas más prosaicas como vivir. “Nos cansamos y me olvidé un poco de la faceta musical, de componer”, apunta. Es más: la cura de silencio lo llevó a un vaciado prácticamente total. “Me quedé sin guitarra y estuve como siete u ocho años sin tocar ni una nota. Pensaba que ya no tenía nada que decir”, señala.

“Tuve que tomar clases de guitarra porque no me acordaba ni de tocar los temas de Paperhouse, pero al poco tiempo ya estaba otra vez escribiendo canciones”

Por fortuna, Nacho Umbert se equivocaba y “Ay...” (Acuarela, 2010) es la prueba de que las inquietudes del barcelonés no se habían secado; simplemente se habían tomado unas largas vacaciones que llegaron a su fin justo cuando la voz de Kurt Wagner en “The Daily Growl” se coló en su vida. “Estaba cenando en casa de una amiga y puso un disco de Lambchop, el ‘Is A Woman’ –recuerda–. Yo no los había oído nunca y flipé. Pensé: ‘Yo quiero hacer esto’”. El siguiente paso fue comprarse una guitarra, recuperar el tiempo perdido y ponerse de nuevo manos a la obra. “Tuve que tomar clases de guitarra porque no me acordaba ni de tocar los temas de Paperhouse, pero al poco tiempo ya estaba otra vez escribiendo canciones”, explica. Es a partir de aquí donde el nombre de Nacho Umbert aparece irremediablemente asociado al de Raül Fernandez (Refree), responsable de la producción de un disco que avanza con paso firme de la canción de autor al pop y de ahí al rock ribeteado de folk. “Había oído hablar de Raül, había oído ‘La matrona’ en casa de un amigo y, leyendo entrevistas, vi que también producía a otra gente”, reconoce. Jesús Llorente, de Acuarela, los puso en contacto y el entendimiento entre ambos fue total. “Aunque no tenía muy claro lo que quería hacer, sabía que quería tocar con una guitarra española y que no quería que fuese un disco que se fuese hacia el jazz, como ‘Els invertebrats’ de Refree, ya que creo que lo que yo hago es pop”, confiesa.

 
NACHO UMBERT, La hora de los valientes

“Me quedé sin guitarra y estuve como siete u ocho años sin tocar ni una nota. Pensaba que ya no tenía nada que decir”.

Foto: Inma Varandela

 

La conversación avanza y queda claro que, en realidad, el autor de “Cien hombres ni uno más” sí que tenía una idea muy concreta en la cabeza, aunque fuese una idea imposible. “Raül me dijo que antes de hacer el disco quería que hiciésemos un ensayo para que yo lo viese claro, así que fui a su casa con la guitarra y un disco, el ‘Post-War’ de M. Ward. Le dije a Raül: ‘Si llegamos a sonar así, sería el súmmum’. ¿Su respuesta? ‘Llévate el disco a casa, que ya lo tengo, y algo así es muy difícil de hacer. Vamos a hacer una cosa más sencilla’. Tampoco es que quisiese hacer algo tan ‘vintage’, pero me parecía un ideal sonoro perfecto”, relata Umbert. Y “Ay...”, en efecto, no suena a M. Ward, pero tampoco lo necesita. Le basta con una guitarra, un piano y unas cuantas pinceladas de vientos y cuerdas para crecer entre guiños a Bill Callahan y Antonio Luque y certificar el ingreso de Umbert en la liga de los nuevos valientes. Porque, además de codearse con lo que los amigos del barcelonés llaman “los cowboys tristes”, en “Ay...” la voz de Umbert gana presencia, volumen y gravedad. “Enfrentarme a las letras fue un gran desafío, ya que las de Paperhouse, sobre todo las mías, me rascaban entonces y me siguen rascando ahora. Así que este fue uno de los pequeños dramas al plantearme el disco. No es lo mismo mantenerte sin decir demasiadas cosas que ponerte a contar algo de manera bastante explícita”, aclara un músico que, en su estreno en solitario, se luce con unos textos en los que lo cotidiano y lo pintoresco se alían para dar vida a una decena de minúsculos cuentos musicados.

“Enfrentarme a las letras fue un gran desafío. No es lo mismo mantenerte sin decir demasiadas cosas que ponerte a contar algo de manera bastante explícita”

Así, acompañado por La Compañía, banda de apoyo instrumental en la que figuran Raül Fernandez (piano, bajo), Silvia Pérez Cruz (coros), Xavi Molero (batería), Sergi Claret (violín), Anna Carné (chelo) y Xavi de la Salut (trompeta), Umbert no solo reaparece con un nuevo y personal universo tras de sí, sino que lo hace orgulloso de haber crecido y, por extensión, madurado. “Creo que musicalmente es bueno hacerse mayor. Al menos en mi caso me ha sentado de maravilla y creo que no hay color, ya que me he ido a lo básico, a la canción”, asegura. Y es desde ese hacerse mayor desde donde recuerda sus andanzas con Paperhouse y, con una distancia de casi quince años, intenta desmontar algunos mitos. “Hicimos un disco especial, aunque algo sobrevalorado. A mí me da un poco de cosa porque creo que la producción no es buena. No fue buena en su momento y si el disco no ha envejecido bien es por el tratamiento de las voces y las guitarras”, explica. De hecho, para Umbert la producción de Kramer en Nueva Jersey no fue tan maravillosa como se ha dicho. “Nos echó cuando fue a mezclar el disco, se hizo un porro del tamaño de la torre Agbar, y cuando volvimos a las tres horas ya estaba mezclado. ¡En tres horas! Hay varios momentos que están bien, pero cuando lo escuchamos por primera vez nos quedamos de piedra. Metió un ‘reverb’ tan bestia en la voz que incluso cambiaba letras. Aun así, fue divertido. Nos encontramos a Low durmiendo en el estudio mientras grababan su primer disco, y luego aparecieron Beef”, recuerda.

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