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NACHO VEGAS, Me, myself & I

“Estoy autoentrevistándome para el Rockdelux”. Foto: Óscar García

 
 

FIRMA INVITADA (2011)

NACHO VEGAS Me, myself & I

Nacho Vegas... sobre sí mismo. Una gran muestra del ingenio del asturiano, muy bien resuelta y muy bien valorada por nuestros lectores. ¿Quién mejor que Nacho Vegas para entrevistar a Nacho Vegas con motivo de la aparición de “La zona sucia” (2011)? El asturiano aceptó nuestro reto y se sometió a sus propias preguntas en un ejercicio de reflexión sobre su trabajo y, de rebote, sobre el oficio periodístico hecho con mucha miga y bastante originalidad. En este ocurrente texto (la versión completa, en el Rockdelux 294) se comprueba que Nacho Vegas no es escritor de canciones por casualidad.

Son las nueve y pico de la mañana en Gijón. Estoy en mi casa viendo a Ana Pastor en la tele, pensando “qué bien hace las entrevistas esta chica” y retrasando el momento de ponerme a escribir esto. La semana pasada Santi Carrillo me dijo por teléfono: “Habíamos pensado que esta vez te entrevistaras a ti mismo”. Yo me quedé callado esperando que la ocurrencia encerrara algo más, pero me equivocaba. Al cabo de unos segundos, como un niño travieso que se chiva de otro, añadió: “La idea es de Juan Cervera”. El enorme riesgo de hundirme en una espiral de onanismo repulsiva era un dato a tener en cuenta, así que no me costó mucho aceptar. Y ahora me encuentro aquí, sin saber muy bien cómo acosarme a preguntas.

“He de reconocer que, después de dos semanas de promoción intensa, me encuentro agotado. Una sensación parecida a la de una resaca de espanto. No tanto por las preguntas de los entrevistadores, que se movían por lo general entre lo inteligente, lo recurrente y lo lógico, como por la estupidez de mis respuestas. Una respuesta estúpida suele resultar inocua, pero cuando la repites veinticinco veces, tratando de justificar en cada ocasión algo en lo que no estás seguro si creer, uno se acaba viendo abocado a una sensación de absurdo intolerable”

Me acaba de llamar Beatriz, de Nosoträsh. Me pregunta: “¿Qué haces?”.

Y yo, Nacho Vegas: “Estoy autoentrevistándome para el Rockdelux”.

Y ella: “Anda, ¿como aquella vez que lo hizo Pedro Ruiz en la tele?”.

Y entonces se me cae el alma a los pies, y tengo que volver a mirar a Ana Pastor en la pantalla para que se me quite la imagen de Pedro Ruiz de la cabeza.

Analizo los pros y los contras. Nunca me ha gustado quejarme de las tareas de promoción; no parece decoroso, ni aun creíble, llorar ante nadie por lo arduo de una labor que consiste básicamente en que te hagan fotos y en mantener conversaciones unidireccionales en las que uno habla de sí mismo y de sus cosas como si estas fueran tan sumamente interesantes. Pero he de reconocer que, después de dos semanas de promoción intensa, organizada con cariño y minuciosidad por mi compañero incansable Tomás Heredero, me encuentro agotado. Una sensación parecida a la de una resaca de espanto. No tanto por las preguntas de los entrevistadores, que se movían por lo general entre lo inteligente, lo recurrente y lo lógico, como por la estupidez de mis respuestas. Una respuesta estúpida suele resultar inocua, pero cuando la repites veinticinco veces, tratando de justificar en cada ocasión algo en lo que no estás seguro si creer, uno se acaba viendo abocado a una sensación de absurdo intolerable. Sin embargo, hay que responder. Solo en una ocasión intenté utilizar, ante una pregunta más bien complicada, aquello de “todo está ya en las canciones”. El periodista, que era Víctor Lenore, dijo: “Buen intento, pero...”, y me repitió otra vez la pregunta. No he vuelto a intentar pasarme de listo de esa manera. Sí de otras, pero no de esa.

Así que enciendo la grabadora y lanzo la primera pregunta:

¿Tiene algún sentido conceder entrevistas, más allá del puramente promocional? No estoy seguro. “Promoción” significa, según este diccionario de la RAE que casualmente llevo ahora encima, “conjunto de tareas que tienen por fin dar a conocer algo o elevar su productividad”. La primera parte de la definición refiere un propósito noble, en tanto que la música popular es un medio de comunicación ancestral, probablemente anterior al lenguaje oral. Sin embargo, la segunda parte produce escalofríos. “Productividad” es una palabra más bien fea. Si queremos ser productivos, hemos de ser competitivos, pero ¿contra qué compite un puñado de canciones registradas en un disco? El capitalismo salvaje parece pretender acabar con la esencia de la música popular, que es la pureza, porque esta cualidad jamás implica necesariamente rentabilidad. Hoy en día, lo que vende en el mundo del rock, y no hablo del “mainstream”, no es solo la música en sí. Se han de tener en cuenta otros factores fácilmente mesurables: belleza del intérprete, dinero invertido, pericia técnica, “carisma” del artista, etc. En última instancia, factores como las drogas que toma el músico o las personas con las que folla también suscitan un interés que las convierten en valores de cambio y ayudan a “crear un personaje” a todas luces injustificable. Todo ello confluye en lo que se ha dado en llamar “culto a la personalidad”, que no es más que la suma de una serie de valores despreciables. Lo que me interesa de la música tradicional es que solo se sustenta en aquel otro valor, el de la pureza, superior a todos los otros e incapaz de ser utilizado en pos de una mayor productividad.

Vaya por Dios, lo que he contestado no tiene mucho que ver con la pregunta que me había hecho. Lo intento de nuevo.

 
NACHO VEGAS, Me, myself & I

“Vaya por Dios, lo que he contestado no tiene mucho que ver con la pregunta que me había hecho. Lo intento de nuevo”.

Foto: Óscar García

 

¿Cuál es el sentido esencial de hacer canciones a día de hoy? La resistencia; ese es el tema. La música es muy poderosa porque siempre será un foco de resistencia. La gran industria del ocio ha tratado de fagocitar la música popular, sabedora de que el mundillo del arte, de la creación, es difícilmente capaz de sustraerse al individualismo feroz. Pero no lo ha conseguido del todo; siempre habrá una parte de la música que sea consciente de su capacidad de resistencia. La música combate la insatisfacción, de ahí que sea tan necesaria. Por contra, el individualismo moderno no conduce más que a la desdicha; por eso, los que hacemos música estamos obligados a combatirlo a pesar del circo que nos rodea. Hay que utilizar la individualidad solo en un sentido creativo, que la trascienda y la convierta en algo universal, o al menos compartible. En muchas entrevistas yo me he llenado la boca hablando de la importancia de tener “una voz propia”. Bobadas, todo el mundo tiene una voz única, eso no requiere ningún esfuerzo. Lo que importa en la música es que esa voz entre en comunión con un montón de voces más, que se expanda. Ahora más que nunca, hay que hacer algo...

En realidad, creo que no pretendía decir eso.

“Apago la grabadora; me estoy resultando algo cargante. Hacerme una entrevista en primera persona resulta bastante ridículo, pero siempre me ha producido rechazo la gente que se refiere a sí misma en tercera persona, llámese esta Sánchez Dragó, Raphael o José Mourinho. Sin embargo, debería tratar de verme desde fuera si quiero hacerme preguntas insidiosas de verdad. Me viene a la cabeza la palabra ‘otredad’, pero enseguida me doy cuenta de que ni yo ni ninguna persona con la que tenga trato habitual la utilizamos regularmente. De hecho, no soportaría a nadie que usara esa palabra con seriedad en una conversación”

¿Algo como qué? Bueno, no lo sé aún, pero hay que aprovechar la coyuntura actual para restituir ciertos valores. Me refiero a cuando no era importante siquiera el concepto de autoría. La gente cantaba, sin más, y las canciones se iban transmitiendo así generación tras generación. La gente cantaba porque eso está en la naturaleza del ser humano, y es ese grado de pureza el que está obligado a preservar cualquier creador moderno que se proponga hacer una canción. Cuando escribes una canción porque quieres escribir una canción, estás jodiendo la marrana. La música nace de una urgencia, que es prácticamente lo contrario de una voluntad. Hay que buscar, buscar dentro y fuera de uno, porque las razones son innumerables y las hay muy poderosas, pero se debe desechar cualquier intencionalidad. Ese es el único consejo que me atrevería a dar a alguien.

(En este momento me levanto para cambiar la música, y pongo uno de los discos de la archifamosa antología de folk americano de Harry Smith. Suena una canción de Didier Hébert grabada en 1929. Pocas veces escuché a alguien desafinar tantísimo y de forma tan encantadora y emocionante. El tema se llama “I Woke Up One Morning In May” y en su sencillez resulta intenso y arrebatador; una maravilla. Me hace pensar en las primeras grabaciones de Daniel Johnston. Me la apunto para tratar de aprender a tocarla más tarde).

Iba diciendo... Ni idea, he perdido el hilo. En fin, que hay que hacer algo, ahora es un buen momento para emprender alguna acción. El otro día me contaba J un proyecto revolucionario que tiene en mente, y enseguida le dije que me apuntaba. Se llamaría “La Gira del Fin del Mundo”, pero es a él a quien le tocará explicarlo en su momento. Solo puedo adelantar que...

Clic. Apago la grabadora; me estoy resultando algo cargante. Hacerme una entrevista en primera persona resulta bastante ridículo, pero siempre me ha producido rechazo la gente que se refiere a sí misma en tercera persona, llámese esta Sánchez Dragó, Raphael o José Mourinho. Sin embargo, debería tratar de verme desde fuera si quiero hacerme preguntas insidiosas de verdad. Me viene a la cabeza la palabra “otredad”, pero enseguida me doy cuenta de que ni yo ni ninguna persona con la que tenga trato habitual la utilizamos regularmente. De hecho, no soportaría a nadie que usara esa palabra con seriedad en una conversación. Con todo, me propongo incorporarla a mi catálogo léxico (por el bien de esta entrevista) y para ello es necesario emplearla en al menos cinco contextos diferentes, como todo el mundo sabe.

Me acaba de llamar mi amigo Juan invitándome a comer a su casa. Va a preparar un congrio. De camino, paro a comprar una botella de Fillaboa y sigo hasta la calle Trinidad, muy cerca de la subida a Cimavilla, el barrio antiguo. Me recibe mi amigo y Luco, su precioso chucho. Están escuchando a Scott Walker.

Juan me pregunta: “¿Estabas en casa?”.

Y yo: “Sí, me estaba haciendo una entrevista para Rockdelux”.

Él: “Una entrevista ¿a quién?”.

Yo: “No, no, una entrevista a mí mismo. Yo a... mí”.

Juan me mira con una cara que yo interpreto como: “Hay que ser imbécil”. Luego miro a Luco y me parece que su expresión viene a decir lo mismo. Me pregunto cómo sería una entrevista hecha por un perro. Estoy unos segundos imaginando algo parecido. Luego sacudo la cabeza y se vuelven a imponer la razón y la realidad, como de costumbre.

No hablamos más del tema. A la mayoría de mis amigos de Gijón le importan más bien poco mis discos, lo cual está muy bien.

 
NACHO VEGAS, Me, myself & I

“Definitivamente, esto es un desastre manifiesto, una propuesta que jamás debí haber aceptado. Añadiré esta entrevista a mi lista de fracasos”.

Foto: Óscar García

 

LOST IN THE SUPERMARKET

Antes de regresar a casa, decido hacer la compra y así tomarme un tiempo para decidir cómo enfocar el resto de la entrevista. Muchas de mis canciones y otras decisiones importantes han pasado por el supermercado. Al hacer la compra dispongo de, y perdón por lo decadente que sonará esto, mi particular soledad del corredor de fondo. Todo es soledad en el supermercado: gente sola caminando pasillo arriba y pasillo abajo, perdidos en un lugar desprovisto de cualquier personalidad propia más allá de un color corporativo, comprando algo que no buscaban y olvidando aquello que habían venido a buscar. Bueno, así es como me veo yo, al menos. Pero si uno se abstrae, consigue hallar ese momento mágico en el que encuentra el verso que le faltaba a aquella canción. La mayoría de las veces, sin embargo, no ocurre nada, y uno vuelve a casa sumido en el desconcierto y apenas reconfortado por haber resuelto una tarea doméstica.

Opto por el Alimerka de la calle Los Moros, uno de los dos que me queda a mano. Cuando entro, tiene lugar una experiencia desagradable y aun así reveladora. Ocurre con frecuencia: por los altavoces del supermercado empieza a sonar, más alto de lo que sería deseable para cualquiera, el... no sé cómo llamarlo. ¿El himno del Alimerka? Varias voces sobre una base de caja de ritmos y teclados cantan con estrépito: “Alimerka es para todos / el mejor supermercado / Calidad garantizada / y un buen precio asegurado / ¡Ven a comprar a Alimerka!”. Tras oír la canción, imposible concentrarse en nada más. Intento ponerme en la piel del autor o autora y trato de componer otra estrofa, pero mis rimas con las diferentes legumbres y la sección de bollería son más que vulgares.

“De regreso a casa me siento un poco descorazonado, creo que esta intentona de entrevista tiene menos interés que una reposición de ‘El bus’. Le echo la culpa a la hora del día; entre las cuatro y las siete de la tarde suelo ser una especie de despojo humano. Creo que nunca he conseguido escribir una sola línea de canción en esa franja horaria. Si por mí fuera, después de comer deberían ser directamente las ocho de la tarde”

Me remitiré ahora a lo expuesto más arriba. He aquí una canción perfectamente funcional, escrita para algo (animar a la gente a hacer su compra en Alimerka). Por ello, y a pesar de los esfuerzos innegables del autor o autora (voces alegres, femeninas, perfectamente armonizadas pero no histriónicas, melodía pegadiza, arreglos resultones...), esta canción resulta profundamente triste. Triste en el peor sentido. Desasosegante: permanece machacona en tu cabeza pero no alivia la insatisfacción que, por el contrario, persiste visible en los rostros de todos los que estamos allí. ¿Quién necesita canciones tristes así?

Entre tanto, una señora me aborda junto a las estanterías de la leche. Me informa, casi susurrando, que la leche de la marca blanca de Alimerka es exactamente la misma que la de Central Lechera Asturiana (producida y envasada) y cuesta treinta céntimos menos. Yo le digo: “Lo que se dice una otredad”, y enfilo la salida. Llevo una.

De regreso a casa me siento un poco descorazonado, creo que esta intentona de entrevista tiene menos interés que una reposición de ‘El bus’. Le echo la culpa a la hora del día; entre las cuatro y las siete de la tarde suelo ser una especie de despojo humano. Creo que nunca he conseguido escribir una sola línea de canción en esa franja horaria. Si por mí fuera, después de comer deberían ser directamente las ocho de la tarde.

Recuerdo que, al hablarle a alguien de esta autoentrevista, esa persona dijo algo que incluía el término “carnaza”, otra de mis palabras menos favoritas que, sin embargo, ejerce en mí una fascinación morbosa. Imagino que le pasa a la mayoría. Después de pensar en esto un rato, y sin que tenga relación alguna, se me ocurre telefonear a Christina. La felicito por su nuevo disco, “La joven Dolores” (2011), que me parece una auténtica joya.

Ella dice: “Gracias. ¿A qué te dedicas?”.

Yo digo: “Ahora mismo me estoy haciendo una entrevista para Rockdelux y, bueno, me preguntaba si te molestaría mucho que me preguntara a mí mismo por ti”.

Ella: “Bueno, pero asegúrate de que después te dejas leer lo que has escrito, no vaya a ser que pongas alguna tontería de las tuyas para quedar estupendo”.

Yo: “Descuida”.

Así que nada de tonterías. Vaya. Me quedo en blanco. Como veo que esto no funciona, me propongo hacer un último intento y para ello tomo tres decisiones: entrevistarme en tercera persona, tratarme de usted y hablar de temas enjundiosos. Enciendo la grabadora.

Acaba usted de publicar un nuevo disco en su propio sello, Marxophone. Bueno, no es exactamente un sello, sino un colectivo de autoed...

Sí, sí, lo que sea. Siendo idea suya, supongo que estará familiarizado con la obra de Marx. ¿Ha leído “El Capital”? Sí.

¿Ah, sí? Bueno, solo el libro I. Pero creo que es el más importante.

¿Cómo supone usted que es el más importante si no ha leído los otros tres? Esto... Bueno, sí que me leí un... resumen.

Ya. Entonces, ¿cómo aplicaría usted la teoría de la pl...

Clic. Apago la grabadora. Definitivamente, esto es un desastre manifiesto, una propuesta que jamás debí haber aceptado. Añadiré esta entrevista a mi lista de fracasos. Para mayor fastidio, no he conseguido incorporar “otredad” a mi vocabulario.

Etiquetas: 2010s, 2011, folk-rock, Gijón, rock
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