Me remitiré ahora a lo expuesto más arriba. He aquí una canción perfectamente funcional, escrita para algo (animar a la gente a hacer su compra en Alimerka). Por ello, y a pesar de los esfuerzos innegables del autor o autora (voces alegres, femeninas, perfectamente armonizadas pero no histriónicas, melodía pegadiza, arreglos resultones...), esta canción resulta profundamente triste. Triste en el peor sentido. Desasosegante: permanece machacona en tu cabeza, pero no alivia la insatisfacción que, por el contrario, persiste visible en los rostros de todos los que estamos allí. ¿Quién necesita canciones tristes así?
Entre tanto, una señora me aborda junto a las estanterías de la leche. Me informa, casi susurrando, que la leche de la marca blanca de Alimerka es exactamente la misma que la de Central Lechera Asturiana (producida y envasada) y cuesta treinta céntimos menos. Yo le digo: “Lo que se dice una otredad”, y enfilo la salida. Llevo una.
De regreso a casa me siento un poco descorazonado, creo que esta intentona de entrevista tiene menos interés que una reposición de ‘El bus’. Le echo la culpa a la hora del día; entre las cuatro y las siete de la tarde suelo ser una especie de despojo humano. Creo que nunca he conseguido escribir una sola línea de canción en esa franja horaria. Si por mí fuera, después de comer deberían ser directamente las ocho de la tarde.
Recuerdo que, al hablarle a alguien de esta autoentrevista, esa persona dijo algo que incluía el término “carnaza”, otra de mis palabras menos favoritas que, sin embargo, ejerce en mí una fascinación morbosa. Imagino que le pasa a la mayoría. Después de pensar en esto un rato, y sin que tenga relación alguna, se me ocurre telefonear a Christina. La felicito por su nuevo disco, “La joven Dolores” (2011), que me parece una auténtica joya.
Ella dice: “Gracias. ¿A qué te dedicas?”.
Yo digo: “Ahora mismo me estoy haciendo una entrevista para Rockdelux y, bueno, me preguntaba si te molestaría mucho que me preguntara a mí mismo por ti”.
Ella: “Bueno, pero asegúrate de que después te dejas leer lo que has escrito, no vaya a ser que pongas alguna tontería de las tuyas para quedar estupendo”.
Yo: “Descuida”.
Así que nada de tonterías. Vaya. Me quedo en blanco. Como veo que esto no funciona, me propongo hacer un último intento y para ello tomo tres decisiones: entrevistarme en tercera persona, tratarme de usted y hablar de temas enjundiosos. Enciendo la grabadora.
Acaba usted de publicar un nuevo disco en su propio sello, Marxophone. Bueno, no es exactamente un sello, sino un colectivo de autoed...
Sí, sí, lo que sea. Siendo idea suya, supongo que estará familiarizado con la obra de Marx. ¿Ha leído “El Capital”? Sí.
¿Ah, sí? Bueno, solo el libro I. Pero creo que es el más importante.
¿Cómo supone usted que es el más importante si no ha leído los otros tres? Esto... Bueno, sí que me leí un... resumen.
Ya. Entonces, ¿cómo aplicaría usted la teoría de la pl...
Clic. Apago la grabadora. Definitivamente, esto es un desastre manifiesto, una propuesta que jamás debí haber aceptado. Añadiré esta entrevista a mi lista de fracasos. Para mayor fastidio, no he conseguido incorporar “otredad” a mi vocabulario. 