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NACHO VEGAS, Verdad, moral, fe y otras paradojas

La permanente catarsis personal de Nacho Vegas.

Foto: Alfredo Arias

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 236)

NACHO VEGAS Verdad, moral, fe y otras paradojas

Por Pablo Gil

Desde que abandonó Manta Ray, Nacho Vegas ha ido construyendo una carrera en solitario tan sólida como desmesurada, tan consecuente con sus influencias como proclive a convertirle en el personaje de sus canciones. Inmune a la indiferencia, el asturiano concita devociones y odios incondicionales. Eso sí, en lo que llevamos de siglo XXI nadie en este país puede presentar un currículo artístico tan completo y complejo como él. Lean esta entrevista de Pablo Gil a propósito de las secuelas del disco “Desaparezca aquí”, reportaje que fue el tema de portada del Rockdelux 236 (enero 2006).

Es probablemente uno de los músicos españoles más conocidos y más valorados tanto por quienes escriben en esta revista como por quienes la leen, así que sobran las presentaciones. Nacho Vegas, huyendo de su imagen de artista maldito y lúgubre, enzarzado en mil proyectos, ahora vive entre su Gijón natal y Valencia, donde reside su nueva novia, aunque la charla se desarrolla en un hotel de Zaragoza, ciudad donde está trabajando con Enrique Bunbury en una nueva aventura. Aunque ni él aún lo tiene claro, 2005 podría haber supuesto el fin de una etapa en su vida artística, mientras que 2004 desencadenó su catarsis a nivel personal. Tras tres álbumes y cinco EPs, es tiempo de hacer balance.

Has comentado que el álbum “Desaparezca aquí” (Limbo Starr, 2005) marca el final de un ciclo. ¿En qué sentido? Es una manera mental de organizarme. No es que los discos que he hecho hasta ahora formen propiamente un ciclo artístico o tengan que ver, pero cinco años parece un buen momento para mirar con perspectiva.

“Uno siempre está persiguiendo la misma canción. Lo que pasa es que es diferente cuando tienes 20 años que cuando tienes 30. Por eso va cambiando. Para mí las canciones son una forma de mirar las cosas; el inicio siempre es una ausencia, una especie de querer decir algo que no sabes expresar con palabras y que necesitas sacar fuera. Son pensamientos que se escapan a la lógica y que son imposibles de verbalizar”

¿Pero sientes la necesidad de cambiar cosas? La misma que después de hacer el primer álbum. Cuantos más discos saco, más cuidado tengo e intento no caer en la tentación de repetir pequeños éxitos del pasado. Para eso necesitas abstraerte de las circunstancias y forzarte a hacer las cosas como al principio.

“Al norte del norte”, la primera canción cantada de tu primer álbum, “Actos inexplicables” (Limbo Starr, 2001), era de amor, y “Ocho y medio”, una de las últimas de “Desaparezca aquí”, refleja la ruptura sentimental. Parece tener que ver con esa hipotética etapa que se acaba. Nunca lo había pensado, pero sí que ambas acotan la misma relación, porque “Al norte del norte” la hice al principio de estar con Bea (Beatriz Concepción, del grupo Nosoträsh), aunque se publicara más tarde. De hecho, fue la primera canción que hice de aquel disco.

Has afirmado alguna vez que siempre estás escribiendo la misma canción. ¿A qué te refieres? Uno siempre está persiguiendo la misma canción. Lo que pasa es que es diferente cuando tienes 20 años que cuando tienes 30. Por eso va cambiando. Para mí las canciones son una forma de mirar las cosas; el inicio siempre es una ausencia, una especie de querer decir algo que no sabes expresar con palabras y que necesitas sacar fuera. Son pensamientos que se escapan a la lógica y que son imposibles de verbalizar. Por eso llamé a mi primer disco “Actos inexplicables”.

¿Es intentar comprenderte a ti mismo o comprender el exterior? Un poeta asturiano, Martín López-Vega, dice que mirar hacia fuera es en realidad mirarse a uno mismo. En la música son las dos cosas a la vez, y esa paradoja es lo que produce algo contradictorio y que queda en la canción. Las canciones viven también de las contradicciones, de los sentimientos casi opuestos que convergen.

¿Llegan a ser una terapia? No me las planteo así. Yo no utilizo las canciones para nada. Una de las cosas que caracteriza a la música es que no tiene ninguna utilidad. Es como cualquier sentimiento fuerte, como el amor: no sirve para nada, nadie se enamora para algo, quizá por algo... Las cosas importantes son fines en sí mismos.

Abandonaste Manta Ray para hacer canciones que reflejaran la realidad. ¿De dónde surgió esa necesidad? La sentía mucho antes de hacer canciones. Uno se hace preguntas sobre todo lo que ve, se cuestiona a uno mismo, a la naturaleza humana (ríe), y entonces tiene que buscar alguna respuesta. Yo intenté buscar respuestas haciendo canciones, aunque solo encontré más preguntas. Pero ahí está esa urgencia que creo que es bastante común y que cada uno canaliza a su modo.

 
NACHO VEGAS, Verdad, moral, fe y otras paradojas

El epíritu del indomable.

Foto: Alfredo Arias

 

Tu hermano Xabel (Manta Ray) ha mostrado preocupaciones sociales y políticas, igual que tú. ¿Qué tipo de educación tuvisteis en vuestra casa? Mi padre era del PCE, pero se hizo del PSOE cuando este llegó al poder y entonces se aburguesó un poco. Era el típico progre. Cuando yo era pequeño, admiraba más a los hombres de mi familia, pero ahora he cambiado totalmente. Todo lo que admiraba de ellos se cayó enseguida; en cambio, las mujeres causan admiración sin querer. En general, veo a los hombres como más hijos de puta y patéticos, más cafres, y a las mujeres con una gran inteligencia moral. Yo creo que en mis canciones hay una especie de paisaje de fondo donde se puede leer entre líneas que cuestiono las cosas, incluida la propia izquierda. Es algo que echo de menos en el rock, que tiene un lenguaje un poco rancio, en general.

¿Cómo te afectó la muerte de tu padre? Creo que coincidió más o menos con el inicio de tu trayectoria en solitario. Bueno, en realidad no, porque murió en 1993. Entonces estaba pasando un año de desinterés personal. Apenas leía, escuchaba música aunque nada me emocionaba y coincidieron muchas cosas que me sacaron de ahí. Conocí a artistas que me devolvieron la ilusión, como Will Oldham, Smog, Nick Drake, Leonard Cohen o Bob Dylan, y la muerte de mi padre también supuso un punto de inflexión. Espabilé en muchos aspectos. En ese momento me di cuenta de que tenía un montón de preguntas y que tenía que hacer algo con ello. Fue cuando empecé a escribir canciones. De aquello salió “El ángel Simón”, que di por terminada tras unos cuantos años hasta que pude verlo con distancia.

“Todo viene de lo de mi padre, que fue la primera persona cercana que se me murió. Eso marcó más de lo que se ha notado. Lo que ocurre también es que cuando murió mi padre yo tenía 19 años. Me di cuenta de qué provocó que muriera tan repentinamente y me dio miedo repetir sus errores... ¡Si es que mi padre murió por no cuidarse y yo me cuido menos que él!”

Como el bucle del amor, la muerte también abre y cierra estos cinco años, pues es un tema constante en “Desaparezca aquí”. No pienso en la muerte más que cualquiera. Aparece como excusa para hablar de la vida. Ser consciente de que vas a morir te da autoridad y te permite mirar la vida de otra manera.

¿Ha habido algún hecho reciente que te haya impresionado para pensar sobre ello? No. Todo viene de lo de mi padre, que fue la primera persona cercana que se me murió. Eso marcó más de lo que se ha notado, porque después de “El ángel Simón” no quería que se colara por todos lados. Lo que ocurre también es que cuando murió mi padre yo tenía 19 años. Luego te vas haciendo mayor, y viéndolo con perspectiva pensé: “Claro, mi padre murió con 48 años y yo ahora tengo 31...”. Tampoco es tanta distancia. Me di cuenta de qué provocó que muriera tan repentinamente y me dio miedo repetir sus errores ahora que ya soy... un hombre adulto (ríe). Aquello me angustió; fue un resurgir de esos fantasmas. ¡Si es que mi padre murió por no cuidarse y yo me cuido menos que él! Lo he visto de repente desde otra perspectiva: alguien que se acerca a ese momento en que las cosas están abiertas.

En el álbum “Desaparezca aquí” y en el EP “Esto no es una salida” se habla también de quitarse uno de en medio, de abandonar la vida. “Desaparezca aquí” es un motivo recurrente de Bret Easton Ellis; sale en sus novelas “Menos que cero” y en “Los confidentes”. Un personaje va por una autopista y hay una cartel que pone eso: “Desaparezca aquí”. Da la impresión de que si desaparecieras no pasaría nada. Si se pudiera realmente elegir desaparecer sin más, el mundo vería recortada la población muy drásticamente (ríe).

¿Tú lo harías? Ahora mismo no, pero hay momentos en que sí... Lo que sucede es que luego no puedes arrepentirte. Seguramente sí, pero cuando pasa ese deseo también es como si nunca hubiera existido. Le ocurre a mucha gente hoy en día; es como el lado contrario a la idea de la reencarnación, que casi es demodé. Ya no existe esa visión solemne de la muerte, ni el romanticismo ni el existencialismo. La gente ya no se suicida porque el mundo no tenga sentido, como decía Houellebecq, sino porque están cansados de la vida sin más. En el fondo, yo también tengo la sensación de que esto es lo que hay, y la verdad es que me siento afortunado de poder hacer lo que me gusta.

A menudo hablas de la necesidad de una implicación moral del músico con sus canciones. Compones laboriosamente y actúas mucho. ¿Qué papel tiene grabar? Es lo más secundario. Después del primer disco, siempre he grabado en directo para intentar aprehender esa vida propia de la canción, ese espíritu. Para mí hacer canciones y tocarlas es un fin, pero grabarlas es un medio para acotarlas y con ello ir haciendo giras. El estudio sirve para acercarte a la idea perfecta que tienes en la cabeza de la canción; pero como nunca acababa de quedar como yo imaginaba, terminé por relajarme. No soy muy perfeccionista.

 
NACHO VEGAS, Verdad, moral, fe y otras paradojas

Rockdelux 236 (Enero 2006)

Foto: Alfredo Arias

Diseño: Nacho Antolín

 

Sin embargo, pareces tomarte en serio. Procuro no hacerlo. Para reírse un poco de las cosas, hay que empezar por reírse de uno mismo, pero, bueno, un poco en serio sí (ríe). Hay que tomarse un poco en serio.

Y pareces muy consciente de tu música, tener claro por qué está cada cosa, qué significa... Bueno, muchas veces tengo más claro lo que no quiero que sean, y a menudo me sorprendo al escuchar una canción. Hay cosas que no sabes exactamente por qué están ahí, pero que dejas porque sientes que deben estar y que comprendes mucho tiempo después, como si fueran algo premonitorio.

¿Qué es lo que no quieres que tengan tus canciones? Lo importante es saber quitar lo que sobra, lo que resulta innecesario. Eso tiene que ver con lo de la implicación moral. En el rock es muy tentador incluir melodías y arreglos solo porque son bonitos, ornamentar para dar lustre. Eso no quiero que pase. También evito caer en clichés... Con el segundo álbum“Cajas de música difíciles de parar” (Limbo Starr, 2003)– se creó inconscientemente un cierto personaje, aunque fui dando pie a ello, y el peligro es que no sepas abstraerte al escribir, que aparezca demasiado. Eso es algo que también hay que saber quitar.

“Lo cierto es que en la grabación de ‘Desaparezca aquí’ hubo muchas drogas y estuve a punto de estropearla porque se me fue la mano. Además, fueron unos meses en que me pasé demasiado. Aunque me gustan mucho las drogas, nunca he abusado salvo en momentos concretos, y ese fue uno. Lo que yo conté es que las drogas influyeron en esa grabación; llevé las cosas al límite”

¿Y ese personaje llegó a seducirte? No. Siempre me lo tomé con bastante humor, pero a veces llegó a ser incómodo y a empañar lo que hacía. Por ejemplo, durante la promoción de “Desaparezca aquí” llegó un momento en que me preguntaban más sobre drogas que sobre la música. La responsabilidad es del periodista, pero yo entraba un poco al trapo, no iba a mentir, y eso repercutió negativamente... No es algo de lo que me arrepienta, pero me dio rabia que me regañaran. Hubo gente, incluso dentro de mi grupo, que me decía que estaba llevando mi carrera muy poco inteligentemente, cuando no sabía que tuviera que llevarla inteligentemente (ríe). Lo cierto es que en la grabación de “Desaparezca aquí” (en septiembre de 2004) hubo muchas drogas y estuve a punto de estropearla porque se me fue la mano. Además, fueron unos meses en que me pasé demasiado. Aunque me gustan mucho las drogas, nunca he abusado salvo en momentos concretos, y ese fue uno. Lo que yo conté es que las drogas influyeron en esa grabación; llevé las cosas al límite. Me di cuenta de que si en una entrevista decía que acababa de salir de una ruptura de una relación muy larga y que aquello había afectado a la grabación, quedaba muy cursi. Pero si dices que las drogas tuvieron ese papel, parece que estés creando un personaje.

Pero en este tema existe una gran paradoja. Tú hablas del compromiso moral, pero luego las drogas han hecho que casi se estropeara tanto la grabación de todo un disco como varios conciertos. Siempre he tenido claro que puedo pasarme con las drogas pero que no quería permitir que eso influyera en lo que estaba haciendo. Creo que lo llevo bastante bien. Siempre que ha ocurrido me he arrepentido muy rápido y tampoco han sido tantas veces, ¿no? (sonríe).

No, pero el hecho de que haya pasado algunas veces hace que se alimente el personaje del que huyes. Sí, es cierto, y es lo que me ha dado el toque de atención. Recuerdo que incluso alguna sala le dijo a mi mánager que tenía dudas de contratarme por lo que se decía de mí. Ahí fui consciente de los prejuicios que se crean al jugar con todo esto... Lo que también me dio mucho miedo, en concreto con el caballo, es que cuando se me fue la mano estaba muy bien, muy tranquilo, pero dejaba de sentir la urgencia de hacer canciones. Fue entre finales de 2003 y 2004, cuando me tiré un año haciendo conciertos acústicos todos los fines de semana o me bajaba a Granada con Los Planetas. Eso me asustó mucho más que haberla pifiado en algún concierto. No me merecía la pena.

¿Te preocupa el cliché de tío melancólico con que se te identifica? Sí me preocupaba que se hablara de mis canciones con dos adjetivos casi monolíticos, sin darle importancia a un montón de matices. Pero eso lo suele decir gente que escucha de una manera superficial. Yo siempre he introducido el sentido del humor, que en “Desaparezca aquí” es incluso más explícito, pese a que es el disco más duro que he hecho... Ese rollo de tío atormentado y siempre llorando no tiene nada que ver con lo que hago. En los conciertos y en las entrevistas no fomento lo de regocijarme en el propio dolor, que es algo obsceno y que me da mucho repelús. Ya sé que Deluxe hizo seguramente esa canción donde dice “ya estoy harto de los chicos atormentados” (“Tanto rollo con el infierno...”) pensando en gente como yo. Pero el blues de los años treinta tenía letras muy dolorosas y en realidad su finalidad era combatir ese sentimiento. Siempre he intentado huir del rollo de encontrar placer en el dolor.

 
NACHO VEGAS, Verdad, moral, fe y otras paradojas

Buscando el equilibrio entre el hombre y el personaje.

Foto: Alfredo Arias

 

El chico triste y solitario... Exacto, el chico triste y solitario muy a gusto en su papel. Yo estoy mucho menos atormentado que otros que hacen música más alegre... Además, este personaje siempre lo he llevado con humor, incluso con ligereza, que es lo único que no utilizo en la música.

O sea, que eres feliz. Nueva novia, nueva casa, nuevos proyectos... Bueno (ríe)... Yo soy un pesimista, eso sí, pero personalmente sí que estoy bien, aunque las canciones nunca hablan de la persona tanto como parece; tienen que ir a cosas generales.

¿Te definirías como una persona sensible? ¿Especialmente sensible? Pues, sí, supongo... En todo caso, la sensibilidad es engañosa. Te permite apreciar las cosas y que seas incapaz de disfrutar de ellas cuando son buenas. Tiene que ver también con hacerte preguntas de una manera inevitable, y por eso supongo que es necesaria para hacer canciones. Es difícil lidiar con ello, pero en el fondo merece la pena porque la capacidad de relacionarte con las cosas y apreciarlas de una manera profunda es lo que te hace sentir vivo.

“Lo veo como Fernando Alfaro: la religión es poesía; sirve para transmitir un montón de cosas sin hacer referencias demasiado cultas, ya que son imágenes que conoce todo el mundo. Siempre me ha parecido un poco pretencioso decir que no soy religioso y al mismo tiempo hablar de un lado espiritual, pero sí me gusta lo de creer en algo porque quieres creer: no la fe en sí misma como los actos de fe”

En tus letras suele haber referencias a Dios. ¿Es un recurso o eres religioso? Es algo inevitable por una cuestión educacional. Lo veo como Fernando Alfaro: la religión es poesía; sirve para transmitir un montón de cosas sin hacer referencias demasiado cultas, ya que son imágenes que conoce todo el mundo. Siempre me ha parecido un poco pretencioso decir que no soy religioso y al mismo tiempo hablar de un lado espiritual, pero sí me gusta lo de creer en algo porque quieres creer: no la fe en sí misma como los actos de fe. Es como ir al teatro y querer creer lo que allí sucede. Sobre el escenario, cuando cantas una canción, necesitas crear un personaje para contar la verdad; o sea, que necesitas crear una ficción, ponerte un disfraz. La máxima de Stanislavski, quien decía a sus alumnos: “Hacedlo bien o hacedlo mal, pero hacedlo de verdad”; esa es la que yo me propongo al componer canciones.

Uno de los temas recurrentes de “Cajas de música difíciles de parar” eran las obsesiones. ¿Qué cosas te obsesionan? Mogollón (ríe). Soy obsesivo. Las obsesiones son tan difíciles de comprender que constituyen una materia prima muy buena para hacer canciones. Algo que te obsesiona no sabes muy bien por qué... no puedes librarte de ello ni relativizarlo.

¿Hay obsesiones que se quedan fuera de tus canciones por ser demasiado fuertes? No conscientemente. Tampoco me gustaría que hubiera algo que me obsesionara de tal manera que incluso me avergonzara y que no fuera capaz de volcarlo en una canción. Pero sí tengo la sensación de que me quedan cosas por decir demasiado escondidas y que todavía no he encontrado la manera de hacerlo. Las canciones se encuentran en ese terreno confuso entre lo que está bien y lo que está mal, ni negro ni blanco... No sé, me interesa mucho la confusión en la gente entre el deseo y el placer. Se supone que la consecuencia del deseo es el placer, pero a menudo el deseo se convierte en algo negativo y no desemboca en placer; además, el placer en cualquier caso puede acabar, como decía William S. Burroughs, en alivio solamente. Eso es algo que rige muchas veces la vida, o mi vida, no sé... También me preocupa el uso inmoral del sexo como moneda de cambio o, por ejemplo, el concepto de triunfo por encima de todo. Ganar un concurso de televisión es admirable, pero a mí me parece más obsceno que una película de porno duro a las cuatro de la tarde. Esas cosas me hacen pensar y de ahí podría salir una canción, lo que sucede es que aún no sé cómo hacerlo.

Etiquetas: 2000s, 2005, folk-rock, Gijón, rock
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