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NICK CAVE, La firmeza tras la pérdida

En las entrañas de la canción. Foto: Alwin Kuchler

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 354)

NICK CAVE La firmeza tras la pérdida

Nick Cave será uno de los cabezas de cartel del próximo Primavera Sound (ver aquí). Vendrá a presentar su último trabajo, “Skeleton Tree” –el mejor del año 2016 según las listas del Rockdelux 357–, álbum que no puede ni debe desvincularse de lo que aconteció durante su gestación: la muerte trágica de uno de sus hijos, Arthur. Es una obra en la que aflora el dolor, pero con contención, del mismo modo que en el documental de Andrew Dominik sobre la grabación de ese disco, “One More Time With Feeling”, hay cabida para la reflexión en torno a la muerte, a la vez que se esgrime la voluntad de seguir adelante. Quim Casas intentó acercarse al estado de ánimo actual de Nick Cave, Gerard Casau revisó la película y Jordi Bianciotto comentó sus cinco mejores álbumes (se puede escuchar un tema de cada uno de ellos) según el top de listas especiales aparecidas a lo largo de la historia de Rockdelux. Todo ello –más columnas de opinión complementarias de Carlos Zanón, Jaime Gonzalo y Fernando Alfaro– formó parte del informe que dio pie al tema de portada del Rockdelux 354 (octubre 2016). Más portadas de Nick Cave en Rockdelux, aquí y aquí.

39 minutos y 46 segundos suman las ocho canciones de “Skeleton Tree” (Kobalt-Popstock!, 2016). 112 minutos dura el filme “One More Time With Feeling” (2016), dirigido por Andrew Dominik. El disco surge en parte de la pérdida, aunque fue compuesto antes. La película se concibió inicialmente como el documento de la grabación del álbum, e incorporó esa pérdida, la de Arthur, el hijo de Nick Cave y Susie Bick, fallecido en julio de 2015 tras caer por un acantilado. Dominik conoce bien a Cave y sabe hasta dónde puede llevar en su película la reflexión sobre la muerte del hijo. Sabe también que esa es una de las mayores tragedias posibles, algo que desafía la ley natural: un hijo puede asumir la muerte del padre de manera muy distinta a como un padre vivirá el resto de su vida con el dolor por la muerte del hijo que no pudo hacerse adulto.

La aparición de “Skeleton Tree” entra dentro de la lógica en cuanto a la evolución discográfica de Cave y The Bad Seeds en los últimos tiempos: un disco casi cada cuatro años. “Dig, Lazarus, Dig!!!” se publicó en 2008, “Push The Sky Away” en 2013 y “Skeleton Tree” lo hace en 2016. Pero aunque surgió en vida de Arthur, ya que empezó a grabarse a finales de 2014, no se terminó hasta el otoño de 2015, meses después de la tragedia. Y por ello, aunque la mayoría de sus canciones fueran escritas en un estado de ánimo distinto, es un álbum estigmatizado por la muerte del hijo: acabó de mezclarse –que es a un disco lo que el montaje a una película, es decir, allí donde cobra vida de verdad– a principios de 2016. Pero esa sensación no solo se proyecta sobre cada uno de estos temas espléndidos que giran en torno a los anillos de Saturno, chicas en ámbar, voces frías, cielos distantes, el esqueleto del árbol, Jesús y Magneto en una parábola imposible. Ha tenido igualmente su efecto en el tiempo de espera.

 
NICK CAVE, La firmeza tras la pérdida

Rockdelux 354 (Octubre 2016)
Foto: Kerry Brown
Diseño: Gemma Alberich

 

No tengo una explicación lógica, pero desde julio de 2015 hasta la aparición de “Skeleton Tree” no había vuelto a escuchar una canción de Cave por voluntad propia. Dominik ha contado que Cave y su familia recibieron muchísimas cartas de condolencias, y que eso les ayudó, en la medida en que eso puede ayudar, porque se sintieron reconfortados con lo que los demás, gente anónima, les transmitían. No deja de ser curiosa la relación que establecemos con los artistas que nos gustan o admiramos. Cuando muere un cineasta o un músico, lo más probable es que volvamos a ver inmediatamente una de sus películas o a escuchar uno de sus discos. Sabemos que no habrá nuevas imágenes filmadas ni canciones registradas, pero nos queda todo lo anterior. La muerte del hijo de ese artista que nos ha deslumbrado con su obra tiene una resonancia muy diferente. Empatizamos o comprendemos mejor. Y la tristeza que nos puede embargar, aunque sea momentánea, es también distinta. Es como ese efecto tan curioso de tener nostalgia por las cosas que no se han vivido personalmente. A uno lo conocemos, aunque sea desde la distancia que separa al consumidor del creador. Del otro, el hijo, apenas sabíamos nada. Nos afecta quien se queda antes que quien se ha ido. Quizá, en el fondo, era la única manera posible de prepararse ante el disco que estaba por llegar. Un álbum con portada negra, no podía ser de otro modo, aunque con el título en letras verdes de viejo ordenador IBM. Volver al pasado, aunque para Cave sea prácticamente imposible.

Vayamos ahora, mi querida compañera. Lo escribe Cave en la contraportada. Esta vez no ha querido incluir las letras de las canciones. Acaso pudor, acaso respeto. Ver el sol, y ver cómo crece en los ojos de la compañera amada, prosigue. Uno de los temas se titula “I Need You”. Quizá sea esta una obra pensada para la madre del hijo antes que para él mismo. La ausencia compartida e indeleble. Es imposible escuchar “Skeleton Tree” sin tener en cuenta todo esto, como es imposible ver el filme de Dominik sin sustraernos de ello antes de que Cave comience a reflexionar sobre la muerte. Un filme de un solo día –fue proyectado el pasado jueves 8 de septiembre en 650 pantallas de todo el mundo tras su presentación en la Mostra de Venecia– y que suple la promoción del disco, porque ahora eso es imposible. Un documental en el que la intimidad del blanco y negro combina con el volumen del 3D, una elección lógica para Dominik, quien considera la música de Bad Seeds muy espacial.

Qué lejana nos parece hoy la imagen de Cave cantando una balada en “El asesinato de Jesse James por el cobarde Bob Ford” (2007), su anterior colaboración con Dominik. Arthur tenía 7 años y los acantilados de Brighton no eran un peligro. Qué lejana también, aunque la viéramos casi ayer, la escena de “20.000 días en la Tierra” (Iain Forsyth y Jane Pollard, 2014) en la que Cave come pizza con sus dos hijos frente al televisor. Qué cercano “Skeleton Tree”, un disco que, sin ser el mejor de Cave, es el más determinante en su obra. Quim Casas

 
NICK CAVE, La firmeza tras la pérdida
 

Instinto de supervivencia. Foto: Alwin Kuchler


“One More Time With Feeling”: el elefante en la canción

Bastan unos minutos para darse cuenta de que “One More Time With Feeling” camina por un sitio distinto al pisado por “20.000 días en la Tierra” (2014), la anterior película centrada en la figura de Nick Cave. El de Iain Forsyth y Jane Pollard era un retrato a medida del músico, cuyo lirismo seudoficcional creaba un entorno confortable y, sobre todo, controlado: cada vez que el protagonista tomaba la palabra, parecía saber perfectamente cuál era su discurso. En cambio, el filme de Andrew Dominik encuentra a un Cave forzosamente distinto, grabando “Skeleton Tree” mientras trata de hacerse a la idea de la muerte de su hijo Arthur. Aquí ya no es posible construir una estancia tupida de atrezo que represente a la vez el taller de escritura y el palacio mental del músico. Todo transcurre en espacios ordinarios, y la narrativa da margen al ensayo, la repetición y el error.

A medida que avanza el metraje, se diría que Dominik va armándose de valor para abordar ese elefante en la habitación (o en la canción) que es el suceso luctuoso que determina el carácter de “Skeleton Tree”, un álbum que no podrá (ni deberá) disimular su condición de duelo. Durante buena parte de la película escuchamos referencias a algo “trágico” que no deja margen a la duda (estremece pensar que, probablemente, todo el mundo que la vea estará al corriente del drama), hasta que, finalmente, el nombre de Arthur se invoca de manera explícita.

“Caíste del cielo y te estrellaste en un campo”. Estas palabras, las primeras que escuchamos en “Skeleton Tree”, fueron escritas antes de que el retoño de Cave se despeñase por un barranco de Brighton, alterando su sentido para siempre y fulminando toda noción que el autor pudiera tener sobre el lugar del arte y el peso de los recursos literarios. Por eso, aunque la gravedad del documental esté en lo desarmante de las entrevistas y en el tacto con que observa los gestos que el australiano intercambia con su esposa Susie Bick y con Warren Ellis (más que una mano derecha, el amigo que está ahí, evitando que todo se desmorone), uno acaba comprendiendo la ocasional ampulosidad con que se filman las canciones, y que rompe su modélica desnudez. Estos excesos de “estilo” no son sino concesiones piadosas a ese artificio que anteayer Nick Cave desayunaba cada mañana, y al que hoy se le ha privado el acceso. Gerard Casau

  

TOP 5 SEGÚN ROCKDELUX

Entre la voluminosa producción del australiano destacamos cinco álbumes esenciales, seleccionados por Rockdelux a partir de su reiterada inclusión en listas y números especiales. Cinco pilares de una obra capital.

 
NICK CAVE, La firmeza tras la pérdida
 

1. “Your Funeral... My Trial”
(Mute, 1986)

“Your Funeral My Trial”.

El cuarto álbum de Nick Cave & The Bad Seeds establece los contornos de su sonido e identidad: un engranaje de rock turbulento, alimentado de giros dramáticos con raíces en el góspel, letanías severas, enfática interpretación vocal y fondos melódicos que ponen a raya las viejas catarsis de The Birthday Party. Lanzado solo tres meses después del disco de versiones “Kicking Against The Pricks” (1986), reconduce su gramática sonora, de encuadre armónico más abierto que en obras anteriores, hacia un cancionero propio, firmado por Cave con sendas aportaciones de Mick Harvey y el tándem Blixa Bargeld-Anita Lane. Contiene ocho canciones, inicialmente publicadas en un doble EP de 12”, que abren espacios de inquietud y amenaza valiéndose de guitarras mareantes con ancestros de blues, recursos de herrería, un órgano litúrgico y el piano que establece el emotivo leitmotiv de la pieza central, “Your Funeral, My Trial”. De la sacudida a la conmoción.

 
NICK CAVE, La firmeza tras la pérdida
 

2. “From Her To Eternity”
(Mute, 1984)

“From Her To Eternity”.

El debut de Cave con The Bad Seeds, que luce una formación de impacto con el reciclado Mick Harvey (excómplice del líder en The Birthday Party), el berlinés Blixa Bargeld, destinado a aportar texturas de vanguardia, más los talentos de Barry Adamson, Anita Lane y Hugo Race. Construyen un rock viscoso y torturado, que transforma el influjo del imaginario bíblico en un paisaje muy visual, fundiendo los latigazos y coros de penitencia de “Well Of Misery” con el ruidismo psicópata de “Cabin Fever!”. Las guitarras chirriantes se cruzan con sonidos de caverna y Cave amplía su gama de expresiones extremas con la colección de gemidos que baña la canción que da título al disco, sobre un mar de pulsaciones disonantes de piano. “Avalanche”, de Leonard Cohen, en versión alarmista, y una siniestra secuencia, la cara B del álbum original, culminada con “A Box For Black Paul”. Nick Cave & The Bad Seeds, en los albores de su visionaria mutación.

 
NICK CAVE, La firmeza tras la pérdida
 

3. “Let Love In”
(Mute, 1994)

“Do You Love Me?”.

En un momento en que cabía pensar que Cave podía haberse asentado en una fórmula que combinaba los restos de aquella furia ancestral con un gratificante neoclasicismo, irrumpió este poderoso “Let Love In”, encabezado por el invasivo interrogante que lo abre y lo cierra, “Do You Love Me?”. Un disco sobre su recóndita vida sentimental en el que, por un lado, queda claro que los espacios de crooner melódico abiertos en “The Good Son” (1990) han llegado para quedarse (ahí están “Nobody’s Baby Now” y “Ain’t Gonna Rain Anymore”) y, en paralelo, fluyen renovadas atmósferas intranquilas, con los susurros al oído y las campanas de iglesia de “Loverman”, con su violento giro interior, y “Red Right Hand”, y las embestidas destartaladas de “Jangling Jack” y “Thirsty Dog”, esta sobre vestigios de rock’n’roll vaquero. Un Cave realimentado a partir de sus angustias más íntimas, y unos Bad Seeds higiénicamente perversos.

 
NICK CAVE, La firmeza tras la pérdida
 

4. “Abattoir Blues / The Lyre Of Orpheus”
(Mute, 2004)

“O Children”.

Después de un ciclo de álbumes más bien volcados hacia adentro –“The Boatman’s Call” (1997), “No More Shall We Part” (2001) y “Nocturama” (2003)–, Cave vuelve a alzar el tono, sobre todo en la primera parte de esta entrega gemela, constituida por dos álbumes independientes más que por un doble disco. La incorporación de enérgicos coros góspel aporta vivos contrastes con la grave voz del australiano y dispara piezas como “Get Ready For Love” y “There She Goes, My Beautiful World” hacia nuevas cotas de poder. En “Abbatoir Blues” regresa el Cave más intrusivo (“Hiding All Away”, “Nature Boy”), confiando su fuerza a la naturaleza de las canciones y con menos experimentos tímbricos que en otros tiempos, mientras que “The Lyre Of Orpheus”, más reposado, no se queda atrás gracias al calado emocional de la inquietante “O Children”. Estreno de unos Bad Seeds sin Blixa Bargeld, plaza ocupada por James Johnston (Gallon Drunk).

 
NICK CAVE, La firmeza tras la pérdida
 

5. “Tender Prey”
(Mute, 1988)

“The Mercy Seat”.

Sin revelar nuevos territorios estéticos o narrativos en comparación con otras obras relevantes, “Tender Prey” es una pieza importante por la destilación de su imaginario en canciones de peso. La primera, en la frente: los siete minutos de “The Mercy Seat”, que abren el álbum, sobre un esquema de sofocante crescendo a través de una larga estrofa repetida en bucle. La fijación bíblica, el crimen y el castigo, el ojo por ojo, el diente por diente. Sin renunciar a sus ángulos, los sonidos se hacen un poco más claros que en “Your Funeral... My Trial”. El ánimo histérico, sobre un bajo distorsionado, de la imparable “Deanna” y el grito de alerta de “City Of Refuge” dan paso a la procesión de almas en pena de “Up Jumped The Devil” y a los recesos anímicos de otras dos piezas valiosas, “Watching Alice” y la balada folk de taberna “New Morning”, con la que el álbum baja el telón con animosa melancolía. Jordi Bianciotto

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