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NICK GARRIE, Barroco por accidente

“Mi mayor éxito es un disco maldito: ‘The Nightmare Of J. B. Stanislas’, publicado en 1969. Fue un álbum manejado por el productor, Eddie Vartan. Me colocó una orquesta de cincuenta y seis músicos en la que yo me sentía perdido”.

Foto: Alison Wonderland

 
 

ENTREVISTA (2010)

NICK GARRIE Barroco por accidente

El pop barroco de los sesenta tiene un disco de referencia: “The Nightmare Of J. B. Stanislas”, de Nick Garrie, aquí entrevistado por Víctor Lenore para la antigua sección de Rockdelux Truco o Trato. Reeditado por Elefant en una edición de lujo en 2010, el álbum es una joya legendaria que merece ser revisada.

“Me llamo Nick Garrie-Hamilton. Nací el 22 de junio de 1949 en Yorkshire (Inglaterra). Mi relación con la música comenzó a los 6 años cuando mascullaba canciones en mi almohada. Mi primer subidón pop fueron los Beatles. Llegaron en el momento perfecto: tenía 13 años y estaba aprendiendo a tocar la guitarra. De adolescente me marcaron Dylan y los cantantes franceses. Me gustaba mucho Jacques Brel, aunque también me impactó un concierto de Charles Aznavour. Yo no quería ir porque no me gustaba mucho, pero un amigo insistió. De repente, salió a escena ese tipo bajito, que parecía un muñeco, dirigiendo una orquesta enorme con cada movimiento de sus pestañas. Como máximo hacía una ligera inclinación de cabeza para indicar que entraran los violines. Me pareció impresionante. Desde entonces no juzgo a nadie hasta que no lo veo en directo”.

“Mi mayor éxito es un disco maldito: ‘The Nightmare Of J. B. Stanislas’, publicado en 1969. Cuarenta años después, Elefant lo reedita con extras. Fue un álbum manejado por el productor, Eddie Vartan, hermano de la cantante Sylvie Vartan. Me colocó una orquesta de cincuenta y seis músicos en la que yo me sentía perdido. Justo cuando iba a lanzarse el álbum, se suicidó el dueño de la discográfica, que era el marido de la cantante Dalida, que también se quitó la

vida veinte años más tarde. A él le encantaba apostar y tenía enormes deudas de juego. El culto del disco ha crecido con el tiempo, lo llaman ‘obra magna del pop barroco’, y se supone que han llegado a pagar 1.200 euros por una copia. A mí me gustan las canciones, pero lo siento como una cosa ajena, porque creo que bastaba con voz, guitarra y teclado”.

“En mi juventud fui hippie, pero de una manera individualista. Pasé una temporada en Italia, en la isla del Giglio. Vivía en la playa, con un saco de dormir y una pijama rojo de seda. No me quitaba las sandalias, pero nunca formé parte de ningún colectivo ni era fumador de porros; esto último me lo callaba para no quedar mal. Creo que gracias a esa distancia con el movimiento me salvé de acabar toxicómano. Era muy fan de Cat Stevens, sobre todo del primer disco, ‘Matthew & Son’, de 1967. Me gustaban sus letras, que eran muy espirituales, aunque tenía voz de rata. Lo que más me enganchaba eran las guitarras, con ese sonido increíblemente puro. Por eso contraté a Alun Davies y a otros músicos de su banda para grabar mi disco de 1984, ‘Suitcase Man’. Incomprensiblemente, llegué al número uno en España con él, todo un éxito por el que no recibí ningún dinero”.

 
 
NICK GARRIE, Barroco por accidente

“Estaba en una compañía llamada Picap que nunca me ingresó un penique. Al menos hicieron algo bueno por mí: lograr incluirme como telonero en una gira española de Leonard Cohen. La disfruté bastante y él es una persona encantadora”.

Foto: Alison Wonderland

 

Tocar en la calle fue una parte importante de tu aprendizaje, ¿no? Y tanto. Empecé de adolescente, en Saint-Tropez, al sur de Francia. Componía a tal velocidad que ni se me pasó por la cabeza ponerme a hacer versiones. Vivía en una pequeña furgoneta. Fue una época estupenda en la que compuse alguna de mis mejores canciones, como “Deeper Tones Of Blue”, y alguna chorrada como “Saint-Tropez Whore” (La puta de Saint-Tropez). Habla sobre una chica ligera de cascos. Cuando tocaba en los restaurantes veía a las mujeres señalándose unas a otras diciendo: “Esa, esa es la chica de la canción”. Más que en la calle, tocábamos en restaurantes durante las cenas. Era un set de media hora y luego pasabámos el plato. Iba con un violinista, que también hacía armonías vocales. Aquella bonita etapa terminó abruptamente: me llamaron para hacer el servicio militar y tuve que huir del país envuelto en unas mantas.

Tienes una canción llamada “The Street Musician” (el músico callejero). ¿Está basada en tu experiencia? Pues no: es un homenaje a Charles Chaplin. Me fascina desde que iba al colegio. Hay una línea de la canción que dice: “Puede romper tu corazón / si eso es lo que quieres / porque romper un corazón / no es tan difícil de hacer”. Parece una crítica, pero no lo es, porque un minuto después consigue hacerte reír. Siento muy cercana esa mezcla de humor y cosas trágicas. Me atrapó totalmente la imagen de Charlot caminando despacio hacia el horizonte o dando vueltas en unos caballitos. Cuando pienso que hoy nadie ve sus películas me da mucha pena.

Dices que nunca recibiste dinero de tu álbum de 1984 que llegó al número uno en la lista de ventas española. ¿Por qué? Estaba en una compañía llamada Picap que nunca me ingresó un penique. Al menos hicieron algo bueno por mí: lograr incluirme como telonero en una gira española de Leonard Cohen. La disfruté bastante y él es una persona encantadora. Luego, en el colmo de la ingenuidad, envié a Picap otro álbum para que lo distribuyeran y acabaron perdiéndolo. Fue una gran decepción. Supongo que el fallo fue mío por no firmar un contrato, pero todos los músicos de esa discográfica con los que he hablado tuvieron experiencias desagradables. Al final no les demandé. No soy el tipo de artista que busca pelea: si algo no me gusta, me marcho.

Junto con la reedición de “The Nightmare Of J. B. Stanislas” incluyes un libreto con veinte páginas autobiográficas. Mi frase favorita es la que dice: “Me gustan los niños y la gente mayor: con los de en medio no acabo de conectar”. ¿Cuál es el problema? Ese pensamiento me vino de repente, sentado en mi jardín. Creo que define bastante mi vida. Doy clase a niños de entre 2 y 11 años. Les enseño francés usando canciones clásicas como “Et sur la mer”. A veces, los miro y noto que hay un par que son distintos. Se ve que no encajan. Piensan de otra manera y les cuesta relacionarse. Me reconozco en ellos y temo que quizá les pase como a mí: que no lleguen a desarrollar habilidades para asistir a cenas convencionales o tener matrimonios felices. La gente se sorprende cuando me describo así. Tengo mucha vida social, aunque siempre asumiendo un rol: de joven fui un buen jugador de rugby o un competente instructor de esquí, pero las relaciones siempre están ligadas a una función específica. Fuera de esos papeles no me manejo bien. Siento envidia de los instructores de esquí suizos integrados en una comunidad, que cuidan su media docena de vacas y arreglan tejados en verano. Para mí sería perfecto, pero no lo consigo.

¿Tienes idea de por qué? Sé que hay cosas que no ayudan. Pasé mi infancia fuera de casa, siempre viajando entre Francia e Inglaterra. Me metieron interno a los 6 años, algo normal en aquella época, aunque hoy nos cueste entenderlo. Yo tengo tres hijos y nunca lo haría. Lo único bueno es que te ayuda a construir unas defensas: las mías fueron la música y el rugby.

¿Qué aprendiste de ti mismo escribiendo esas veinte páginas de memorias? Resumir tu vida en unas líneas resulta purificador. Se lo recomiendo a todo el mundo. Mi primera motivación fue contestar a las preguntas que suelen hacerme: “¿Dónde estabas metido en tal época?”. La respuesta varía: conduciendo autobuses de turistas, gestionando una compañía de globos o perdiendo la virginidad en un bote salvavidas de un barco que iba hacia Alejandría; esto último, por cierto, animado por un rabino. Cuando lees lo que has escrito, por supuesto, descubres cosas serias más allá de las anécdotas.

Hace poco te preguntaron cuál es el sitio más raro donde has tocado. Respondiste que “en una gasolinera, consolando la nostalgia de un chico de Sri Lanka”. ¿Nos cuentas la historia entera? Es la gasolinera que tengo al lado de casa. Algún domingo por la mañana me acerco a tomar un café en la máquina. Vivo en una vieja granja convertida en pisos, junto al aeropuerto de Heathrow. Los chicos que la atienden son muy majos. Este verano uno de ellos estaba triste. La clientela son tipos duros, obreros del transporte y gente así. El dependiente afligido me pidió que le tocara una canción. Siempre llevo la guitarra a la escuela, así que la tengo en el coche. Toqué una canción mía y “Baby’s Request”, de Paul McCartney. Luego se acercó una chica con pinta de dura para pedirme un bis. Fue un momento especial y eso que he tocado en sitios más bonitos, como cimas de montañas o la orilla del mar.

Los movimientos sociales británicos se han rebelado contra la construcción de una tercera pista de despegue en el aeropuerto de Heathrow. Dicen que es innecesario y que fomenta el cambio climático. ¿Has participado en las manifestaciones? Qué va, ya te dije que no tengo espíritu colectivo. Nunca he protestado por nada en mi vida. En cualquier caso, espero que no la construyan. Lo primero que el plan se lleva por delante es uno de los dos colegios donde trabajo.

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