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PACO DE LUCÍA, El genio “especial”

Paco de Lucía, la figura más relevante de la guitarra flamenca.

 
 

ARTÍCULO (2014)

PACO DE LUCÍA El genio “especial”

El algecireño Francisco Sánchez Gómez, más conocido como Paco de Lucía (1947-2014), dejó una discografía compuesta por 36 álbumes y un reguero de conciertos ofrecidos por todo el mundo con los que elevó el flamenco a la altura que por derecho le correspondía. Y consiguió, sin leer partituras ni saber composición, convertirse en un genio de la guitarra casi desde el inicio de su carrera. Silvia Cruz Lapeña lo despidió con este artículo.

A Paco de Lucía lo intentó abortar su madre, cansada de pasar fatigas con tantas bocas a las que alimentar, pero no lo consiguió. “Se bebió una mezcla de aguardiente, clavo y azafrán con la que casi explota”, explica el crítico Manuel Bohórquez, refiriéndose a la portuguesa Luzia Gomes, la mujer de quien tomó el nombre artístico el guitarrista. Pero el crío salió adelante demostrando una resistencia que exhibiría muchas veces a lo largo de su vida y que sería la clave de su éxito. ¿Tenía talento? Sí. ¿Tenía una habilidad inconmensurable para tocar la guitarra? También. Pero es en las miles de horas de práctica donde hay que buscar las claves de su brillantez, pues los que lo conocieron saben que jamás bajó la guardia y que se encerraba días enteros tocando un instrumento que solo se doma a base de ensayo. Su padre, Antonio Sánchez Pecino, le dejó muy claro desde pequeño que para superar al fantástico trío que conformaban las bases del flamenco –Ramón Montoya, Niño Ricardo y Sabicas– tendría que tocar hasta la extenuación.

Sobre la genialidad de Paco de Lucía se ha dicho de todo. Y es posible que muchos le atribuyan ese genio porque todavía hay quien ve imposible que alguien sin nociones de composición y que no sabía leer una partitura fuera capaz de tantas cosas. Es una atribución, esa del genio, que también hacen algunos cuando escuchan a un flamenco abrir la boca y transformar, cuando no inventar directamente, unos versos que a cualquier escritor le llevaría media vida componer. La cultura, eminentemente oral, en la que se criaron Paco de Lucía, su hermano Pepe o Camarón de la Isla resulta muy lejana para la alfabetizada sociedad del siglo XXI, pero en la parte del siglo XX en la que ellos vivieron, así como en el lugar donde crecieron, Cádiz, y las condiciones sociales y económicas con que se hicieron mayores, la formación del espíritu pasa por las canciones, por los poemas recitados de memoria y por dichos populares que suelen albergar no solo sabiduría, sino también nociones de métrica y armonía. No es que en Andalucía se pasen la vida cantando y bailando, como les gustaba creer a los escritores románticos que la visitaron en el siglo XIX, es que se vive rimando porque aún es, en parte y afortunadamente, una sociedad oral, es decir, musical. Paco de Lucía poseía unas cualidades innegables para el toque de guitarra, un oído finísimo para la música, pero, sobre todo, un tesón inconmensurable que suplió las carencias teóricas que pudiera tener al principio: “En la composición, como dijo alguien, hay un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración”, le dijo a José Maria Gaztelu en una ocasión, quizá un poco harto de que se le preguntara una y mil veces por el origen de su talento.

 
PACO DE LUCÍA, El genio “especial”

Inspiración y trabajo. Así se hacen los genios.

 

En poco tiempo De Lucía se convirtió en bisagra. Con motivo de su muerte, el periodista Arcadi Espada recordaba un nombre fuera de la terna de guitarristas antes citada: Diego del Gastor, un tocador casi sin discos que apenas salió de su pueblo, de estilo hondísimo y maestro improvisador. Apuntaba Espada que cuando en 1973 murió el de Morón de la Frontera, Paco estaba en plena grabación de “Fuente y caudal” (Philips, 1973), una circunstancia que empuja a pensar en una especie de relevo imaginario y silencioso que llevaría la guitarra flamenca derecha al siglo XXI. Paco de Lucía tomó el testigo casi sin saberlo, pero lo tomó para transformarlo, algo nada fácil en un mundo, el del flamenco, al que le sobran guardianes de la pureza. Y esa fue otra de las cualidades, y no menor, de Paco de Lucía: la necesidad de retar a sus mayores. Lo hizo cuando aflamencó el cajón peruano y cuando a palos tan serios como la taranta les metió un bajo eléctrico. Lo hizo de nuevo cuando se atrevió con el jazz, aunque las manos de Chick Corea y Al di Meola, entre otros, lo bendijeron desde el inicio, por lo que los retos que lanzaba De Lucía parecían siempre dirigidos a sus orígenes, a los cabales que abrían debates sobre lo jondo en los que Paco nunca entraba. En 1991, el día que tocó el “Concierto de Aranjuez” en el Teatro Bulevar de Torrelodones, con el maestro Joaquín Rodrigo presente, estaba nervioso como un chiquillo. Fue el único en subir al escenario sin partitura y, cuando al acabar la pieza el anciano compositor lo abrazó, la cara de Paco de Lucía era la de alguien sobrepasado por las circunstancias. YouTube nos brinda la oportunidad de ver la escena: al acabar, no parecía Paco de Lucía, sino más bien Francisco Sánchez Gómez, su yo sin guitarra, el que solía confesar en las entrevistas que no era consciente de la repercusión que tenía lo que hacía.

En esas entrevistas, Paco de Lucía demostraba ser un hombre parco en palabras, algo que seguramente le acercó de una forma casi mística a Camarón de la Isla. La relación de Paco y José la intentaron mancillar unos cuantos a cuenta de los derechos de autor que decían que el payo le había quitado al gitano. Retomaron su relación tras dos años sin hablarse y poco tiempo después Camarón se murió y lo dejó solo. A él le dedicó su Premio Príncipe de Asturias, pues sabía de sobras que ese galardón no era solamente para él, sino también para el flamenco y para su hermano perdido. Con él grabó trece discos espléndidos y se sintió acompañado en su deseo de explorar nuevos territorios. Francisco Peregil explica en “Camarón de la Isla. El dolor de un príncipe” (1993; Libros del K.O., 2014) que Paco le decía al cantaor: “Camarón, ten cuidado, no hagas tonterías, que el día que tú te vayas me voy yo también”. Esta biografía recoge sus regañinas a José por su mala vida; en ellas le pedía que se cuidara por el bien de ambos. Y esa frase, amante y correctora, adquirió sentido con el paso de los años, pues algo de aquel Paco de Lucía quedó anclado en su etapa camaronera. Él lo negó alguna vez, pero era obvio que en sus formaciones contaba siempre con una voz “acamaroná”, reflejo de lo mucho que echaba de menos esa manera descarnada de cantar que tenía el de la Isla, aunque es posible que lo que añorara por encima de todo fuera al propio Camarón.

Con otros guitarristas, Paco de Lucía fue siempre generoso. A pesar de que no quiso dar clases ni escribir libros, nunca le negó un ratito a cualquier chaval, aficionado o profesional, que quisiera enseñarle o preguntarle algo sobre el toque. “Tengo una gran responsabilidad, así que no puedo hacer una guasa y orientarlos negativamente”, explicó al crítico Alfredo Grimaldos en 2004. Quizá se acordaba de aquellos guitarristas viejos de los que intentó aprender y que, según él mismo explicó más de una vez, “tocaban de espaldas alguna falseta para que no se las pudieran copiar”.

Paco de Lucía grabó 36 discos y se dejó uno en el tintero: “Canciones andaluzas”, que tenía prevista la salida para el mes de abril y con el que exploraba la copla haciendo gala de otro don: innovar cuando nadie lo pedía y volver a lo básico cuando le apetecía. A los nacidos en Algeciras se les llama popularmente “especiales”, una cualidad que Paco ejerció practicando una libertad absoluta, un rasgo que no abunda en la guitarra flamenca. “Todos parecen hijos del mismo padre”, decía Paco Cepero, veterano tocador, quejándose no del algecireño, sino de la forma, casi monoteísta, con que se ha copiado su estilo. Al conocerse la noticia de su muerte, Manuel Bohórquez apuntó que la inmensa figura de Paco había taponado la salida de otros talentosos guitarristas y decía que ninguno intentará ocupar su lugar: “Y si alguno lo hiciera, seguramente sería para continuar su obra”, remataba el crítico, dejando claro que pasará tiempo hasta que alguien se salga del todo de la senda marcada por el genio “especial”.

 

CUATRO MUESTRAS

PACO DE LUCÍA, El genio “especial”

PACO DE LUCÍA
“Fuente y caudal”

(Philips, 1973)

En su quinto álbum en solitario, Paco se puso el mundo por montera e incluyó bongós y un bajo eléctrico para cambiarle la cara al flamenco. El disco supuso la bisagra entre el flamenco que se hacía y el que estaba por venir y consiguió atraer a sus filas a músicos y melómanos hasta entonces bastante escépticos. “Entre dos aguas” fue el tema, en forma de rumba (casi) improvisada, que obró el milagro de llegar a todo el mundo y convertirse en un tema universal.

PACO DE LUCÍA, El genio “especial”

Al di meola / john McLaughlin / Paco de lucía
“Friday Night In San Francisco”

(Columbia, 1981)

De Lucía, McLaughlin y Di Meola se reunieron en el Warfield Theatre de San Francisco el 5 de diciembre de 1980 para grabar este disco. El evento fue un reto para el algecireño, al que observaban los muchos vigilantes que tiene el flamenco. Salió airoso y, además de brillar junto a dos grandes del jazz, vendió un millón de copias, cifra impensable para un disco de flamenco.

 
PACO DE LUCÍA, El genio “especial”

PACO DE LUCÍA
“Zyryab”

(Philips, 1990)

En “Solo quiero caminar” (Philips, 1981), Paco de Lucía formó un sexteto flamenco en el que incluyó a su hermano Pepe, a Carles Benavent y a Jorge Pardo. Para subir un nivel, compuso “Zyryab” y amplió el sexteto con su estimado Chick Corea al piano y con un guitarrista de acompañamiento de lujo: Manolo Sanlúcar. Y él, como siempre o quizás mejor que nunca, hizo alarde de su prodigiosa técnica.

PACO DE LUCÍA, El genio “especial”

CAMARÓN
“Potro de rabia y miel”

(Philips, 1992)

Después de años sin colaborar, Paco de Lucía ejerció de director artístico en el último disco que grabó Camarón de la Isla, que moriría poco después. Se puso al frente de un trabajo en el que ambos artistas retomaron el pulso que le inventaron al flamenco años atrás y, con la ayuda de Tomatito, evocaron nombres tan jondos como el del Cojo de Málaga a ritmo de tangos, tarantas o sevillanas.

 
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