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PAOLO CONTE, Suspiros mediterráneos

Paolo Conte: socarrón abogado piamontés que grabó su primer disco casi a los 40 años.

 
 

ENTREVISTA (1996)

PAOLO CONTE Suspiros mediterráneos

Documento Rockdelux. Cuando la nostalgia queda eximida de tópicos sentimentalistas, se adivina tras el humo de un café mugriento la figura de este funambulista italiano, ebrio en la distancia, que camina seguro sobre las brasas del desamor. Un clásico imperecedero. Un lujo a orillas del Mediterráneo. Un hombre maduro de mirada turbia y encanto irresistible. Luis Lapuente lo entrevistó en 1996 y Paolo Conte le habló, entre otras muchas cosas, de “Razmataz”, el ambicioso proyecto de comedia musical (no editado en CD hasta el año 2000) de este Tom Waits italiano de larga trayectoria y mejor gusto musical.

No me cuesta imaginar el aspecto de Paolo Conte al otro lado del hilo telefónico. Tantas madrugadas seducido por el olor pringoso de sus canciones, tantos atardeceres de invierno arrimado a las brasas de su voz han terminado dibujando sus contornos en algún recoveco de mi código genético, como si buscaran sobrevivir más allá de los colores y las luces, aferrados a un suspiro mediterráneo.

Paolo Conte escupe historias sin final, instantáneas apretadas por su jerga de cronista mundano entre los límites de un pentagrama descolorido: cuando canta, cuando habla, es como si alguien al fondo estuviera emulando a Duke Ellington o a Thelonious Monk en algún piano demacrado por el humo de los cigarros y el runrún de las conversaciones. Tal vez sean reminiscencias de su vieja pasión por el jazz de entreguerras (“crecí escuchando ese tipo de jazz, el swing, las viejas orquestas de Lionel Hampton y Duke Ellington; soy un enamorado del jazz arcaico”) o imágenes prestadas de su memoria, de las caminatas nocturnas con su amigo, el guitarrista Jimmy Villotti, buscando un pequeño restaurante donde reponer fuerzas después de los conciertos o los ensayos: “Pasé con él muchos buenos ratos, conversando alrededor de una mesa, hablando de la música y de la vida. Le dediqué una canción, ‘Jimmy, ballando’ –en el álbum “Aguaplano” (1987)–. Hace ya tiempo que no está conmigo; decidió seguir su propio camino”.

“No te creas que ocurre solo en España. También en Italia y en Francia me conocen como el Tom Waits mediterráneo. Para los periodistas es muy fácil establecer este tipo de similitudes, pero yo no estoy de acuerdo"

Es curiosa la trayectoria de este hombre, un abogado piamontés –nació en Asti, cerca de Turín, el 6 de enero de 1937– sensible y socarrón que grabó su primer disco casi a los 40 años: “Siempre me gustó la música, toda la música, las grandes orquestas de jazz de mi generación. Recuerdo que a principios de los cincuenta me reunía con mi hermano Giorgio y algunos locos del jazz amigos nuestros. Naturalmente, solo éramos cuatro gatos, pero llegamos a formar una banda e incluso a participar en algún festival internacional. Yo tocaba el vibráfono, luego me enganché al pianoforte y empecé a componer para otros artistas italianos”. De esa época, la segunda mitad de los sesenta, datan canciones como “La coppia piú bella del mondo” (Adriano Celentano), “Messico e nuvole” (Enzo Jannacci) o “Tripoli ‘69” (Patty Bravo), y esa especie de himno del pop italiano que hizo suyo Adriano Celentano, pero que Paolo reivindica de cuando en cuando en sus actuaciones: “Interpreto ‘Azzurro’ con cierta frecuencia, pero prefiero centrar mi repertorio en las canciones que escribí para mí una vez que decidí emprender la aventura de cantautor”. Una aventura fascinante, que comenzó  con el álbum “Paolo Conte” (1974), apelativo que habría de repetir en su segundo y su sexto LPs: “En ninguno de esos trabajos tenía una idea muy precisa del título general del disco, así que le puse mi nombre. Bautizar un álbum es tarea complicada porque casi siempre se trata de un conjunto de historias con personalidad propia y diferenciada, así que habitualmente termino utilizando el título de una de las canciones”. De aquella época recuerda: las dificultades para ganarse un hueco en el fervor de un público poco acostumbrado a aplaudir los ejercicios de funambulismo creativo a la contra; las miradas de reojo de los ejecutivos discográficos; las comparaciones fáciles de la crítica, un fenómeno que le acompañaría, como una maldición, durante años: “No te creas que ocurre solo en España. También en Italia y en Francia me conocen como el Tom Waits mediterráneo. Para los periodistas es muy fácil establecer este tipo de similitudes, pero yo no estoy de acuerdo. Mis principios son más diversos; he bebido de muchas fuentes, de los ‘chansonniers’ franceses –desde Charles Trenet hasta Charles Aznavour, mi favorito–, de los cantantes de jazz de los cincuenta...”, de Gerry Mulligan y Astor Piazzolla, le apunto recordando el formidable “Paris Milonga” (1981), con todas aquellas canciones inolvidables, “Via con me”, “Alle presse con una verde milonga”, “L’ultima donna”: “Ah, sí; me gusta mucho el disco que grabaron juntos Mulligan y Piazzolla, es fantástico ese cruce de tango y jazz, dos músicas que me fascinan”.

 
PAOLO CONTE, Suspiros mediterráneos

“Con ‘Razmataz’ cumplí un viejo sueño: escribir una comedia musical, una instantánea del encuentro entre la música americana y la europea ambientada en el París de los años veinte”.

 

En 1985 Paolo Conte registró su primer trabajo en directo, “Concerti”. A sus canciones, como a toda la música de raíces negras, les sienta bien el sudor del escenario, la atmósfera cerrada de los clubs after-hours, el aroma rancio de los viejos teatros parisinos: “Lo más emotivo fueron las dos actuaciones en el famoso club Blue Note de Nueva York. Fue, sobre todo, una satisfacción moral, porque en realidad mis discos no estaban distribuidos en Norteamérica, y la gente no me conocía”. En plena madurez creativa, y a caballo con otro álbum en directo, “Live” (1988), Conte publicó dos discos excepcionales, “Aguaplano”, en 1987, y “Parole d’amore scritte a macchina”, en 1990. En ambos asomaba tímidamente la cabeza el gran dibujante y aventurero desaparecido Hugo Pratt: en “Les tam-tam du paradis”, uno de los mejores cortes de “Aguaplano”, extraído del espectáculo ‘Corto Maltese’, y en la portada de “Parole d’amore scritte a macchina”, una caricatura de Conte firmada por Pratt: “Conocí poco a Hugo Pratt; era muy difícil encontrarse con él, ya sabes, siempre estaba dando la vuelta al mundo. Era mi dibujante favorito, un tipo muy simpático, muy espiritual. Ese dibujo de ‘Parole d’amore scritte a macchina’ fue un regalo suyo. Tengo el original colgado en mi casa. Le pedí permiso para reproducirlo en la portada del disco, y él se mostró encantado”.

“Me gusta introducir palabras en español, en francés, en viejo napolitano, buscando un poco la fuerza de la imagen que me sugieren esos sonidos extraños a mi propia lengua"

La aventura anónima de tintes negros y surreales (“¡Ah! ¡Qué maravilla! / Uno se creería en Marsella / Hay un enorme atropello que recuerda la contradanza... / Alguien, Fantomas, vestido como un adefesio, ronda las calles...”), la introspección nihilista y descuidada (“Un viejo error quiere perseguirme y encadenarme / Y arrastrarme ahí delante a cada espejo para decirme: mírate”), el sarcasmo frente a las miserias del desamor (“Eh, eh, eh... / Me río porque, aparte del estilo de tu abogado, / son palabras tuyas de amor escritas a máquina”), los viejos arquetipos que Conte maneja como nadie. Y el sabor del teatro, omnipresente en sus textos y en sus músicas: “Es verdad que en mis canciones hay esa búsqueda deliberada de la esencia del teatro. Yo creo que es el resultado de las grandes enseñanzas de la escuela francesa: administrar tres minutos de música como si se tratasen de una pieza teatral”. El teatro y la música, la eterna quimera, el sueño del compositor centroeuropeo de entreguerras, la estética del music-hall: “Con ‘Razmataz’ cumplí un viejo sueño: escribir una comedia musical, una instantánea del encuentro entre la música americana y la europea ambientada en el París de los años veinte. Preparé el libreto de ‘Razmataz’ con mucho cariño; yo mismo dibujé las ilustraciones. Me impliqué mucho en el proyecto editorial”. Respiran también sus canciones cierto aire de fugacidad atrapada en la retina que, inevitablemente, acabó desembocando en el celuloide –“Via con me” planeando sobre las imágenes del film “French Kiss”–: “Escribo para el cine de vez en cuando. Hace poco colaboré con Roberto Benigni, por ejemplo, y compuse la música para una hermosa película de dibujos animados titulada ‘La flecha azul’”.

Paolo Conte es un hombre de alma renacentista y hablar pausado, una personalidad mercurial que se asoma al mundo en todos los idiomas desde la paleta de sus discos: “Me gusta introducir palabras en español, en francés, en viejo napolitano, buscando un poco la fuerza de la imagen que me sugieren esos sonidos extraños a mi propia lengua. También utilizo con frecuencia el inglés, sobre todo para darle un poco de swing a la melodía”. Se nos acaba el tiempo y le confieso mi admiración por LPs como “Paris Milonga” o “900” (1992): “Yo no puedo seleccionar uno de mis LPs, prefiero hablar de canciones en singular: de ‘Via con me’, ‘Arte’, ‘Lo zio’. No sé: al final, es el público quien escoge”.

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