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PAPA WEMBA, El perfume

El viajero multicolor: Patriarca de la rumba zaireña. Foto: Steve Pyke

 
 

ENTREVISTA (1996)

PAPA WEMBA El perfume

Documento Rockdelux: David S. Mordoh entrevistó a Papa Wemba (1949-2016) en 1996, cuando publicó “Pole Position” tras la aparición de “Emotion” (1995) en Real World, el sello de Peter Gabriel. Y presentó así el artículo: “Cuando suena la rumba zaireña, todo huele a esencias sinceras que seducen sin aturdir. Cuando la celebración alcanza su cenit, su voz sangra al entonar la palabra libertad. Cuando Peter Gabriel intentó fagocitarlo, él impuso su orgullo y aprovechó el trampolín del altruista blanco con síndrome de misionero arrepentido para inundar la vieja Europa con los colores africanos. Pero fue hace mucho tiempo; ¿demasiado ya?”. En efecto, fue hace demasiado tiempo ya. Tanto como historia ha tenido su país (Congo Belga, Congo-Kinshasa, Zaire y República Democrática del Congo) a lo largo de la vida del que fue su Rey de la Rumba.

Habíamos quedado a las cinco y media de la tarde para hacer la entrevista durante las pruebas de sonido, pero se nos comunica amablemente que Papa Wemba no vendrá, y que lo mejor que podemos hacer es ir a su hotel a montar guardia, con la promesa de intentar sacarlo del cuarto sobre las siete, para soltarnos cuatro palabras. Y allí estamos los tres pasmarotes de turno cuando una japonesa de treinta y pico, muy seria y modosa y bien vestida ella –mochilita de charol incluida–, nos pregunta si esperamos a Papa Wemba. Tras nuestra afirmación, nos invita a subir a su habitación para una mini rueda de prensa de lo más informal: él metido en la cama, los demás sentados alrededor de ella, y las grabadoras al lado de la lámpara de su mesita de noche. Con las sábanas blancas cubriéndole hasta la cintura, la camiseta de tirantes –también blanca– mostrando amplias zonas de su musculatura y de su piel, a Papa Wemba se le ve muy negro y muy fuerte, mucho más joven de lo que pudieran predecir sus 47 años.

“Cuando había un fallecimiento, mi madre era una de esas cantantes especializadas, una plañidera. No era una gran cantante ni era su profesión, pero la forma tan peculiar de cantar que tienen esas mujeres me ha marcado, y de algún modo la he imitado. Tuve la suerte de estar a su lado durante diez años en numerosos funerales; crecí en este ambiente”. La voz de Papa Wemba es como un punzón cálido, que hiere y a la vez cicatriza, penetrante y gratificante, especialmente eficaz cuando trabaja los agudos. Es una voz africana que resume técnicas, cualidades y emociones desde Sierra Nevada a Ciudad del Cabo, conviviendo entre sus notas tanto el lamento más profundo como esa alegría radiante de África que no tiene precio. Muchas veces, cuando canta, aun si la canción parece en principio intrascendente, Papa Wemba suena sobrecogedor.

“Zaire tiene aproximadamente cuatrocientas cincuenta etnias y su folclore se convirtió en nuestra fuerza. Hace medio siglo se importaba música afrocubana. Después vinieron los músicos del oeste africano y trajeron el high life, la última corriente importada que caló. Añádele a ambos estilos nuestra música local y tendrás los ingredientes de la rumba zaireña”

“Empecé en 1970 con Zaiko Langa Langa, del cual fui cofundador. Después de cuatro años formé otro par de bandas, Isifi Lokolé y Yoka Lokolé, y ya en 1977 montamos Viva La Musica. Muchas cosas cambiaron en Zaire gracias a Zaiko Langa Langa. La música entonces era dócil, con arreglos de cuerda y vientos subliminales. Nosotros le dimos más protagonismo al ritmo. También introdujimos el espectáculo visual en las actuaciones; nadie bailaba sobre el escenario mientras tocaba en los night clubs de Kinshasa. Durante aquellos años coincidimos con la promoción del presidente Mobutu de la ‘authenticité’, pregonando un retorno a los valores tradicionales para preservar nuestra identidad y no terminar fagocitados por la cultura occidental. Incorporamos instrumentos artesanales, recuperamos estructuras musicales ancestrales: Zaire tiene aproximadamente cuatrocientas cincuenta etnias y su folclore se convirtió en nuestra fuerza. Hace medio siglo se importaba música afrocubana. Después vinieron los músicos del oeste africano y trajeron el high life, la última corriente importada que caló. Añádele a ambos estilos nuestra música local y tendrás los ingredientes de la rumba zaireña”.

Papa Wemba es presentado en la sociedad europea a finales de los setenta como el rey de la SAPE, Sociedad de Ambientadores y Personas Elegantes. Más que una moda, era una manera de entender la vida, quizá queriendo demostrar que el pobre hombre de color africano también estaba al corriente de los últimos diseños de los modistos. “Quedamos pocos ahora, y básicamente somos músicos. Koffi Olomidé es otro ‘sapeur’. En la calle hoy prevalece el ahorro, y las cosas se ven de otra manera; la gente que tiene dinero prefiere guardarlo para un buen coche o una casa antes que gastarlo en ropa”.

Después de diez años, Viva La Musica es uno de los pilares musicales del país, capaz de llenar estadios y vender miles de copias (“Analengo”, en 1980, al que siguieron discos esenciales como “Love Kilawu”, 1987; “Place Vendôme”, 1989; “Foridoles”, 1994; y el reciente “Pole Position”, 1996; los cuatro editados por Sonodisc). En 1986, la metrópolis, París, le ofrece la oportunidad de cultivar su faceta de actor en la película “La vie est belle”, de Benoit Lamy y Ngangura Mweze. Lo que de verdad interesa, sin embargo, es su primer álbum a nivel internacional de la mano de Martin Messonier, “Papa Wemba” (Sterns, 1988), actualmente reconocido como pieza angular de la popularización de la música africana en Europa. Siete canciones fogosas que vibran en cuanto abre la boca, que supuran raigambre y asombran por su vigencia. “M’fono Yami” lo inaugura a lo grande, con un ritmo insidioso sobre el que Papa Wemba desplega su talento pausadamente hasta transportarte a la euforia del estribillo. “Bakwetu” trabaja sobre todo el ritmo con el primor repetitivo de la zona mientras “Analengo” impacta ya desde la frase inicial por su tono rasposo. Y el perfume con olor a vida de “Mukaji Wanyi” jamás se olvida. La canción más importante llega al final, con el emotivo himno “Esclave” fluyendo entre el quejido y el orgullo: la voz sangra al entonar la palabra liberté. ¿Soukous? ¿Rumba zaireña?

El vídeo de “Yolele”, canción que abre el segundo álbum de Papa Wemba para Real World: “Emotion” (1995).

“En Zaire, nadie habla de soukous; no existe. Es Europa la que se lo saca de la manga con su manía de etiquetar. El soukous en Zaire fue un baile de moda entre 1970 y 1975. Algún blanco fue por allí, vio una pareja bailando y preguntó qué música bailaban. Su interlocutor debió malinterpretar la pregunta y pensó que quería saber cómo se llamaba el baile. Nosotros hacemos rumba zaireña, con su melodía y sus textos bonitos. Se baila pegado en la primera parte de la canción, la lenta, y en el estribillo, donde todo se acelera, se despegan y bailan separados. En cambio, lo que en Europa llaman soukous es un derivado con aire africano de música disco, manteniendo el mismo ritmo a lo largo de la canción. Desde hace bastantes años, nosotros exportamos nuestro estilo y son los países vecinos quienes nos copian, como lo demuestra nuestro nivel productivo y la proliferación de músicos zaireños a lo largo y ancho de África”.

¿No significó la muerte de Franco, en octubre de 1989, algo parecido a la de Bob Marley para el reggae o la de John Lennon para el rock? “Franco fue un cantante muy popular, un grande de la música africana, que incluso influyó en la política de Zaire a través de la gente. Fue el canto del pueblo, la auténtica revolución; llegó a ir a la cárcel. Y no por un mensaje político explícito, sino por tratar temas polémicos mundanos, como cantar abiertamente a hacer el amor –describiéndolo con detalle– en una sociedad aún anclada en el pasado. Yo procuro ir con cuidado, decir lo mismo dando un rodeo. No olvidemos que los cantantes en Zaire somos un poco mensajeros, educamos a los oyentes”.

“Nosotros hacemos rumba zaireña, con su melodía y sus textos bonitos. Se baila pegado en la primera parte de la canción, la lenta, y en el estribillo, donde todo se acelera, se despegan y bailan separados. En cambio, lo que en Europa llaman soukous es un derivado con aire africano de música disco, manteniendo el mismo ritmo a lo largo de la canción”

En 1991 Papa Wemba graba “Le voyageur”, con sutil acento crossover. Se pública primero en Japón –donde se había grabado el directo “Au Japon” (Sonodisc, 1989– y Costa de Marfil para después pasar a manos de Real World, la empresa de Peter Gabriel, y ver la luz en Europa. Aquí las raíces ceden parte de su protagonismo al pop, de modo que encontramos un combinado tan mestizo como interesante. En “Matinda” conviven AOR y reggae; la resolución vocal de “Jamais Kolonga” es fantástica; “Yoko” suena intrascendente, aunque festiva; “Maria Valencia” y “Lingo Lingo” funcionan como arranque del álbum; y lo cierra una preciosa “Zero”. Pero la auténtica perla es la que da título al disco, con acústicas de porcelana sobre las que sobrevuelan los mil matices de su garganta.

Tres años después, en 1995, aparece “Emotion”, su segundo trabajo con Real World. Está mucho más dirigido al mercado occidental, en parte debido al productor Stephen Hague –Pet Shop Boys, New Order, Dubstar, etc.– y a una mayoría de músicos blancos. A pesar de la pulcritud y de algunos colaboradores de postín –ayudan Juliet Roberts, Lokua Kanza y Jean-Philippe Rykiel–, falta exotismo y sobran medias tintas: “Show Me The Way” ni llega a funky, “Image” lo reintenta acudiendo a la fórmula Gabriel, “Ah Ouais” peca de ampuloso y “Epelo” no supera lo cubano clásico. Solo la potencia de la apertura con “Yolelé”, así como la belleza acústica de “Sala Keba” y la rumba “Rail On”, recuperan destellos de su casta. “No me importa ni me molesta ser aconsejado por alguien como Stephen Hague. Soy de Zaire, me encanta la música de mi país. Podría quedarme allí toda la vida. Si salgo al exterior con mi música es porque hay un público y una demanda; divulgo algo. Personalmente, no obstante, prefiero la doble vía: enseño y aprendo. Aprendo de un productor europeo, mi música evoluciona y avanza. No es una cuestión de hacer concesiones o imponerse. Yo no impongo nada, ni siquiera a mis grupos. Esta es mi fuerza. Estoy muy contento de haber trabajado con Hague. Él no ha desnaturalizado mi música ni un ápice, al revés, ha aportado muchísimo, sobre todo en el plano técnico. Quiero demostrar mi ambivalencia, por eso ahora tengo dos grupos. Viva La Musica hace música local en Zaire, y Molokai es mi banda internacional. Molokai tiene un significado: resumiendo mucho, porque se trata de una larga historia, es mi habitación en Kinshasa, de la cual soy maestro de ceremonias”.

Papa Wemba, en su bolo barcelonés, se ha empeñado en colarnos la papilla de funk étnico en lugar de su arte original. “Hoy no traigo el lokolé, un tronco hueco que hace de instrumento y de teléfono en la selva”. Aun así, se las apaña, ensanchando el pausado “Rail On”, para enseñarnos a bailar la rumba zaireña. Fueron diez minutos deliciosos, capaces de borrar de mi memoria los posteriores solos de bajo y batería que me hicieron abandonar a las tres menos cuarto de la madrugada, cansado de esperar sin suerte “Le voyageur” y “Esclave”.

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