El día que el mundo se conmocionó por la muerte de Michael Jackson (entre otras cosas, uno de los grandes bailarines del siglo XX), le diagnosticaban un cáncer de pulmón a Pina Bausch, figura capital de la danza de todos los tiempos. Tan fulminante, que tardaría solo cinco días en morir, el pasado 30 de junio a punto de cumplir 69 años.
“Si hubiese existido un Nobel de la danza, probablemente habría sido la primera en ganarlo”, decía el diario ‘Frankfurter Allgemeine’. Y no exageraba. Sus espectáculos eran experiencias sobrecogedoras, inenarrables viajes existenciales. Coreografiaba el alma, más que los cuerpos. Fundió teatro y danza en un solo arte sin necesidad de argumentos ni hilos narrativos. Por más teatrales (y psicoanalíticos) que fueran, sus montajes conservaban la abstracción de la danza en estado puro, y todos los componentes de su compañía eran bailarines, no actores. Volvía una y otra vez a sus obsesiones temáticas sin agotarlas y, del mismo modo, impuso la serialización coreográfica como código estético mil veces imitado.
Philippine Bausch (que era como se llamaba) nació en plena Segunda Guerra Mundial en la ciudad alemana de Solingen, famosa por sus cuchillos. De complexión angulosa y afilada mirada, pasó gran parte de su infancia observando el mundo debajo de las mesas del cabaret que regentaban sus padres. Tuvo como maestro al precursor de ese teatro-danza que ella magnificaría, Kurt Jooss, y con 19 años destacaba ya tanto bailando que obtuvo un beca para estudiar en Nueva York.
Cuando en 1985 vino por primera vez a España (Mercat de les Flors, Barcelona), era ya un mito en vida. Fumadora compulsiva y vestida siempre de negro, se convirtió en icono de la posmodernidad. Fellini la convenció para actuar en “Y la nave va” (1983). Y también Almodóvar, muchos años después, en “Hable con ella” (2002). A partir de los años noventa compuso un buen número de espectáculos sobre ciudades de todo el mundo, nacidos generalmente de encargos institucionales, pero si a una localidad siempre se la vinculará es a Wuppertal, en la cuenca minera del Ruhr. A mediados de los setenta formó allí la compañía con la que crearía todos sus montajes, como si de un laboratorio humano se tratara, la mítica Tanztheater Wuppertal.
En 1975 su convulsa visión de “La consagración de la primavera” contenía ya muchas de sus señas de identidad; tres años después, “Café Müller” rompía ya todos los esquemas, y tras la traumática muerte de su escenógrafo y compañero sentimental, Ralf Borzik, inició con “1980” una nueva etapa de largos espectáculos-río emocionalmente devastadores. ![]()























