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PJ HARVEY, Viuda de guerra

Novedades desde el frente.

Foto: Seamus Murphy

 
 

ARTÍCULO (2011)

PJ HARVEY Viuda de guerra

En 2012, su carrera individual cumplió veinte años. Podría haberlo celebrado con la reedición ampliada de su primer álbum, con una antología patillera, con una estéril colección de dúos o con un aburrido disco de “regreso a las raíces”. Pero, en lugar de eso, Polly Jean Harvey nos recibió en audiencia real desde el campo de batalla. Y es que el duro pero conmovedor “Let England Shake” (2011), escogido mejor disco del año tanto por los redactores como por los lectores de Rockdelux, la puso en pie de guerra y nos empujó a repasar su carrera con nuevos ojos. Jordi Bianciotto recorrió las cicatrices de la vida de PJ en este artículo (que se completó con el comentario a toda su discografía, anexo disponible en el Rockdelux 295).

Oh, PJ Harvey, esa criatura a veces acusada de maquiavélica y narcisista. Una vez, en una entrevista, Nick Cave hablaba de su colaboración en “Before The Poison” (2005), de Marianne Faithfull, y en la conversación salió el nombre de su ex, también partícipe de aquel álbum. El veneno se virtió sobre la grabadora y salpicaría hasta a los empleados de la rotativa que imprimió las páginas. “Posiblemente Polly Jean Harvey nunca tocaría parándose a recordar que ese disco era realmente de Marianne Faithfull. Solo pensaría en ella misma”, le soltó un amargo Cave a David Saavedra (Rockdelux 222, octubre de 2004). Bien, han pasado algunos años y, observando la trayectoria reciente de la aludida, esa acusación se va deshinchando poco a poco. Ahí está ese frondoso “Let England Shake” (Island-Universal, 2011), donde aparece tan despegada de sí misma, tan abierta al dolor mundano.

Un trabajo que constituye un nuevo promontorio sobre el que contemplar la obra acumulada durante casi veinte años: PJ Harvey debutó con ese nombre, que inicialmente daba cobertura a un trío, con un concierto en el club Awesome, de Londres, el 12 de julio de 1991. Hablamos de un cuerpo creativo inquieto y cambiante, con el que PJ Harvey ha rehuido el uso de moldes y se ha desmarcado de los planes ordinarios de conquista del planeta (ella, que tiene como mánager a Paul McGuinness, el de U2). Cada vez que ha parecido que construía un modus operandi identificable, el siguiente paso ha ido en otra dirección. Nunca ha hecho dos discos iguales y ha asombrado con sus operaciones de reinvención adulta, en las que ha dado la vuelta a su lenguaje musical y ha aprendido a tocar nuevos instrumentos, extremos sin precedentes en el campo de artistas consolidados. Como si, para ella, reafirmar fuera enquistar.

Llegamos a “Let England Shake”, a sus alusiones a las heridas de Oriente Medio, las batallas campales en Galípoli y los huérfanos del mundo tras una singladura que, en sus primeros días, parecía ajena a esos traumas de la Humanidad. Polly Jean Harvey se abrió paso a finales de los ochenta como guitarrista, saxofonista y cantante de Automatic Dlamini, formación con la que, por cierto, realizó una gira española. Aquel artefacto post-punk de arte y ensayo estaba manejado por el resabiado guitarrista John Parish, y Harvey, que aún sopesaba la idea de dedicarse a la escultura, se desmarcó poco después, tras participar en dos discos –el no editado, aunque localizable por vías extraoficiales, “Here, Catch, Shouted His Father” (1990) y “From A Diva To A Diver” (1992)–, para crear su grupo propio, al que se llevó a dos ex Dlamini, Rob Ellis (batería, voz, armonio) e Ian Olliver (bajo). Con ellos creó la primera formación de PJ Harvey, banda que, tras la sustitución de Olliver por Stephen Vaughan, acabó alumbrando “Dry” (Too Pure, 1992), el disco que esbozó el personaje que, en poco tiempo, haría fortuna en la prensa: la indie cantautora árida que llevaba la lírica de género hasta su última frontera de sangre; que cantaba a un erotismo doliente, más voraz y carnicero que un coro completo de riot grrrls. La trovadora guerrera que leía a Burroughs, Bukowski y Nabokov.

 
PJ HARVEY, Viuda de guerra

El 9 de octubre de 2009, PJ cumplió 40 años, y todo apunta a que vive un ciclo de plenitud artística. Foto: Seamus Murphy

 

Había bebido mucho blues a través de la colección de discos de sus padres (John Lee Hooker, Muddy Waters, Howlin’ Wolf), enseñanzas que amplió con dosis de Hank Williams, Bob Dylan, Nick Cave y mucho Captain Beefheart, un referente de crudeza y desvarío que se revelaría capital en su obra. Su sonido crudo y temperamental sintonizó con el signo de los tiempos: The Fall y Pixies habían preparado el terreno y se oteaba la marea alta de Seattle, la bienvenida al espasmo guitarrero y a las revelaciones torturadas en primera persona. La Polly Jean Harvey de “Dry” y su extremado relevo, “Rid Of Me” (Island, 1993), producido por Steve Albini, se recreaba en imágenes de sexo explícito: masturbaciones, actos violentos y menstruaciones desfilaban, a veces con alusiones a figuras bíblicas y destellos de humor, en piezas como “Rub ‘Til It Bleeds” y “Me-Jane”. Pero, en directo, ese exhibicionismo no se correspondía con la puesta en escena: Harvey era una arisca alma en pena, con dificultad para comunicar. Un apunte personal: la recuerdo en agosto de 1992 en el Festival de Reading vestida de cuero negro, con el pelo recogido y una enorme guitarra Gretsch roja; pegada al micro y tan ascética como un cantautor. Nada que ver con la extrovertida vampiresa embutida en un mono rosa de cremallera entreabierta que, tres años después, haría salivar a los fotógrafos en el Festival de Glastonbury. Entre ambas escenas, un abismo (y una breve gira como telonera de U2, en 1993).

Harvey declaró a Jose Malsonando que adoraba “los discos incómodos, enfermos...” (Rockdelux 103, diciembre de 1993), pero “To Bring You My Love” (Island, 1995) dio a esa incomodidad y a esa enfermedad una vistosidad dramática muy bien hallada y que la ayudó a ampliar su público. Si bien el tema que daba título al álbum tomaba prestada su primera estrofa de una canción de Captain Beefheart (“I was born in the desert...”, de “Sure ‘Nuff ‘n Yes I Do”, que abría su primer álbum, “Safe As Milk”, 1967), el conjunto, de alta resolución en melodías y ambientes, resultó uno de los menos beefheartianos de su carrera. El período rojo, que nació y murió con ese disco (presentado en dos sucesivas visitas a España, mayo y noviembre de 1995, con Tricky y Ben Harper como respectivos teloneros), mostró a una Harvey con maquillaje y traje largo de femme fatale, que disfrutaba de su grata impostura ampliando el espectro cromático en una fértil cosecha de canciones, materializada con un nuevo equipo de colaboradores. El trío había muerto, y la arropaban cómplices como el productor Flood (U2, Depeche Mode, Cave), el repescado John Parish, Mick Harvey y Joe Gore. Se abría un período de amplia exposición pública, culminado con su dúo con Nick Cave en “Henry Lee”, incluido en “Murder Ballads” (1996). Un poco más tarde, Harvey se sumó al álbum de tributo “September Songs. The Music Of Kurt Weill” (1997), de Hal Willner, con una adaptación de la dolida “Ballad Of The Soldier’s Wife”, una canción que, por su temática belicista (y humanista), bien podría ser interpretada como un precedente de “Let England Shake”, y que previamente el productor había puesto en boca de Marianne Faithfull en su anterior homenaje al compositor judío alemán, el influyente “Lost In The Stars. The Music Of Kurt Weill” (1985). Sus colaboraciones de esos años (añadamos otras con Moonshake y Tricky) mantenían lógicas comprensibles: artistas afines, compañeros de sello o de imaginario sonoro compatible. Menos una: la que unió a Polly Jean con el miniaturista pianista catalán con pasaporte francés Pascal Comelade, cofirmando y cantando dos temas de su álbum “L’argot du bruit” (1998; uno de ellos, “Love Too Soon”, especialmente inspirado), junto a titulares habituales de la Bel Canto Orchestra como Jakob Draminsky y Gerard Jacquet.

Los primeros indicios de que PJ Harvey mantenía reservas, o algo más que eso, con el manual de uso de la estrella del rock fueron el anticomercial “Dance Hall At Louse Point” (Island, 1996; arisco mano a mano con Parish, amigo del alma) y, de nuevo en solitario, “Is This Desire?” (Island, 1998), un álbum mucho más humilde y opaco que su predecesor. El primer disco de PJ Harvey cuyo libreto reproducía los textos de las canciones, menos efectistas que en el pasado. Hasta entonces los consideraba indisociables del formato de canción y carentes de peso específico literario. Ahí restableció su equipo humano de confianza, que incluía a Eric Drew Feldman, ex colaborador de su héroe Beefheart y de visionarios como The Residents, Pere Ubu y Frank Black.

 
PJ HARVEY, Viuda de guerra

“Let England Shake” la trae de vuelta al rock, pero desde una perspectiva renovada, con contagios del folk y la canción popular y con instrumentos inéditos en su obra.

Foto: Seamus Murphy

 

Comparar a PJ Harvey con Patti Smith siempre ha provocado acusaciones de vagancia intelectual. La mayoría son merecidas. Pero, dejando al margen los paralelismos entre ambas, que los hay, en su manera de afrontar el rol femenino en el rock, adoptando un lenguaje y una actitud tradicionalmente atribuidos al hombre, una canción admite pocas reservas: “Good Fortune”. Un rock expeditivo, de corte neoyorquino, primo hermano de “Dancing Barefoot” y donde Polly Jean canta como si acabara de zamparse “Radio Ethiopia” (1976) o “Wave” (1979) de un tirón. Es una de las canciones de “Stories From The City, Stories From The Sea” (Island, 2000), el disco que su compañía recibió con los brazos abiertos para remontar las cifras de venta y colarse en los podios del año del Mercury Music Prize o de la revista ‘Q’. Una obra brillante, cabe decir. Demostraba que, de igual manera que un genio del arte abstracto siempre podrá pintar sin apuros un excelente cuadro figurativo, viajar del extremismo aventurero al convencionalismo es perfectamente asumible si contamos con un ingrediente clave: el talento. “Este disco es lo más accesible de lo que soy capaz”, repitió Polly Jean, una y otra vez, en las entrevistas.

Más de una década después, vemos que aquel trabajo supuso la última exposición de PJ Harvey al mainstream. Sus siguientes pasos irían encaminados hacia la cancelación de la estrella de gran formato, la demolición del lenguaje del éxito preconcebido y la apuesta por un senderismo de riesgo. “Uh Huh Her” (Island, 2004) –presentado en el Primavera Sound de ese año– fue el corte de mangas a quienes la descubrieron vía MTV, pero buscar refugio en un sonido de maqueta y en el rock desnudo, con trasfondo bluesístico, de sus inicios no era una jugada de largo alcance. Sirvió para hacer las paces con su subconsciente más respondón, pero se advertía el callejón sin salida.

En julio de 2007, PJ Harvey se presentó en la segunda edición de Summercase sola, acompañada de una guitarra eléctrica, un piano y una caja de ritmos. Y vestida con un traje blanco de novela de Emily Brontë, con el que posó en la portada del consiguiente álbum, “White Chalk” (Island, 2007), enfocada por una luz espectral que difuminaba sus rasgos faciales y le daba un aire de muerta viviente. No es corriente asistir a una reinvención tan integral, en un artista asentado, como la que Harvey afrontó en este disco sin ritmos rockeros, sin gritos, sin apenas guitarras; un contenedor de melodías lánguidas con fondo tembloroso. Se diría que, ahí, Polly Jean volvió a aprender a cantar, a respirar y a modular su voz de otras muchas maneras. Y a componer canciones, ahora con el piano como herramienta. “White Chalk” fue, pese al rupturismo formal, un disco “incómodo y enfermo”, como los que le gustan; pero si en obras pasadas el cuadro clínico apuntaba hacia la necrosis severa o la esquizofrenia, aquí todo transcurría en los cauces amables, tranquilos de una estancia en un viejísimo balneario de alta montaña para enfermos terminales de tuberculosis.

El 9 de octubre de 2009, PJ cumplió 40 años, y todo apunta a que vive un ciclo de plenitud artística. Antes de que la acusaran de espiar a Joanna Newsom con el rabillo del ojo, se embarcó en una aventura, “Let England Shake”, que la trae de vuelta al rock, pero desde una perspectiva renovada, con contagios del folk y la canción popular y con instrumentos inéditos en su obra. Ha recuperado su viejo saxo y ha aprendido a tocar el autoarpa, con el que ha compuesto buena parte de este material batallador y melancólico, que entra en materias nunca antes cubiertas por ella: la crítica al papel histórico de Gran Bretaña en el orden mundial y la desolación que dejan las guerras. Y mientras escuchas esas canciones de guerra y pérdida, mientras cruzas trincheras, pisoteas cadáveres y oyes el llanto de las viudas preguntándote el porqué de todo ello (“In the fields and in the forests, / under the moon and under the sun / another summer has passed, / not one woman has revealed / the secrets of this world”), piensas que nunca como ahora aquellas palabras de Nick Cave habían sonado tan injustas.

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