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Pop cristiano, Fe en el pop

Los mormones Low (Alan Sparhawk, con sombrero).

 
 

INFORME (2010)

Pop cristiano Fe en el pop

Un artículo sobre el pop cristiano (el informe completo se puede leer en el Rockdelux 281). Inmersos en una cruzada doble contra los prejuicios del público y los de sus hermanos de culto, un pequeño grupo de músicos ha sabido imponer su talento sin renunciar a sus creencias. Hablamos de Sufjan Stevens, Low, Wovenhand, Damien Jurado... Nombres de primera fila que comparten su fe y su clarividencia en canciones donde la calidad eclipsa el contenido religioso. No son un movimiento de moda ni un ejército evangelizador, no son ortodoxos de ninguna iglesia –ni de la de Cristo ni de la del pop–, pero son artistas de este mundo que sirven a Dios y a la música, circunstancia de la que dio testimonio Ruben Pujol en este texto.

A la espera de un desmentido final y definitivo, uno se atreve a afirmar que Dios no es más que una construcción cultural, nada muy diferente a la angustia adolescente, el amor romántico o la guerra de clases, y como tal, materia prima plenamente válida para convertirse en línea argumental de la cultura pop en cualquiera de sus manifestaciones. La fe, la religión más o menos institucionalizada o simplemente la espiritualidad pueden ser vínculos similares a otros condicionantes circunstanciales como los estilísticos, ambientales, políticos o generacionales que sirvan para crear movimientos artísticos y escenas musicales.

Se trata, además, de un fenómeno transversal que se ha manifestado con mayor o menor transparencia a lo largo de todas las épocas y en todos los géneros del pop y del rock desde sus orígenes en el gospel, el soul y el blues. Por poner solo algunos ejemplos conocidos: Johnny Cash era abiertamente religioso, The Byrds fusilaron del Eclesiastés para adaptar su gran éxito “Turn! Turn! Turn!”, Prince –o como se llame hoy– es ahora testigo de Jehová, la tardía conversión al cristianismo de Bob Dylan no le sentó nada bien a una gran parte de sus fans y hasta el primer gran éxito del hoy díscolo y materialista Kanye West se titulaba “Jesus Walks”.

A pesar de algunas excepciones destacables, como la banda de psicodelia-rock noruega Serena Maneesh, el paradójico encuentro entre la fe cristiana y la música popular es un fenómeno eminentemente norteamericano, motivado sin duda por las características sociológicas de ese país, la tradición integradora de su cultura y, no menos importante, su visión comercial. Y es que, en Estados Unidos, las ventas de discos de pop y rock cristiano, lo que vino a bautizarse como Contemporary Christian Music (CCM), alcanzaron en 2001 cerca de setecientos cincuenta millones de dólares, más que el conjunto de lo que se vendió de jazz, música clásica y new age. Y eso sin contabilizar productos mainstream que destilan la imaginería y los mensajes religiosos como reclamo estético de una forma más o menos diluida, como Madonna, U2 o Evanescence.

“Why should the devil have all the good music?” –“¿Por qué ha de tener el diablo toda la buena música?”
(Martín Lutero)

Fuera de ese escenario, cierta sensibilidad religiosa menos dogmática y conservadora ha hecho florecer un reducido número de bandas y de sellos que, si bien no esconden su condición cristiana e incluso la hacen evidente en sus creaciones, no la erigen en su estandarte ni utilizan su música como un medio para el proselitismo evangelizador. Así, puede entenderse que la actitud de artistas como Sufjan Stevens, Danielson –una banda que a menudo actúan disfrazados de médicos y enfermeras para simbolizar los poderes curativos de la música–, Wovenhand o Damien Jurado supone un gesto puramente transgresor en el seno del panorama musical actual, pues deben hacer frente a un doble prejuicio: por un lado, situados fuera del gran circo de festivales y radios cristianas del CCM –por motivos, fundamentalmente, de riesgo artístico y anticomercialidad– y sin el apoyo de la gran iglesia institucionalizada, su manera de tratar la religión en el marco de la música popular se considera aún hoy poco ortodoxa o incluso herética desde algunos púlpitos; por otro lado, la escena del rock clásico, e incluso la indie o alternativa, su público, prensa y colegas, a menudo recelan de estos artistas y se muestran incapaces de juzgar su talento y el valor artístico de su trabajo más allá de sus creencias religiosas. Así, cuando tras un primer disco de considerable éxito con Sunny Day Real Estate en 1994 se propagó el rumor de que el abandono de dos miembros del grupo se debía a la conversión al cristianismo de Jeremy Enigk, este se vio obligado a admitir abiertamente su recién encontrada religiosidad en una larga carta a sus fans en la web de Sub Pop.

“Is it so wrong to think there is more?”, se pregunta el mormón Alan Sparhawk de Low en “Whore”, del disco “Things We Lost In The Fire” (Kranky, 2001). Sparhawk forma, junto a su mujer Mimi Parker, el núcleo del grupo al tiempo que posee un proyecto paralelo, Retribution Gospel Choir, con una proyección religiosa mucho más evidente. “Todo el mundo cree en algo y tiene diferentes creencias. Es bastante desafortunado que la religión tenga tan mal nombre. Es decepcionante que doce árabes y George Bush hayan destruido la idea de la religión en el mundo entero, porque creo que la religión es la única cosa que puede cambiarlo”, comentaba hacer un par de años en una entrevista en la web ‘Muzikalia’.

 
  • Wovenhand

  • Danielson

  • The Welcome Wagon

  • Sunny Day Real Estate

  • Sufjan Stevens

  • My Brightest Diamond

“Es imposible separar la fe de la música, porque nuestras creencias son lo que nos urge a crear. Del mismo modo que un pintor agnóstico puede usar su arte para expresar su ideología”. Palabras de Sufjan Stevens en representación de esta corriente de artistas iluminados que nos iluminan con su música.

 

El elemento diferencial de esta nueva ola de grupos con raíces cristianas, el que los hace merecedores de verdadera atención al margen de la maquinaria del CCM, es que su calidad artística eclipsa el contenido religioso de su música. Y a pesar de que muchos de estos músicos y bandas se concentran en un puñado de sellos independientes como Asthmatic Kitty –Sufjan Stevens, My Brightest Diamond y The Welcome Wagon, entre los más conocidos– o Sounds Familyre –Wovenhand pero especialmente Danielson y toda la cohorte de heterónimos de Daniel Smith, quien ha llegado a darle gracias al Señor por Steve Albini, el productor de su último disco–, la política de contratación se basa principalmente en criterios musicales. “No creo que en nuestro sello exista un común denominador moral o estético”, afirma Michael Kauffman, A&R de Asthmatic Kitty, una pequeña discográfica fundada por Sufjan Stevens y su padrastro, Lowell Brams, hace once años. “Seguramente, entre nuestros artistas existan visiones del universo y de la política contradictorias, pero creo que en general todos nos respetamos mutuamente. El sello es en el fondo una comunidad plural cuyo objetivo no es otro que encontrar belleza en la música y comprendernos mejor a nosotros y al mundo”, continúa. Un objetivo que, seguramente, compartirán la mayor parte de los sellos y grupos con verdaderas aspiraciones artísticas.

“No se trata tanto de que nuestra fe influya en nuestra música como que nuestra fe vive en nosotros”, opinaba Sufjan Stevens tras la publicación de “Illinoise” (Asthmatic Kitty, 2005), un disco que va mucho más allá de las creencias y la espiritualidad para dibujar un fresco poético y de un alcance panorámico sobre la historia contemporánea de Estados Unidos. “Es imposible separar la fe de la música, porque nuestras creencias son lo que nos urge a crear. Del mismo modo que un pintor agnóstico puede usar su arte para expresar su ideología”, concluye Stevens, quien desde hace años se niega a contestar preguntas sobre su cristianismo.

“O come, let us sing for joy to the Lord; let us shout joyfully to the rock of our salvation”“Venid, cantemos con gozo al Señor, aclamemos con júbilo a la roca de nuestra salvación”
(Salmos 95:1)

Uno de los últimos fichajes del sello de Sufjan Stevens es The Welcome Wagon. Como pastor, Vito Aiuto canta himnos junto a su mujer y su congregación en la Iglesia Presbiteriana de la Resurrección de Williamsburg (Nueva York), pero The Welcome Wagon conciben su álter ego musical como un proyecto personal para expresar su profunda religiosidad y sus inquietudes musicales, y no como un instrumento para la captación de feligreses. Su debut, “Welcome To The Welcome Wagon” (Ashtmatic Kitty, 2008), contiene unos cuantos temas “verticales” –como se denomina en la jerga a las canciones que apelan directamente al Señor–, pero la delicadez de su lírica, la calidad de sus arreglos y el arrebato de euforia gospel que produce es plenamente universal.

Al igual que ocurre con The Welcome Wagon, buena parte de estos grupos y artistas tienen una relación directa con la iglesia, a menudo familiar, como el caso de los hoy desaparecidos Lift To Experience, dos de cuyos miembros eran hijos de predicadores, o David Eugene Edwards, el hombre detrás de 16 Horsepower y Wovenhand, hijo de un pastor nazareno. Pero más allá de una voluntad de construir una plataforma religiosa asociada a una iglesia en particular, sellos como Asthmatic Kitty y Sounds Familyre se articulan en torno a un profundo sentido de comunidad, viven su espiritualidad de manera íntima e intentan desvincularse de la institución eclesiástica como concepto unívoco. “Solo soy responsable de lo que canto. No puedo responsabilizarme de toda una cultura, o de toda una iglesia –dijo Stevens en ‘Pitchfork’ en 2004–. No puedo ser responsable de toda la Cristiandad, de todos sus errores y de la destrucción que ha causado. Esa carga no la debo llevar yo”.

Devotos o laicos, independientemente de los poderes celestiales o terrenales que cada cual desee otorgarle, cualquiera con algo más de sensibilidad que un hongo admitirá que Stevens es un músico sublime, con un don que nos conecta con su música a lo más trascendente de nuestra condición. Sea humana o divina. Y mientras esperamos (o no) una señal, la música, como la inmortalidad del alma, seguirá siendo un acto de fe. “¿Que si creo que la música es la mejor expresión del alma? No”, afirma Kauffman. “¿Hay alguna mejor? No”.

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