A la espera de un desmentido final y definitivo, uno se atreve a afirmar que Dios no es más que una construcción cultural, nada muy diferente a la angustia adolescente, el amor romántico o la guerra de clases, y como tal, materia prima plenamente válida para convertirse en línea argumental de la cultura pop en cualquiera de sus manifestaciones. La fe, la religión más o menos institucionalizada o simplemente la espiritualidad pueden ser vínculos similares a otros condicionantes circunstanciales como los estilísticos, ambientales, políticos o generacionales que sirvan para crear movimientos artísticos y escenas musicales.
Se trata, además, de un fenómeno transversal que se ha manifestado con mayor o menor transparencia a lo largo de todas las épocas y en todos los géneros del pop y del rock desde sus orígenes en el gospel, el soul y el blues. Por poner solo algunos ejemplos conocidos: Johnny Cash era abiertamente religioso, The Byrds fusilaron del Eclesiastés para escribir su gran éxito “Turn! Turn! Turn!”, Prince –o como se llame hoy– es ahora testigo de Jehová, la tardía conversión al cristianismo de Bob Dylan no le sentó nada bien a una gran parte de sus fans y hasta el primer gran éxito del hoy díscolo y materialista Kanye West se titulaba “Jesus Walks”.
A pesar de algunas excepciones destacables, como la banda de psicodelia-rock noruega Serena Maneesh, el paradójico encuentro entre la fe cristiana y la música popular es un fenómeno eminentemente norteamericano, motivado sin duda por las características sociológicas de ese país, la tradición integradora de su cultura y, no menos importante, su visión comercial. Y es que en Estados Unidos, las ventas de discos de pop y rock cristiano, lo que vino a bautizarse como Contemporary Christian Music (CCM), alcanzaron en 2001 cerca de setecientos cincuenta millones de dólares, más que el conjunto de lo que se vendió de jazz, música clásica y new age. Y eso sin contabilizar productos mainstream que destilan la imaginería y los mensajes religiosos como reclamo estético de una forma más o menos diluida, como Madonna, U2 o Evanescence.