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R.E.M., Shiny happy people

Mike Mills, Peter Buck, Bill Berry y Michael Stipe: ¿gente feliz?

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 90)

R.E.M. Shiny happy people

Tras tres décadas de vida, R.E.M. anunciaron su adiós el 21 de septiembre de 2011. En honor a su inmenso legado en forma de canciones eternas, revivimos aquí su cima artística, que llegó en 1992 con “Automatic For The People”. Fue el principio del mundo (tal y como lo conocíamos) para el cuarteto de Athens. Después del exitoso “Out Of Time” (1991), y siguiendo con esa buena racha creciente que, en aquel momento, parecía no tener fin, R.E.M. no se hicieron esperar demasiado y publicaron el reflexivo “Automatic For The People”, que se convirtió en su tercer LP masivo, el primero que se balanceaba en el vacío sin red de protección, y su gran obra maestra de madurez. Este artículo, publicado días antes de la edición del disco, fue motivo de portada en el Rockdelux 90 (octubre 1992) y sirvió para que un inspirado David S. Mordoh se preguntase si el mercado necesitaba un nuevo “Berlin”, un nuevo “Nebraska” o un nuevo “California” apto para todos los públicos... “Automatic For The People”, el octavo álbum de R.E.M., marcó la cima más alta en la carrera del grupo, una cumbre que nunca más pudieron alcanzar.  

Enciendo un cigarrillo. Estoy sentado en un sillón de mimbre confortable, parecido en inclinación a una mecedora. No importa el lugar; está anocheciendo, la temperatura es tórrida, y la bombilla del porche de la estancia no pasa de los 25 watios. Alrededor de su ridícula influencia luminosa se está desarrollando una escena –obra teatral– de envergadura y realismo admirable. Cientos de insectos deambulan, revolotean, se pisan, chocan o caen. Algunos, desde lejos, se lanzan volando directos a la fuente de luz. Salen rebotados pero insisten. Entre todo este barullo, tres salamandras esperan inmóviles en los aledaños –con su sempiterna paciencia– a que algún incauto cruce su espacio aéreo para derribarlo a bocados.

Enciendo otro cigarrillo. Toda ocasión excitante merece un cigarrillo, lo cual quiere decir que solo los aburridos gozarán de unos pulmones sanos en su vejez. ¿O también fuman por hacer algo? Vuelvo a la bombilla, cada vez más ambientada con la llegada de la noche. Y, de pronto, se me va la vista de este primer plano a un segundo tan lejano como infinito, al final, arriba, a la magnífica noche repleta de estrellas. Es absolutamente increíble. Todo, comparado a tal inmensidad, se torna pequeño; incluso los pensamientos mezquinos cotidianos. Y allí, entonces, desnudado por el minúsculo significado de mi yo, entre el silencio y el zumbido de los insectos, siento la magia de algo parecido a la felicidad. Y enciendo otro cigarrillo, no sin antes recordar que cuando me siento infeliz también los enciendo, de modo que lo que soy es imbécil. ¡Cuántas estrellas! Como si fueran a caer sobre ti. “They seemed to overlap”, cantaba Natalie Merchant en “The Painted Desert”, una canción clave del “In My Tribe” de los 10.000 Maniacs que iba más allá de la descripción: viajeros sin rumbo, amistades en la ruta, compartir un momento, compartir un silencio, la importancia del entorno natural en las reacciones y decisiones del hombre, etc, etc. Y las estrellas, que siguen avasallando mientras repaso mentalmente la magia de aquel disco. En él colaboraba escueto Michael Stipe. ¡¡Los R.E.M.!! Siempre capaces de sacarle punta a esos tropecientos millones de lucecitas fugaces en una canción y ametrallarte a golpe de sentimientos. Me gustan R.E.M. Más aún, podría decir que son mi grupo favorito si no es porque, a estas alturas, ya tiene uno como ochenta y siete grupos favoritos oficiales. 

“Forty thousand stars in the evening / look at them fall from the sky / forty thousand reasons for living (leaving?) / forty thousand tears in your eyes / … / I would give my life to find it / I would give it all / catch me if I all” (“Texarkana”).


EL PLACER

Cri cri cri. El sonido es el de una lagartija saciada tras devorar su última presa. La orgía de zumbidos se ha intensificado. ¿Cuánto tiempo más podré seguir disfrutándola? Pronto volveremos a casa, a la rutina. A la atrofia. Suerte que pequeñas anomalías, como la publicación de un buen disco, nos sacan periódicamente del pozo. El 2 de octubre está prevista la del nuevo de REM. Es una buena noticia. Por muchas razones.

 
R.E.M., Shiny happy people

“Todos herimos alguna vez”.

 

En primer lugar, hasta el momento R.E.M. jamás han defraudado. Sin mantener una línea ascendente vertiginosa, cada producto nuevo contribuye a consolidar su reputación y hace que el próximo sea ansiosamente esperado. Ahora mismo no recuerdo ningún disco de salida inminente –salvo “Bang” de World Party, por cierto aplazado hasta febrero– que me produzca mayor ilusión. Desde que me he enterado, cuando pienso en ello me entra un cosquilleo similar al de un niño en la noche de Reyes. Lo cierto es que sospechaba que tardarían más. Ya se sabe: grupo pródigo en discografía independiente ficha por multinacional y los lapsus entre cada nueva oferta se amplían cada vez más. Si se analiza el proceso tras el pacto con Warner, existían motivos de preocupación. “Green” aparece en noviembre de 1988. “Out Of Time” en marzo de 1991. “Green” vendió medianamente bien y se reflejó en dos años y pico de tardanza. Entonces, “Out Of Time”, que cuadriplicó las ventas –una subida aún más brutal en España, ya que aquí pasaron de la nada al todo–, les debería mantener proporcionalmente en silencio al menos hasta 1999. Pero R.E.M., a pesar de su nuevo tren de vida, no son los Dire Straits (afortunadamente). Mes arriba o mes abajo, o sea sobre el año y medio, mantienen una relativa puntualidad en el suministro de la dosis a su clientela. Y hablando de puntualidades, el repelente contra mosquitos con que me embadurné antes de la puesta de sol está en fase moribunda. Eso quiere decir que, en pocos minutos, si no lo remedio atrincherándome en la habitación o con un pringoso repaso de Autan, seré pasto de estos miserables chupasangres sin servidumbre política a ningún gobierno con mayoría absoluta. Los mosquitos chupan por libre.


EL ESFUERZO

Volviendo a seres benignos, confieso mi admiración por la estrategia de R.E.M. de los últimos cinco años. Aquellos temores de rendición a las fórmulas del sistema se borraron ante la bendita realidad de “Green” y “Out Of Time”. Dos discos efusivos en mostrar su grandeza como grupo y capaces de convertir a R.E.M. en uno de los nombres más famosos y rentables del planeta. Cuando escuchaba el año pasado “Losing My Religion” en cualquier rincón, por perdido que fuese, me alegraba por ellos. Para mí era la prueba de que un producto de nivel cualitativo elevado, si se le proporcionaba el mismo soporte de marketing que a los grandes monstruos aburridos y fastidiosos de la industria, podía triunfar tanto o más que ellos. Una simbiosis utópica calidad/accesibilidad cuyo éxito abriría las puertas a bastantes grupos merecedores de idéntica suerte. Y la guinda: viéndoles allí, en lo más alto, aún me parecen pocas las concesiones hechas (recuérdese que no hubo gira para promocionar “Out Of Time”); todo lo más el estribillo facilón de “Shiny Happy People”, o su beneplácito cuando se trata de mantener las reglas del juego (recoger algún galardón discográfico, entrevistas, etc). Tan fecundos como en IRS y con mucho mejor acabado: definitivamente, el ejemplo a seguir. Y la prueba es que todos los músicos a quienes me ha tocado en suerte entrevistar en los últimos meses, absolutamente todos –Throwing Muses, Pixies, Blue Aeroplanes, Forster & McLennan, Fatima Mansions–, efectúan algún comentario acerca de R.E.M. Les adoran y les envidian, porque el suyo ha sido un éxito sano, el sueño ideal de cualquier artista con escrúpulos. Si estos cuatro magníficos caballeros andantes del sur anunciasen su disolución ahora, muchos nos entristeceríamos aún más que aquel colega mío fan de los Beatles en 1970. Por cierto, ya que hemos tocado materia clásica y los mosquitos se están poniendo realmente pesados, nada tan eficaz como los remedios lugareños: una loción a base de aceite vegetal y limón –Citronela, muy refrescante– o el famoso coil, espiral verde –la misma Bayer fabrica– que se enciende por un lado y quema durante ocho horas, produciendo un humo que atonta a esas fieras del aire. Como de coil suelo andar bien provisto, corro en busca de uno para zanjar el creciente problema. ¡Fastuosos los problemas de las vacaciones! Evitar las picaduras de los mosquitos, no perder el bronceador, guardar la pasta, reconfirmar un billete, pensar un sitio para cenar: a veces incluso se convierten en un problema trascendente, y solo de regreso a casa me percato de lo dejado atrás. ¡Y qué poco falta para volver!

 
R.E.M., Shiny happy people

Rockdelux 90 (Octubre 1992)

Diseño: Joan M. Jubany

 

Mientras me deleito contemplando por penúltima vez el maravilloso cuadro de estrellas, recupero mentalmente el hilo de “Out Of Time”. Aun rechazando de plano la tesis de quienes les acusan de ablandarse –si lo hacen en tono peyorativo–, suena menos político que “Green”. Es palpable, sin embargo, un acabado de cantos redondos, fruto quizá de años conjuntos. ¿Cuántas bandas pueden presumir de su longevidad?

Han superado múltiples obstáculos durante sus doce años de vida en común. Desde el embrión en 1980, cuando el universitario Michael Stipe se escapaba de la clase en Athens para charlar en la tienda de discos con el dependiente Peter Buck, un californiano que llevaba ya tres años en Georgia tras la típica machada juvenil de viajar por Norteamérica. En 1981 Mitch Easter les graba un par de canciones en sus estudios de Winston Salem –“Radio Free Europe” y “Sitting Still”, publicadas en el sello Hib-Tone como single–, aperitivo de la posterior grabación de un EP de cinco canciones –donde no se incluyen las arriba mencionadas– llamado “Chronic Town” y adquirido por IRS, discográfica necesitada de un recambio a medio plazo para capear la jubilación de Police.

Después llegaría el éxtasis de una obra maestra como “Murmur” (1983). Pocas formaciones pueden presumir de un primer disco oficioso como este. Easter, junto a Don Dixon, permite que se compaginen –sin estorbarse– las cualidades vitales de R.E.M.: robustez interpretativa, plasticidad sonora, el instinto vocal urgente de Stipe, los numerosos guiños crípticos y la ostentación orgullosa de sus raíces. Seguramente sin “Murmur” no hubiese despertado el fenómeno del Nuevo Rock Americano (NRA), tan extendido a mediados de los ochenta con Rain Parade, Green On Red, Long Ryders o Jason & The Scorchers, y antesala de Hüsker Dü, Replacements, etc, etc, ¿Te das cuenta de su importancia? “Murmur” cambió el rumbo de los acontecimientos, devolviendo la fe en las guitarras tras un quinquenio de dominio de los teclados (siniestrogótico, tecnopop, etc), y no quiero pensar cómo habría acabado la historia si el grupo llega a aceptar ser producido por Stephen Hague.

Reckoning”, un año después, confirma y supera todo lo bueno escrito sobre ellos hasta la fecha. Son unos R.E.M. imparables, con la fuerza de los convencidos plantando su bandera en el mercado. Insisto en no destacar canciones de ambos LPs, se ha hecho en esta revista y en otras (además, ninguna de las veintidós merecería quedar sin mención).

“Reckoning” cumple perfectamente su objetivo. No avanza pero consolida. En cambio, “Fables Of The Reconstruction”, publicado en junio de 1985, supone un cambio de dirección inesperado. Grabado en Gran Bretaña –gris, lluviosa– bajo las órdenes del productor Joe Boyd –especialista de folk inglés y algún trabajo puntual americano, como el majestuoso “Wishing Chair” de 10.000 Maniacs–, abandona las tonadas optimistas por un ambiente sombrío. Historias del Sur profundo en principio perfiladas con arreglos country-folk dulzones, y reconducidas a lo largo de la grabación –y del influjo del entorno– hacia territorios inhóspitos. A veces “Fables” da miedo; de ahí su encanto.

“Lifes Rich Pageant” (1986) intenta poner las cosas en su sitio. El cartel de R.E.M. se ha resentido, de modo que hace falta mirar dónde paró “Reckoning” y partir de allí. Un productor como Don Gehman, artífice del rock vetusto de John Cougar, ayudará a hacer fácil lo difícil. El disco más sencillo de digerir –canciones normales en lo externo, con verso/estribillo/verso y acordes típicos de rock–, sin embargo, viene acompañado de la acerada pasión vocal de un Michael Stipe enfrascado en mostrar al mundo algunas de las injusticias del system. Y “Document”, publicado en septiembre de 1987 –cinco meses después de “Dead Letter Office”, recopilación de restos con tres versiones de Velvet Underground y una de Aerosmith–, aún suena más furioso debido al volumen de las guitarras en la mezcla de Scout Litt. Será su último trabajo oficial –descontando las chapuzas trastero para sacar dinero: “Eponymous” y “The Best Of R.E.M.”– para IRS.

 
R.E.M., Shiny happy people

“Intento no respirar,

la decisión es mía”.

 

“Green” mana de la misma fuente y posee un exquisito equilibrio entre lo rancio y lo aterciopelado, pragmático desde el prisma de una banda difícil de manipular por la discográfica. Es muy R.E.M. y a la par muy transigente. Como muestra, por primera vez divulgan el texto de una canción –es lo que me mata de esta gente– en los créditos del álbum. Tras él, “Out Of Time” y su sabrosa capa de gelatina accesible recubriéndolo –¿será porque en algunos temas se intercambiaron los instrumentos? –, esa entrada con el rapper KRS-1 de invitado –bastante en segundo plano– o el final vibrante de Stipe a dúo con –ejem… su nueva amiga… o una simple vecina de Athens que cantó bingo con B-52’s– Kate Pierson. Eso es División de Honor.

Bien, ya no recorren carreteras comarcales durmiendo en la furgoneta. ¿Y qué? Como en cualquier matrimonio duradero, manda el cariño. Y R.E.M. son un matrimonio: Michael Stipe por un lado, y el trío Peter Buck/Mike Mills/Bill Berry por el otro. Con sus discrepancias, avenencias y amistades personales. Se van de casa a menudo… pero por la noche vuelven. Michael ha colaborado últimamente, entre otros, con los Chickasaw Mudd Puppies, Billy Bragg, Golden Palominos y Magnapop (se hablaba de algo con Neneh Cherry). Los otros tres, tras acompañar a Warren Zevon en “Sentimental Hygiene” (1987), montaron junto a él los Hindu Love Gods, proyecto  revisionista de blues para los ratos muertos con un álbum hasta la fecha. También rescataron, con Peter Holsapple (el quinto R.E.M.), a sus venerados y toscos Troggs del ataúd, respaldándolos en su retorno con “Athens Andover” (y a Robyn Hitchcock, Nikki Sudden, Chris Stamey, etc.). Y juntos, como R.E.M., participan en cualquier movida digna, ya sea una banda sonora de Wim Wenders (“Until The End Of The World”) o un disco homenaje a Leonard Cohen (titulado “I’m Your Fan”, donde recrean “First We Take Manhattan”). Son puntos extras que, una vez sumados a sus indudables cualidades como artistas y personas y a un hecho irrevocable como el que “Out Of Time” fuese considerado EL disco de 1991, los convierte en el mejor grupo de rock del momento (estamos preparados ya para el aluvión de cartas ofendidas de fans de Guns N’Roses ante tal afirmación), y a su nueva publicación, en acontecimiento. Lo tienen todo; incluso el sentido común necesario para preservar su tesoro de los agentes nocivos que se interfieren diariamente en sus vidas.

 
LA CALMA

Quisiera quedarme aquí, entre lunas fogosas, bombillas de 25 watios, muebles de mimbre, salamandras y toneladas de calidez natural. Prefiero la riqueza humana de las gentes pobres a la pobreza mezquina de las gentes ricas. El desasosiego me invade al despedirme: otra vez a la miseria de Maastricht, los IPCs, las leyes que no se aplican y los condones. El cebo puesto en el anzuelo de retorno consiste en una nueva rodaja de R.E.M. La conclusión tras una sola escucha es que se trata de un disco lento y triste. No más triste en el fondo que el nivel habitual de R.E.M., aunque sí en la forma. Ningún tema contiene la electricidad suficiente para describirlo como rock y apenas dos alcanzan la viveza rítmica (???) de “Losing My Religion”. De cualquier modo, la intensidad –una intensidad diferente, propulsada más por piano y orquesta que por decibelios guitarreros– subyace, con un Stipe pletórico –su voz ruge estremecida y estremecedora– explayándose en narraciones que se acercan al espíritu turbador de American Music Club. ¿Necesita el mercado un “California”, un “Berlin” o un “Nebraska” apto para todos los públicos?

“Man On The Moon” (clip de Peter Care, 1992): segundo single de “Automatic For The People” y guiño al comediante Andy Kaufman. La canción dio título al filme de Milos Forman “Man On The Moon” (1999).

“Automatic For The People”, título del octavo trabajo y lema de un restaurador amiguete de Athens, se grabó bajo los efectos del éxito anterior. La inyección de dinero se percibe en la variedad de estudios utilizados: Nueva Orleans, Miami, Atlanta, Woodstock, Seattle, un verdadero periplo –compaginar turismo y trabajo en los lugares de moda agudiza la inspiración– acompañados por Scott Litt. La única novedad apreciable es la presencia de John Paul Jones –sí, exacto, el de Led Zeppelin– para los arreglos de cuerda. El inicio acústico de “Drive” – no “Driver” –, reposado aunque inquietante, deja paso a una guitarra dolorida reforzada con orquesta. Le sigue “Try Not  To Breathe”, uno de los numerosos medios tiempos armónicos del álbum. “Intento no respirar, la decisión es mía”. “The Sidewinder Sleeps Tonight” es, junto a “Man On The Moon” –hermosas guitarras surf–, la opción a extraer en sencillo, mientras que “Everybody Hurts” se desarrolla como un corte lento clásico. “Todos herimos alguna vez”. Estamos ante el único momento bajo de la grabación con el instrumental “New Orleans No. 1”, de interés relativo, sucedido por una solemne interpretación marcada por la acústica y el órgano –no falta el break de guitarra chirriante– llamada “Sweetness Follows”.

Abre la segunda cara el penetrante “Monty Got A Deal”. “Ignoreland” brota como un rock inocuo que paulatinamente va cuajando: es el tema de construcción más sólida. “Start Me A Kitten”, lento, sinuoso, contiene arpegios de fondo suavísimos tipo “Deer Hunter” mientras “Nightswimming” se fragua sobre un piano arropado por sección de cuerda, con la voz de Stipe emocionada. “La natación nocturna merece una noche tranquila”. Y finalmente “Find Me A River”, que, pese a cierto aire de fórmulas californianas de los setenta con su guitarra acústica y órgano, pone el punto final adecuado. Stipe canta en fase terminal, a la deriva, como si no le quedase otra esperanza que la de encontrar un río donde limpiar su cuerpo y reposar el alma.

A mí me queda la sensación de avance en la resolución del enigma que rodea a esta banda singular, pero también el regusto agridulce de no resolverlo definitivamente. El misterio de unos textos solo en parte descifrables, su misma ambigüedad, las portadas poco elocuentes –bien paridas, sin duda– y las proclamas socioecologicopolíticas. De lo que sí estoy seguro es de la calidad poética de Michael Stipe. Toca la cosa sensible. Pese a que a veces tu inglés no llegue para pillarlo todo, y otras, lo que dice no tiene coherencia en primera instancia, aun así, presientes que es importante, que tiene visión. Una canción de R.E.M. puede dejarme lleno o vacío, nunca impasible.


EL FIN

Enciendo otro cigarrillo. No sabe igual que allí, en aquella baranda tenuemente iluminada. Un rincón de soledad en medio de un mar de soledad. La soledad de la civilización –aunque tenuemente iluminada, civilización al fin y al cabo– como pica de Flandes ante la soledad sabia y ancestral de la naturaleza. Una fuerte lluvia va a caer. Quién me iba a creer si le cuento dónde he estado… donde ni el color es el negro ni cero el número.

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