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REFREE, Dulce decadencia

Una tarde cualquiera en México. Foto: Alain Kerriou

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 254)

REFREE Dulce decadencia

Refree y la época de “Els invertebrats” (2007). Al cuarto disco, la plenitud: Raül Fernandez, a quien pillamos en México cuando Jordi Bianciotto hizo esta entrevista, que fue motivo de portada en el Rockdelux 254 (septiembre 2007), perfiló en este álbum su noción de una canción de autor sensible, sofisticada y europeísta; poesía cotidiana desamparada, desplegada bajo una bruma mágica que se alimentaba, y todavía sigue haciéndolo, de inflexiones pop y gestos de narrativa jazzística. Fue la consolidación de un creador activo, comprometido en aquellos días con proyectos paralelos como “Immigrasons” y las producciones para Aroah y El Hijo, una constante en una carrera transversal que no ha cesado de generar lazos con numerosos artistas para continuar creciendo.

“Els invertebrats” (Acuarela, 2007) comienza con una resaca y termina con una adaptación de “Nana al niño que nació muerto”, poema de Gloria Fuertes: “Vívete, niño, vívete / que viene el coco / y se lleva a los niños / que viven poco”. Entre ambas, desfiles de prostitutas del Raval barcelonés, una gata que acumula años y ya “no corre al ver los hilos de coser”, una cena de exalumnos “de luto” y, también, alguna alegría entre las sábanas. Estrofas que describen intimidades envueltas en vestidos bordados a mano; pop de autor, cabría calificar, con la canción en el centro de un campo visual fronterizo con los modismos del jazz. Costumbrismo lírico minucioso, aunque esta vez el volante de Raül Fernandez, acaso con vida propia, se desvía hacia una carretera secundaria menos soleada.

“A veces, las metáforas retorcidas, al no ser comprensibles a la primera, pueden ser una manera de esconderte, así que no estaba seguro de seguir por ahí. Y ahora, quizás inconscientemente, al ver que la música era más compleja, he simplificado o, mejor dicho, he sido más directo al dar significado a las letras”
(Raül Fernandez)

La apreciación sorprende a este barcelonés de casi 31 años, ex Corn Flakes, ex-Sitcom, ex-Romodance y ex-Élena, que inició con “Quitamiedos” (Acuarela, 2002) una ruta paralela a bordo de Refree que, a través de “Nones” (Acuarela, 2003; mejor álbum nacional de aquel año según el Rockdelux 214) y “La matrona” (Acuarela, 2005), ha acabado derivando en un proyecto a tiempo completo, o casi. Bien, esta es su primera entrevista relativa al nuevo disco y confiesa no haber ordenado aún sus ideas sobre el clima de la grabación. Verbalizar es bueno, dicen los psicólogos. “Creo que sí hay una cierta decadencia en el disco”, admite por fin. “‘El Sant Sopar’, por ejemplo, es alegre, pero trata del paso del tiempo. Va de una cena de exalumnos. Nunca he ido a una de ellas, pero me preguntaba cómo serían y acabé haciendo una canción sobre cómo creía que podían ser. En ella, la gente se da cuenta de que ha pasado el tiempo y de que ser amigo a los 15 años no quiere decir que debas serlo también a los 30”, reflexiona en voz alta Fernandez, algo afectado, según parece, por su último cambio de dígitos. “A partir de los 30, empiezas a darte cuenta de que te estás haciendo mayor. Y, dedicándote a la música, eso es complicado. No puedes subir al escenario de igual manera ni hacer lo mismo que a los 20. Vivo una relación entre el paso del tiempo y mi trabajo un poco jodida”.

Tampoco hay que dramatizar. De momento, y antes de que las cosas se pongan cronológicamente feas (que se pondrán), Fernandez se ha encontrado en un punto de templanza mental que le ha permitido expresar matices que no habría sido capaz de desarrollar una década atrás. Apetito vital y melancolía, en un cruce de caminos animado por personajes desamparados e incompletos, con la brújula deteriorada; criaturas que “necesitan una muletilla para vivir”. De ahí el título del disco: “Se me ocurrió hojeando un libro en una tienda de Buenos Aires. Me recordó un trabajo sobre invertebrados que hice en ciencias naturales de 8º de EGB. En aquella época, la palabra me parecía supercientífica, pero ahora le veo un carácter más próximo. Me gusta, sobre todo, cómo suena en catalán. Y creo que muchos de los personajes de las canciones son así, invertebrados”. Les da vida con un lenguaje donde la descripción impresionista prima sobre la metáfora: “En ‘La matrona’ fui bastante más críptico con las letras. A veces, las metáforas retorcidas, al no ser comprensibles a la primera, pueden ser una manera de esconderte, así que no estaba seguro de seguir por ahí. Y ahora, quizá inconscientemente, al ver que la música era más compleja, he simplificado o, mejor dicho, he sido más directo al dar significado a las letras. Me daba miedo ser tan directo, pero después de escucharlas, estoy contento de que sean más comprensibles”.

 
REFREE, Dulce decadencia

Rockdelux 254 (Septiembre 2007)
Foto: Alain Kerriou
Diseño: Nacho Antolín

 

Ha pronunciado dos palabras, “música” y “compleja”, que nos llevan a tantear el terreno de los límites formales del pop, una etiqueta que ya no significa popular, sino que alumbra nuevos territorios, juegos, experimentos y diálogos temerarios. Ese contrabajo sinuoso de Manolo Cabras, esa batería ilustrada de Oriol Roca, el temblor pianístico de Giovanni di Domenico… ¿Hablamos de jazz? “No creo que el disco lo sea –ataja–. Pienso en términos de canciones, aunque tampoco es un disco de pop y no sé muy bien cómo se puede catalogar. Si el jazz es improvisación, bueno, este es un disco muy improvisado; cada toma que grabábamos era diferente de la otra. Escribí unas partituras muy básicas, sin los arreglos. Si piensas en el jazz como espacio de libertad, el disco podría serlo, pero creo que un músico de jazz diría que el disco es pop. Y la gente del pop lo ve muy jazz”.

Pienso en términos de canciones, aunque tampoco es un disco de pop y no sé muy bien cómo se puede catalogar. Si el jazz es improvisación, bueno, este es un disco muy improvisado; cada toma que grabábamos era diferente de la otra. Escribí unas partituras muy básicas, sin los arreglos. Si piensas en el jazz como espacio de libertad, el disco podría serlo, pero creo que un músico de jazz diría que el disco es pop. Y la gente del pop lo ve muy jazz”
(Raül Fernandez)

Una cierta gramática instrumental vinculada al jazz se desliza entre los andamios de “El sud” y “Que vivan los feos”, y en la corriente subterránea de “El portal”. Roca ya intervino brevemente en “La matrona”, pero es ahora cuando se adhiere a Refree como pieza integral. Colaboró, junto a Di Domenico y a la cantante Sílvia Pérez Cruz (Las Migas), en el proyecto “Immigrasons”, viaje al imaginario sentimental de la trashumancia entre Cataluña y Argentina pilotado por Fernandez y el músico bonaerense Ernesto Snajer, con plasmación en un álbum homónimo publicado este año por Discmedi. La experiencia ha dejado huella en “Els invertebrats”, no tanto por su clima emocional como por el nuevo peso adquirido por esa red de complicidades trasplantada a Refree. “Los músicos que han colaborado en ‘Els invertebrats’ tienen una manera de tocar muy libre y abierta. Yo iba un poco perdido en este disco. Tenía las composiciones, pero no sabía muy bien hacia dónde ir. Había días en que me apetecía hacer algo muy, muy pequeño, con pocos instrumentos y acústicos, y otros en que quería algo más potente y experimental”, revela Fernandez. En ese momento de confusión, el nuevo entorno ejecutivo fue decisivo, como quedó claro en el inicio de las sesiones, en Bruselas. “Fui con la idea de grabar cinco temas y hacer un EP. Ensayamos y salieron muy rápido, con un ‘feeling’ brutal. A veces tocas con gente y te esperas a ver qué proponen, pero ahí noté que todos estaban improvisando y mostrando cosas nuevas, que había una energía que se iba renovando. Acabamos grabando el disco en dos días, con todos los instrumentos al mismo tiempo, incluida la voz en algunas canciones”.

El bagaje jazzístico de los convocados se hace notar, aunque Fernandez dice valorar mucho más la actitud que las aptitudes. “Hasta ahora, no me había acabado de entender con los músicos de jazz. Pensaban que lo que hago está muy separado de lo suyo, o subestimaban el formato de canción. En cambio, estos músicos son muy abiertos. No son exactamente músicos de jazz; saben tocarlo, pero pueden hacer contemporánea, canción, clásica… Manolo Cabras, por ejemplo, ha tocado con Toots Thielemans, y tiene mil proyectos”. Le admira el clima de promiscuidad musical que ha encontrado en Bruselas: “En nuestro país la gente piensa: ‘Yo ya tengo mi grupo y no necesito tocar con nadie más’. Allí no”.

Al timonel de Refree se le acumula la faena. En los últimos tiempos se le ha visto como brazo derecho de Aroah y El Hijo. Su implicación en el disco colectivo “De Benidorm a Benicàssim” (2006), ideado por nuestro colega de estas páginas Luis Troquel, donde se citó con Jeanette en la canción “CD virgen”, traerá cola: la cantante británica, con quien ya había trabajado en el concierto de 2004 de The Rockdelux Experience, desea romper dos décadas de silencio discográfico y Fernandez está en su punto de mira: “Me ha dicho que le gustaría que le produjera el disco. Es posible que tenga miedo de que le haga algo demasiado experimental, pero me gustaría hacerle un disco muy elegante”, explica. Sus intenciones son honestas, que diría Elvis Costello. También lo fueron en su pulso con Roger Mas en el último disco de este, “Mística domèstica” (2006), aunque el resultado quedó a medio camino entre la bruma mística del autor de Solsona y el mundo, un poco más coloreado, de Refree: “Ambos estamos contentos con ese disco, pero tengo la sensación de que es un paréntesis de su carrera y de que él no lo siente tan suyo como los anteriores”. Y remata la reflexión con una idea que suena a aviso para navegantes: “A veces, un artista tiene que plantearse si al buscar a un productor está dispuesto a perder el control de su obra”.

 
REFREE, Dulce decadencia

Raül Fernandez: persiguiendo un pop sin restricciones.

Foto: Alain Kerriou

 

Él ha trabajado, en efecto, con Roger Mas y cuenta entre sus colaboradores habituales con Ricky Falkner, de Sanpedro. Son nombres que, junto con Antònia Font y, más recientemente, Mazoni, Guillamino, Sanjosex y Conxita, han rehabilitado a conciencia la fachada del pop en catalán, aunque ciertas tribunas de opinión y festivales como el FIB sigan ignorándolo con vocación desacomplejada (José Luis Morán, del FIB: “Prefiero apoyar a quienes canten en castellano que a quienes lo hagan en catalán, euskera o gallego”; ‘Avui’, 19 de julio de 2007).

Relación de amor-odio. No me acabo de sentir cómodo en Barcelona. No sé si es una incomodidad que también tendría en otros lugares, pero Barcelona es una ciudad complicada, con todo ese marketing, esa tendencia a montarlo todo de cara al exterior, como un gran escaparate. Y me cuesta pasear por mi propia ciudad. Vivo en el Eixample y noto mucho peso de gente y vehículos” (Raül Fernandez)

Raül Fernandez no es hombre de militancias; su proyecto bilingüe responde con naturalidad a su propio perfil biográfico, donde catalán y castellano han cohabitado pacíficamente. De hecho, debido a su trayectoria profesional, confiesa sentirse algo desconectado de la última escena barcelonesa (“creo que tengo más relación con músicos que no son catalanes: gente como Abel Hernández, Aroah y Nacho Vegas”), y reivindica su modelo lingüístico con tranquilidad: “Catalán y castellano te dan cosas diferentes. Sisa me decía que lo que hago es poco comercial, que debería hacer un disco en castellano y luego otro distinto en catalán, pero mis discos reflejan lo que soy. Yo hablo e incluso creo que sueño en los dos idiomas”. Se confiesa, no obstante, algo preocupado: “Fui el primero en muchos años en cantar en catalán en Televisión Española, en el ‘iPop’ de La2. Luego, en Benicàssim, nadie, en diez años, había cantado en catalán hasta Refree”, señala, con más sorpresa que orgullo. “Hay una parte de España que, no sé por qué, siente rabia por el hecho de que se hablen otras lenguas”. Su conclusión (con final abierto): “Cuanto más se cierran ellos, más nos cerramos nosotros, y esa no es la solución”.

Son reflexiones que Fernandez lanza desde su posición itinerante, con un pie en Barcelona y otro repartido entre Bruselas, Buenos Aires y Ciudad de México, donde ha presentado recientemente una nueva versión de “Immigrasons” retitulada “Vientos y lugares” y desde donde responde a esta entrevista. En ese escenario en movimiento, la capital catalana juega un papel algo borroso: el artista compara su “relación de amor-odio” con la que Thomas Bernhard vivió con Salzburgo. “No la vivo de una manera tan salvaje como él; sin embargo, no me acabo de sentir cómodo en Barcelona. No sé si es una incomodidad que también tendría en otros lugares, pero Barcelona es una ciudad complicada, con todo ese marketing, esa tendencia a montarlo todo de cara al exterior, como un gran escaparate. Y me cuesta pasear por mi propia ciudad. Vivo en el Eixample y noto mucho peso de gente y vehículos”, lamenta.

“Els invertebrats” termina su recorrido. Veinte segundos de silencio preceden a la canción final, “Nana al niño que nació muerto”: “Vívete, niño, vivete / que viene el coco / y se lleva a los niños / que viven poco”. Estrofas con un aura fantasmal que dan el toque de gracia a este disco sutilmente escorado hacia el desconsuelo otoñal. Raül Fernandez apunta que sus efectos se le escapan: “Se la toqué al piano a una amiga y se puso a llorar. Luego, el chico que hizo la masterización también me dijo que su mujer la había escuchado y que se había puesto muy triste. Pensé: ‘¡No sé si quiero causar ese efecto!’. No quiero destrozar a la gente. Por eso decidí dejar unos cuantos segundos y, así, quien quiera escucharla que la escuche”. Agracedemos a Refree que vele por nuestra estabilidad anímica. Tristeza a la carta: acceda a ella simplemente pulsando un botón.

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