Hoy es el día, 1 de abril de 2012, cuando coinciden diez teorías sobre el fin del mundo. Hoy se publica mi octavo disco, “Una araña a punto de comerse una mosca” (Todos Nosotros-Sinedín, 2012). En la República Popular China el 8 es un número que simboliza la buena suerte. En mi guión soñado, ahora aparecen en escena dos pájaros cantando, quizá algo desafinados. El sonido de una cascada es el ruido de fondo. Unos adolescentes bailan breakdance sobre nubes de látex. Un meteorito choca contra la Tierra y millones de estrellas fugaces espolvorean la atmósfera como cuando un dibujo animado se da un golpe que lo deja K.O.
¡BANG!
Su madre está enamorada de Kafka. Kafkiano. La hija está enamorada, que yo sepa, de Remate. Yo estoy enamorado de ella, es mi Laurie Allen (la musa de Daniel Johnston); y me visto de Shakespeare. Ella está embarazada. Nuestro hijo, ¿de quién estará enamorado? Este silogismo es un deporte de riesgo. El productor de “Una araña a punto de comerse una mosca”, Carlos Toronado, está enamorado de Plutarco, a quien Shakespeare parafraseó en muchas de sus obras. Pierrot, batería (el mismo instrumento con el que comenzó a practicar mi admirada Karen Carpenter), sin duda está enamorado platónicamente de Stanislavski, de su método de preparación física, mental y emocional –que, sin embargo, no es plenamente original de él, porque ya Shakespeare lo describe en uno de los parlamentos de “Hamlet”–. Y László Kóvacs, diseñador, camarada y gurú de todos los designios rematianos, está enamorado de Misuzu Watanabe, a quien jamás podrías seguir la estela cuando monta en bicicleta, sin necesidad de que haya niebla cerrada.
¡BOING!
Nací en 1974 en Madrid y empecé a practicar yudo y música a los 8 años. Con la música seguí más allá. Mi memoria puede que falle, pero no soy un farsante. Aunque sería divertido que todo fuera un montaje, que mis supuestos discos los hubiera compuesto otro, que yo fuera un informático, que el intérprete de mis canciones en realidad fuera Falete. Pero reconozco que a veces me gusta ir al zoo solo por ver a los mandriles. Y a las piscinas nudistas a pescar rumores.
Aún falta año y medio para alcanzar la década exacta desde que se publicó mi primer disco. Eso es mucho tiempo, me sobra para publicar otro y para hacerme un tatuaje, algo de Pink Floyd, y para que me lo borren con láser y para empezar a esnifar pegamento. Me enajena rebobinar. No necesito repasar las huellas que (me) hayan dejado en el camino mis siete discos, ahora ocho, el número atómico del oxígeno.