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RICHMOND FONTAINE, Fantasmas errantes

Dave Harding, Willy Vlautin, Sean Oldham y Dan Eccles: la ruta del suroeste. Foto: Alicia J. Rose

 
 

ENTREVISTA (2007)

RICHMOND FONTAINE Fantasmas errantes

Los de Portland, liderados por Willy Vlautin, crean “novelas musicadas” que se balancean entre historias de perdedores y amores sombríos, medios tiempos melancólicos y puntuales cascadas de electricidad. El cuarteto ha dejado constancia de su poderío en álbumes contenedores de una narrativa rock tersa y de pespuntes clásicos. Ramón Fernández Escobar habló con Willy Vlautin en la época de “Thirteen Cities” (2007), cuando su novela “The Motel Life” (2006) todavía no se había publicado en España.

“Me excitó mucho la idea de ir a grabar a Tucson e intentar escribir canciones sobre el suroeste y sobre cómo percibo esa zona de Estados Unidos”. Aunque lo parezca, Willy Vlautin no pretende competir con Sufjan Stevens ni ampliar la desaforada pretensión de este: dedicar un disco a cada uno de los estados de su país. Lo del líder de Richmond Fontaine es otra cosa. Y eso que el plan previamente desechado para “Thirteen Cities” (El Cortez-Decor-Popstock!, 2007), nuevo álbum de la banda afincada en Portland, tampoco pecaba de estrecho: “Quería hacer un álbum sobre el Oeste y su declive, algo que siempre me ha atraído. Y cuanto más viajo, más me doy cuenta de lo diferentes que resultan la realidad y mi imagen romántica”, confiesa Vlautin desde Londres, en plena gira europea, una andadura bastante más organizada que la de los personajes de su nuevo trabajo: “Gente que vaga dando tumbos de ciudad en ciudad en esa área del suroeste. Y las trece ciudades del título las voy mencionando, más o menos, en las canciones”.

“Quería hacer un álbum sobre el Oeste y su declive, algo que siempre me ha atraído. Y cuanto más viajo, más me doy cuenta de lo diferentes que resultan la realidad y mi imagen romántica... Gente que vaga dando tumbos de ciudad en ciudad en esa área del suroeste. Y las trece ciudades del título las voy mencionando, más o menos, en las canciones” (Willy Vlautin)

El compositor y cantante de estos aventajados de la americana que completan Dave Harding (bajo), Sean Oldham (batería) y Dan Eccles (guitarra) no evita una ligera exclamación afable antes de cada respuesta. Tampoco cuando compara “Thirteen Cities” con el muy austero “The Fitzgerald” (2005): “En el álbum anterior quería que primaran las historias, y ni siquiera cambié un ápice las letras para hacerlas encajar con la música. En este buscábamos un sonido mucho mayor y casi una banda sonora para mis relatos, por lo que las letras han girado más alrededor de la música”. Con dicho propósito, Richmond Fontaine han recuperado la pedal steel de Paul Brainard. “Toca con nosotros desde hace nueve años, pero decidimos que ese sonido preciosista no encajaba con el carácter inhóspito de ‘The Fitzgerald’. Aunque para conseguir una atmósfera, Paul es el mejor”, dice Vlautin.

Puestos a registrar “Thirteen Cities” en Tucson, nada más idóneo que los Wavelab Studios de Craig Schumacher, casi garantía de horneado crujiente y saludable: “Hay algo en esa ciudad que te hace tocar mejor. También en ese estudio... Allí los buenos músicos entran y salen, y el ambiente es muy cálido. Por eso ha significado mucho para mí que gente a quien no conocía, como Joey Burns o Howe Gelb, nos haya dedicado parte de su tiempo”. Toma colaboraciones: las voces cantantes respectivas de Calexico y Giant Sand, aunque se limiten a una aportación instrumental. “Con Joey trabajamos un día y medio y participa en tres temas –explica Vlautin–. Soy un gran fan de su música y de su escritura. Un tipo brillante, como el trompetista de Calexico, Jacob Valenzuela, quien también interviene. Howe se pasó por allí para recoger un micro y se mostró encantado con la posibilidad de tocar el piano en ‘$87 And A Guilty Conscience That Gets Worse The Longer I Go’, pero su mujer le había dicho que no podía llegar tarde a cenar esa noche y nos pidió hacerlo en media hora. Sin problemas”. Casualidades o no, ese corte lleva un nombre tan largo como los que pueblan el segundo álbum (ya prepara un tercero) que Gelb dedicó en su momento a piezas para piano, “Ogle Some Piano” (2004), mientras que otro tema, “El tiradito”, homenajea en su sonoridad a Calexico y a la cuna de la banda. “Es un término que en argot de Tucson significa músico o poeta”, aclara Vlautin.

 
RICHMOND FONTAINE, Fantasmas errantes

“Hay algo en Tucson que te hace tocar mejor”. Foto: Alicia J. Rose

 

Novedades al margen, hay una constante en los tres últimos largos de Richmond Fontaine: el productor JD Foster (Calexico, Richard Buckner, Laura Cantrell, Marc Ribot), ideólogo de la excursión a Arizona. “Hace años escuchó nuestras maquetas –cuenta Vlautin–, se quedó en mi casa y aceptó trabajar con nosotros por poco dinero. Actualmente es uno de mis mejores amigos, como un tío o un hermano mayor”. Y un hombre de método peculiar: “Se tumba en un sofá y comienza a decir: ‘Eso no me gusta, esto otro sí’... Hasta que de repente se levanta, emocionado, con una idea brillante. Y luego vuelve a tumbarse. Parece dormido, pero está escuchando. Así hasta que pide parar y que vayamos todos a comer o a tomar un margarita. Es muy relajante para mis nervios, porque yo siempre me siento muy inseguro sobre las canciones”.

“Una vez le pregunté a Dave Alvin, de The Blasters, por qué no se dedicaba a la literatura y me contestó con gracia: ‘No quiero pasarme tres años en una habitación, salir a buscar un editor, echarme una novia esperando no fastidiar esa oportunidad única, quizá perder un amigo tras tener que invitarme a un par de copas y luego volver al encierro’”
(Willy Vlautin)

Las historias de Willy suelen ser reales, aunque con licencias dramáticas. Le ocurre, por ejemplo, con “The Kid From Belmont Street”, llena de consejos para una supuesta alma descarriada, un vecino con el que nunca llegó a hablar: “Siempre me entristece ver a chavales que parecen estar pasándolo mal. No me lo podía quitar de la cabeza y por eso le escribí esa canción”. Parecido es el caso de “The Disappearance Of Ray Norton” (“una combinación de distintas personas  que he conocido, gente que de repente se vuelve más y más racista y con la que ya no quieres estar”), y más personal el de “St. Ides, Parked Cars, And Other People’s Home”: “Rompí con una novia y vagabundeé una noche mirando con envidia a las familias y los hogares ajenos. No entendía cómo podían permanecer unidos y aparentemente felices”.

Lo que Willy Vlautin más ama en la vida es escribir. Y tiene una novela publicada, “The Motel Life” (2006), cuya edición en castellano está prevista para el próximo verano: “Para escribirla recorrí un centenar de moteles de carretera en Reno, mi ciudad natal. Uno de mis mejores amigos vivió en uno de ellos durante quince años. De ahí partió la inspiración. Y yo, de niño, soñaba en verano con fugarme a un motel. Creía que con poder pagarlo bastaba para que se convirtiera en un hogar instantáneo”. Vlautin se mudó a Portland con 26 años (ha cumplido 38), y cuando vuelve a Reno no se queda en casa de su madre. Prefiere un hotel, como el Fitzgeralds Casino que daba nombre al anterior álbum de la banda: “Ella me odia un poco por eso, pero se acuesta a las siete y media y siempre se preocupa cuando salgo, por lo que era mejor dormir en otro lado. Además, así podía escribir”.

La gran palabra. ¿Cómo compaginar ser novelista con la vida de músico? “Me encanta estar en una banda –reconoce Vlautin–. Eso, además de huir de la bebida y el juego, es lo que me llevó a Portland. Una vez le pregunté a Dave Alvin, de The Blasters, por qué no se dedicaba a la literatura y me contestó con gracia: ‘No quiero pasarme tres años en una habitación, salir a buscar un editor, echarme una novia esperando no fastidiar esa oportunidad única, quizá perder un amigo tras tener que invitarme a un par de copas y luego volver al encierro. En una banda, aunque no seas muy bueno, puedes tocar cada viernes en el mismo club, beber gratis y conocer a las chicas que quieras’. Aun así, yo prefiero ser el de la habitación”.

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