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ROBERT FORSTER, Tiempo de asentamiento

El hombre tranquilo.
Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2016)

ROBERT FORSTER Tiempo de asentamiento

Siete años tardó la mitad superviviente de The Go-Betweens en publicar su último álbum, aunque sin nada traumático en su recorrido. El músico australiano elaboró “Songs To Play” (2015) con calma y en familia, y ese espíritu se reflejó en el contenido. Cada vez 
más seguro y perfeccionista en la artesanía de la canción, Robert Forster continúa sintiendo que la 
palabra susurrada siempre dice la verdad. Con él conversó David Saavedra.

Hace un sol resplandeciente en Madrid y Robert Forster, sentado en una terraza en el barrio de La Latina, se muestra entusiasmado ante la vida de la ciudad. El australiano ha venido en un breve viaje promocional que, reconoce, ha disfrutado mucho. El motivo: “Songs To Play” (Tapete-Gran Sol, 2015), su sexto largo en solitario y primera grabación en siete años. “Muchas de las canciones las escribí entre 2008 y 2010”, explica. “En aquel tiempo pensé que tenía el álbum finalizado. En 2012 compuse una buena canción, la grabamos, pero acabó por no entrar en el disco. Justo antes de registrarlo quería probar un nuevo tema, que fuese realmente fresco, y ahí salió ‘Learn To Burn’, que abre ‘Songs To Play’ a modo de declaración de principios sobre este nuevo comienzo. La letra está inspirada precisamente en el hecho de tener que esperar siete años hasta terminarlo”. En ella se visualiza como un personaje viajando en su coche a toda velocidad, pero también canta: “Pararé por gasolina / y pararé por Dylan”. Gran héroe musical suyo y una de las razones por las que formó The Go-Betweens junto a Grant McLennan en 1977, el de Duluth parece seguir siendo un referente ineludible para Forster. Él asiente. “Las cosas van muy rápidas, pero Bob Dylan sigue siempre ahí. Para mí es muy importante como músico y como compositor, pero también como personaje. Me gusta la forma en que se enfrenta al mundo. A pesar de que tiene mucho éxito, él mantiene una vida privada, tiene su música, sus libros o lo que sea, pero no se mete en la cultura del famoseo ni se fotografía para revistas con su familia. Le admiro por eso”.

“Mis padres no estaban interesados en la música, o no demasiado. Les gustaba Al Johnson y poco más, mientras que yo prefería a Creedence Clearwater Revival o David Bowie. Mi hijo, en cambio, a los 12 años empezó a escuchar a The Velvet Underground, así que ya no hay la distancia que existía cuando yo era niño”

Curiosamente, el músico de Brisbane bromea con que su nuevo trabajo se pudo haber titulado “The Family Album”. En él tocan su esposa, Karin Bäumler, y su hijo, Louis Forster, mientras que la modelo de la foto de portada es su hija Loretta. Eso me hace pensar en cómo ha revertido la situación narrada en una de sus últimas grandes canciones con The Go-Betweens, “Born To A Family” (incluida en “Oceans Apart”, de 2005). “Obviamente, mi relación con mis hijos es muy diferente a la que tuve con mis padres, que es muy buena, aunque con ellos existe una brecha generacional y de actitudes”, explica sosegadamente. “Mis padres no estaban interesados en la música, o no demasiado. Les gustaba Al Johnson y poco más, mientras que yo prefería a Creedence Clearwater Revival o David Bowie. Mi hijo, en cambio, a los 12 años empezó a escuchar a The Velvet Underground, así que ya no hay la distancia que existía cuando yo era niño. ‘Born To A Family’ significa dos cosas: que soy parte de una familia, pero que tuve que rebelarme para encontrar mi camino y, al mismo tiempo, no rechazar a mis padres. A los 18 o 20 años esto último se hizo muy difícil porque ellos no entendían lo que estaba haciendo”.

Además de ese aroma de tranquilidad hogareña, el sentido general de “Songs To Play” tira hacia lo contemplativo y hacia la asunción de la felicidad de las pequeñas cosas. Sus canciones celebran de modo sencillo el amor, la poesía o el paso del tiempo. Todo ello se contrapone a lo que se percibía en “The Evangelist” (Yep Roc-Tuition, 2008), un álbum mucho más oscuro, grabado en 2007, un año después de la muerte de Grant McLennan. ¿Es este un reflejo de su situación vital actual? “Diría que sí. Los últimos seis o siete años han sido bastante buenos y estables. Los niños han crecido, ya no están en el colegio. De no ser así, quizá mi esposa y yo habríamos viajado más, pero básicamente nos quedamos en el mismo sitio, en Brisbane, y no ha habido grandes desastres. Mis padres siguen vivos: mi madre tiene 88 años y mi padre 86. Es una época de asentamiento, y creo que eso está en las canciones. Las de ‘The Evangelist’ son muy diferentes, era otra época de mi vida”.

 
ROBERT FORSTER, Tiempo de asentamiento

“Sigo escuchando mucha nueva música. No puedes quedarte en casa y ponerte solo tus discos de Neil Young de los setenta”.

Foto: Alfredo Arias

 

Etapa también muy distinta es aquella en que grabó sus cuatro primeros trabajos en solitario, todos ellos publicados en los noventa por Beggars Banquet. “Danger In The Past” (1990), “Calling From A Country Phone” (1993), “I Had A New York Girlfriend” (1995) y “Warm Nights” (1996) llegaron en una etapa de transición entre la primera despedida de The Go-Betweens (tras “16 Lovers Lane”, de 1988) y su reconversión al siglo XXI con la excelente tríada formada por “The Friends Of Rachel Worth” (2000), “Bright Yellow Bright Orange” (2003) y el antes citado “Oceans Apart”. “Creo que en aquellos discos de los noventa estaba buscando algo”, reflexiona Forster. “Me gustan todos ellos, pero creo que en estos dos últimos sé más lo que estoy haciendo y estoy muy feliz con ello; era justo lo que deseaba hacer. Ahora que tengo 58 años quiero que todo sea perfecto. Aún me gusta experimentar, probar cosas nuevas, pero busco que todo sea correcto. No lo sé, quizá es por mi edad o por cómo soy yo ahora. Pero creo que sí, que son diferentes, que hay algún tipo de cambio”, certifica.

“Todavía pienso que no soy un músico natural, no de la manera de un Paul Simon o un Paul Weller o un Paul McCartney... todos los Pauls. Yo tengo que trabajar mucho en ello. Vengo del punk y, más importante, del post-punk. Esa fue una época en que la gente tenía ideas, pero no era brillante con sus instrumentos. Sabían tocar un poco y eso fue lo que hicieron

Después de cuarenta años escribiendo canciones, ¿considera que ha pillado el oficio, o todavía hay misterios que no sabe cómo atrapar? “Hay un poco de las dos cosas”, responde. “Las canciones aún me sorprenden, nunca tengo ni idea de cómo va sonar la próxima. Cuando acabo una, me paso tres o cuatro días hasta que digo: ‘Esto es lo que es’. Como en todas las artes, te tienes que acostumbrar a tomar decisiones muy rápidas, no tienes tiempo para darle muchas vueltas y plantearte demasiado las cosas. De repente está terminada y dices: ‘¡Waaauw!’. Más o menos al 50% tú sabes lo que estás haciendo, y el otro 50% simplemente sucede, tanto con la música como con la letra. Cada canción es aún una sorpresa para mí, pero, al mismo tiempo, domino la artesanía, sé cómo hacerlo y lo que estoy haciendo”. Pese a ello, reconoce sentirse muchísimo más seguro como letrista. “Todavía pienso que no soy un músico natural, no de la manera de un Paul Simon o un Paul Weller o un Paul McCartney... todos los Pauls. Yo tengo que trabajar mucho en ello. Vengo del punk y, más importante, del post-punk. Esa fue una época en que la gente tenía ideas, pero no era brillante con sus instrumentos. Sabían tocar un poco y eso fue lo que hicieron. Mis padres no tocaban nada, había muy poca música en mi casa, y eso significa que las melodías no me salen con facilidad. Puedo componer buenas melodías, pero me lleva más tiempo”, sostiene.

En los últimos años, por cierto, Forster ha desarrollado una interesante trayectoria como crítico musical en la revista australiana ‘The Monthly’. Parte de sus escritos se recopilaron en el libro “The 10 Rules Of Rock And Roll” (2009). Hablando sobre una de esas reglas acuñadas por él, la de que la formación perfecta para el rock es el trío, le pregunto si entonces considera que la mejor alineación de The Go-Betweens fue la inicial, con la batería Lindy Morrison como tercer componente. Dice que no, pero, a cambio, habla de Talking Heads cuando eran tres y de los Nirvana de “Nevermind” (1991) como los ejemplos perfectos. Le inquiero si su canción “I Love Myself (And I Always Have)” es una respuesta a aquel “I Hate Myself And I Want To Die” de Kurt Cobain, y se queda a cuadros. No conocía ese título y, tras la explicación, afirma flemáticamente: “Supongo que hay una diferencia entre Cobain y yo”. Hablamos largo y tendido sobre cómo él se siente más atraído por lo que se considera brillante y ligero que por los clichés de la oscuridad, de cómo el ambiente de Brisbane (parecido a Los Ángeles, apunta) le ha influido muchísimo y de cómo la lluvia, que ha inmortalizado en canciones como “Spring Rain” o, en este álbum, “Turn On The Rain”, tiene para él un sentido positivo y liberador. Y también de grupos nuevos a los que adora, como Vampire Weekend. “Me parecen geniales, en todo, la producción, las letras... y además son de Nueva York, como Talking Heads y The Velvet Underground. Para mí, ellos son los nuevos Lovin’ Spoonful. Sigo escuchando mucha nueva música. No puedes quedarte en casa y ponerte solo tus discos de Neil Young de los setenta”, asevera sin perder su entusiasmo ni su capacidad de conversación, agradecido porque la gente se interese por su obra y por hablar con él. 

 

De arriba abajo por las calles de Gràcia

El 4 de mayo de 2013, Robert Forster actuó en el festival Primera Persona de Barcelona junto a una formación ad hoc integrada por músicos locales. El vídeo del concierto se puede ver en la web de Rockdelux (en la recuperación del artículo publicado en el número 318 de la revista en papel, donde Adrián de Alfonso, uno de los componentes de la banda que tocó con él aquella noche, relataba su experiencia). Es ahora el turno del australiano: “Era la primera vez que me pasaba algo así y fue genial. Kiko Amat, el organizador del festival, me dijo si prefería tocar en acústico o con banda, y yo le dije que lo segundo, porque quería introducirme en el espíritu de la ciudad. Estuve allí una semana y realmente me metí en ella. Fue muy intenso, una de las mejores experiencias musicales de mi vida. También sabía que iba a ser un solo concierto y teníamos esta tensión, de pensar que todo lo que has estado preparando en secreto en esas calles de Gràcia, en un pequeño local de ensayo, de repente se llevaba a un museo enorme como el CCCB. Fue fantástico, un gran concierto y con unos grandes músicos y una gente maravillosa”, rememora.

Solo unos meses después, en noviembre de aquel año, Forster regresó a la Ciudad Condal para ofrecer un par de actuaciones acústicas en el Heliogàbal, las últimas que ha dado por aquí... hasta ahora. “Vuelvo yo solo”, informa él. “Me encantaría regresar más adelante con banda, pero, créeme: yo soy fantástico por mí mismo, no os voy a defraudar”, concluye entre inmodesto y bromista.

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