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ROSALÍA, Cantar a la muerte en la flor de la vida

Un futuro que mira al pasado. Foto: Óscar García

 
 

ENTREVISTA (2017)

ROSALÍA Cantar a la muerte en la flor de la vida

La primera vez que Pepe Habichuela la escuchó, dijo de ella lo mejor que un flamenco cabal puede apreciar: que canta como una vieja. Y, para más inri, con voz aniñada. Como si los cantes pretéritos se acabaran de inventar. Hay quien define a Rosalía como cantaora millennial, pero ella prefiere beber de las milenarias fuentes del arte jondo y subvertirlo, mano a mano con Refree, en el rompedor “Los Ángeles”. Luis Troquel nos la presentó.

Los Ángeles downtown. Una joven mira escaparates en el llamado “distrito de las joyerías”. Por su atuendo parece reflejarse en las cantantes de R&B. Empieza a andar, desnortada, por las desoladas calles angelinas. Una guitarra flamenca suena tenaz, invocando casi a Black Sabbath. Y cuando irrumpe la voz de ella, como el hilo que enhebra una aguja, descubrimos que en realidad se trata de seguiriyas puras y duras... A juzgar por las turbadoras imágenes de este inminente videoclip, parece que el fenómeno Rosalía no ha hecho más que empezar.

De la noche a la mañana, pocos nombres suenan tan cool como el suyo. Llena hasta la bandera ahí donde actúa. Tiene 23 años y lleva más de media vida cantando, aunque los últimos meses han marcado un antes y un después. “Con todo lo que está pasando me siento como bendecida, claro, pero tampoco sorprendida. Siempre he considerado que estaba predestinada para la música, con la certeza de que cosas como estas iban a ocurrir un día u otro”, asegura ella sin atisbo de arrogancia.

Antes de que saliera su recién editado primer disco ya se hablaba de él. “Los Ángeles” (Universal, 2017), se titula. “Puede referirse tanto a una ciudad como a esos seres que median entre lo divino y lo humano... Y que tal vez son los que te esperan también cuando mueres”. Este debut discográfico de Rosalía no esconde su carácter de dúo, al alimón con Raül Fernandez Refree, encargado de los arreglos, la producción y el único instrumento que la acompaña: la guitarra.

“Al hacer tal o cual palo flamenco me concentro mucho en el cante en sí mismo, pero no por ello impido que salgan otras influencias musicales que pueda tener. Respeto mucho todo lo que vertebra las melodías, su esencia; soy bastante rigurosa en esto. Y también con las letras... Después, en cuanto a intención, dinámica o manera de interpretar, me dejo llevar por la intuición”

Flamenco con f de folk, l de lisérgico, a de antiguo, m de minimalista, e de experimental, n de nuevo, c de canción, o de osado... O de ortodoxo también, aunque puedan parecer conceptos antagónicos. Cantes añejos, la mayoría de anónima autoría, recreados desde una inusitada perspectiva. “Al hacer tal o cual palo flamenco me concentro mucho en el cante en sí mismo, pero no por ello impido que salgan otras influencias musicales que pueda tener. Respeto mucho todo lo que vertebra las melodías, su esencia; soy bastante rigurosa en esto. Y también con las letras”, afirma Rosalía. “Después, en cuanto a intención, dinámica o manera de interpretar, me dejo llevar por la intuición”.

Parece increíble que una propuesta tan radical campe en las listas de éxitos y provoque semejante delirio en vivo. Como si fuese un recital “por derecho”, ellos actúan sentados, casi ensimismados, aunque el público termine siempre en pie. Precisamente, el videoclip del tema “De plata”, rodado en las calles de Los Ángeles por el colectivo Manson, muestra una faceta de Rosalía para muchos desconocida: no solo canta como los ángeles (valga la redundancia), sino que baila también con encendido embrujo y exuberante impronta. “Pero en estos conciertos la propia temática del repertorio pide algo más sobrio y austero”.

Que Rosalía canta de muerte, en el sentido más exclamativo de la expresión, era un secreto a voces. Lo que pocos esperaban es que se daría definitivamente a conocer con una obra conceptual de letras mortuorias. Y ella las interpreta en la flor de la vida. “Soy muy consciente de lo temporal que es todo, de que el tiempo pasa y no seré siempre joven. Incluso es algo que supongo que me ha condicionado en la manera de afrontar esta profesión. Me gustaría poder seguir sobre los escenarios de aquí a cincuenta años, poder mirar atrás y estar orgullosa de todo lo que ahora está ocurriendo”.

Que no es poco. Y por todos los flancos. A mediados del pasado 2016, con este proyecto ya encarrilado, el nombre de Rosalía brillaba inesperadamente también en otros ámbitos. El videoclip de una de sus colaboraciones con C. Tangana, el viral “Antes de morirme”, ronda ya los nueve millones de reproducciones en YouTube. Y de nuevo con la muerte como telón temático. “Pero en este caso fue absoluta casualidad, ya que aunque la canción la compusimos juntos, en el propio estudio, esa parte de letra era suya”. Casi al mismo tiempo, con motivo de otra colaboración (junto con el guitarrista flamenco Alfredo Lagos en varios conciertos), uno de los dominicales más leídos del país la incluía, a lo grande, en un vistoso reportaje entre seis de las más representativas cantaoras del momento. Todas gitanas, menos ella.

En el clip de “De plata”, rodado en las calles de Los Ángeles por el colectivo Manson, Rosalía no solo canta como los ángeles, sino que también baila con encendido embrujo y exuberante impronta.

Si el debut de Rosalía es extremo, su creciente público también lo es. Lo mismo profanos que eruditos del arte jondo. Sin casi medias tintas. “Los Ángeles” remite a un momento histórico en que el disco como objeto físico era, igual que ahora, una anomalía. Si hoy está a punto de morir, entonces nacía. Cantes tratados como si fueran canciones, grabados originalmente en viejos discos de pizarra por figuras como Manuel Vallejo, La Niña de los Peines, El Niño de la Huerta o Manolo Caracol.

“Si tú supieras compañero” eran cantiñas. “De plata”, seguiriyas con cabal. “Nos quedamos solitos”, malagueñas. “Catalina”, tangos. “Día 14 de abril” pasa de la taranta a la malagueña y remata por verdiales. “Que se muere, que se muere” era un fandango natural inspirado en una jota. “Por mi puerta no lo pasen”, tientos. “Te venero”, guajira. “Por castigarme tan fuerte”, fandangos a compás. “La hija de Juan Simón”, milonga. “El redentor”, una saeta, y “I See A Darkness”, una versión de Bonnie ‘Prince’ Billy ajena al flamenco. “Es como una declaración de principios. Fue la primera canción que cantamos juntos”.

“Me impulsa a cantar de una manera más visceral de lo que estoy acostumbrada. Raül es muy libre tocando, se lo permite todo, y eso hace que tú también te permitas cosas que, de otra manera, nunca harías como cantaora”

Rosalía y Refree se habían conocido por un espectáculo que puso en pie un servidor que estas líneas escribe: “Rumba surreal”, en el Mercat de les Flors, y como parte de la edición 2014 del festival Ciutat Flamenco de Barcelona. Giraba en torno a la colosal figura de Maruja Garrido. Yo había invitado a Raül y se quedó tan prendado con la intervención de Rosalía que quiso conocerla. Un día quedamos los tres, y cuando empezaron a charlar de su mutua pasión por Kendrick Lamar y James Blake descubrieron que tenían mucho más en común de lo que pensaban. Al final se habló más de subgraves, trap y R&B que de casi ninguna otra cosa.

Esbozaron un anglófilo proyecto electrónico, pero decidieron quemar las naves tras una actuación muy diferente, ya con Refree a la guitarra, en el Heliogàbal barcelonés. Lo suyo con la guitarra flamenca no es propiamente una conversión. En todo caso, un maravilloso sacrilegio. Altera acordes sacrosantos sin miramientos e inventa una manera de acompañar que no cualquier cantaor aceptaría, pues igual le da alas como la obliga a reptar entre octosílabos. “Me impulsa a cantar de una manera más visceral de lo que estoy acostumbrada. Raül es muy libre tocando, se lo permite todo, y eso hace que tú también te permitas cosas que, de otra manera, nunca harías como cantaora”.

Se llevan casi una generación. En los años noventa, cuando Refree asomaba la cabeza en grupos underground, Rosalía Vila venía al mundo. En un pequeño municipio del Baix Llobregat, próximo a Barcelona: Sant Esteve Sesrovires. Hija de asturiano y catalana y con una hermana mayor. De voz prodigiosa e inabarcable formación. Su primer flechazo flamenco fue con Camarón. “Era lo que escuchaban mis amigos en el parque. Abrían las puertas de los coches, ponían la música fuerte y oían a Camarón. Y me gustó tanto que me volví loca. Me dije: ‘Yo quiero ser cantaora’”. Ella tenía solo 13 años, y sus amigos, a juzgar por tan vehicular escena, bastantes más. “Siempre iba con gente mayor que yo”.

Encontró al maestro ideal, José Miguel Vizcaya “El Chiqui”, quien además la animó para hacer la carrera de música que justo este año está finalizando. Mayte Martín, pionera indiscutible de la escena en que Rosalía se inscribe como cantaora, fue de las primeras personas en proclamar su talento. Estudió también en el Taller de Músics, que propició colaboraciones de eco internacional con Chicuelo o el compositor clásico Enric Palomar. Entre melismas de ensueño, Rosalía ha adquirido una vertiginosa velocidad vocal. Y a esa misma velocidad vital parece ir. Mirando al pasado para proyectarse en un futuro que no se podría vislumbrar mejor.

 

La mano que mece la guitarra

Refree se ha encontrado literalmente entre las manos con un sonido diferente. “Para un guitarrista de folk, o pop o rock, como podía ser yo, la mano derecha de la guitarra flamenca es una concepción totalmente distinta; no te sirve lo que ya sabías”, confiesa Raül Fernandez Refree. Sin púa, con los dedos, aunque sin pretender en ningún momento pasar por “tocaor”. “Me di cuenta de que me gustaba el sonido sucio en determinados rasgueos, pero no era algo que buscara; más bien al contrario”.

Tanto el disco como los directos de “Los Ángeles” los ha hecho valiéndose casi exclusivamente de una sola guitarra. “Porque es la única guitarra flamenca que tengo, y me gusta mucho como suena: nada brillante, muy oscura...”. Una Ramírez de los años sesenta, de las llamadas “de segunda” (que, por tener una pequeña tara en el acabado, a veces simplemente ornamental, se venden más baratas). “Me encanta tocar con guitarras de segunda. Tienen una vida especial, y como yo tampoco me considero ningún guitarrista de primera, me siento especialmente cómodo con ellas”, añade Raül riendo.

Entre su apabullante currículo como productor, hay dos referencias de inevitable mención en lo que a “Los Ángeles” respecta: “granada” (2014) con Sílvia Pérez Cruz y “El Niño” (2014) de Rocío Márquez. “Dos discos sin los cuales este no existiría. Con Sílvia, sobre todo, por la revisión que hicimos de varias piezas de Morente; me abrieron una perspectiva nueva. Y Rocío ha sido la persona que me ha hecho morder la manzana del flamenco, me ha dado a conocer cosas muy antiguas con las que conecto mucho mejor”. También el trato con Kiko Veneno sería determinante. O con Pepe Habichuela. “La primera vez que lo escuché por seguiriyas pensé: esto es rock’n’roll”.

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