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RUSTIN MAN, Cuestión de tiempo

A fuego lento.
Foto: Lawrence Watson

 
 

ENTREVISTA (2019)

RUSTIN MAN Cuestión de tiempo

Diecisiete años después de aquel “Out Of Season” que firmó junto con Beth Gibbons, Paul Webb, exbajista de los imprescindibles Talk Talk, retoma su alias Rustin Man para publicar “Drift Code”, el primer disco en el que compone para sí mismo. El británico, acostumbrado a trabajar a la sombra de otros, asume un papel protagonista cuando ya nadie lo esperaba.

Paul Webb es un nombre que suena extrañamente familiar. Podría ser un lateral izquierdo del Liverpool, un hombre fuerte del Partido Laborista, un secundario de aquella película de Guy Ritchie. Sí, hombre, sí, aquella. Paul Webb podría ser cualquiera de esas cosas, pero resulta que, en realidad, no es ninguna. Es alguien, eso está claro, pero uno no termina de caer en la cuenta. Quizá porque el verdadero Paul Webb, el que aquí nos concierne, se ha tirado prácticamente toda su carrera en un segundo plano, trabajando sin hacer demasiado ruido.

“Coges la guitarra, empiezas a tocar, tienes una idea, descartas otra... Y, de repente, juntas algunas partes y tienes algo que se parece a una canción. Supongo que ese es el proceso que sigue la mayoría de la gente, es lo natural”

Primero, como miembro de los imprescindibles Talk Talk. Pasó más de una década, entre 1981 y 1992, entre esos inicios nuevaoleros y ese final de carrera que sentó las bases para el post-rock, tocando el bajo a la sombra de su colega Mark Hollis, el capitán del barco. Después, en los fugaces .O.rang, un proyecto que a duras penas pudo disociarse de Talk Talk. Más tarde, estrenando el alias Rustin Man para grabar “Out Of Season” (Go Beat, 2002) con Beth Gibbons, fundadora de Portishead, a la que discutirle algo de protagonismo, sea cual sea el contexto, es casi misión imposible.

“Desde el principio he estado cómodo fuera del foco de atención. Además, siempre me he sentido valorado por mis compañeros: estoy satisfecho con hacer mi trabajo y ser reconocido por la gente que tengo a mi alrededor. Nunca he necesitado más. Y quizá nunca he merecido más”, bromea Webb al otro lado del teléfono. La charla se produce a escasas dos semanas de que vea la luz su segundo trabajo como Rustin Man, “Drift Code” (Domino-Music As Usual, 2019), esta vez sin acompañamiento de Beth Gibbons... ni de nadie.

Un regreso solo ante el peligro que, a estas alturas, cuando ya roza la sesentena, poca gente esperaba. Puede que ni su propio protagonista. “Durante este tiempo, nunca he tenido el objetivo de grabar un disco, no pensaba en ello. Pero tampoco he parado de escribir canciones. Es lo que sé hacer; las compongo sin proponérmelo. Coges la guitarra, empiezas a tocar, tienes una idea, descartas otra... Y, de repente, juntas algunas partes y tienes algo que se parece a una canción. Supongo que ese es el proceso que sigue la mayoría de la gente, es lo natural. No creo que nadie coja la guitarra o se siente al piano pensando: ‘Venga, voy a hacer un disco’. Así es imposible que salga uno interesante. He trabajado como cualquiera, aunque es verdad que he tardado más tiempo de lo normal en tener suficientes ideas para darme cuenta de que podría juntarlas en un álbum”.

Vídeo de “Judgement Train”, uno de los temas de “Drift Code”.






“Algunas letras tienen tanto tiempo que ni siquiera tengo la sensación de que hablen de mí. Es una sensación extraña y fascinante: suenan en mi cabeza como si fueran los diálogos de una película que vi hace años”

No miente: entre aquel “Out Of Season” y este retorno median, ahí es nada, diecisiete años. Cuesta decir, por lo tanto, que “Drift Code” es la fotografía que captura un momento concreto, como se afirma de otros discos. Captura, si acaso, un momento inusualmente extenso. “Estos temas no pertenecen a ninguna parte. Han ido cambiando, madurando y transformándose durante los meses y los años. Muchos han terminado siendo completamente diferentes a como nacieron”, explica el británico. “Algunas letras tienen tanto tiempo que ni siquiera tengo la sensación de que hablen de mí. Es una sensación extraña y fascinante: suenan en mi cabeza como si fueran los diálogos de una película que vi hace años. Me siento identificado con ellas, pero desde una posición externa. No las siento exclusivamente propias, así que espero que puedan ser de todo el mundo. En realidad, si lo piensas, decir que estas canciones no pertenecen a ningún sitio también significa que pertenecen a todos los sitios”.

Esa distancia que parece tomar respecto a su propia obra contrasta con la manera tan familiar y personal con la que finalmente fue grabada en el estudio casero que tiene en una zona rural de Essex, a casi cinco kilómetros de la aldea más cercana. Dejando a un lado la batería, para la que reclutó a Lee Harris, su excompinche en Talk Talk y .O.rang, él mismo tocó todos los instrumentos que escuchamos en “Drift Code”. “Fue una especie de rompecabezas que podía haberse resuelto de muchas maneras. Todo ha sido muy flexible, muy libre. No ha habido un plan fijo. Si volviera a grabar ahora, lo haría de otra forma y también estaría contento con el resultado, también funcionaría. Las canciones han seguido variando hasta el final. Me gusta mucho pensar que han estado vivas hasta el último momento. Este disco podría haber sido otro disco”.

Por mucho que Webb hable de “Drift Code” casi con aparente desapego, su vuelta muestra un cuidadísimo y casi infinito catálogo de arreglos, detalles y recursos, quizá porque, en el fondo, tiene más alma de músico y productor que de vocalista. Estos nueve cortes entre el glam, el jazz y el folk son, de hecho, los primeros que compone en toda su vida para ser cantados por él mismo. “Ha sido un reto diferente. No creo que naciera cantante, pero he podido aprender a usar mi voz durante todos estos años”.

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