Podríamos dividir estos artefactos en tres apartados:
A) La típica banda sonora de un solo compositor. Se la encargan –normalmente ya es contratado por unas cualidades dadas–, discute con el director, le cuentan de lo que va el filme, le pasan imágenes, le piden lo que quieren en determinadas escenas y él debe procurar contribuir con música a crear un efecto precalculado. Esta es la forma más adecuada para que funcione en el contexto de la película, aun cuando en disco, a veces, no tenga mucho sentido y no forme el ente compacto que necesite un LP como obra sólida.
B) La banda sonora en la que un artista famoso compone e interpreta uno o dos temas, corriendo el resto a cargo de un músico de menos renombre y que, a lo mejor, no tiene nada que ver con el estilo del otro. A este famoso, normalmente, acuden los productores cinematográficos en busca de un gancho capaz de proporcionar publicidad suplementaria (muchas veces es más rentable eso que pagar publicidad directa vía TV, prensa o radio). Les importa muy poco si la película va de piratas indochinos y el divo sólo toca reggae, o si éste les cuela –como casi siempre ocurre– una composición mediocre muy por debajo del nivel que corresponde a su fama. Quieren usar su nombre y nada más. Y así te encuentras con un disco-pastel y una película donde, incluso, se obliga al director a fabricar escenas que no vienen a cuento para respaldar ese par de canciones estelares.
C) La banda sonora con cada canción de un artista diferente. Descaro total, ya que es un caso como el anterior, pero multiplicado: más nombres, más fans en la taquilla del cine y más discos vendidos. A veces, muchas canciones ni aparecen en la película. En otros casos, se contratan figuras de pasado ilustre, pero en decadencia, con el consiguiente abaratamiento de los costes, prometiéndoles que el proyecto será un éxito, que el resto de los participantes están en primera línea, que así volverán a ser quienes eran, etc, etc. Cinematográficamente, por pura lógica, el rompecabezas resulta difícil de montar –casi siempre el director no pinta nada– y pocas películas se aguantan per se. La verdad, en el fondo, casi apetece más uno de artistas variados tipo “Now That’s What I Call Music”. Y como cada día abundan más los productos de este tercer apartado, está apareciendo una nueva generación de artistas sin apenas discografía propia, pero con multitud de canciones en soundtracks.
El minianálisis de los mercenarios sonoros de la pantalla viene a cuento para introducir a Ry Cooder, uno de los músicos más cercanos al mundo del rock que más ofertas ha recibido (y aceptado) últimamente para ponerle el colchón sonoro a las producciones de Hollywood. Realmente prodigioso: en un sector dominado desde siempre por instrumentistas de educación teclística, se ha infiltrado un guitarrista. Pero Ry no es un guitarrista normal. De hecho, si fuera normal ya tendría sus ocho o nueve discos de oro. Ry es uno de los mejores. Ahora mismo, no puedo recordar a otro con su versatilidad, capaz de atreverse con cualquier estilo mientras tenga un arraigo en algún sector –por muy minoritario que sea– popular norteamericano. Se aproxima a ellos desinteresadamente, sin pretender sentar cátedra o pavonearse de ser un estudioso en etnias. Lo suyo es amor por la música de su país, le encanta conocerla, interpretarla y, tal vez, también divulgarla. A su manera. Con esos dedos que prefieren el relajo del sur a la aceleración del rock. Ry nunca busca el solo rápido del rock americano, sino la limpieza de una nota que ha ido a parar a sus dedos tras un largo peregrinar a través del pueblo. Cuenta, no obstante, con una gran ventaja: su historial le permite acercarse desde la perspectiva del consumidor de música contemporánea.