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SCOTT WALKER, El genio paciente

Sobre los interrogantes de la deriva existencial. Foto: Paul Cox

 
 

ENTREVISTA (2006)

SCOTT WALKER El genio paciente

Scott Walker (1943-2019), rara avis de la música, ha fallecido (ver aquí). Tras vivir el éxito con The Walker Brothers, descubrió a Jacques Brel y publicó cuatro álbumes en solitario entre 1967 y 1969. Luego llegó la deriva existencial que a punto estuvo de arrastrarlo hacia el ostracismo. Pero desde mediados de los ochenta, y a razón de un disco trascendental por década –“Climate Of Hunter” (1984), “Tilt (1995), “The Drift” (2006) y “Bish Bosch” (2012)–, Scott Walker supo revertir aquella situación en beneficio del arte. En 2006, once años después de “Tilt”, volvió a la carga con el majestuoso y crudo “The Drift”. Fue cuando Ian Harrison lo entrevistó en profundidad para repasar su trayectoria y afrontar su concepción de la música, entrevista que publicamos en Rockdelux y que ahora recuperamos en honor a uno de los grandes intérpretes de la música de las últimas décadas.

Scott Walker toma asiento en el espacioso salón de la casa que su mánager Charles Negus-Fancey tiene en la zona oeste de Londres. Echa una mirada a los parpadeos de la lámpara en la penumbra de la pared y comenta: “Pensaba que eso solo me ocurría a mí. Enigmático ¿verdad?”.

Tiene razón. En gran parte de su carrera Walker se ha visto atrapado entre la luz y la oscuridad. Con la publicación de “The Drift” (4AD-¡Pop Stock!, 2006), su primer álbum nuevo en once años (disco del mes en Rockdelux 242), se aventura una vez más fuera de las sombras. A sus 63 años, Walker se conserva bien, enjuto, observador bajo la visera de una gorra de béisbol que, a falta de persianas, lleva calada hasta las cejas. Chaqueta y pantalones vaqueros con unas Converse verdes completan el conjunto. Si bien como artista es uno de los más sorprendentes e inflexibles, en persona es cordial, franco dentro de ciertos límites y, contrariamente a la creencia popular, parece, bueno, bastante normal. Pero ¿siempre es así?

Nacido en Hamilton, Ohio (Estados Unidos), el 9 de enero de 1943, Noel Scott Engel vivió una infancia itinerante debido al trabajo de su padre como geólogo en la industria petrolera. Tras ganarse la vida como bajista de sesión en los clubes de Los Ángeles, aterrizó en el Reino Unido en 1965 y disfrutó de un histérico estallido de popularidad en las listas de éxitos como vocalista de The Walker Brothers, el grupo de falsos hermanos formado por Scott Walker, John Maus y Gary Leeds. Tras su ruptura en 1967, grabó cuatro álbumes en solitario editados por Philips: “Scott” (1967), “Scott 2” (1968), “Scott 3” (1969; número 76 entre los doscientos mejores del siglo XX según Rockdelux 200) y “Scott 4” (1969). En ellos se yuxtaponían la grandeza del pop orquestado, las mordientes chansons de Jacques Brel y luminiscentes temas propios sobre soledad y destino, todos interpretados con la mejor de las voces a este lado de Sinatra. Tras el fracaso de “Scott 4”, tomó un desvío hacia el camino más convencional, incapaz de volver a escribir canciones hasta 1978.

Su carrera en solitario atravesó altibajos durante los setenta, pero las décadas siguientes alumbraron dos álbumes oblicuos, provocadores: “Climate Of Hunter” (Fontana, 1984; reeditado por Virgin en 2006) y “Tilt” (Fontana, 1995). “The Drift”, otro grito polifacético resonando en la oscuridad, desvela por qué David Bowie, Radiohead y Brian Eno son tan solo algunos de los muchos esclavizados por su creatividad sin tregua.

“Me encanta el rock, sé quiénes son los Arctic Monkeys y todo eso. Me gustan en particular Queens Of The Stone Age, pero no he seguido la actualidad mientras grababa. Cuando se escuchan los discos de otros, es inevitable pensar que lo que tú haces no está a la altura. Es deprimente”

Mi confesión de que “The Drift” desencadenó una pesadilla en la que Scott era el canal a través de cuya boca se materializaban los espíritus de los muertos le hace reír. “Las pesadillas han convivido siempre conmigo”, dice, haciendo una pausa para acariciar la oreja de Dougal, el perro de la familia Negus-Fancey que deambula por la sala. “Pero nunca cuando estoy trabajando; esa es la parte placentera”. Dedicamos las dos horas de entrevista a hablar de su trabajo de toda una vida como escritor y cantante que, cuarenta años después de su gran momento de gloria, sigue ahí avanzando y forjando su particular corazón de las tinieblas. Rebobinemos once años…

En 1995, durante la campaña de promoción de “Tilt” en esta misma habitación, los entrevistadores comentaban bromeando que tu próximo álbum se publicaría en 2006. Sí, ¡parece que me lo tomé al pie de la letra! Pero, bueno, en el intervalo me he dedicado a otros proyectos: compuse la banda sonora de la película “Pola X” de Leos Carax en 1999, fui comisario para el festival Meltdown en 2000, produje el álbum de Pulp “We Love Life” en 2001... Me he mantenido ocupado bastante tiempo. De hecho, no volví a pensar en canciones de nuevo hasta tres años después de “Tilt”. Además, mi situación en mi compañía discográfica, Fontana, cambió como unas cinco veces en ese lapso… Tal como van las cosas hoy en día, nunca se sabe si vas a sacar algún disco más.

“The Drift”, al igual que “Tilt”, es otro trabajo extremo, casi pesadillesco. Es un álbum mucho más crudo, con grandes secciones de cuerda tocando en bloques de sonido, pero sin apenas arreglos, que sin embargo sí se incluyeron en “Tilt”. Los arreglos de cuerda preciosistas me habrían distraído de la letra, que es el origen de todo lo demás. Es como construir una obra de arte conceptual, supongo.

Suena más enraizado en el rock que “Tilt”. No me importa que se tenga esa concepción, para nada. Me encanta el rock, sé quiénes son los Arctic Monkeys y todo eso. Me gustan en particular Queens Of The Stone Age, pero no he seguido la actualidad mientras grababa. Cuando se escuchan los discos de otros, es inevitable pensar que lo que tú haces no está a la altura. Es deprimente. Lo mismo me pasaba con Jackie Wilson hace muchos años.

Pero te has podido desquitar con el costillar de ternera que “se toca” en la canción “Clara” de “The Drift”, un tema que evoca la muerte de Benito Mussolini y Claretta Petacci. De hecho, es de cerdo. Ali Molloy, uno de los mejores percusionistas del momento, lo golpeaba con los puños, y dijo que era uno de los proyectos más raros en que había participado. Incluso se oyen sus gritos, que representan la corriente subterránea de fascismo que recorre la canción.

¿Cuál es el significado de “The Drift” (“A la deriva”)? Muchas de mis canciones arrancan a partir de algo conocido por todos, quizá una situación política, para luego derivar hacia otro mundo.

¿Lo puedes explicar un poco más? Es difícil. Se convierten en otra cosa. Por ejemplo, para el tema “Buzzers”, que habla de cómo los caballos se comunican a través de grandes distancias mediante una especie de zumbido, relacioné imágenes del conflicto de los Balcanes con la evolución del caballo. La cara del caballo se alargó porque dejó de alimentarse de hojas de los árboles para comer hierba.

 
SCOTT WALKER, El genio paciente

Con visión de rayos X.

Foto: Paul Cox

 

¿Qué pretendes, castigar o confundir al oyente? La cuestión es conseguir que la gente se concentre, casi, en el hecho de su existencia. Al quitarle todo adorno, se logra focalizar la atención en todo. Soy del parecer de que uno puede envolverse en la atmósfera. Hace años que veo películas y obras de arte, y hay cosas que, aunque me gustan mucho, no podría decir qué son exactamente. Que no se entienda el lenguaje visual no significa que el resultado no pueda ser envolvente.

¿Fue un momento en tu juventud lo que te impulsó a venir a Europa? Recuerdo mirar la televisión de niño y ver películas como la francesa “La bella y la bestia” (Jean Cocteau, 1946) o la británica “The Rocking Horse Winner” (Anthony Pelissier, 1950). Los claroscuros del cine europeo activaron mi mente infantil y permanecieron en mi memoria mucho más que el cine norteamericano, a menos que se tratara de cine negro. De más mayor, solía ir al cine en Hollywood Boulevard después de clase, y un día vi una película de Ingmar Bergman, “El manantial de la doncella” (1960), en un programa triple de cine de terror... y me cambió la vida por completo. Empecé a frecuentar los centros de arte de Wilshire Boulevard y vi de todo: Federico Fellini, Luchino Visconti, Robert Bresson, más Bergman. Eso fue lo que me hizo desear venir a Europa: mi ansia por estar más cerca del cine y la cultura.

¿Tenías ya por entonces una perspectiva tan seria de la vida? No creo. Nunca tan oscura como ahora. En la escuela secundaria había dos tipos de grupos: las bandas de surf y las que tocaban blues y vestían trajes continentales. O te gustaba el surf o te gustaba John Lee Hooker, que era mi caso. ¡Odiaba las bandas de surf! Era una cuestión de ideología, ¿sabes lo que quiero decir? Aun así, un verano toqué con The Surfaris y me tuve que vestir como un puto surfero. Recuerdo que en esa gira conduje a propósito hasta el borde de un precipicio y salté antes de que el coche se estrellara. Eran solo unos tres metros de altura. Fue una fantasía momentánea a lo James Dean, supongo.

¿Siempre quisiste ser cantante? No. Nunca me apasionaron los cantantes. Me gustaba la música instrumental, Duane Eddy y Link Wray, y más adelante el jazz, aunque sí me gustaba el doo-wop. De pequeño cantaba en corales y cosas así, pero no empecé a contar con algo de protagonismo hasta que me uní como bajista a John Maus y su hermana Judy. En las actuaciones en clubes de Los Ángeles él era el vocalista. Hubo unas noches en que no pudo actuar, por un resfriado o algo así, y entonces yo le reemplacé.

“La cuestión es conseguir que la gente se concentre, casi, en el hecho de su existencia. Al quitarle todo adorno, se logra focalizar la atención en todo. Soy del parecer de que uno puede envolverse en la atmósfera. Hace años que veo películas y obras de arte, y hay cosas que, aunque me gustan mucho, no podría decir qué son exactamente. Que no se entienda el lenguaje visual no significa que el resultado no pueda ser envolvente”

¿Cuándo empezaste a querer cantar? Después de firmar con Mercury en 1964. Fuimos al estudio y canté “Love Her”. Fue la primera vez en que pensé: “¡Vaya!”. Y desde aquel momento me encargué yo de las voces.

¿Cómo fue llegar a Inglaterra en febrero de 1965? Llevábamos nuestras gafas de sol californianas y era pleno invierno. Entonces todavía nevaba en Londres. Era como estar en una película, con gente como los actores Terry Thomas y Margaret Rutherford correteando por allí. Eso ahora ya no pasa y es una tragedia. La primera semana Gary Leeds y yo fuimos al Marquee y a otros clubes: vimos a The Who, The Yardbirds, The Animals… Fue fabuloso.

The Walker Brothers disfrutaron de dos años de gran popularidad en el Reino Unido. ¿Deseabais esa fama? Desde luego, como cualquier otro chaval. Pensábamos: “Será genial, vamos a tener de todo”. No sé si tenía alguna idea de cómo iba a ser en realidad, pero disfruté de lo lindo al principio, aunque alguno de los recuerdos estén ahora un poco borrosos. Experimentamos con las drogas, por supuesto, pero lo primordial era el alcohol. Me encantó grabar el primer par de álbumes con The Walker Brothers. Hay cosas que quisiera olvidar, pero no esas.

Fue entonces cuando empezaste a escribir tus propias canciones. Nuestro mánager quería publicarlas como caras B, y así empezó todo. Vino bastante rodado. Fue una simple cuestión de llevar al estudio lo que me ardía en las manos. En un momento podías incluir secciones de cuerda o lo que quisieras. La imaginación de uno se desborda cuando piensa: “Puedo hacer esto, no hay por qué limitarse a las guitarras”. Pero nunca se me ocurrió que yo pudiera ser el tipo que escribe las caras A.

El final llegó en el Tooting Granada de Londres el 30 de abril de 1967, en una gira conjunta con Jimi Hendrix y Engelbert Humperdinck. Esa última gira por el Reino Unido fue la gota que colmó el vaso. Empezó con pequeñas desavenencias, y hacia el final John y yo ni nos dirigíamos la palabra. Patético, pero algo muy común en las bandas jóvenes, supongo. Que bebiéramos mucho tampoco debió de ayudar. John fue el primero en dejar el grupo… y eso fue todo. Nos reconciliamos más tarde, aunque hace mucho que no sé nada de él, y a Gary hace mucho, mucho tiempo que no lo veo. Pero no siento ninguna animosidad, en absoluto.

¿Te dio la impresión de que te estabas jugando el éxito cuando empezaste tu carrera en solitario? Para nada. Estaba muy excitado porque acababa de descubrir a Jacques Brel, que sonaba mucho más real que todo lo que yo había hecho. Tenía muchas ganas de ver qué pasaba si intentaba adaptar ese estilo a mi manera de hacer. Me motivó a reforzar mi propio material. Con el primer álbum, cuando entré con los temas de Brel y los músicos se sentaron y tocamos “Mathilde” fue increíble. Me invadió una sensación fantástica. Sabía que era bueno, y eso no es algo que se pueda decir muy a menudo. Con esos cuatro primeros álbumes estaba muy entusiasmado. Todo el material del principio se puede volver a escuchar porque se hizo muy rápido (da unas palmadas), sin esfuerzo.

 
SCOTT WALKER, El genio paciente

En el corazón del infierno.
Foto: Paul Cox

 

Tu interpretación de “My Death” de Brel en el programa de televisión ‘The Billy Cotton Band Show’ fue infame. Cierto. ¡Y su hijo (el productor de televisión Bill Cotton Jr) me odió durante años por eso! Era el tipo de actuaciones que se llevaban en aquella época, no había nada más. “My Death” estaba en mi primer álbum. ¡Tenía que hacerla! Se me ocurrió que serviría de contrapunto a todo lo demás (se ríe). En ningún momento se me ocurrió pensar que era anormal. Me encontraba tan liado tratando de presentar mis canciones al público que me importaba bien poco. De todos modos, esa reacción me estaba bien. No me di cuenta hasta años más tarde de lo ridículo que fue.

¿Por qué crees que tus primeros cuatro álbumes en solitario tuvieron tal acogida? Supongo que porque entonces los vivía. Debía de estar tan inmerso en ellos que de algún modo a la gente les sonaban auténticos.

¿Por lo tanto viviste canciones como “The Girls From The Streets” o “Duchess? ¡Dios! Seguro, alguna noche de borrachera, pero ahora no recuerdo. ¿“Duchess”? Supongo que debe de tener algo que ver con Ámsterdam, donde vivía entonces. Lo siento, no reescucho mis discos, nunca. Convivo con ellos desde el principio, peleándome con las canciones. Al terminar no quiero volver a oírlas nunca más.

¿Volverás alguna vez sobre esas canciones? No puedo. Sería un paso atrás.

En 1969 “Scott 4” no llegó a entrar en las listas de éxitos y dejaste de escribir en solitario durante nueve años. Lo que sucedió con mi cuarto disco fue la clave de todo lo que me ocurrió luego. De haber tenido éxito, habría podido grabar más discos del modo que yo los quería hacer. Cuando fue evidente que las ventas del disco no iban muy bien, John Franz (representante de A&M y productor de Philips), quien era muy buen amigo mío y siempre creyó en mis composiciones, me dijo: “Mira, grabaremos discos con material de otra gente, pero no te rindas porque volveremos a esto”. No estaba muy contento, pero seguí ahí esperando y esperando, y nunca llegaba el momento. De hecho, fue a peor. Siempre había bebido, pero entonces subí las apuestas. Me quedé atascado en ese atolladero durante años en los setenta, haciendo álbumes por rutina, para cumplir el contrato. Muy deprimente.

“Lo que sucedió con mi cuarto disco fue la clave de todo lo que me ocurrió luego. De haber tenido éxito, habría podido grabar más discos del modo que yo los quería hacer... No estaba muy contento, pero seguí ahí esperando y esperando, y nunca llegaba el momento. De hecho, fue a peor. Siempre había bebido, pero entonces subí las apuestas. Me quedé atascado en ese atolladero durante años en los setenta, haciendo álbumes por rutina, para cumplir el contrato. Muy deprimente”

No te gustaban los hippies. ¿Fue tu giro hacia lo más convencional en álbumes como “We Had It All” (Columbia, 1973) una manera de vengarte con esa actitud? No, no me gustaban los hippies, y sigo creyendo que mucha de esa actitud es una manera de no querer mojarse. Sin embargo, nunca crearía arte bajo esas circunstancias. El resentimiento es una razón equivocada para hacer las cosas.

¿Pensaste que la reunión de The Walker Brothers de 1975 te devolvería al circuito comercial? Fue una mera continuación de mi circunstancia. Tan hundido estaba que no me di ni cuenta de lo que sucedía. Debí de haber coincidido con ellos en algún momento y supongo que pensé que podría ser divertido porque Gary y yo siempre lo pasábamos muy bien. Pero ya está.

De ahí surgirían esas cuatro asombrosas canciones de terror indecible, ásperas, abstractas, que escribiste para “Nite Flights”, el LP de 1978 de The Walker Brothers. De repente, desperté. Era el último álbum por contrato, la compañía estaba a punto de quebrar, nos íbamos a separar otra vez y ya no nos importaba nada. “Atrevámonos a hacer lo que de verdad queremos”. Era eso o dejarlo correr del todo. Las canciones estaban ahí, esperando. Fue el primer destello de todo lo que vendría después, supongo. Había actuado de mala fe durante tanto tiempo que había perdido mi esperanza en el mundo. Tenía que redescubrir mi vida, por mi propio bien. Y me decidí: basta de mala fe.

Puede que sea esa la razón de que hayas publicado tres álbumes en los últimos veintidós años… Parte de la razón de que haya publicado tan pocos álbumes es que no contaba con el grado necesario de confianza, de seguridad, de saber que el disco le iba a gustar a alguien aunque no vendiera más de una copia. Normalmente, las discográficas quieren que cantes los temas que ellos escogen o que escribas canciones que puedan venderse. En 4AD encontré esa osadía. Me contrataron porque les gustó “Tilt”, pero yo no les conocía; solo sabía que los Pixies habían firmado con ellos.

¿Consideras “Climate Of Hunter” un trabajo de transición hacia los expeditivos “Tilt” y “The Drift”? Sinceramente, no lo recuerdo muy bien. Hacía casi una década que no trabajaba en nada, y fue la manera de volver a meterme en el ajo. De “Tilt” me acuerdo mejor, aunque no haya vuelto a escucharlo desde que lo grabé. En una ceremonia de entrega de premios (de la revista ‘Q’ en 2003), mientras subía al escenario sonaba una canción. Cuando le pregunté a mi mánager qué era, respondió: “Es de ‘Tilt’”.

Cuando publicaste “Tilt” hablaste de volver a tocar en directo. ¿Estás barajando de nuevo esa posibilidad? El problema es que el material de mis dos últimos discos no se presta a ser tocado en directo. Sería agotador, además de inviable económicamente. Tengo una idea para un disco distinto, mucho más desnudo, aunque sin llegar a ser Rick Rubin. Si logro completarlo, sí sería posible ir de gira con ese material.

¿Te ha costado poner la voz en forma tras tus largas ausencias? El último disco ha supuesto un par de meses de trabajo duro, pero porque las canciones son difíciles. Lo bueno, al no ir de gira hasta acabar medio muerto, es que mi voz siempre está bastante fresca. Cantaba blues, temas tradicionales como “St. Louis Blues” o estándares para ponerme en marcha. No he recibido clases de canto, así que me limito a sentarme al piano y ponerme a trabajar.

 
SCOTT WALKER, El genio paciente

Rara avis con fundamento.

Foto: Paul Cox

 

¿Te ves grabando alguna vez esas canciones u otras escritas por otros? No me cabe en la cabeza en este momento, pero no tengo ninguna objeción a las canciones escritas por otros. Dispongo solo de un tiempo limitado para hacer todo lo que quiero… pero quién sabe, tal vez en algún momento de mi carrera... Quizá por mis propios medios pueda encontrar algo interesante y oscuro que nadie haya oído antes e intente hacer algo con ello.

¿Entonces existe un elemento de ponerse la ropa de trabajo llegado el momento de grabar? Intento desembarazarme de esa sensación. Trato de alcanzar un estado de neutralidad en que viva mi trabajo, en que exista dentro de él y para él. Intento eliminar la separación entre ambas partes de mi vida.

La gente te sigue viendo como un ermitaño existencial. Supongo que lo fui un poco, pero he cambiado de forma radical con los años. Como dijo Julio César, “al final es imposible no convertirse en quien los demás creen que eres”.

Scott Walker y Noel Engel: ¿seres distintos? ¡Probablemente el último vaya ganando terreno! Es el último vestigio de un nombre que la gente conoce, lo último que me queda por vender.

Entonces, ¿quién es tu público? Pues, ¿quieres creer que no lo sé? Recibo correspondencia de gente muy diversa; por ejemplo, de madres solteras del norte de Inglaterra que se debaten por salir adelante día a día. Hay un cierto sector de mujeres como ellas que se sienten atraídas por mi música.

“Tengo mis rachas, como todo el mundo, pero… me siento más involucrado en la existencia gracias a la música. Aunque, por otro lado, me gusta mucho la soledad. Puedo estar solo en una habitación días enteros, semanas, siglos. ¡Sería el prisionero ideal! Entiéndeme, no me gustaría compartir celda con otro tipo que se pasara el rato molestándome ni nada por el estilo, pero podría soportarlo, vaya que sí”

¿Entiendes por qué algunos de tus fans más antiguos pueden molestarse con tu material más reciente? No me he parado a pensarlo. En cierta ocasión hubo un tipo de una discográfica que estaba loco por conocerme, “¿Scott Walker? ¡Fantástico!”. Sin embargo, la siguiente vez que llamó, le noté muy agresivo; acababa de escuchar “Tilt”: “He sido fan tuyo toda mi vida. ¿Cómo osas sacar un disco así?”. Obtuve la misma reacción de alguien que se sentaba a mi lado durante un programa de televisión. Me comentó que había sido un gran fan durante mucho tiempo pero que nunca más iba a comprar otro disco mío.

El mundo que describes en “Tilt” y “The Drift” es bastante infernal. Es infernal, pero no mi único punto de vista del mundo. También es bello, bellamente infernal, a veces. Basta con contemplarlo en todos sus aspectos, verlo tal y como es, dejando a un lado todo prejuicio. No voy de nihilista; ya he pasado por esa etapa… (entra en escena Dougal, el terrier, que se pone a dos patas y empieza a abusar de la pierna de Scott). Otra vez pegado a mi pierna. ¡Es un infierno que te usen así! (el perro es retirado). En fin, no tengo ni idea de nada de lo que esto implica. Así funciona actualmente mi proceso de creación.

¿Trabajando con qué meta? ¿Un interrogante? Pues sí, del todo. La mayoría de las veces es absurdo. Nadie sabe nada, de verdad.

A los 63 años, ¿tienes más miedo de la muerte? Ahora estoy casi mejor. Antes me daba terror; ahora ya no. Tengo mis rachas, como todo el mundo, pero… me siento más involucrado en la existencia gracias a la música. Aunque, por otro lado, me gusta mucho la soledad. Puedo estar solo en una habitación días enteros, semanas, siglos. ¡Sería el prisionero ideal! Entiéndeme, no me gustaría compartir celda con otro tipo que se pasara el rato molestándome ni nada por el estilo, pero podría soportarlo, vaya que sí.

¿El sitio ideal para escribir el próximo álbum? Quizá. Sentarse, empezar de nuevo, ver qué sale. Si puedo seguir grabando más y más, lo haré. No pararé mientras viva.

¿Cómo es el mundo de la música al que has regresado? En gran medida es diabólico, pero no por culpa de los artistas, sino por la economía de mercado. Tiene sus cosas buenas. Me alegra estar de vuelta conviviendo con grupos como Radiohead, que me parecen fabulosos. Si pudiera tenerlo todo de nuevo y formar parte de un grupo otra vez, ese es el tipo de grupo donde me gustaría tocar.

Y si todo acaba flotando panza arriba… ¿supondrá un regreso al cine oscuro? Hoy en día ya no soy tan aficionado al cine como solía serlo porque hay mucha porquería. Aunque vi “Caché (Escondido)” (Michael Haneke, 2005), que me pareció maravillosa, y también me gustó “El nuevo mundo” (Terrence Malick, 2005). Me habría gustado rodar una película. Es de lo que más me arrepiento. No me da ningún miedo producir, así que tampoco tendría miedo de dirigir. No creo que lo haga, pero habría estado bien. No se puede hacer todo. 

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