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SEAN NICHOLAS SAVAGE, Club Tropicana

Cantante con pinta de John Waters que escribe dolidas canciones de amor y que las interpreta con voz de falsete sobre un anodino colchón rítmico preprogramado. Foto: Maya Fuhr

 
 

ENTREVISTA (2013)

SEAN NICHOLAS SAVAGE Club Tropicana

Sus canciones son románticas y amaneradas hasta el punto de que podemos calificarlas de kitsch. AOR, soul ligero, candorosas torch songs, reggae de crucero. Discretos arreglos acompañan una voz trémula que describe escenas de amor y desengaño. Aun así, Sean Nicholas Savage es uno de los artistas canadienses actuales más interesantes. Su franqueza choca, su ingenuidad desarma. Redecora tu vida: ponle un poco de tono pastel, te recomendó Llorenç Roviras.

Imaginad a un cantante con pinta de John Waters que escribe dolidas canciones de amor y que las interpreta con voz de falsete sobre un anodino colchón rítmico preprogramado. Imaginad que ese artista tiene álbumes con títulos como “Spread Free Like A Buttlerfly” (Arbutus, 2009), “Mutual Feelings Of Respect And Admiration” (Arbutus, 2010) u “Other Life” (Arbutus, 2013), el más reciente, y canciones como “Hawaiian Dancer”, “True Love” o “Chin Chin”, y que se le compara a Whitney Houston, Grover Washington Jr., Lionel Richie o Air Supply. No hay duda de que o es un cursi o se lo hace. Luego os dicen que el sello Arbutus, donde ha publicado toda su obra, es el mismo que dio la alternativa a Grimes, y que el artista actuó en el último Primavera Sound, donde –asegura– disfrutó con los conciertos de Solange, Nick Cave y My Bloody Valentine. Ahora sí está claro: es un provocador que goza haciéndonos escuchar música extremadamente almibarada, un subversivo que se postula como antítesis de lo moderno, aunque él, en el fondo, también lo sea.

“No veo mi trabajo como entretenimiento. Soy un compositor de canciones. En cada una de mis canciones hay una historia con mensaje. Lo que hago es compartir una experiencia”

Pero, entrevistado por vía telefónica, Sean Nicholas Savage rechaza esta interpretación. Afirma ser un músico honesto. Sus canciones se basan en experiencias propias y “pretenden ser educativas”. En el primaveral (aunque este año gélido, como él mismo recuerda) festival barcelonés, lo vimos primero desgañitarse sobre atropelladas melodías de Casiotone en el miniescenario Ray-Ban, y luego dar un concierto más compuesto, pero igualmente arrebatado y meloso, en el Vice. Entendimos que el quid de su propuesta era la representación, el espectáculo. Sin embargo, él lo niega: “No veo mi trabajo como entretenimiento. Soy un compositor de canciones. Cantar puede ser un entretenimiento, pero si canto melodías bien hechas con la voz reflexiva del conocimiento ya no lo es tanto. En cada una de mis canciones hay una historia con mensaje. Lo que hago es compartir una experiencia”.

Sean Nicholas Savage nació en Edmonton (Alberta), en el remoto norte del Canadá, y en 2008 se trasladó a Montreal (en la francófona y meridional provincia de Quebec), donde entabló relación con el colectivo Lab Synthèse, que posteriormente se convertiría en el sello Arbutus. Allí se puso a hacer discos a destajo, algunos editados solo en formato casete. Montreal, urbe de 1,7 millones de habitantes, le ofreció las condiciones ideales para su desarrollo artístico: un alquiler barato y colegas venidos de todo el país con la suficiente apertura de miras para aplaudir la originalidad en vez de censurarla.

 
SEAN NICHOLAS SAVAGE, Club Tropicana

“Escribir una canción me suele llevar un par de semanas”.

Foto: Rebecca Storm

 

Arbutus es uno de los núcleos que concentra la creatividad en la ciudad, pero hay otros y, aunque cada uno va por libre, entre todos ellos existe un conocimiento y respeto mutuo. Savage se declara amigo de los miembros de Pat Jordache, banda de Constellation, seguidor de Dirty Beaches (“le acabo de ver actuando en Berlín y es increíble”) y asiduo del Mutek (aclara que nunca ha sido programado en el festival: “He ido como público, a bailar”).

Arbutus publicó a Grimes, Doldrums, Mac DeMarco y Majical Cloudz. Un catálogo de lo más diverso. ¿Cuál es el criterio del sello? “Siempre ha trabajado con amigos, personas con las que pudiera haber una buena entente a largo plazo”, aclara el músico. Pero en la situación actual no sería raro que se fichara a gente de otras latitudes: “Sebastian Cowan (el jefe del sello) vive ahora en Londres. Todo el que tiene una banda está continuamente de gira. Me encuentro a los amigos en los festivales, de modo que el sello ya no es tanto un lugar como una red”.

“Soy muy quisquilloso. Tengo muchas preferencias respecto al local, el sonido, la hora del concierto... Busco que todo encaje. Baso mis actuaciones en los matices. Mi trabajo es conseguir que todo esté en su sitio para que el concierto fluya de modo natural”

Contabilizamos nueve álbumes a nombre de Sean Nicholas Savage, el más lejano fechado en 2008. Es un altísimo ritmo de trabajo. “Quizá otros tardan más en hacer un disco porque son productores y cuidan más la estética. Yo escribo canciones. Tengo una idea, le doy vueltas, pasan cosas en mi vida a las que encuentro un paralelismo con esa idea y me siento a intentar unificar ambas cosas y le pongo un poco de buena música. Escribir una canción me suele llevar un par de semanas”. Cuando inquiero si es un workaholic, es rotundo: “No me consideraría alcohólico si no tuviera un problema con el alcohol, de modo que tampoco me considero un ‘workaholic’”. Entonces, ¿tiene prisa por escribir canciones por miedo a perder ese don algún día? También aquí es tajante: “No creo que vaya a perder nada porque no tengo nada. No es mío, lo tomo de mi vida. No sale de mi mente, sino de mi entorno, y siempre voy a encontrar algo allí”.

En cualquier caso, esa rapidez en sacar discos explica, según el interesado, que todos tengan un leitmotiv, un concepto. “Cuanto menos tardas en sacar un disco, más se corresponde con una etapa concreta de tu vida. Yo paso por tres etapas distintas al año. Todo el mundo pasa por tres, algunos hasta cuatro”, dice, de modo algo críptico. Siguiendo con su modus operandi, uno teme que en cuanto disponga de mayor presupuesto cambie su filosofía DIY por una gran orquesta... “Para algunos álbumes he llamado a músicos: un batería, un bajista... Si me parece que hace falta, lo hago, no tengo ningún problema con eso; pero habitualmente soy yo solo con el multipistas. Necesito poner todo mi sentimiento en todos los instrumentos”.

Para terminar, volvemos a sus directos. “Soy muy quisquilloso. Tengo muchas preferencias respecto al local, el sonido, la hora del concierto... Busco que todo encaje. Baso mis actuaciones en los matices. Mi trabajo es conseguir que todo esté en su sitio para que el concierto fluya de modo natural. No tengo el poder de convocarlo, solo puedo crear las circunstancias para favorecerlo”. ¿Y cómo reacciona el público cuando lo consigue? “Nada del otro mundo: se crea un ambiente especial y me felicitan al terminar el concierto”. ¿No dicen que han visto la luz o algo así? “Es verdad, esas cosas sí me las han dicho”.

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