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SERGIO ALGORA (1969-2008)
SERGIO ALGORA (1969-2008)

Soldado en el desembarco de Normandía. Foto: Mercè Dauder

 

“Se hizo el silencio / y a cada boca yo concedí un deseo / Todos se cumplieron / todos menos el mío”. Son versos de “El rey ha muerto”, de EL NIÑO GUSANO. Los cantaba Sergio Algora, un poeta que quería haber nacido francés pero que era un aragonés tocado por esa melancolía invisible que el tuerto imagina surrealismo y el ciego no comprende. Le pasó lo mismo a Luis Buñuel, otro melancólico agreste que también pudo ser francés y casi acabó siendo mejicano. Como Buñuel, Valle-Inclán y Gainsbourg, Algora tampoco arropó la pena con la hojarasca de los pusilánimes, sino con el estruendo de la palabra. Como Rimbaud y Celan, faros terribles para un corazón enfermo, encaró el frío sin pasamontañas. Y le venció en la noche, mientras dormía: vivió con problemas cardíacos y con ellos se fue el 9 de julio en su casa de Zaragoza.

Fran Fernández, su compañero en LA COSTA BRAVA, recuerda en su blog que Algora decía que ellos eran como soldados en el desembarco de Normandía. Y primero sonríes, como sucede al escuchar sus canciones o al leer sus poemas, pero luego piensas en la sangre sobre la playa y en el escalofrío. También hablaba Fran de un disco de homenaje, que en el caso de que diera beneficios irían a alguna institución benéfica, y añadía: “Seguro que a Sergio le gustaría hacer la gamberrada de donárselo a algún millonario tipo Bill Gates, pero me temo que no todo el mundo entendería la broma”. Antón Castro, que dirigía la editorial Olifante cuando Algora publicó allí el poemario “Paulus e Irene” (1998), escribió que “se reconocía en escritores norteamericanos como Chuck Palahniuk, David Forster Wallace y Michael Chabon”. Sobre ellos Algora podía hablar una noche cualquiera en su bar, el Bar Bacharach, claro.

Nosotros hablaremos ahora de sus tres álbumes (más un recopilatorio de rarezas) con El Niño Gusano entre 1995 y 1998, el de MUY POCA GENTE en 2001 y la media docena con La Costa Brava entre 2003 y 2007; de los poemas de “Envolver en humo” (1994), “Paulus e Irene” (1998), “Otro rey, la misma reina” (2003), “Cielo ha muerto” (2005) y “Los versos dictados” (2005); de los relatos de “A los hombres de buena voluntad” (2006); y de la pieza de teatro “La lengua del bosque” (2005). Hablaremos de un poeta que se cortó la lengua y la puso a nuestros pies, que concedió todos los deseos menos el suyo. El rey ha muerto, y no era un cuento. Mierda.

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