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SISA, El galáctico autodidacta

En 2000, dieciséis años después de su retiro, Sisa reapareció a lo grande, y con la ayuda de Pascal Comelde, en “Visca la llibertat”, mejor disco del año en Rockdelux.

Foto: Alicia Aguilera

 
 

BIBLIOTECA POP (2011)

SISA El galáctico autodidacta

Te presentamos esta entrevista con Jaume Sisa perteneciente al libro de conversaciones de Jabier Muguruza con algunos de sus amigos artistas. Luz Casal, Bernardo Atxaga, Helena Taberna, Xabier Lete, Pablo Guerrero, Martirio, José Ramón Soroiz y Kiko Veneno desfilan por “Encuentros con alma” (2011), volumen editado por Alberdania, con la tranquilidad que ofrece una charla relajada para hablar largo y tendido, de una manera paciente, de la vida y obra de unas trayectorias que merecen el respeto y la consideración del entrevistador y de todos los lectores que quieran saber más cosas de unos creadores que aquí se muestran más cercanos que nunca. En este caso, aquí, Sisa al descubierto.

Mi primer encuentro con Jaume Sisa fue hace años, en Barcelona, en una mesa redonda sobre canción de autor que compartimos con Luis Pastor en la Universidad de esa ciudad. Debo decir que la idea previa que me había hecho sobre el artista se vio radicalmente modificada tras escucharlo aquel día (en la mesa redonda y en la de comer).

Yo pensaba que “el cantautor galáctico” iba a ser un tipo bromista, con un sentido del humor fino y peculiar… pero poco más. La verdad es que me esperaba a alguien que pasara por los temas un poco como de refilón. ¡Qué confundido estaba! Jaume Sisa aportó en sus intervenciones un discurso lúcido, riguroso e impecablemente documentado y planteado. Tenía, desde luego, muy poco que ver con ese personaje, poco más que ocurrente, que yo me había fabricado. De nuevo, las ideas preconcebidas me habían jugado una mala pasada.

“El Paralelo era la gran arteria del espectáculo. Pero eso fue en los años veinte, treinta…, hasta la guerra. Y, bueno, después de la guerra, en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, todavía quedaban algunos vestigios. A partir de los setenta, se acabó. Y es cierto que se comparaba el Paralelo con barrios de París como Montmartre o Montparnasse, porque había un ambiente bohemio, artístico, de teatros, terrazas, cabarets, restaurantes… que no cerraban en toda la noche. Y, claro, yo en casa siempre oí contar a mis padres lo que había sido ese Paralelo republicano, algo así como una explosión de vida”

Eres nacido en Barcelona, en el barrio del Poble Sec, en el 48. Más de una vez he oído decir a amigos barceloneses que el Poble Sec –situado junto al Paralelo– es un barrio de una personalidad muy marcada: humilde, popular, culturalmente mestizo desde hace tiempo… Sí, en efecto. Era así hace sesenta años, cuando yo nací, y lo sigue siendo. Lo que pasa es que entonces era una inmigración interior y ahora en muchas zonas del barrio viven, sobre todo, inmigrantes sudamericanos, de distintos países. Empezó a construirse a principios de siglo, al pie de la montaña de Montjuïc, y donde terminaba el barrio empezaba una zona de barraquismo, de inmigración pobre, con gitanos, que vivían en chabolas. Yo nací al final del barrio y a cien metros ya empezaban las chabolas.

Pues me choca lo que cuentas, porque en un tiempo el ambiente que se vivió en ese entorno se llegó a comparar con el ambiente artístico de París, ¿no? Claro, es que en un lado estaban las chabolas, pero en el otro estaba el Paralelo. El Paralelo era la gran arteria del espectáculo. Pero eso fue en los años veinte, treinta…, hasta la guerra. Y, bueno, después de la guerra, en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, todavía quedaban algunos vestigios. A partir de los setenta, se acabó. Y es cierto que se comparaba el Paralelo con barrios de París como Montmartre o Montparnasse, porque había un ambiente bohemio, artístico, de teatros, terrazas, cabarets, restaurantes… que no cerraban en toda la noche. Y, claro, yo en casa siempre oí contar a mis padres lo que había sido ese Paralelo republicano, algo así como una explosión de vida.

O sea, que tú respiraste algo de eso. Sí, lo respiré sobre todo indirectamente, por las historias que contaban en casa. Cuando yo empezaba a asomar la cabeza, en los sesenta, del Paralelo solo quedaban algunas muestras: el Molino, el Teatro Cómico, el Apolo… y el ambiente no tenía mucho que ver, porque ya estaba el franquismo, la censura… Pero ese aroma sí creo que forma parte de mí de alguna manera.

Creo que provienes de una familia humilde. Sí, mis padres eran trabajadores, mi madre trabajaba en una fábrica textil y mi padre era viajante de comercio. Mi padre era un represaliado de la Guerra Civil, había estado un año y medio en un campo de concentración, fue voluntario republicano.

¿Era de Barcelona? Mi padre sí y mi madre era de Sallent, un pueblo del interior de Cataluña. Mi madre también estuvo detenida, no en la cárcel, porque no era militante explícita como mi padre, pero una vez la cogieron con una amiga… bueno, sabes que era una época de estraperlo, en la que algunas cosas de comer no se encontraban. La cogieron con unas garrafas de aceite, la llevaron a comisaría, se las confiscaron y, al ver que eran catalanas, las raparon al cero, les hicieron beber aceite de ricino y las obligaron a fregar el suelo con un trozo de bandera catalana. Eso a mi madre se le quedó grabado.

 
SISA, El galáctico autodidacta

Sisa 1968. Sesión para el single “L'home dibuixat”, su debut (Jordi Batiste, detrás). Foto: Jordi Batiste

 

El episodio me suena familiar. Ya, por lo visto les gustaba eso de vejar, de ofender a las personas. Mi madre no era muy nacionalista ni muy de izquierdas, pero después de eso les cogió bastante manía (sonríe). Mi padre en cambio era militante total. Fue voluntario en el Ejército Republicano con 40 años, ya mayor. Y yo nací en ese ambiente, del Paralelo y de la gente trabajadora, como toda la que vivía en ese barrio.

Y la política… Claro: cuando mi padre veía a Franco por la tele sacaba el zapato y lo arrojaba contra ella. Una vez rompió el televisor, y, a partir de entonces, mi madre le decía: “Ponte las zapatillas, hombre, que lo volverás a romper” (nos reímos). Veía a alguien del gobierno, a algún falangista, y se ponía frenético: “¡Asesinos, chorizos, fascistas, cabrones!”.

¿Y cómo discurrió tu infancia en un barrio tan especial y en esa familia? Bueno, una infancia normal: un niño de los años cincuenta, jugando en la calle, cuando todavía no había coches, ni tele… los niños estaban en la calle todo el día. Era un barrio tranquilo, cercano a la montaña, y por allí nos metíamos. Montjuïc es muy grande, y aparte de la zona de chabolas había otras en aquel tiempo casi vírgenes. Entonces me crié un poco entre la montaña y el asfalto.

“Estaba trabajando en una empresa por las mañanas y por las tardes iba a bailar al San Carlos Club, un local muy de moda en Barcelona, donde tocaban Los Sírex, Los Mustang, Los Cheyenes… y yo empezaba a tener alguna inquietud, a componer alguna cancioncilla con la guitarra, en catalán… y entonces conocí a Enric y a Jordi, que ya tocaban de verdad, ¡tenían instrumentos y todo! Uno de ellos tenía un contacto y consiguió un contrato de tres meses para ir a tocar a Francia, a un pueblo cerca de París”

En un entorno abierto… Sí, fíjate que solo con que hubiese nacido cuatro calles más allá, ya los de más abajo no subían a la montaña, les quedaba un poco lejos. Y bueno, cazábamos lagartijas o pájaros, jugaba al fútbol, teníamos cromos, tebeos… Fui siempre a escuelas del barrio, cercanas… Hasta los 12 o 13 ni crucé el Paralelo. Entonces, mi vida fue en el barrio, que era un mundo muy rico. No tuve nunca tren eléctrico ni bicicleta porque eran cosas caras, pero tengo un buen recuerdo de mi infancia, de haber andado libre por la calle.

¿Es verdad que antes de dedicarte a la música hiciste un poco de todo? Es que, aunque empecé mucho antes, de la música no pude vivir hasta el año 75, y hasta llegar a eso pues tuve que hacer de todo. Yo a los 14 años ya estaba trabajando en una oficina, de “meritorio” se llamaba, que era el equivalente al “chico para todo”.

Y lo compaginabas con la música. Bueno, ya a los 15 me compré con mi sueldo una guitarra. Un vecino me enseñó los acordes, a distinguir las notas… y entonces tocábamos allí canciones de los Shadows, de los Beatles, de Elvis (sonríe). Con otros dos colegas del barrio formamos un grupito muy modesto: el batería tocaba en una caja de frutas, el bajista en las cuerdas graves de la guitarra y el que era algo más guapo cantaba. Claro, con 15 o 16 años, a las chicas, para presumir, les decíamos que teníamos un conjunto. Y nos preguntaban: “Ya, ¿pero dónde actuáis?”. Y nosotros: “Bueno, ya os avisaremos, y tal…” (nos reímos).

¿Cuál fue la siguiente etapa musical? Al cabo de un tiempo, estaba trabajando en una empresa por las mañanas y por las tardes iba a bailar al San Carlos Club, un local muy de moda en Barcelona, donde tocaban Los Sírex, Los Mustang, Los Cheyenes… y yo empezaba a tener alguna inquietud, a componer alguna cancioncilla con la guitarra, en catalán… y entonces conocí a Enric y a Jordi, que ya tocaban de verdad, ¡tenían instrumentos y todo! (nos reímos). Uno de ellos tenía un contacto y consiguió un contrato de tres meses para ir a tocar a Francia, a un pueblo cerca de París.

¿Un contrato de tres meses? Sí, pero espera, ya verás cómo era el sitio… la cosa es que me dijeron: “Nos dan el alojamiento y la comida, y luego a lo mejor nos pagan algo”, y yo quería irme ya de casa, y me entró el gusanillo…

¿Qué edad tenías? Tenía 18 años y, claro, ya oías a algún amigo que hablaba de lo hippie…, era el año 66, y les dije: “Mira, me voy con vosotros”; y lo aceptaron.

 
SISA, El galáctico autodidacta

Mediados de los setenta. En la furgoneta, saludos para Victor Jou (“tita curta”), el fundador de Zeleste. Foto: Xavier Sansuán

 

¿Y qué dijeron en casa? Bueno, se lo dije a mis padres y se preocuparon bastante, claro, porque les pareció un plan descabellado. “Pero, ¿de qué vas a vivir? ¿Y si te pones enfermo?”. Y yo, nada, les decía que íbamos todo el grupo, que no pasaba nada… Era la primera vez que cruzaba la frontera y recuerdo que llegamos a Perpignan, bajamos de la furgoneta... y lo primero que veo es un cartel electoral del Partido Comunista. ¡Hostia! Yo me quedé impresionado, impactado… fue un shock, y sigo cincuenta metros para allá y un cine porno con un cartel de una tía en pelotas, ¡otro shock! (nos reímos). Algo que aquí era impensable, allí era una cosa normal, la gente en la calle no le daba ninguna importancia. Creo que eso, esas dos imágenes, me dieron la dimensión real de dónde venía, de en qué país vivía.

¿Y cómo fue la experiencia musical? Bueno, llegamos al pueblo, que era una ciudad pequeñita, y resulta que el local era un puticlub. Cerca de la ciudad había una base americana y la clientela del puticlub eran marines americanos y algunos paisanos borrachines del pueblo. Las chicas vivían allí…, era como una casa, en la que ellas vivían, y a nosotros nos dejaron un ala de la casa.

Pero ¿cuál era vuestra función musical? Nosotros tocábamos ahí…

“Yo volví con una gran melena, vestido con túnicas y ropas hippies… y aquí, ¿qué había? Els Setze Jutges, que iban todos con traje y corbata y pelo corto; Serrat, Pi de la Serra… chicos formalitos. Claro, yo empecé ya con guitarra eléctrica, y fue un shock…, fui el primero, junto a Pau Riba, que hizo eso. Entonces, enseguida se nos catalogó como raros, heterodoxos, contraculturales…, lo hacíamos en catalán, pero con otra estética”

¿Tocabais en el puticlub? Sí, sí, era un bar grande y allí tocábamos todas las noches. Y nos daban de comer y la habitación, nada más. Era una explotación total, claro. Estuvimos allí tres meses y luego nos salió otro contrato para ir a tocar dos meses a París, a una discoteca en Pigalle, y aquello también era un poco de pasar hambre, ¿eh? Es que en el puticlub al menos podías bajar de madrugada y sacabas, sin que se notara, un poco de foie gras con la bagette… ¡Nunca he vuelto a saborear ese sabor del paté con una cerveza a las cinco de la madrugada en plan clandestino! En Pigalle hasta dormíamos en la discoteca. Teníamos que esperar a que cerraran y dormíamos allí en los sofás, con los manteles de las mesas para abrigarnos. Nos daban una comida diaria y llegamos a salir a robar en las tiendas.

¿Cuándo dejas las versiones y empiezas a cantar en catalán? Bueno, yo la primera vez que canté en catalán fue en el puticlub. Se lo comenté al encargado y un día hice allí una pequeña gala. El público, imagínate (nos reímos)… a la segunda ya me echaron. Lo que querían era bailar con las putas, y yo iba con mi rollo “messieurs dames, une chanson…”.O sea, que yo debuté, empecé a cantar en catalán, en un puticlub. Los únicos que lo entendían eran mis colegas y se partían de risa porque la gente no entendía nada, y, cuando se me olvidaba la letra, improvisaba y empezaba: “Fills de puta, cabrons…”, me cagaba en todos los americanos (nos reímos).

¿Y ya más en serio? Cuando volví de Túnez en el 68, empecé a cantar en catalán, a moverme, a conectar con gente del Grup de Folk, y ya grabé el primer disco.

Tengo entendido que en tus primeros conciertos te presentas como un músico folk, pero no muy ortodoxo… Claro, yo volví con una gran melena, vestido con túnicas y ropas hippies… y aquí, ¿qué había? Els Setze Jutges, que iban todos con traje y corbata y pelo corto; Serrat, Pi de la Serra… chicos formalitos. Claro, yo empecé ya con guitarra eléctrica, y fue un shock…, fui el primero, junto a Pau Riba, que hizo eso. Entonces, enseguida se nos catalogó como raros, heterodoxos, contraculturales…, lo hacíamos en catalán, pero con otra estética.

Entonces, ¿es correcto decir que participaste en la nova cançó? En esos años había por una parte Els Setze Jutges, que era lo que se solía llamar la nova cançó, que eran los serios, digamos. De influencia más bien francesa, algunos con un tono reivindicativo, de afirmación catalanista… y luego estaba el Grup de Folk, que era menos formal, menos burgués, con más influencias musicales del rock y del pop, y políticamente más radical, como en el caso de Ovidi Montllor. Así, la nova cançó es algo que engloba a todos los que empiezan a cantar en catalán en los años sesenta, y dentro de la nova cançó había esos dos grupos organizados, en los que, por cierto, no era nada fácil entrar.

Tu primer disco, titulado “Orgia”, tenía bastante de provocativo. ¿Qué virtud, qué valor le otorgas a la provocación, al hecho de provocar? Parece ser que era provocativo en el 69, pero yo no lo veía así. Desde luego, no era algo deliberado. Yo entonces hacía lo que me salía, pero no buscaba provocar. Más bien hablaba de los mundos oníricos, mágicos, la imaginación… sin contar historias lineales; buscaba más imágenes, influido por los surrealistas, por el movimiento dadá… y de ahí sale el primer disco y todo lo que hecho luego.

 
SISA, El galáctico autodidacta

Sisa con Pau Riba. Sesión para la portada de la revista ‘Vibraciones’ de agosto de 1976, con un informe VIBS sobre el “roc català”.

Foto: Francesc Fàbregas

 

Después del disco “Orgia” creo que dejas un tiempo los escenarios. Bueno, en el 70 grabo con el grupo Música Dispersa y en el 71 nos disolvemos. Yo intenté recuperar mi trayectoria de solista con mi guitarra, mis canciones, pero nadie me hacía ni puñetero caso. Mandaba cintas a todas las discográficas y nadie tenía interés en grabarme. Tampoco me contrataban, porque al no tener disco no se me oía. Entonces, entre el 71 y el 75, fue la travesía del desierto y trabajé de mil cosas para ganarme la vida: camarero, recolector de fruta, vendedor de libros a domicilio, dependiente de tienda…

Vuelves alrededor de la apertura de la sala Zeleste, con tu disco “Qualsevol nit pot sortir el sol”, que tuvo una repercusión muy importante. Me gustaría que me hablases un poco de esa sala y del disco. En el 73 se abre la sala Zeleste y mi amigo Rafael Moll me ofrece cantar allí. Yo estaba ya fijo en una compañía de seguros y estaba desanimado, a punto de dejar la música. Vino Rafael a buscarme a la compañía de seguros, que era una compañía siniestra, ¡y además yo estaba en el departamento de siniestros! (nos reímos), y me dijo que habían abierto Zeleste y que fuera a cantar.

Y te animaste. Me animé. Luego montaron un sello para publicar sus cosas. Era en realidad un subsello de la discográfica Edigsa, donde entonces estaban casi todos. El caso es que los de Zeleste consiguieron un acuerdo con Edigsa para grabar a los artistas que actuaban en la sala, y así se grabó, en el 75, “Qualsevol nit pot sortir el sol”, que fue un bombazo. Se vendió muchísimo, tuvo unas críticas maravillosas, empezaron a salirme bolos…

“En el 73 se abre la sala Zeleste y mi amigo Rafael Moll me ofrece cantar allí. Yo estaba ya fijo en una compañía de seguros y estaba desanimado, a punto de dejar la música. Vino Rafael a buscarme a la compañía de seguros, que era una compañía siniestra, ¡y además yo estaba en el departamento de siniestros!, y me dijo que habían abierto Zeleste y que fuera a cantar”

¿Pero supongo que tú ya habías enviado anteriormente a Edigsa esa cinta? Claro, y luego, cuando vimos que se vendía como churros, yo les dije: “Oye, estas canciones las tenéis aquí desde hace dos años y no les habéis hecho ni puto caso, y ahora estáis viendo cómo funciona, ¿no?”. Bueno, el caso es que ahí ya me profesionalicé y desde entonces vivo de la música.

Fueron buenos tiempos… Hombre, del 75 al 84 yo grabé un disco por año, hice giras en España llenando teatros… fue muy bien, fue la época en la que yo estuve más arriba. Y todo gracias a ese disco, un disco que tenían hace tiempo en la discográfica sin hacerle caso. Luego he visto a lo largo de mi vida otros casos como el mío y he llegado a la conclusión de que las discográficas no tienen ni idea.

¿Y qué ocurre en el año 84? ¿Estabas cansado? Bueno, en el 84 Sisa se retira. Eran casi diez años de una carrera intensa y tenía la sensación de haberlo dicho todo. No sé, quería cortar, descansar… Creo que tenía ganas de hacer otras cosas, de cambiar de aires… estuve un año viajando y en el 86 aparece en Madrid Ricardo Solfa, al que algunos asocian conmigo (nos reímos) y que alguna vez he llegado a pensar que era yo.

Veo que va a ser difícil sacarte algo más de lo que ya se sabe sobre el nacimiento de Ricardo Solfa. Bueno, es una especie de personaje, de álter ego. La historia de Ricardo Solfa es la de un tío cuyo padre era músico, él debuta muy joven en la orquesta de su padre y luego decide dar el paso a cantante solista. Para eso se instala en Madrid y comienza una carrera de canción melódica. Mientras, Sisa, oficialmente, está retirado en una residencia para la tercera edad en la costa catalana.

¿La tercera edad? Sí, la tercera edad para almas cansadas. Es una especie de lugar poético, de la tercera edad anímica más que física. Y hay que decir que paralelamente, mientras Sisa está ahí, sin grabar ni actuar ni cantar, Solfa despliega toda esa carrera en Madrid, grabando discos en el 87, 89 y el último en el 92. Y, ante el fracaso estrepitoso de su propuesta (se ríe), desaparece Ricardo Solfa, se retira. Creo que desde hace años regenta un chiringuito para turistas en la Manga del Mar Menor (nos reímos).

Pues sé que tú valoras a la gente que sabe retirarse a tiempo. Sí, sí, yo admiro a los artistas y creadores que se retiran en pleno uso de sus facultades; los que declaran: “Ya he dicho lo que tenía que decir y me retiro”. Eso me parece muy importante.

 
SISA, El galáctico autodidacta

Jaume Sisa, tras editar el brillante “El congrés dels solitaris” (2005).

Foto: Paco y Manolo

 

Bueno, y Sisa vuelve en el 2000… Sí, con un disco titulado “Visca la llibertat”, que hice con Pascal Comelade, y a partir de ahí reinicio mi carrera hasta hoy.

Me gustaría saber en qué consiste exactamente eso del “cantautor galáctico”, pero para que lo entendamos todos. Hombre, lo del punto de vista galáctico vendría a ser la manera de hacer –música en este caso– no desde un prisma único, sino con muchas miradas a la vez. Y es que –teniendo en cuenta que la realidad y la vida son muy diversas y amplias– es imposible contarla desde un solo punto de vista. Por eso, la estética galáctica bebe de muchas fuentes diferentes…

Una de esas fuentes es el surrealismo. Decía el pintor Paul Klee que el arte no existe para reproducir lo visible, sino para hacer visible lo que está más allá del mundo. ¿Te convence? Hombre, estoy muy de acuerdo. Siempre me ha interesado más la recreación imaginativa que la crónica de lo real, porque esa crónica ya la tienes en la calle, en los medios, en la historia… En cambio, lo otro no está en ninguno de esos sitios. Es lo que no sabemos muy bien qué es, en qué consiste… eso es lo que a mí me ha interesado siempre. Sería esa cita que acabas de decir, sí: hacer visible lo que no lo es a simple vista.

“La frase es de Gato Pérez y yo la comparto plenamente. Dice: ‘Para ir bien por la vida hay que tener calle, biblioteca y atalaya’. La calle es la vida a pie de obra, la biblioteca es la cultura, digamos, y la atalaya es la actitud, la visión que uno le ponga a la existencia: abierta, cosmopolita, sin prejuicios… De la mezcla de esos tres niveles de la realidad nacería el buen hacer y el saber estar en la vida”

¿Cómo se ha ido dando tu formación musical, intelectual…? Has sido autodidacta, creo. Totalmente autodidacta. Fui pillando de aquí, de allí, los discos que oía, los libros que caían en mis manos, descubrí toda la literatura y la poesía beat, la música inglesa, californiana…

Reivindicas que en la vida hay tres estadios de conocimiento: la calle, la biblioteca y tener una visión distanciada de las cosas. Sí, la frase es de Gato Pérez y yo la comparto plenamente. Dice: “Para ir bien por la vida hay que tener calle, biblioteca y atalaya”. La calle es la vida a pie de obra, la biblioteca es la cultura, digamos, y la atalaya es la actitud, la visión que uno le ponga a la existencia: abierta, cosmopolita, sin prejuicios… De la mezcla de esos tres niveles de la realidad nacería el buen hacer y el saber estar en la vida.

Comentaste en una ocasión que el paso del tiempo es inquietante. Es que el tema del tiempo se nos escapa. Un profesional –un científico, un físico, un filósofo– tiene unas herramientas para enfrentarse al concepto del tiempo y aun así es muy difícil. Cuando una persona normal se pone a pensar en el tiempo, puede volverse loca.

Querría que hablásemos también sobre la inocencia, que es algo a lo que le das mucha importancia. Has llegado a decir que es el núcleo central de la nostalgia, por ser el paraíso perdido. Es verdad, la inocencia es algo que viene con la vida, de forma natural y espontánea, y con el tiempo y la experiencia desaparece. Entonces, una persona adulta que quiera saber y conocer creo que tiene la obligación de enfrentarse a la recuperación de la inocencia.

Me llamó la atención que dijeras que la amistad no conviene ponerla a prueba. ¿Desconfías de ella? Quizá es una de las cosas que se aprenden con la experiencia. Yo creo que la amistad, como todo, como el amor, la generosidad, los ideales… son cosas relativas en la vida. Cuando de eso haces un fundamento inamovible y llegas a decir: “Yo, por eso soy capaz de dar la vida”… bueno, estamos en un punto muy delicado, entre el principio de coherencia y la locura. Por eso digo que mejor no ponerla a prueba, porque la amistad se puede romper, no es algo que pueda resistirlo todo.

Me gustaría saber cómo ves en la actualidad la ciudad de Barcelona. Hombre, es la ciudad en la que he vivido casi siempre, di el pregón de fiestas en el 2008… ¿Qué te voy a decir de Barcelona? Me siento a gusto, yo soy de asfalto… aunque es una ciudad que en los últimos años ha hecho una apuesta turística que en mi opinión la ha degradado un poco. Yo creo que Barcelona tiene pulso e impulso para pervivir a lo que sea, pero es cierto que desde las Olimpiadas del 92 se le ha dado un vuelco a la ciudad y se han perdido muchas cosas.

(Se puede leer la crítica del libro aquí

Publicado en la web de Rockdelux el 5/7/2011
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