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SMASHING PUMPKINS, Contra el viento

Smashing Pumpkins: “Chicos con carácter que no sirven para nada”, dijeron de ellos una vez los Pavement.

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 107)

SMASHING PUMPKINS Contra el viento

En 1994, Smashing Pumpkins se postulaban para ser el próximo gran grupo de la generación post-grunge. Con su segundo álbum, “Siamese Dream” (1993), intentaban introducirse poco a poco en el mercado español. Por eso accedieron a la grabación de un concierto para el programa de televisión ‘Sputnik’ (Canal 33). Fue cuando David S. Mordoh, fascinado por Billy Corgan, lo entrevistó –fue portada del Rockdelux 107 (abril 1994)–, y este le avanzó el proyecto de su siguiente paso, el doble CD “Mellon Collie And The Infinite Sadness”, que se editó en 1995. El grupo, ya se sabe, acabó convirtiéndose en un emblema de la música de los noventa, pero en el año 2000 anunciaron su despedida... para reaparecer en 2007. Todavía quedan muchos fans de Billy Corgan, único miembro de la formación original que se mantiene.

Billy Corgan ha empezado una nueva canción en la sala Apolo barcelonesa. Una de esas típicas de Smashing Pumpkins que arrancan lentas y solo ellos saben cómo acabará. De pronto, deja de tocar, conminando a los demás músicos a seguirle. Se sienta. Mira a la audiencia. ¿Qué ocurre? Se ha dado cuenta de que, salvo las escasas excepciones pertinentes, nadie le escucha. Está enfadado, muy enfadado; cada segundo, más enfadado. No hay respuesta por parte del público; ni aplausos ni silbidos. Nada. Siguen hablando. Como si Smashing Pumpkins fuera un vulgar grupo ambientador de bares. Enfurecido, lanza una botella de agua al –¿?– respetable, agarra el micro y chapurrea un “cállate” visceral en un castellano nada ortodoxo. Tres minutos después, sin ninguna bandera blanca a mano para enarbolar, resignado –¡qué remedio, hay un contrato por medio!–, reemprende la canción hasta concluirla con una frase sin desperdicio: “Gracias por hablar durante la canción”. Transcurrida la hora pactada de show, los Pumpkins se retiran esperando reaparecer si el público se lo pide para los bises. Y el público no pide nada. Nada. Siguen hablando. A los diez minutos, los altavoces escupen significativamente “The Sounds Of Silence”, de Simon & Garfunkel. Los Sonidos Del Silencio. El silencio implorado por Billy para divulgar su obra. Unos tímidos silbidos a modo de reproche le ablandan el corazón y devuelven al grupo a la tarima para media hora más de lo mismo: nuevo parón reclamando atención sin obtenerla. Llegó incluso a entonar desquiciado un par de frases de “Over The Rainbow”. Arriba, los VIPs no paran con su infatigable tertulia, acompañados de canapés y bebida gratis. ¿No lo sabías de antemano, Billy? ¿Qué esperas de un país donde la gente entra a  trabajar a las nueve, y a las nueve y cinco se van todos al bar a desayunar?

“La reacción de la gente es diferente en cada país, aunque todos se parezcan en lo general. También es injusto juzgarlos por la efusividad de los aplausos. Yo prefiero verlos atentos, que no hablen. Esto sí significa un éxito”
(Billy Corgan)

A menor escala, ocurre con frecuencia en las salas nacionales y, en este caso, con el añadido de ser una grabación para un programa televisivo con invitados exclusivamente. Niños que han escrito a la tele para obtener el pase –muchos de los cuales asisten por primera vez a un show sin saber siquiera quién actúa–, y los consabidos buitres de la prensa, capitostes de discográfica, queridas, dueños de puntos de venta, etc., etc. Unos han venido a hablar, otros a tomar algo por el morro, contactar, hacerse ver o ligar. Y yo –y tres más, no nos engañemos– he venido a escuchar, a ver, a sentir, a trabajar. Me entra vergüenza ajena por aquel espectador novato –desconocedor del clan– con la misma frustración, mirando a su alrededor y preguntándose qué demonios hace allí, entre esos figurines –se disfrazan los adefesios para la ocasión– copa en mano vociferando. Yo he venido a escuchar, lo juro; solo he gorroneado dos cervezas y una cola; solo he hablado después de los bises. Lo sé, somos una mierda; perdónanos si puedes.

Algunos vociferantes incluso se permitieron el cinismo de publicar reseñas detalladas al día siguiente –dentro de una lógica ambigüedad– de lo que no escucharon. Y yo, pobre iluso –¿no sería más digno dejarlo?–, sigo en esto, codeándome con sordos presuntuosos. Una mierda, ¿o no, Billy?

Como cualquier verdad a medias –¿existe la absoluta?–, he de reconocer que alguna culpa tuvo el grupo. Su despliegue, pese a una considerable mejoría respecto a la visita anterior, se sucedió descompensado. Entendámonos, “Gish” (1991) era un buen álbum, más bien un extraordinario primer álbum. Sin embargo, lo que interesaba a las escasas personas atentas era sentir las vibraciones en directo de “Siamese Dream”, esa bestiada de trece canciones grandísimas, los sesenta minutos de rock más intensos, brillantes, variados, emocionantes y contundentes de 1993. “Gish”, si le sacabas brillo prescindiendo de los guiños heavy o del síndrome Jane’s Addiction, contenía muestras prometedoras: “Siva”, “Rhinoceros”, “I Am One”. Su sucesor, en cambio, ya venía limpito, digerible, personal, único. Billy, además, traspasa las fronteras de la canción como célula aislada y nos las presenta como las partes de un todo. Es su visión, el concepto –tranquilícense, no es el disco conceptual al uso– de un sonido y una manera de hacer las cosas. ¿Puede alguien escuchar el primer minuto de “Cherub Rock”, ese ascenso monolítico peldaño a peldaño hasta explotar en un estruendo, y no sentirse feliz? Feliz, sí, de la existencia del rock, de estar en 1994 y escuchar ESTO. Es algo más que música, sucede muy de cuando en cuando. El repiqueteo voraz de la batería de Jimmy Chamberlin, la guitarra  nerviosa del orientaloide James Iha, el portentoso bajo de D’Arcy Wretzky –primorosa con su blusa de transparencias en la velada–, la voz sensual de Billy, entre arrebatos de frenopático y nanas encantadoras: juntos tienen más valor que el de su suma separados. ¿Cómo no sentirme en el mejor día de mi vida –ironía incluida– al paladear “Today”? ¿O el dulce abandono de “Disarm”, “Spaceboy”, “Sweet Sweet” y “Luna”? ¿O el espasmo, como un hipo, de la guitarra de “Mayonaise”? En directo, “Siamese Dream” sonó racionado. Debieran haberlo escupido ENTERO.

 
SMASHING PUMPKINS, Contra el viento

4 de marzo de 1994. Apolo, Barcelona. La accidentada presentación de “Siamese Dream”, que concluyó con una sorprendente versión de “Never Let Me Down Again” de Depeche Mode (no es broma).

Foto: Juan Sala

 

¿GRUNGE DE DISEÑO?

Tengo a Billy a mi lado en el salón Zurbarán del hotel Arts. Va tenuamente maquillado, con coleta y su camiseta de Superman.

Has estado en Australia y Nueva Zelanda. Muy aburrido.

¿No te gusta viajar? No.

¿Por qué? Muy aburrido.

No te importa. No diría que no me importa, no soy turista.

¿Qué tal los conciertos en Londres? Nos tiraron botellas.

¿De verás? Es broma. Estuvo bien.

¿Hay diferencias entre el público británico y el estadounidense? El británico presta más atención. Los detalles pequeños. En USA solo procuran pasárselo bien. Son menos sofisticados, tocan las palmas.

¿Tenéis un espacio en el concierto para que el público participe con palmas? No, no, yo no juego a eso. Pero la reacción de la gente es diferente en cada país, aunque todos se parezcan en lo general. También es injusto juzgarlos por la efusividad de los aplausos. Yo prefiero verlos atentos, que no hablen. Esto sí significa un éxito.

¿Y las diferencias entre los británicos y el resto de Europa? No me gusta Alemania.

Europa no es Alemania. (Billy sonríe). Quiero decir que, en Alemania, el recibimiento es frío. Solo frío. Es difícil penetrar a través de una sensación así.

¿Nos puedes decir algo más de Europa? Hemos tocado en Eslovenia.

Frío también. ¡No! Estuvo muy bien.

¡Oh! Perdona. Creí que hablábamos de Croacia; ¡como son amigos de los alemanes! (Ahora sonreímos ambos). ¿Y dónde te encuentras más a gusto: en megaestadios con otras cincuenta bandas…? No, no solemos encontrarnos a gusto en los macrofestivales. Ahora bien, no pensamos a priori que no nos vayamos a sentir a gusto, pues entonces nos saldría una actuación negativa.

“Cuando tocamos para los Red Hot Chili Peppers, eran una banda más grande que la nuestra. Y lo siguen siendo. Entonces, sin embargo, necesitábamos una oportunidad así porque buscábamos ampliar nuestra audiencia. Ahora ya tenemos un público, no lo haríamos: demasiado duro maniobrar frente a los fans de otro grupo”
(Billy Corgan)

En vuestra posición actual, ¿podéis elegir en, por ejemplo, Reading el día y la hora que queréis? No, pero casi. Estamos llegando a ese punto. En cambio, apenas tenemos control sobre otros temas: entrevistas, etc.

¿Tocaréis en Lollapalooza este año? Sí.

Habéis teloneado a grandes grupos, como Nirvana, Red Hot Chili Peppers y Pearl Jam… Un momento, nosotros no hemos abierto para Pearl Jam, al revés: ellos nos han teloneado. Déjalo bien clarito, ¿OK?

Yo solo quería saber qué se siente cuando abres para un grupo y sabes que tienes mejores canciones que ellos. No pienso en estos términos. Es un problema sencillo: quién es grande y quién aún no lo es. Cuando tocamos para los Peppers, eran una banda más grande que la nuestra. Y lo siguen siendo. Entonces, sin embargo, necesitábamos una oportunidad así porque buscábamos ampliar nuestra audiencia. Ahora ya tenemos un público, no lo haríamos: demasiado duro maniobrar frente a los fans de otro grupo.

¿Pero no has sentido a veces que tus canciones son mejores? ¿No te subleva? Puede ser; aunque ya no tengo veintidós años. Soy bastante adulto para entender las diferencias en la vida. (Muy curtido, Billy. No tiene veintidós años. Tiene veintisiete).

Piensas, pues, más en términos comerciales. No. Solo que no todas las decisiones deben anteponer el ego.

Antes hacíais shows acústicos. Determinantes canciones vuestras parecen encajar en un tratamiento así. ¿Incluís en algún concierto un apartado acústico? No. La gente habla, no respeta. Una gala acústica convenientemente anunciada, sí; de la cual los asistentes estén advertidos. El combinado, en cambio, no. No puedes pretender calmar a una persona cuando has estado durante una hora suministrándole la máxima energía posible; sedarla tras esforzarte para excitarla. De cualquier modo, nuestra música incluye muchas partes tranquilas, incluso canciones enteras: eso sí, con guitarras eléctricas. Y nunca juntas en un bloque de media hora.

En entrevistas os han comparado al menos con una docena de bandas importantes. ¿Quiere decir esto que vuestro sonido es único? Todo grupo suena a otro anterior. Es así. Los Beatles al principio sonaban a rock & roll, los Stones a Muddy Waters. Arrancan de un punto. Después, el tiempo cambia percepciones. Evolucionas, maduras; y contigo, el consumidor. Velvet Underground no venderían más de cincuenta copias de la edición inicial de su primer ábum, y hoy son considerados fundamentales. ¿Qué cambió? Conocí a una chica cuya madre le pasaba revistas de rock antiguas. Un día, hojeándolas, leo reseñas de discos de grupos hoy clásicos, como Queen, en las que se les acusa implícitamente: suenan a este y a aquel, suenan a Spooky Tooth. ¿Quién coño recuerda a Spooky Tooth? ¿Quiénes eran, qué representan? Esto lo dicen de grandes nombres del rock que marcaron a generaciones enteras. La música tiene dos opciones: o sobrevive mutándose, o se convierte en sacarina y se diluye hasta desaparecer para siempre.

 
SMASHING PUMPKINS, Contra el viento

Rockdelux 107 (Abril 1994)

Diseño: Rafamateo

 

Para mi tenéis, no te enfades, el mismo sentimiento de candidez y dureza, de perversa inocencia, que los Pixies. Los Pixies fueron una banda MUY influyente.

¿Dónde te encuentras más cómodo componiendo, en el lado cándido o en el duro? En ambos.

La cadencia de tu voz y algunos agudos de guitarra me traen a la memoria el glam rock. (Billy sonríe con cara de hastío. Nos adentramos en el terreno pantanoso de la conversación. Su mirada no me deja alternativa. Veamos si dándole la vuelta…). Caras B de singles de Sweet, Bowie. La batería de “Silverfuck” y el arrastre vocal tienen cierto parecido con “Killer” de Alice Cooper. No la conozco.

Pues deberías comprar el álbum. Absolutamente recomendable. Entonces debería admitirlo.

No tienes por qué. No conoces la canción. OK, OK, lo admito. LO ADMITO. (Billy se ha levantado de la silla y gesticula como si la camiseta de Superman pudiese obrar el milagro. Por un momento creí que se iría volando). Poseo un par de discos de T. Rex.

¿Bowie, Lou Reed? OK, OK, me rindo, los he escuchado.

¡Pero esto no es malo! Si yo probase a hacer música, al principio vomitaría mi educación. Y después elegiría. Lleva tiempo distanciarte de las influencias. Hay gente, sin embargo, que se me aproxima a esta área en tono acusador; como si fuese un ladrón. Cuando has escuchado una canción, no puedes escapar: la has escuchado. Y de un modo u otro te va a influir. Ya no serás jamás el mismo que cinco minutos atrás. También con la música de tus padres. Ha estado sonando durante toda tu infancia, como “lávate las manos” o “no pegues”. Es parte de tu educación.

¿Vuestra música tiene algo de Chicago? ¿Sois más de Chicago que Ministry? Yo no tengo el blues.

“No soy una prostituta. Me gusta elegir dónde trabajo. En Sub Pop nos vieron como una oportunidad de dinero fácil. Peor aún, no percibí que les gustase nuestra música, lo cual dificulta enormemente tus relaciones, la confianza que depositas en ellos. En cambio, les encantaba Nirvana; había amor y cariño en su relación” (Billy Corgan)

Empezasteis en 1987. Después grabasteis un sencillo para Sub Pop. ¿Por qué solo uno? ¿No os sentíais cómodos? Exacto. Sabía que a la larga iba a ser un desastre. Fue cuando el grunge despegaba. Presentí que, por nuestro tipo de música, no recibiríamos un trato igualitario; si hubiésemos firmado, por su parte habría sido desde un prisma mercantilista: para explotarnos.

Pero los Walkabouts no son grunge y… No soy una prostituta. Me gusta elegir dónde trabajo. Nos vieron como una oportunidad de dinero fácil. Peor aún, no percibí que les gustase nuestra música, lo cual dificulta enormemente tus relaciones, la confianza que depositas en ellos. En cambio, les encantaba Nirvana; había amor y cariño en su relación.

Tal vez jugaron un poco sucio. Más bien nos sentimos entre arenas movedizas. Por eso optamos por Caroline.

¿Cómo contactasteis con Butch Vig? Le telefoneé. Eso fue antes de ser Butch famoso con “Nevermind” de Nirvana, antes del single con Sub Pop. Me lo recomendó un amigo. Butch había trabajado con bandas menores. Compré esos discos, el sonido era muy bueno. Lo llamé, nos conocía. Había escuchado nuestras cintas por coincidencia. Obtuvimos excelentes resultados con “Gish”: un sonido muy integral.

Desde “Nevermind”, Butch ha subido tarifas. (Carcajadas). Oh, sí, mucho.

Sois amigos. Sí, muy buenos amigos. Muy unidos, además.

El próximo lo haréis con él. No. Demasiado unidos ya.

No puedes comentarle sus errores. No es eso. Demasiado familiar. Como mi esposa. Nos conocemos tanto que sabes lo que piensa. (Encuentro extraño el ejemplo de Billy, casado meses después de terminar con su novia de siempre y plasmar buena aparte del dolor en “Siamese Dream”). Necesitamos más riesgo, incertidumbre.

¿Qué te gusta más de Vig? El ritmo.

¿El bajo? La batería. Muy sólida su inserción en el contexto global. Como percusionista, Butch se muestra meticuloso con ella.

¿Qué porcentaje de vuestro éxito le atribuirías a él? 50%.

¿Tanto, sí? Nos ha enseñado infinidad de cosas. Sobre todo a saber lo que quiero. En “Siamese Dream” me he acercado mucho, y él me ayudó.

También a vender con su nombre, tras la eclosión de “Nevermind”. El hecho importante no es su nombre en la contraportada de “Siamese Dream”. Ha producido más discos que este. L7 no han vendido como nosotros. Tal vez desde la óptica especializada se especule con detalles así, pero ahí fuera un disco gusta o no. ¿Piensas que muchos de nuestros seguidores conocen a Butch Vig? ¡No saben ni en qué discográfica estamos!

 
SMASHING PUMPKINS, Contra el viento

Billy Corgan, D’Arcy Wretzky, Jimmy Chamberlin y James Iha: el niño mimado pagado de sí mismo y sus súbditos.

 

¿Estás contento con las mezclas de Alan Moulder? También. Y él podría ser el productor del próximo álbum.

¿De dónde sacas ese sonido de guitarra punzante e hipnótico, como en “Rocket”? (Billy se apunta a la cabeza orgulloso). Puedo escucharlo en mi mente antes de hacerlo. Lo imagino.

Has tocado más que la guitarra en “Siamese Dream”, dicen que supliste en muchos casos a tus compañeros. (Esconde la cara entre sus manos con gesto simpático. No buscaba comprometerle). ¿Te ves en un futuro grabando discos en solitario tocándolo todo? El otro día escuchaba “Todd” de Todd Rundgren y, por su combinado melódico/metálico, me acordé de ti. No me ilusiona. Las canciones salen más o menos como las pienso, no necesito plantearme una carrera solo. ¿Para qué?

¿Aceptan los otros tu liderazgo? ¿Lo llevan bien? Ellos confían en mi capacidad directora artística. Siempre hemos ido hacia delante, avanzando. En música y en dinero.

No pueden culparte de nada. Exacto. Y todos tenemos un poco de pasta en los bolsillos.

¿Suelen centrarse los conflictos en lo económico? ¿No hay orgullo? Esa canción que un compañero quiere meter y tú la vetas. No tenemos peleas por “royalties”; es más, a mi me gustaría que los demás compusiesen la cuarta parte del disco. (Billy no se ha percatado de mi mueca incrédula y sigue largando. Transpira cinismo). La presión de escribir es dura, no todos la pueden soportar.

“El problema es que D'Arcy no compone. No puede pedir cantar una canción mía, debe esperar mi ofrecimiento. Y es casi sacrilegio para un autor ver su composición, o los sentimientos emanados de ella, con la voz de otro. Mis canciones son muy personales, las escribo pensando en mis características. La gente, sin embargo, piensa que soy un acaparador; un egoísta, etc.”
(Billy Corgan)

Mike Mills al piano en “Soma”. ¿Cómo ocurrió? También lo llamé por teléfono… ¿La verdad? Mike es amigo de uno de nuestros mejores colaboradores de la discográfica. Le pedí un pianista para una canción y me propuso llamar a Mike. Siempre sentí respeto por él, aparte de R.E.M.: es profesional, no un aficionado pescado en un pub. Mike cree que el piano ha quedado escondido en las mezclas, les pasa a todos los músicos. Tuve que abstraerme cuando las hicimos: por muy Mike Mills que fuese, debíamos colocarlo en el nivel sonoro idóneo.

Parece difícil compensar a un artista –fabricante de arte– por su aportación. Se le ha pagado por el trabajo. La tarifa estipulada por el sindicato.

D’Arcy canta en “Daydream” y algo en “Cherub Rock”. ¿Cantará más canciones? El problema es que ella no compone. No puede pedir cantar una canción mía, debe esperar mi ofrecimiento. Y es casi sacrilegio para un autor ver su composición, o los sentimientos emanados de ella, con la voz de otro. Mis canciones son muy personales, las escribo pensando en mis características. La gente, sin embargo, piensa que soy un acaparador; un egoísta, etc.

Utilizas bastante el adorno orquestado: melotrón, etc. El próximo álbum contendrá… más.

Suavidad. No. Más. Más de todo.

Más minutos, por ejemplo. Exacto. Cien, supongo.

Ya, un doble. Sí, no rías, va en serio. Está casi pensado.

¿Cuándo entras en el estudio? En 1995.

¿Por qué tan tarde? Giras. Hasta octubre vamos cargados.

¿Crees que puedes permitirte dos años sin disco nuevo? Entre “Gish” y “Siamese Dream” pasaron dos años.

Pero no existía una oportunidad clara de consolidación. Si “Siamese Dream” hubiese vendido mucho en un mes y luego desaparecido de los charts, probablemente dos años serían muchos. Ha escalado, no obstante, despacio, se hace querer con el tiempo. Crece.

Tal vez aún esté en listas dentro de un año y pico. No solo eso. Cada disco comporta una campaña de muchos meses, con tu nombre presente por doquier: entrevistas, radio, TV, revistas, pósters, tercer single, octavo single… ¡Saturas! Conviene entonces ausentarse para volver a propiciar una demanda. Y una última razón: necesitas un espacio para ti, personal, donde ocurran cosas. Vivir, pensar, tiempo. De otro modo no encontrarás guiones para componer.

¿Es Billy Corgan un niño mimado pagado de sí mismo? ¿Es quizá un poeta urbano con futuro? ¿”Starman” o “Spaceboy”? Billy Corgan, como David Bowie, sabe lo que es tener un hermano inadaptado; la anomalía, la familia atomizada. Por eso, cuando revolotea el simulacro de sitar al final de “Luna” sobre un fondo gelatinoso, acompañándole en su canción de cuna, a uno no le quedan fuerzas para discrepar. No le quedan fuerzas ni siquiera para pensar que existen más canciones sobre la faz de la tierra, o más frases que la última. No puedo evitarlo, Billy, estoy enamorado de ti.

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